Cuaresma, Salamanca y desigualdad: ¿Adónde va nuestro pan?

Cada Cuaresma, la tradición cristiana sitúa en el centro el relato de las tentaciones en el desierto (Mt 4,1-11). Más allá de su dimensión confesional, el texto funciona como una radiografía moral de largo alcance

Campos abandonados
Campos abandonados | unknown
Evaristo Villar
17 feb 2026 - 19:04

El pórtico que se abre cada año

Cada Cuaresma, la tradición cristiana sitúa en el centro el relato de las tentaciones en el desierto (Mt 4,1-11). Más allá de su dimensión confesional, el texto funciona como una radiografía moral de largo alcance. En él aparecen tres grandes tentaciones que atraviesan la historia: reducir la vida a la economía —convertir las piedras en pan—, absolutizar el poder —poseer los reinos— y vaciar la religión de contenido ético —arrojarse desde el templo para demostrar la espectacularidad del milagro—.

De las tres, la primera adquiere en 2026 una resonancia particular. El pan no es solo alimento; es trabajo, sustento y dignidad. En un mundo que produce recursos suficientes, el hambre persiste. Y en territorios como la España vaciada, el problema no es la falta de tierra, sino la ausencia de condiciones para vivir de ella. El desierto ya no es solo bíblico: es demográfico y social.

La tentación de la economía: Cuando el pan se convierte en problema

En el relato, la propuesta es directa: usar el poder para resolver la necesidad inmediata. La respuesta —“no solo de pan vive el hombre”— no niega la importancia del alimento, sino que impide convertirlo en fin absoluto. El pan es necesario, pero no basta para definir una vida humana ni para organizar una sociedad justa.

Tentaciones del desierto
Tentaciones del desierto

Hoy la paradoja es evidente. Más de 300 millones de personas sufren inseguridad alimentaria aguda. Las crisis y genocidio en Gaza, Sudán o el Sahel no son mayormente fruto de una carencia natural de recursos, sino de conflictos, desigualdades y decisiones políticas insuficientes. El planeta produce; el sistema distribuye de forma desigual. La tentación contemporánea consiste en aceptar esa desigualdad como inevitable.

En el ámbito nacional, el fenómeno adopta otra forma. La España rural pierde población, servicios y horizonte de futuro. No hay hambruna visible, pero sí una lenta erosión de oportunidades. La tierra permanece fértil; lo que escasea es la viabilidad económica y social. Las piedras siguen siendo piedras porque faltan políticas que permitan convertirlas en pan compartido.

Dos caras de la misma injusticia

A escala global, el hambre representa el fracaso de la gobernanza internacional. Las promesas de financiación no siempre se cumplen y la ayuda llega tarde o resulta insuficiente. Mientras tanto, millones de personas ven comprometida su supervivencia. El problema no es técnico, sino político y moral.

En el plano interno, la despoblación rural expresa otra modalidad de desigualdad. La concentración de recursos y servicios en áreas urbanas deja amplias zonas en situación de fragilidad estructural. Sin incentivos al arraigo, sin infraestructuras adecuadas y sin relevo generacional, el campo se convierte en un espacio residual. En ambos escenarios, la cuestión de fondo es la misma: quién decide el destino del pan.

La cuestión de fondo es la misma: quién decide el destino del pan

La Escuela de Salamanca: Brújula del pasado

En 2026 se cumplen quinientos años de la llegada del burgalés Francisco de Vitoria a la Universidad de Salamanca. Junto a Domingo de Soto, Martín de Azpilcueta, Melchor Cano y Tomás de Mercado, impulsó lo que hoy conocemos como Escuela de Salamanca.

En pleno siglo XVI, cuando la economía europea se transformaba por la expansión comercial y la llegada de metales preciosos de América, estos pensadores dominicos abordaron cuestiones decisivas: el precio justo, la legitimidad del interés, la función social de la propiedad o los derechos de los pueblos. Su aportación consistió en introducir criterios éticos en el análisis económico. La riqueza, sostenían, no podía desligarse del bien común.

Esta tradición resulta hoy especialmente interesante. Recordar que la economía tiene una dimensión moral no implica sacralizarla, sino someterla a examen público. La pregunta por la justicia distributiva no es confesional; es justamente cívica.

Escuela de Salamanca
Escuela de Salamanca | macbook

Un símbolo elocuente: María Magdalena

En el paisaje artístico salmantino aparece de forma reiterada la figura de María Magdalena. Su presencia en relieves, retablos y pinturas forma parte del imaginario cultural de la ciudad. La tradición la presentó como mujer liberada de “siete demonios”, imagen que la iconografía vinculó con los pecados capitales. (Aunque la exégesis actual ya ha orofundizado mejor en su verdadera identidad). 

El vaso de alabastro con el que suele representarse simboliza la generosidad y el desprendimiento; la calavera recuerda la igualdad radical ante la muerte; y el libro abierto, en la tradición occidental, alude al modelo de sabiduría en contextos académicos. Más allá de la lectura devocional, estos símbolos ofrecen una clave ética: relativizan la acumulación y subrayan la primacía de la dignidad humana.

En ese sentido, resulta verosímil interpretar a María Magdalena como referente simbólico en la cultura salmantina en la que germinó la Escuela de Salamanca. Así como la tradición habla de su liberación de los “demonios”, los pensadores salmantinos intentaron liberar la economía de sus propios demonios inflacionarios: la avaricia, la usura, la indiferencia ante la pobreza. No se trata de establecer una relación causal directa, sino de reconocer un clima cultural compartido donde arte, teología y reflexión jurídica dialogaban.

Colas de comida en Gaza
Colas de comida en Gaza | Ep

Las piedras y el pan, hoy

El relato del desierto plantea una pregunta que sigue vigente: ¿para quién se transforma la piedra en pan? La diferencia no está en producir más, sino en decidir el destinatario.

En 2026, las “piedras” adoptan formas concretas: tierras abandonadas en el medio rural, recursos globales mal distribuidos, presupuestos internacionales incumplidos, casta inmoral de plutócratas. Convertirlas en pan implica políticas públicas, incentivos al arraigo rural, cooperación eficaz y regulación de mercados e impuestos con criterios de justicia.

El quinto centenario de la Escuela de Salamanca ofrece una oportunidad para tomar nota de una tradición intelectual que entendió la economía como asunto moral. Y la persistente presencia artística de María Magdalena en la ciudad puede leerse, con fundamento histórico y simbólico, como recordatorio visual de esa misma exigencia: ninguna riqueza tiene sentido si no se orienta a la vida y a la dignidad compartida.

María Magdalena
María Magdalena

El debate no es confesional. Es cívico. Y comienza por una pregunta sencilla y radical: ¿Adónde va nuestro pan?.

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