"Siga leyendo, no se trata de otro síntoma más de masoquismo" Y si dejamos de ser perseguidos, ¿continuaremos siendo cristianos?

Y si dejamos de ser perseguidos, ¿continuaremos siendo cristianos?
Y si dejamos de ser perseguidos, ¿continuaremos siendo cristianos?

"Intenatré mostrar que el día que el cristianismo y el pueblo de Dios, la Iglesia, deje de ser perseguida, probablemente nos estaremos alejando del Dios encarnado, de ese Jesús de Nazareth de la cruz"

"El Hijo de Dios nos advierte, una y otra vez, que seguirle va a tener un precio… Lo que deberíamos preguntarnos es la causa o causas de por qué los cristianos son perseguidos en una parte importante del mundo"

"Lo que está pasando en América Latina y en otros lugares del mundo nos debe servir para caer en la cuenta de una certeza clara, pero dolorosa: vamos a ser perseguidos sí o sí si somos portadores coherentes y fieles de la cruz y el evangelio"

"A pesar de todo, tengámoslo presente, el amor es más fuerte que la muerte, la esperanza es más poderosa que la tristeza y la luz más penetrante que la tiniebla"

Antes de que el lector, y con toda la razón, se diga para sus adentros, “¡Ya está bien!, qué es esto, ¿otro síntoma más de masoquismo?”. Le pido que siga leyendo porque intentaré mostrar, no sé si lo conseguiré, que el día que el cristianismo y el pueblo de Dios, la Iglesia, deje de ser perseguida, probablemente nos estaremos alejando del Dios encarnado, de ese Jesús de Nazareth de la cruz que, desde que nació hasta que murió, fue perseguido, insultado y vilipendiado por los poderes de su tiempo.

El Hijo de Dios nos advierte, una y otra vez, que seguirle, mediante la aseveración evangélica ‘¡Sígueme!’ va a tener un precio. Una cuestión muy diferente es la apatía y la indiferencia que la comunidad internacional muestra ante todo este hecho de forma vergonzante. Claro que debemos criticar esta tibieza, pero ¿alguien espera una actitud y una predisposición diferente?

Lo que deberíamos preguntarnos es la causa o causas de por qué los cristianos son perseguidos en una parte importante del mundo. Más de 300 millones de cristianos se juegan la vida por creer en el Dios de Jesús. Los acontecimientos que hemos vivido recientemente en Nicaragua son un buen ejemplo y una radiografía de lo que está pasando. El régimen despótico de Daniel Ortega decretaba el cierre de seis emisoras católicas asaltando un templo para cerrar una de las radios en medio de disparos y forcejeo con los fieles.

Todos estos hechos provienen de la estrategia política de hostigamiento y presión del Gobierno sandinista contra la Iglesia Católica, sumando el incendio de una capilla de la catedral de Managua, la expulsión del nuncio vaticano, el hostigamiento a obispos y sacerdotes, la expulsión de la Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta. No conformes con eso, como ya ha informado y publicado Religión Digital en directo, el pasado 19 de agosto los lacayos de Ortega secuestraron en la casa episcopal de Matagalpa al obispo Rolando Álvarez que ya estaba, junto con un grupo de sacerdotes y laicos, incomunicado más de dos semanas sin casi posibilidad de recibir atención y alimento.

Lo que está pasando en América Latina y en otros lugares del mundo nos debe servir para caer en la cuenta de una certeza clara, pero dolorosa: vamos a ser perseguidos sí o sí si somos portadores coherentes y fieles de la cruz y el evangelio. Esto lo expresa a la perfección la periodista italiana Francesca Paci en su libro Donde los cristianos mueren y lo hace en dos sentidos. El primero cuando afirma, inspirándose en Régis Debray, que “los cristianos son el ángulo ciego de nuestra mirada al mundo: ‘demasiado’ cristianos para los solidarios con el tercer mundo y ‘demasiado’ orientales para los occidentales”.

Somos el ángulo ciego. Y así es, los datos en forma de persecuciones, atentados y violaciones hablan por sí solos. La respuesta de la Iglesia y en particular de Francisco es ilógica de cara a la galería. Busquen alguna declaración en la que se aliente el ojo por ojo y diente por diente cuando la máxima evangélica es todo lo contrario: el diálogo, la paz, el encuentro, la escucha y misericordia. Valores cuya cotización están por los suelos en la bolsa de la historia y de la geopolítica.

La fortaleza del cristianismo, de la Iglesia y de Francisco, presentada como debilidad a ojos de los medios y los poderes fácticos, está en que lo que dice y pide es verdad y es, por el contrario, inasumible para la lógica del mundo y es que las personas sólo podemos evolucionar en la medida que nos amamos hasta la extenuación. No hay más, no existe otro principio que mueva la vida humana que este.

Que día a día veamos violaciones de este principio no implica que no sea necesario y verdad. No hay desarrollo ético, moral y humano sin la donación a las otras personas, en concreto, a los más vulnerables, a los invisibles de la sociedad como las causas que son perentorias, que necesitamos con urgencia abordar y solucionar y se posponen por intereses espurios que ignoran la máxima de que nos necesitamos, que tenemos problemas comunes que nos unen y que sólo con el concurso de todos podremos solucionarlos.

El segundo sentido de las palabras de Paci está cuando afirma lo siguiente: “La opinión pública europea sigue distraídamente el caso de los cristianos atrincherados más allá del Mediterráneo. En efecto, según el paradigma de las causas transversales del nuevo milenio, el caso de los cristianos perseguidos no encuentra su espacio en las categorías tradicionales derecha-izquierda, pobres-ricos, laicos-religiosos. La caza de cristianos, en fin, indigna menos que otras injusticias”. Aquí podemos encontrar las diferentes razones de cómo se reacciona a la persecución de las personas cristianas con el mando a distancia. Se dice y se denuncia porque toca. Nada más y debería ser objeto de reflexión, al menos en el seno de esa Europa acomodada y satisfecha de sí misma que asiste con resignación y conformismo a los diferentes temas de nuestro tiempo.

Sin embargo, y a medida que contemplaba los acontecimientos en Nicaragua, iba leyendo, sin saber todavía el por qué, los dos textos extraordinarios que Stefan Zweig tiene sobre Tolstoi. Adentrándome en lo que el escritor ruso quiso llegar a ser, podemos comprender que ciertos principios sólo tienen un destino: la persecución y la soledad. Si quiere bordear dicho destino, no cumpla esos principios y podrá vivir tranquilamente, lana contra lana, como diría Ortega y Gasset, pero se alejará de ese Reino de Dios que Jesús presentó como un órdago para que la humanidad fuera digna de sí misma.

Los cristianos tenemos que decidir en qué lado de la historia jugamos. ¿Cómo podemos hacerlo? Zweig lo expresa de forma magistral en Tiempo y cosas a través de una serie de preguntas que Tolstoi plantea al lector en cada una de sus novelas inolvidables: “¿Para qué vivir? ¿Qué tiene mi existencia y toda otra? ¿Qué significa este abismo entre el bien y el mal que yo siento en mí y por qué existe? ¿Cómo debo vivir? ¿Qué hay de falso en nuestras vidas?... el creyente está obligado a poner a Cristo por encima del César y al reino de Dios por encima del terreno, y por ello ha de entrar necesariamente en conflicto con los deberes de los súbditos, con la ley y con el Estado… un cambio verdadero sólo podrá conseguirse con una plena transformación del sistema actual presente. Tolstoi no apunta como meta a una revolución violenta, sino moral, que produzca esa liberación lo más pronto posible y consiga con ello la humanidad ahorrarse la otra revolución, la sangrienta”.

Tolstoi nos invita a la revolución de los corazones, de las almas, y no de los puños ni de las armas. Demos un vistazo por el mundo y veremos cómo el lenguaje de las armas es quien comunica el tiempo de los acontecimientos y de las cosas. De ahí que Zweig diga de Tolstoi que “el hombre honrado no debe pensar ni comportarse patrióticamente, sino humanamente”. Todo ello conlleva y conllevaría que miles de millones se esfumaran, que la economía de la guerra se paralizase, que los jerarcas de la tierra fueran un poco más débiles y comenzaran a sentir cierta orfandad que experimentan tan personas a diario.

En Momentos estelares de la humanidad el escritor vienés reproduce un encuentro ficticio, “La huida haciaDios”, entre unos jóvenes estudiantes y un Tolstoi que está acariciando la muerte con las yemas de los dedos para pedirle que rompa su silencio, que hable de una vez y que anime a la revolución, no la moral, sino a la sangrienta y violenta. Necesitan su voz porque creen que será la chispa que encienda la mecha contra los abusos de los poderosos y el Estado. Le exigen que se pronuncien para no convertirse en un opresor más. Cuando acaban de hablar, cabreados, por la tranquilidad del anciano escritor, responde: “Ningún orden moral puede obtenerse por la fuerza, pues toda violencia engendra inevitablemente violencia. En cuanto echéis mano de ella, crearéis un nuevo despotismo. En lugar de destruirlo, lo perpetuaréis. La verdadera fuerza no responde a la violencia con violencia, la reduce a la impotencia través de la tolerancia. Está escrito en los evangelios. Es cien mil veces mejor sufrir por una convicción que matar por ella”. Jesús de Nazareth murió en la cruz para mostrar la actualidad, la necesidad y la vigencia de una serie de principios que serán combatidos a través de la persecución, la opresión y la violencia. Ha sido, es y será. No hallemos aquí un síntoma de resignación. Todo lo contrario.

Hoy tenemos personas que son capaces de poner su vida al servicio de estos ideales que recuperan la dignidad de la persona en cualquier ámbito de acción y poder. Son nuestros héroes, los santos de hoy, hodiernos, que nos recuerdan que la vida sólo merece ser vivida si está proyectada a una realidad superior a ella. Los cristianos tenemos muy claro ese horizonte de transcendencia, el evangelio de Jesús, cueste lo que cueste, puesto que, recordemos, “quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 25-27).

Silvo Báez

Con este convencimiento radical, agradezco a José Manuel Vidal que me dijera quién es, Silvio Báez, otro obispo auxiliar de Managua al que Ortega obligó a exiliarse hace cuatro años, dijo en pleno asalto del Estado de Nicaragua a instituciones y personas de la Iglesia. Se dirige a los poderosos, a los que tienen el poder no sólo de perseguir, sino hacer que toda una sociedad se convierta en verdugo de los más débiles y de aquellos que alzan la voz contra los atropellos arbitrarios de los que creen que la realidad sólo puede palpitar como su corazón dicta:

“Son inútiles y blasfemos los discursos que invocan a Dios y hablan de Él mientras al mismo tiempo se lanzan palabras de odio, se fabrican mentiras infames y se hace sufrir a los pueblos. La verdad es que no son cristianos los que se sirven de la ley para hacer actos ilegales ni quienes les llaman bien al mal y mal al bien. Se encaminan a su ruina los tiranos que cargan a sus espaldas crímenes e injusticias. Asuman la responsabilidad de sus delitos y hagan espacio al amor en su corazón. Dejen que el evangelio de Jesús ilumine su conciencia. Si quieren de verdad vivir y salvarse, liberen a quienes tienen cautivos. Y pienso en mi hermano y Monseñor Rolando Álvarez, detenido injustamente porque es inocente, en los sacerdotes y laicos que están detenidos en Nicaragua. En todos nuestros presos políticos en América Latina. Libérenlos porque no hay motivos para tenerlos en prisión si quieren vivir de verdad y salvarse”.

Nuestra misión es, grande o pequeña, recordar que la dignidad de las personas no tiene precio, no es presa de ningún poder ni de ninguna ideología, ni está al servicio de la mentira y la manipulación. Hacerlo se pagará con el escarnio, otras con la persecución y el señalamiento y otras con la muerte.

A pesar de todo, tengámoslo presente, el amor es más fuerte que la muerte, la esperanza es más poderosa que la tristeza y la luz más penetrante que la tiniebla. Depende de nuestra disposición, de nuestra cercanía y fidelidad al evangelio que ha transformado durante siglos a personas, pueblos y culturas enteras. En tus manos y en la mía está que esa senda siga configurando el porvenir de una humanidad henchida de fraternidad y misericordia.

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