Cuarenta años después de la revolución que era solo un cambio de gobierno: Un reexamen esperanzado
A comienzos del año 2026 y teniendo por horizonte el peor escándalo de corrupción en la historia reciente filipina, un problema que había comenzado sobre todo en tiempos de Rodrigo Duterte y que se afianzó en el régimen de Ferdinand Marcos, hijo, quiero proponer la siguiente reflexión un tanto larga. Pronto, se conmemorará el cuarenta aniversario de la revolución (22.02.-25.02.1986) que expulsó a los Marcos, cuyo retoño fue elegido presidente de Filipinas en 2022. En 1986 ascendió al poder Corazón Aquino, viuda del archirrival del dictador Marcos, el exsenador Benigno Aquino, junior, cuyo hijo llegó a ser presidente en 2010 y que fue sucedido por Rodrigo Duterte cuyo patrimonio de ineptitud, corrupción y violencia, incluso desde la lejanía de La Haya en donde se halla encarcelado por crímenes de lesa humanidad, sigue sacudiendo al país y empujándolo hacia el abismo. Junto con el hijo de Marcos, que ahora es el presidente, forjó una alianza que acabó muy mal, pues los intereses de cada uno y no el bien común era el alma de dicha alianza que era un pacto del diablo con otro diablo.
El reto de intentar definir a la patria
¿Qué es Filipinas? Es ante todo un pueblo hecho polvo y como tal se ha echado al diablo formando un remolino de polvo que rápidamente se tuesta en la temporada de sequía y se convierte en lodo ensuciador durante los meses de los monzones. Por eso este polvo ni siquiera llega a convertirse en camino sino solo en hitos fugaces, voces lánguidas que pregonan la precariedad colectiva mientras que los poderosos de noche, que silencian todo intento de arrojar luz y transparencia sobre este ambiente lúgubre, construyen sendas propias huyéndose de las plazas y de los centros de concurrencia hacia sus propios arrabales o paraísos con las pocas riquezas del pueblo. Siendo así, el país siempre se ve arrastrado por el movimiento espiral de la vorágine al galope de una historia, en estado constante de ebullición revisionista, que sigue manchándose con la sangre de los inocentes y con los borrones de los bulos, todo por el todopoderoso santo dinero.
En este vórtice los intentos de reparación y curación son lentísimos como los caracoles inmortalizados en una danza en la provincia de Cavite mientras que los deterioros y destrozos son rápidos como los termitas o anay que roen las maderas en todos los pueblos de este perdido Edén del vate trágico. Aquí solo el lamento es duradero mientras que la felicidad es fugaz o esquiva por lo que la alegría pasajera, en sus diversas formas, como el sexo, la droga o el dinero y también la religión, es el opio del pueblo.
A lo largo del tiempo solo se oyen en este vacío colectivo arengas desde púlpitos y atriles, en concurrencias tanto sagradas como seculares. Los discursos, las soflamas, las diatribas se aplauden o se abuchean pero las lecciones no se asimilan. Este pueblo es capaz de tragarse todo hasta la hez expulsada de sus propias entrañas pero se ve incapaz de rumiar para concienciarse y, eventualmente, formular estrategias concretas para poder estar a la altura de la circunstancia. En esta tolvanera se le da una vuelta a todo mientras que todos se dan una vuelta, pasándose olímpicamente de los temas acuciantes para entregarse a los brazos siempre abiertos de las modas como una meretriz de lo trivial e insignificante. Todo por poder pasar el rato y no para invertir tiempo para construir estructuras permanentes. Las chozas en los campos abiertos de antaño y en las ciudades abarrotadas nos recuerdan la afición compartida a las tiritas o los parches o los primeros auxilios pasajeros y placenteros en lugar de optar por la cura, que es una purga, prolongada, dolorosa y adecuada.
Aspiración, atmósfera, polvo: la deseada transición de trincheras a despachos
Este pueblo aspira a estar al corriente de la moda (enfermándose de tortícolis por tanto mirar a modelos foráneos) pero ha perdido sus modales en público hasta convertir lo impresentable en la nueva corriente aceptable e incluso modélica. De esta manera se está fijando actualmente la aguja de bitácora a la vez que se navega en las mares de la tempestad de la historia; para, luego, redactar con letras de oro en el cuaderno de bitácora la narrativa de esas maledicencias, convertidas fácilmente en actos concretos en la esfera pública sin un atisbo de rubor o vergüenza. Y todo ello se consigna como recuerdo permanente para las generaciones venideras.
Polvo somos mas no solo eso. Ni siquiera llegamos a ser colectivamente polvo enamorado, pese a todo el inherente romanticismo del pueblo, pero sí somos polvo sacudido, mezclado, abatido, golpeado, malherido, matado, denigrado. Permitimos que nos sigan agitando, mezclando, manipulando con cada borrasca. Y volaremos tan alto no para alcanzar los astros sino para disiparnos, volver a la nada porque no somos capaces de distinguir entre una mutación de régimen y una verdadera revolución. Esta exige una rápida transición de las trincheras a los despachos de palacio, de los festejos bacanales al trabajo duro. Mientras que aquella solo exige que se siga optando por personalidades e influencias que hacen que los palacios sean como un buffet de manjares irresistibles, subvencionado por los pobres, en vez de optar por la ascesis, el compromiso, el desinterés por los que los palacios, que pertenecen al pueblo y que no son feudos de los poderosos, se conviertan en lugares de trabajo en pro del bien común y no de los intereses de los que aspiran a acaparar todas las viandas para sí mismos y sus familias, hasta crear dinastías para poder perpetuarse en el poder en vez de perpetuar un legado de servicio auténtico.
Debido a esta incapacidad de distinguir somos ineptos para esta necesaria transición de trincheras a despachos. De hecho, en Filipinas todo lo serio se trivializa. En otras palabras, se suelen convertir las trincheras, es decir, las calles de las luchas y las manifestaciones, en lugares de juegos, comilonas y bailes (incluso misas por falta de sacralidad) y nos detenemos ahí cual un Tabor en vez de bajar del Monte de la Transfiguración para proseguir el camino a Jerusalén.
Los pastores, también culpables por dejarse cegar por las expectativas
Existe en Filipinas, a nivel colectivo, una ineptitud respecto al discernimiento comunitario entre variación de poderes vigentes y auténtica transformación también la comparten nuestros pastores. Estos muchas veces se han fijado en personalidades que crean ideales en vez de retomar los ideales del Evangelio para que los encarnen las personalidades. Han predicado, muchas veces con elocuencia y competencia, abogando expectativas en vez de insistir en la esperanza por lo que colectivamente se ha fijado en lo inmediato que desemboca en una política facilona y rápida de personalidades con su regímenes apabullantes y prometedores pero que prácticamente no cumplen nada. Han predicado desde púlpitos de privilegio en vez de hacerlo desde el lodo, el polvo, la precariedad.
Lamentablemente el liderato filipino tanto en lo civil como en lo eclesiástico es más bien cuestión de personalidades en vez de principios. Y esto ha generado una cultura centrada en las expectativas. Si nuestros pastores logran ser un gremio ‘con olor a oveja’ ellos tendrán más credibilidad. Pero hasta ahora los políticos y poderosos son los invitados de honor en las liturgias sobre todo festivas y los pastores mitrados prefieren tener selfies con los mismos por lo que tristemente han perdido influencia con las masas, como se demostró en los comicios presidenciales de 2016 y 2022, por identificarse con las expectativas no tan cumplidas sobre todo de las ultracatólicas elites cuya catolicidad quedan inmortalizadas por las cámaras como las beatíficas Corazón Aquino y Gloria Arroyo. Benigno Aquino III, por su parte, cuando era presidente, prefirió conservar cierta distancia con la jerarquía católica abogando por la nueva ley de salud reproductiva. Por eso, varios obispos exigieron su dimisión. Después de Aquino, hijo, vino el diluvio de escoria, sangre y lágrimas, todo ello avalado por discursos soeces, es decir, Rodrigo Duterte, lo peor que pudo ocurrir a esta nación.
Corazón Aquino, cual una Juana de Arco desenvainando un rosario regalado por sor Lucia de Fátima como espada, tenía puesta su esperanza en Gloria Arroyo en 2001 pero esta fracasó porque no fue la dirigente prometida por los pastores cuando estos optaron por medidas extraordinarias, que estaban a punto de convertir a esta nación en una república bananera, para expulsar al pecador público de Joseph Estrada del poder en aquel año fatídico bajo el patronazgo forzado del Divino Santo Niño en cuya fiesta se consumó el fin de la presidencia de este. Con una actitud farisaica, los pastores elitistas pintaron al exactor Estrada, que era el imán de las masas entonces, como el peor pecador mientras que en sus propias iglesias locales imperaba la corrupción clerical. Ciertamente no fue el hombre adecuado para el oficio más exaltado del país, por sus muchas carencias intelectuales y morales harto sabidas. Mas con la ungida de la elitista Corazón Aquino y del también elitista Cardenal Jaime Sin (quien prácticamente la canonizó), es decir, Gloria Arroyo, a la postre se hizo patente que, pese a su preparación esmerada de esta, era a la larga una opción peor que su antecesor inmediato.
No tardó en verse la vileza de una estratega hipócrita y experimentada que es Gloria Arroyo, quien también es hija de un expresidente filipino, Diosdado Macapagal (1961-1965). De hecho, tras ser desenmascarada Arroyo por una serie de eventos, en 2008 la santa arrepentidísima Corazón Aquino (quien falleció casi un año después) y varios pastores le pidieron perdón a Estrada por su participación en la destitución de este. Aquel cambio de gobierno efectuado en 2001 fue un caso del triunfalismo de la expectativa momentánea, con sus intereses partidistas, sobre la esperanza paciente que no mira a personalidades ni partidos. Los obispos, al principio engañados y autoengañados con respecto a la santa Arroyo, finalmente, reconocieron su error al encumbrarla. Pero demasiado tarde. Ya habían abierto una hendidura en la túnica frágil sin costura de la nación. Una vez más las masas fueron como títeres en un rifirrafe de la elite o peones en un partido de ajedrez protagonizados solo por poderosos manipuladores. En este caso, la santa Corazón, los obispos y sus aliados que se creían más santos como los fariseos frente a los publicanos en el templo.
Es evidente que, ocasionalmente, los mismísimos pastores, por debilidad humana ofuscados por ambiciones elitistas, se han portado como unos lazarillos ciegos. De hecho, algunos de ellos recibieron coches de lujo de la entonces presidente Arroyo. Estos mitrados autoconstituyeron como el epicentro de lo eclesial en vez de dar la centralidad a los más pequeños y necesitados. Estos no faltan (de hecho, sobran) en esta tierra repleta de basílicas menores, imágenes coronadas y galas religiosas. Sin embargo, claramente sigue fallando algo. Se palpa mucho a Dios (y a la Virgen) en los templos mas se nota su ausencia, cual una cicatriz incurable, sobre todo en la esfera sociopolítica.
Discernimiento entre expectativa y esperanza: Con la mirada hacia el porvenir
La esperanza es exigente. Es en sí una exigencia. Una exigencia conlleva el discernimiento. Con amplitud comunitaria hasta el punto de institucionalizar la reforma pero que comienza individualmente. Siempre con miras hacia el futuro. Y no en el placer inmediato. Mientras que la expectativa (o las expectativas porque nunca se contenta con una o con el número mínimo o reducido) es fluida y rápida como la retórica con que se pronuncia o se hace pública. Es para el placer pasajero. Es pura fugacidad, como el cogón ardiente por lo que se hace complicada ya que es insaciable.
En cambio, la esperanza es sencilla y no florida pero floreciente; muchas veces callada y perdida en el trabajo sin tregua y sin premio, salvo la certeza de poder aportar algo a la tarea muchas veces ingrata de fundamentar el futuro con bases sólidas y exigentes que no dejen impunes todo crímenes y malversaciones de todo tipo. Llama a la fidelidad, como la zarza ardiente de Moisés, que puede articularse en principios con sabor perenne que va más allá de los pactos, creando alianzas de fidelidad solo pensando en el sacrificio de uno mismo por todos y no simplemente en pactos partidarios con que se forjan las expectativas mediante políticas del momento que permiten o facilitan el chaqueteo partidista centrado en los intereses propios. No es un apetito voraz para el oro de los egipcios como las expectativas sino que da de comer abundantemente a los demás como el maná en el desierto y el agua salida de la roca.
Para cultivar la esperanza, es preciso desapegarse de las personalidades y sus ideologías, encumbradas como superestrellas por sus apariencias muchas veces engañosas. Es preciso ir siempre al grano, a la solvencia demostrada, a los valores patentes, a los horizontes compartidos, unidos en medio de la diversidad legítima sin favorecer a nadie, sin partidismos divisores, sin favoritismos aprovechadores, sin sectarismos dañinos. Es necesario superar las ayudas temporales que son instrumentos políticos para la dependencia perpetua de las masas en los políticos que dan subsidios temporales como herramientas de la mendicidad perpetua y mecenazgo incesante que reduce al pueblo en mendigos al hacerlos dependientes para su bienestar en sus máquinas de su perpetuación propia en el poder. Frente a ello, la política renovadora y revolucionaria ha de buscar medidas permanentes que posibiliten la capacitación de todos más allá de los mencionados subsidios temporales (cuya fuente es el fondo por el mismo pueblo en los impuestos obligatorios pagados al estado) mediante la programación justa, honesta y equitativa de dichos fondos invirtiéndolos racionalmente en cosas fundamentales como la asistencia sanitaria para todos y en proyectos solventes de infraestructura sobre todo en estas calendas de diluvios y tempestades.
Solo así se logrará la integridad, el espíritu integrador de un pueblo en camino, que ha de librarse de deudas de conciencia hacia los políticos de los subsidios o ayudas temporales. Esta liberación es el camino hacia el mismo bien deseado, caracterizado por la capacidad de decidir por el bien común para el futuro y que debe perpetuarse luchando constantemente contra las fantasmagóricas ideologías que dividen conforme a los subsidios temporales, que son tapaderas de los clientelismos políticos, obtenidos de los fondos que desde el principio deberían ser destinados para el bien común y no como arma para la prolongación dinástica de las fuerzas políticas cuyos intereses partidarios e individuales, con sus soluciones temporales e incluso carnales, siempre dividen y matan el espíritu.
Los cambios de régimen solo son un cambio de personalidades de turno que utilizan los fondos del pueblo para dar subsidios temporales al pueblo para que este les tenga una deuda que se traduce en su autoperpetuación en el poder. Dichos cambios de régimen, con su desfile de personalidades de turno, constituyen un paseo prolongado en un parque de atracciones donde lo absurdo y nocivo es ley de vida. Estos cambios se han institucionalizado en las numerosas dinastías políticas que dominan el país mientras que las revoluciones consisten en un cambio de principios éticos, esto es, una metanoia, una conversión, un éxodo hacia la Tierra Prometida y no dejarse engañar por promesas engañosas que muchas veces toman cuerpo en pactos o alianzas de conveniencia facilona.
Las expectativas son fugaces como la flor de una temporada en la que no ha de perderse tiempo ni empeño. Siempre desembocan en una continua ruleta rusa de políticos y dinastías. La esperanza, en cambio, es perenne porque es un desafío permanente como las cosechas. Se espera que estas cada vez sean más abundantes mas ello exige la inversión de esfuerzo constante, paciente y coherente. Es como una rosa, con sus espinas que hieren. Y la primera herida a sanar es la dependencia temporal en personalidades de turno con sus subsidios temporales que no son soluciones permanentes para el pueblo sino solo para los intereses partidarios propios. Y viene bien rematar nuestras reflexiones con estas palabras lapidarias de Saint Exupéry: ‘Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante'.
