¿Y después del CONVIVIUM…? Διάλογος

Pronto hará dos meses que se celebró en Madrid la Asamblea presbiteral CONVIVIUM. Esta reflexión tiene mucho de rememoración de lo que fue, pero también sobre lo que no pasó, y pudo haber pasado, y, más aún, de lo que, a mi juicio, sería conveniente que alguna vez pasara

CONVIVIUM
CONVIVIUM
Jesús López Sotillo
31 mar 2026 - 10:56

Pronto hará dos meses que se celebró en Madrid la Asamblea presbiteral CONVIVIUM. Y desde que, a las dos y cuarto de la tarde del día 10 de febrero, nuestro arzobispo, el cardenal José Cobo Cano, la dio por terminada llevo dándole vueltas al contenido y a la redacción de este artículo, que ahora se publica. Ve la luz en torno a una jornada diocesana que también reúne en la catedral y luego en el seminario conciliar a buena parte del clero madrileño, convocado para concelebrar la misa crismal y comer juntos. Tiene, como enseguida se verá, algo de rememoración de lo que pasó en la asamblea. Pero también tiene mucho de reflexión sobre lo que no pasó, y pudo haber pasado, y, más aún, de lo que, a mi juicio, sería conveniente que alguna vez pasara. Empezaré por la rememoración.

A punto de concluir la asamblea presbiteral, Raquel Caldas e Israel Remuiñán, los periodistas de la Cope que ejercieron como presentadores, nos invitaron a que, haciendo uso de una aplicación informática, escribiéramos y enviáramos a la comisión organizadora una palabra, sólo una, que reflejase lo que a nuestro juicio había sido lo más destacable del encuentro. La palabra que yo escribí fue “sorpresa”. La elegí porque fueron muchas las situaciones vistas o vividas que desencadenaron en mí dicho estado de ánimo.

Me sorprendió, como a todos, la enorme afluencia de asistentes. Antes de la hora fijada para el inicio de la acogida y la entrega de credenciales ya éramos muchos los que merodeábamos junto a las puertas de entrada al edificio principal de la Fundación Pablo VI. Se percibía alegría en los rostros y en los ademanes de quienes nos íbamos juntando. Y continuó percibiéndose a lo largo de toda la Asamblea Presbiteral. Fue sorprendente. Sorprendentes fueron, también, los diferentes espacios en los que el CONVIVIUM fue desarrollándose. Todo estaba preparado para que pudieran usarse las nuevas tecnologías y los nuevos estilos de comunicación. Antes de comprobarlo, tuvimos ocasión de sorprendernos, igualmente, percibiendo, a través de nuestras muy distintas indumentarias, la diversidad de los asistentes. 

Cobo, en la misa de CONVIVIUM. A su derecha, Luis Marín y el cardenal Bustillo
Cobo, en la misa de CONVIVIUM. A su derecha, Luis Marín y el cardenal Bustillo | Infomadrid

Cuando a las diez y veinticinco la Asamblea echó a andar, comenzamos a comprobar con asombro y gran sorpresa que todo funcionaba como un mecanismo bien ensamblado y engrasado. Don José Cobo Cano, el arzobispo, al saludar a todos los asistentes, estaba radiante de felicidad viendo tal afluencia de sacerdotes. Sus primeras palabras tuvieron también un punto de sorpresa. Siendo él, como era, el convocante, nos dijo, sin embargo, “Da gusto veros y da gusto vernos. Gracias de verdad por responder a la llamada, que en definitiva es una llamada del Señor”. Con una frase muy similar, puso fin a su última intervención en el CONVIVIUM: “Gracias por ser sacerdotes. Gracias por vuestro «Sí» al Señor en esta llamada que nos ha realizado. Muchas gracias”. 

En la media hora siguiente fuimos de sorpresa en sorpresa. La gran pantalla electrónica que ocupaba de lado a lado todo el fondo del escenario se convirtió de pronto en el claustro de un monasterio románico y ante él los seminaristas de Madrid, seguidos por el resto de los asistentes, rezaron la hora intermedia. Luego en esa misma pantalla comenzaron a pasar muchas y diversas imágenes de Madrid, mientras que por la megafonía la voz inconfundible de un Joaquín Sabina, todavía joven, dejaba oír el estribillo y las estrofas de su muy bella canción “Yo me bajo en Atocha”. Acto seguido Raquel Caldas e Israel Remuiñán, los presentadores, con la maestría que demostraron en todas sus intervenciones, nos sacaron de dudas: sí, no era una alucinación, acabábamos de escuchar a Sabina. Y nos anunciaron que venía algo de mayor enjundia, otra proyección con hermosas imágenes, sobre todo de la catedral de la Almudena, pero esta vez para ilustrar el texto de la carta que León XIV había escrito expresamente para todos nosotros, leída por un experto lector. Y, como colofón de esa media hora vibrante, el escenario se fue llenando de sacerdotes de diversas edades y estilos, que, siguiendo el ritmo que marcaba la música de un piano y dos guitarras tocados en directo, nos cantaron e invitaron a cantar el himno del CONVIVIUM, compuesto por los sacerdotes Ignacio Ozores Puich y Luis Poveda Talavera y titulado “Ungidos”. La gran asamblea sacerdotal, en la que estábamos participando, no había hecho más que empezar y ya se vislumbraba, a través de su letra, al servicio de qué fin se había concebido, organizado y puesto en marcha. 

Todo estaba puesto, como se fue viendo en el día y medio siguiente, al servicio de reforzar en los sacerdotes, presentes o conectados a través de Internet, la conciencia de ser un grupo de elegidos por Dios, a los que, en su día, haciéndose el encontradizo, llamó personalmente a formar parte del mismo. Y a los que, tras responder a su llamada y recibir la formación requerida, a través del Sacramento del Orden, mediante el crisma derramado sobre sus cabezas, ungió y dotó de una dignidad existencial mayor que la de los demás bautizados y más grande aún que la del resto de seres humanos. Unido indisolublemente a ese propósito, enseguida se advirtió que había, también, otro igual de importante, el de reforzarnos la conciencia de que los sacerdotes hemos sido elegidos, llamados y ungidos para que, como los pastores guían a sus ovejas, cumplamos fielmente, en comunión con nuestros obispos y con el papa, la misión de conducir a las comunidades que nos son encomendadas al encuentro personal con Jesucristo, enseñando a sus miembros el modo de seguirle, en instándoles a colaborar activamente en la misión de anunciar el Evangelio al resto de los seres humanos.

No es tarea fácil, se insistió en ello. Y para salir airosos del tal empeño, se nos recomendó intensificar la oración contemplativa, para que en ella se reavive nuestro encuentro con Dios. Se nos animó, asimismo, a fomentar la amistad pastoral entre nosotros, pues nos servirá, se nos dijo, de gran ayuda. A ella ha de sumarse la cercanía del obispo, para que conozca nuestras necesidades, especialmente las relacionadas con la soledad personal y el cansancio pastoral, y se sienta impulsado a encontrar y ofrecernos formas y maneras que contribuyan a superarlas. 

Archimadrid

Este esquema teológico, que subyace tras la letra del himno, es fácilmente detectable en los dos textos pontificios, que, junto con otra documentación, se nos entregaron al recoger las acreditaciones: la “Carta Apostólica Una Fidelidad que genera futuro, escrita por León XIV con motivo del LX Aniversario de los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordines, y la ya citada “Carta de Santo Padre León XIV al presbiterio de la Archidiócesis de Madrid”. Se percibe igualmente en todas y cada una de las intervenciones del arzobispo de Madrid, el cardenal José Cobo, que se escucharon simultáneamente en el salón de actos y en las tres salas adyacentes que hubo de habilitar para dar cabida a todos los sacerdotes, diáconos y seminaristas presentes en la asamblea y al importante grupo de laicos y laicas, que también había sido invitado. Así como en las palabras que pronunció durante la eucaristía celebrada en la catedral de la Almudena, especialmente en la homilía. Y se perciben, igualmente, tras las muy preparadas ponencias de los cardenales François Bustillo, franciscano de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales, Obispo de Ajaccio (Córcega, Francia), miembro del Dicasterio para el Clero, titulada “La vocación presbiteral en un cambio de época”, y Luis Marín de San Martín, de la Orden de san Agustín, entonces subsecretario del Sínodo de los Obispos, y desde el 12 de marzo Limosnero de su Santidad y Prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad, titulada “Ministerio sacerdotal. El reto de la misión en nuestros días.”

No hay nada que sorprenda en este descubrimiento. Es la doctrina tradicional de la Iglesia católica sobre el sacerdocio. Sorprendente fue, en cambio, el clima de gozosa y sincera alegría que se respiraba durante el rato que pasamos tomando un café de media mañana, acompañado de las dos mil rosquillas preparadas para la ocasión por las Oblatas de Cristo Sacerdote. Sorprendente fue cómo se organizaron los 98 grupos constituidos para llevar a cabo las llamadas “Conversaciones en el Espíritu” y los 28 “Focus group”, formados para hablar de los temas propuestos en las preasambleas del mes de enero. Sorprendente fue cómo se organizaron las asambleas plenarias, haciendo posible la participación directa de los sacerdotes. Sorprendente y gozoso fue el ambiente reinante entre nosotros durante la misa en la catedral. Sorprendente fue el trabajo llevado a cabo por la Comisión encargada de organizar y de hacer que saliera adelante todo este magno evento. Fue justo que al final dedicáramos a sus miembro, con el Vicario del Clero al frente, un largo y bien merecido aplauso.

Y sorprendente, muy sorprendente, extremadamente sorprendente fue que cuando, como queda dicho, a las dos y cuarto de la tarde del día 10 de febrero, nuestro arzobispo dio por terminado el CONVIVIUM, nos fuimos sin que en ningún momento del mismo hubiera salido a relucir y a debatir públicamente ni uno sólo de los problemas que, entorno a la actual fundamentación teológica de la doctrina sobre el sacerdocio y al ordenamiento canónico a que da lugar la misma, vienen señalándose desde hace muchos años dentro y fuera de la Iglesia católica. Y eso pese a que son en muchos casos los que generan y perpetúan la difícil situación personal y ministerial que viven muchos sacerdotes. Situación de la que, en cambio, sí que se habló mucho en la asamblea.

El primero y más importante de todos esos problemas, del que surgen o se derivan los demás, es el que genera la forma como se entiende y explica en la Iglesia Católica el origen de la vocación y el proceso que culmina en la ordenación sacerdotal, que lleva consigo la encomienda de una misión asociada a ella. La presencia activa y personalizada de Dios en toda esa trayectoria es constante en cada caso concreto. Él elije a los candidatos, los llama, haciéndose presente en sus vidas, y, si llegan al final del proceso formativo, los unge y dota de una dignidad existencial mayor a la del resto de personas no ungidas. A él se atribuye, pues, la creación de una élite, los clérigos, destinada a organizar la Iglesia y a ser quien dirija la vida de sus miembros. Todo esto se puso de relieve en el CONVIVIUM, pero no se nos pidió que expresáramos nuestra opinión sobre tal planteamiento.

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Un problema derivado inexorablemente de ese modo de concebir el origen de la vocación y, sobre todo, de ese modo de concebir los efectos de carácter existencial que produce en los ordenados la unción con el crisma, es el estado de minoría de edad religiosa permanente en que queda el resto de los no ungidos, sean o no católicos. Ninguno o ninguna en ningún momento, si asume como cierto ese relato, puede pensar ni decir “Yo en materia religiosa ya soy capaz de guiarme a mí mismo” o “Yo sobre la marcha de mi parroquia o de mi comunidad o de mi diócesis o de la iglesia universal quiero hacer oír mis puntos de vista y disponer de cauces a través de los cuales pueda intentar conseguir que se tomen en en cuenta. Todos deben aceptar que siempre son ovejas que han de dejarse guiar por su pastor y que deben llevar de buen grado que él dirija su parroquia, su comunidad o su diócesis o la iglesia universal como él crea conveniente. Tampoco sobre ese asunto se nos invitó a decir algo en el CONVIVIUM.

A estos dos problemas se suma el que conlleva la doctrina católica sobre quién puede ser elegido, llamado, ungido y enviado por Dios a cumplir una misión como sacerdote. Sólo puede serlo una pequeña, muy pequeña, porción de los católicos del mundo. No todos pueden soñar con formar parte de ese grupo, por mucho que les apetezca y aunque crean que podrían hacerlo bien. Dios, según la doctrina establecida como cierta, sólo se fija en hombres católicos solteros, que acepten serlo de por vida, o viudos, que no tengan intención de volverse a casar. El resto de los bautizados está excluido. Ninguna mujer católica, soltera, casada o viuda, puede ser elegida, llamada, ungida ni enviada. Ni tampoco lo puede ser la inmensa mayoría de los hombres católicos. En el CONVIVIUM no se ofreció la posibilidad de opinar al respeto. Sí se habló, en cambio, pero sin entrar en el análisis de las causas, de que, entre los elegidos, llamados, ungidos y enviados, hay muchos que padecen la angustia de la soledad, remediable, se nos dijo, mediante la amistad pastoral entre nosotros mismos.

Las restricciones señaladas en el apartado anterior no existen cuando se habla de cuál es la tarea que, bajo la autoridad y guía de los sacerdotes, todos han de llevar a cabo de forma conjunta más allá de los muros de las parroquias, de las comunidades o de las diócesis, sean clérigos o laicos, mujeres u hombres, solteros, casado o viudos, y tengan la edad que tengan. A todos atañe la tarea de “anunciar el evangelio” a quienes no lo conocen o no lo comparten, para tratar de atraerlos a la profesión y a la práctica de la fe católica, en el seno de la Iglesia, y según las directrices de su jerarquía. Se habló de ello numerosas veces en nuestra asamblea presbiteral. Pero no hubo ocasión de opinar en torno a cuál debe ser en concreto el contenido del evangelio anunciado, el de la buena nueva proclamada. El problema en este terreno es grande y grave. No existe consenso. Mucho de lo que a veces presentamos como la doctrina a creer, la moral a practicar, la liturgia a celebrar y el ordenamiento canónico al que atenernos dista mucho de lo que pudo ser la enseñanza y la práctica de Jesús de Nazaret o de lo que hoy en día es razonable sostener y defender a la luz de lo que vamos sabiendo del universo, de su origen, composición, funcionamiento e historia. No se nos brindó la ocasión en el CONVIVIUM de entrar en el debate de esos asuntos.

Quizá a lo largo de la jornada y media que duró nuestra sorprendente asamblea presbiteral era imposible hablar, aunque solo fuera por encima, de todos estos problemas. De ahí mi respuesta a la pregunta “¿Y después del CONVIVIUM…?”. Después del CONVIVIUM… Διάλογος.

Creo que hay que tener la valentía de hablar en Madrid y en el resto de la Iglesia católica de todo esto de lo que no se habló en los días 9 y 10 de febrero en las instalaciones de la Fundación Pablo VI. Considero que la actual base doctrinal de lo relativo al sacerdocio y a su correspondiente articulación canónica constituye uno de los ejemplos más claros de una realidad eclesial que necesita ser “aggiornada”, puesta al día, actualizada.

La barca de la Iglesia
La barca de la Iglesia

Sería hermoso, como acabo de decir, que, no sólo los sacerdotes seculares o regulares sino el conjunto de los católicos madrileños adultos fuéramos convocados, más pronto que tarde, a participar en lo que los griegos llamaban un Διάλογος, un encuentro para exponer libremente y defender razonadamente las posturas de cada uno en torno a estas cuestiones debatidas. Y que lo hiciéramos en actitud de escucha atenta. Dispuestos a aceptar los cambios que quede justificado y parezca conveniente proponer que se introduzcan en nuestra dogmática, en nuestra moral, en nuestra liturgia, y en nuestro ordenamiento canónico.

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