Deseos para el Año Nuevo en tiempos turbulentos

"Ante la tentación del pesimismo, deberíamos seguir el consejo de Aristóteles…"

Ajustar las velas
Ajustar las velas
Mariano Delgado*
01 ene 2026 - 18:08

En el Barroco, los grandes predicadores de la Corte solían recordar al comienzo del año los principios de un buen gobierno de matriz cristiana (salvaguardar el bien común, velar por los pobres y los débiles, contribuir a la tranquilidad y la felicidad de todos). Esta tradición la continúan hoy los obispos y los papas con sus «mensajes» del 1 de enero. Desde hace años, los mensajes papales con ocasión de la «La Jornada Mundial de la Paz» tienen una especial resonancia. «Una paz desarmada y desarmante, humilde y constante. Proviene de Dios, el Dios que nos ama a todos incondicionalmente»: este es, como es sabido, el gran deseo del papa León XIV en su primer mensaje de este tipo. Me limitaré a expresar algunos deseos personales para el nuevo año a nivel micro y macro.

A nivel micro, me gustaría recordar las ideas de San Agustín. En sus «Confesiones», escribió la famosa sentencia sobre el tiempo: «¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si quiero explicarlo, no lo sé». El pasado como lo que ya no es, el futuro como lo que aún no es y el presente como el momento fugaz entre el pasado y el futuro solo existen en nuestra percepción; para Dios, todo es simultáneo (una eternidad presente). En la tradición agustiniana se recomienda sanar las heridas del pasado mediante el perdón, vivir intensamente el presente mediante las buenas obras y el amor, y confiar serenamente el futuro a Dios. 

Tiempo
Tiempo

Las reflexiones de san Agustín sobre el cambio de año no solo giran en torno al tiempo: «Nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti» (Conf. I, 1). Esta famosa cita al comienzo de las «Confesiones» expresa el anhelo fundamental del ser humano, que solo encuentra su plenitud en Dios («solo Dios basta», se atribuye también en este sentido a santa Teresa). Así, el cambio de año es también una ocasión para examinar la propia «inquietud del corazón» en estos tiempos por lo demás turbulentos y reorientarlo hacia lo esencial. Para ello es necesario superar una y otra vez el egocentrismo, el amor propio enfermizo.

El círculo familiar y de amigos también puede ser bueno para mantener nuestro «corazón inquieto». Por ejemplo, anticipando ese tiempo del que hablan los profetas de Israel y del cristianismo: un tiempo en el que nos invitaremos unos a otros «bajo la parra y la higuera» (Zac 3,10) y disfrutaremos de la convivencia pacífica. Siempre que lo hacemos en el ámbito personal, sea cual sea el motivo, experimentamos en nuestro pequeño mundo algo del Reino de Dios, hacia el que nos dirigimos con el corazón inquieto.

Por supuesto, no existe el idilio en la tierra. Porque no estamos en el monte Tabor y no podemos construir aquí tres tiendas permanentes. Cuando abrimos la ventana (las noticias en los medios de comunicación son hoy la ventana al gran mundo), nos damos cuenta a nivel macro de que la guerra, la mentira y el engaño, o la ley del más fuerte, parecen marcar la pauta... precisamente ahora, cuando grandes potencias como Estados Unidos, Rusia y China parecen estar dividiéndose el mundo entre ellas... y la Unión Europea y otros bloques se muestran indecisos e impotentes. Sí, podríamos tender al pesimismo ante el curso del mundo, porque la producción de armas aumenta y el depredador que hay en la naturaleza humana aún no ha podido ser domesticado del todo, ni por las grandes religiones ni por la cultura. En lo que respecta a la violencia, la historia parece ser en muchos casos un eterno retorno de lo mismo, solo que con armas cada vez más letales. «Lo que fue, puede volver a ser»: esa fue, en esencia, la respuesta del filósofo Theodor Adorno a la pregunta de si algo como «Auschwitz» podría repetirse. ¡Por eso debemos permanecer alerta!

Mente despierta
Mente despierta

Pero si miramos más de cerca, también hay desarrollos esperanzadores en nuestro mundo, como se puede leer estos dias en los medios de comunicación:

-Vivimos más tiempo: la esperanza de vida global ha aumentado considerablemente desde el año 2000.

-La mortalidad de los niños menores de 15 años se ha reducido a la mitad desde el año 2000.

-También se ha reducido la pobreza extrema: en 2000 era del 36 %, hoy es del 10 %.

-Gracias, entre otras cosas, a la energía solar, hoy en día hay mucha más gente que antes con acceso a la electricidad: hoy en día es el 92 % de la población mundial, frente al 78 % en 2000. En Ruanda, por ejemplo, la conexión a la red eléctrica aumentó del 6 % al 64 %.

-El 68 % de las niñas asisten hoy a la escuela secundaria, frente al 47 % en 2000.

-La tasa de supervivencia al cáncer se ha duplicado. Los infartos de miocardio son menos mortales, hoy en día solo en un 10 %.

Y así podríamos encontrar muchas buenas noticias que nos hacen pensar que la unidad de la familia humana avanza poco a poco.

Por eso, a nivel macro, deseo 

-que seamos ciudadanos y ciudadanas políticamente sensibles de los problemas de nuestro país y de nuestro mundo; 

-que en 2026 promovamos los avances positivos con nuestro tiempo, nuestra mente y también con nuestro dinero... 

Aristóteles
Aristóteles

No es que como individuos no podamos hacer nada. Ante la tentación del pesimismo, deberíamos seguir el consejo de Aristóteles: 

«No podemos cambiar el viento,

pero podemos ajustar las velas».

*Mariano Delgado es catedrático emérito de Historia de la Iglesia en la Facultad de Teología de Friburgo (Suiza), donde fue Decano dos veces. Entre 2021-2025 fue Decano de la Classe VII (Religiones) en la Academia Europea de las Ciencias y las Artes (Salzburgo).

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