"Por ser monjas" "No nos dejan pensar"

"No nos dejan pensar"
"No nos dejan pensar"

"Una de las quejas más imperdonables, eclesiales y eclesiásticas que se han hecho presentes en las sesiones pre-sinodales, han procedido de los monasterios-conventos de clausura de monjas"

"'Por ser monjas, nuestras Madres Superioras y la jerarquía en general no nos dejan pensar'. No es fácil hallar una lamentación tan liberadora, grave, efectiva y real como esta, formulada con sencillez, humildad, y casi unanimidad"

"La queja apenas si ha tenido eco, como si se tratara de algo perfectamente normal. A no pocos miembros de la jerarquía les aterraría que en la Iglesia también las monjas se sientan 'entusiasmadas' con la posibilidad carismática"

"Pero ellas están decididas ya, y por fin, a que a sus cabezas no las coronen las cofias y los 'rostrillos'"

Una de las quejas más imperdonables, eclesiales y eclesiásticas que, ya recopiladas, se han hecho presentes en las sesiones pre -sinodales , han procedido de los monasterios-conventos de clausura de monjas, de vocación “esposas del Señor” y “siervas -esclavas” de obispos, curas y frailes.

Y la queja tan repetidamente expresada, lamentada y llorada es la de que “por ser monjas, nuestras Madres Superioras y la jerarquía en general no nos dejan pensar”.

No es fácil hallar una lamentación tan liberadora, grave, efectiva y real como esta, formulada con sencillez, humildad, y casi unanimidad en coros, salas de la Comunidad, recreaciones, estancias para la elaboración de los productos artesanales para poder subsistir a los que también dedican sus horas, en los centros que todavía perduran y que configuran la vida monástica por esas ciudades y pueblos de Dios.

Y el hecho es que, a las monjas no se les deja pensar invocando normas y “Santas Reglas” de sus fundadores o fundadoras interpretadaspor los capellanes o directores espirituales de turno, por hojas parroquiales o publicaciones de la Orden, Congregación o de las Confederaciones, y en las solemnidades, por Obispos diocesanos y Superiores Generales. El mandamiento a cumplir “con alma, vida y corazón, hasta la muerte y en virtud de santa obediencia,” previa aprobación de la asignatura del “Amén” siempre y en todo” constituye para muchos y muchas, la esencia de la vida religiosa, para que esta lo sea de verdad y hasta sus últimas consecuencias…

“No nos dejan pensar” ha aparecido en los titulares de las informaciones relacionadas con el Sínodo y apenas si su eco fue y es destacado, como si se tratara de algo perfectamente normal en los conventos y más si estos lo son del género femenino. Muy pocos informadores religiosos, tomaron nota de ello, sin ocurrírseles plantear la solemne barbaridad de tal aseveración, no habiéndoseles rasgados ni un solo milímetro sus vestiduras , ornamentos sagrados y signos litúrgicos.

Pero el problema de “no nos dejen pensar” no se limita en la Iglesia a adentrarse en los conventos de monjas de clausura. Es y está más generalizado. El “Amén” es “santo y seña“ de vida no solo religiosa, sino cristiana. El culto, y el santo ejercicio del Amén, miden la calidad y la condición de la piedad y del amor a la Iglesia y a Dios. No hay religión sin Amén. Sin Amén no es posible ser santo y menos aspirar al “honor de los altares”.

Quién piense, o se queje, de la imposibilidad de hacerlo dentro de la Iglesia, habrá de buscarse otro acomodo “religioso” y ¡”sea lo que Dios quiera!”. La censura eclesiástica, porque sí, impera todavía y, en algunas áreas, tanto o más que en las inquisitoriales, añoradas por algunos en diversidad de formas, con promesas de premios, o amenazas de castigos, La Inquisición y los “inquisidores” fueron declarados “santos”, por lo que “perduraría por los siglos de los siglos”, como algo perfectamente normal, aunque esto no pase de ser antinatural por todos sus costados.

A no pocos miembros de la jerarquía, con sínodo o sin sínodo, les aterraría tener que concluir religiosamente que en la Iglesia también las monjas se sientan enfebrecidas -“entusiasmadas”- con la posibilidad carismática, no solo de que se les permita pensar, sino que, por miembros conscientes de la colectividad, de la Iglesia y de su Orden o Congregación Religiosa, se les inste a insistir “en la rápida ejecución de pensar, como acto sublime personal y de adoración a Dios, siempre al servicio del prójimo.”

Comunidades de monjas arrodilladas y agradecidas al papa Francisco por la reactivación sinodal de la Iglesia, están en disposición de consagrar largas vigilias en demanda, y por el bien de todos, que se les permita pensar.

Están decididas ya, y por fin, a que a sus cabezas no las coronen las cofias y los “rostrillos” (de rostro) que, en su diversidad de versiones y aún con la mejor de las intenciones, les dibujaron sus fundadores o fundadoras, sino los pensamientos, tal y como con generosidad, discreción y discernimiento y proponen enjoyan los santos Evangelios….

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