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¿Desahuciar a Argüello?

"Cargados de paciencia, los cristianos seguimos esperando. Pero, mientras tanto, nos sumaremos a esas iniciativas ciudadanas que, desde la aconfesionalidad, sí están demostrando la solidaridad y la humanidad evangélica que la Iglesia española, anclada en la vieja inercia de sus siglos de gloria, no ha sido capaz de demostrar hasta ahora"

Luis Argüello, en Valladolid, tras la polémica | EFE

Lo peor de algunos de nuestros obispos es que nunca nos sorprenden. Y esta rutina se convierte en el peor enemigo de la esperanza, porque comprobamos de nuevo cómo ciertas estructuras caducas y ciertos mensajes añejos hace tiempo que dejaron de servir para cambiar un mundo que corre siempre más aprisa de lo que permiten los faldones de una sotana.

La última lluvia sobre mojado es la soflama que publica en X monseñor Argüello. El documento no lleva los membretes de la Conferencia Episcopal y tampoco va firmado, por lo que pensamos que no recoge el sentir de la colegialidad de los obispos españoles. ¡Alabado sea Dios! En ese texto, el obispo de Valladolid repasa los desahucios que sufre hoy la sociedad española: el de Maricarmen, víctima simbólica de los propietarios sin escrúpulos; el de los ceutíes, que ven alterada la rutina ciudadana de sus calles y, por último, el de los migrantes en Ceuta, expulsados de la mesa de la sociedad del bienestar y atrapados, en un limbo sin fecha, entre sus pesadillas de África y su sueño de Europa. Con una metáfora bastante dudosa, Argüello añade de su puño y letra otro desahucio: la expulsión del embrión del vientre de una mujer que decidió abortar en los supuestos que marca la ley. Riesgosa comparación que convierte entonces todo vientre femenino en un vientre de alquiler. Este es el peligro de algunas metáforas poco afortunadas, pero muy esperables en alguien que demuestra más familiaridad con los inmuebles que con la biología de la reproducción.

Olvidó mencionar el desahucio que la iglesia institucional decidió practicar con las mujeres, desahuciándolas de los puestos de gestión que realizaban en el grupo original de los apóstoles y olvidó el desahucio eclesial a la comunidad LGBTI Q+, expulsándola públicamente de su condición de miembros preferentes de la Iglesia, de su condición de espejos del amor plural de Dios. Lástima que Argüello no se olvidara, en cambio, de hablar de “invasión” y de “okupas”, términos presentes siempre en los estribillos de odio de la ultraderecha y que no faltan tampoco en las edificantes líneas del obispo

Abstraído en su celo pastoral, monseñor Argüello, olvidó citar muchos otros desahucios, tan sangrantes como los que él propone. Olvidó mencionar el desahucio que la iglesia institucional decidió practicar con las mujeres, desahuciándolas de los puestos de gestión que realizaban en el grupo original de los apóstoles y olvidó el desahucio eclesial a la comunidad LGBTI Q+, expulsándola públicamente de su condición de miembros preferentes de la Iglesia, de su condición de espejos del amor plural de Dios. Lástima que Argüello no se olvidara, en cambio, de hablar de “invasión” y de “okupas”, términos presentes siempre en los estribillos de odio de la ultraderecha y que no faltan tampoco en las edificantes palabras del obispo.

Si esta es la respuesta institucional de la Iglesia a los problemas del país, no será raro que cada vez más cristianos comprometidos desahucien también a nuestros obispos, por pasar más tiempo en el púlpito que en la calle o por creerse en posesión de una autoridad moral que hoy toca fondo. Me parece muy lícito que la Iglesia pueda debatir la ética cívica que trata de regular legítimamente situaciones extraordinarias como el aborto o la eutanasia. Pero debatir es dialogar, no dar lecciones de moral. Para ello necesitarían haberse ganado una credibilidad social que el escándalo de los abusos sexuales, la dudosa gestión de sus inmuebles o las connivencias políticas han convertido sucesivamente en una vergonzosa ruina. Sabemos que Argüello cree estar hablando desde el balcón endoselado del palacio arzobispal, pero habla, en realidad, desde la ruina moral de una institución que ya no parece buscar creyentes adultos, sino crédulos ingenuos y cristianos de sangre y tradición que comulguen con las ruedas de molino de un clericalismo trasnochado.

Esta inercia inveterada, que dejó en borrador los documentos luminosos del Concilio Vaticano II, nos sigue condenando a llegar tarde a todos los trenes. Perdimos ya sin remedio el tren de la lucha democrática frente a las monarquías absolutas, el tren comprometido de las ciencias, el tren de los obreros, el tren de la juventud, el tren del diálogo interreligioso… Gracias a Francisco, cogimos por los pelos el tren de la lucha ecológica y casi, casi el del respeto por la diversidad sexual. La estación de Añastro empieza a parecerse a un grupo de andenes ruinosos y polvorientos, a una red de vías muertas donde hace mucho que nadie espera ya ningún tren.

Muchos creyentes, bien cargados de paciencia y de misericordia, pedimos a la Conferencia Episcopal que reconstruya la credibilidad perdida con un compromiso más decidido por el Evangelio, que reconduzca la ideología reaccionaria e inflamable de sus medios de comunicación, que abra ejemplarmente sus inmuebles a las necesidades sociales y que las mitras y los báculos y las cruces pectorales estén más presentes en la agitación de las calles, al lado de los que sufren

Muchos creyentes, bien cargados de paciencia y de misericordia, pedimos a la Conferencia Episcopal que reconstruya la credibilidad perdida con un compromiso más decidido por el Evangelio, que reconduzca la ideología reaccionaria e inflamable de sus medios de comunicación, que abra ejemplarmente sus inmuebles a las necesidades sociales y que las mitras y los báculos y las cruces pectorales estén más presentes en la agitación de las calles, al lado de los que sufren. De la iglesia de Ceuta, por ejemplo, solo hemos oído declaraciones profundamente desafortunadas. Si algo podemos destacar de la personalidad de Jesús de Nazaret es precisamente su capacidad de conmoverse por los que la sociedad de su tiempo había desplazado al margen de los caminos y a los que el fariseísmo religioso había decidido no mirar siquiera.

Cargados de paciencia, los cristianos seguimos esperando. Pero, mientras tanto, nos sumaremos a esas iniciativas ciudadanas que, desde la aconfesionalidad, sí están demostrando la solidaridad y la humanidad evangélica que la Iglesia española, anclada en la vieja inercia de sus siglos de gloria, no ha sido capaz de demostrar hasta ahora.

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