Carta abierta al Obispo de Vitoria
Nuestra diócesis de Vitoria, diez años después, ¿no sería más sinodal dialogar que imponer?
Carta abierta al Obispo de Vitoria
Sr. Obispo:
Un grupo de curas diocesanos, miembros del Pueblo de Dios (52), nos dirigimos a Usted para, a través de esta carta, darle a conocer nuestro estado de ánimo y varias divergencias pastorales que vienen pesando mucho en una buena parte del clero y de no pocos laicos de la diócesis de Vitoria. Buscamos lo mejor para nuestra Iglesia diocesana.
Apelamos a aquellas palabras con las que se nos animaba a participar en el proceso sinodal: “La finalidad del Sínodo es hacer que germinen sueños, suscitar profecías y visiones, hacer florecer esperanzas, estimular la confianza, vendar heridas, entretejer relaciones, resucitar una aurora de esperanza, aprender unos de otros y crear un imaginario positivo que ilumine las mentes, enardezca los corazones y dé fuerza a las manos”.
Con esta comunicación no pretendemos decirlo todo ni hacer un balance de pros y contras, sino poner el acento en aquellas cuestiones que más dificultan hoy la comunión. Queremos expresar, de forma directa, algunas experiencias de descontento que persisten hasta el día de hoy, abordándolas desde una perspectiva personal y pastoral; la doctrinal la consideramos de otro momento.
Una primera experiencia, de carácter personal y afectivo, es la percepción de no sentirnos reconocidos ni valorados desde hace años, prácticamente desde su llegada. Es comprensible que todo proceso requiera tiempo y que los estilos de relación evolucionen; sin embargo, a partir de diversos gestos suyos —homilías, cartas y decisiones sobre personas y responsabilidades— se fue generando una creciente desconfianza que va en aumento.
Sin entrar en vivencias concretas, sí constatamos un hecho compartido: muchos sacerdotes y también laicos han experimentado desánimo, incomprensión e incluso enfado en la relación con usted. La mayoría de nosotros compartimos que el conflicto, las diferencias de criterio, las críticas, las lleva muy mal. No asume “dedicar tiempo de calidad” a esas diferencias.
Nosotros pensábamos, desde el principio, que por el cambio que suponía su manera de ser Obispo, el diálogo era necesario más que nunca; pero usted pensó que no había tiempo ni necesidad; más aún, cundió la idea de que lo consideraba una especie de agravio de un clero más bien perezoso, poco sacerdotal y sin futuro. Pensamos que a menudo nos ha visto innecesarios y fracasados. Son palabras generales que se pueden sustituir por otras, pero la clave personal está ahí.
En el plano pastoral, constatamos una diferencia relevante de criterio en las prioridades de la acción evangelizadora. No se trata solo de diversidad, sino de un cambio de orientación que ha supuesto, en la práctica, la sustitución de estilos, acentos y procesos previamente existentes, por más que incompletos y criticables.
Nuestra diócesis venía marcada por una historia compleja, influida tanto por las violencias y conflictividad vividas en el País Vasco, como por el proceso de secularización general de las sociedades modernas. Esto hacía complicado hallar una salida pastoral renovada en breve plazo y mucho menos sustentado en vocaciones religiosas y presbíteros del lugar. En ese contexto, se estaban dando pasos —lentos pero reales— hacia una renovación pastoral, con especial atención al desarrollo de ministerios laicales, masculinos y femeninos, que trabajaran en la evangelización integral.
Su llegada no dio continuidad a ese incipiente proceso, de inmediato impulsó con decisión otro modelo pastoral, aplicado con convicción, pero sin diálogo previo sobre la realidad diocesana. Un diagnóstico compartido de la diócesis nunca se ha intentado ni lo ha visto necesario. Esto ha contribuido a aumentar la distancia entre distintas sensibilidades y grupos diocesanos. Entendemos, desde luego, que no todo puede ser impulsado con la misma intensidad en todo momento, pero la diferencia de trato ha sido tanta, que las consecuencias son visibles y decepcionantes.
En este contexto, queremos señalar algunas mediaciones concretas de la vida pastoral de la diócesis que, en clave de transparencia y participación, dejan mucho que desear. Ahora que se habla tanto de sinodalidad, creemos que la sinodalidad está sostenida en el diálogo evangélico y, de fondo, que esta forma de ser Iglesia la consideramos irrenunciable. La misericordia de Dios con nosotros, la justicia y la esperanza contra toda esperanza, la espiritualidad de ojos abiertos y la fe hecha vida en caridad, como en Jesús, desde los últimos, empobrecidos y pequeños, han de venir al centro del discernimiento. Desde ellos para todos; pero desde ellos, desde su débil dignidad ignorada. Pues bien, hay algunas experiencias sobre mediaciones pastorales principales que no están a la altura de lo prometido y, menos aún, pensadas en clave sinodal como diálogo evangélico.
Veamos:
-Una diócesis donde existe un Consejo Episcopal y un Consejo de Gobierno. A finales de 2016, ya hace más de 9 años que se nos propuso participar en una consulta para la elección de los miembros de dicho Consejo Episcopal, es decir, Vicario General y los demás Vicarios. Desde entonces ha habido cambios, sustituciones… pero ya siempre a gusto del Obispo. Más tarde apareció el Consejo de Gobierno, formado por los miembros del Consejo Episcopal y tres pertenecientes al laicado y una religiosa. La propuesta queda viciada por el hecho de que todas las personas, vicarios y laicos, han sido elegidas por el Obispo sin respetar los tiempos y modos de consulta.
Sería más sinodal una consulta abierta para que se pudiera proponer al Obispo a las personas que compondrían estos Consejos. De hecho, si la consulta no es pública, el paso del tiempo convierte estos organismos, sin remedio, en unos Consejos a la medida de quien los elige.
Todas las personas, vicarios y laicos, han sido elegidas por el Obispo sin respetar los tiempos y modos de consulta
-Una diócesis donde hay un Consejo Presbiteral. Es difícil que este Consejo pueda mostrar el parecer del presbiterio diocesano cuando ha padecido y padece la abstención de una parte importante de los presbíteros de la diócesis. De hecho, sabemos que se convierte en un organismo que refrenda, con escaso debate, las opciones del Obispo. El problema viene de lejos, pero ahora se ha multiplicado. Se dice que es representativo de los presbíteros, pero no hemos conocido cuántos han participado en su elección y qué respaldo han obtenido los distintos consejeros. La transparencia es muy limitada. A mayor abundamiento, casi la mitad de los miembros del Consejo son elegidos, bien directamente por el Obispo (ocho) o, indirectamente, como miembros natos en cuanto cargos elegidos o refrendados por él en distintas instancias diocesanas (Vicarios, Rectores,…). Los Estatutos lo permiten y esto sucedió en el 2022 y se ha repetido en el actual, marzo de 2026. Ya sucedía antes, en gran medida.
¿No son demasiados los sacerdotes elegidos por el Obispo quien, además, los ha elegido del mismo perfil presbiteral, y se reserva prácticamente los órdenes del día, tanto más si hay una sobrecarga por su parte de dictámenes solicitados?
-Una diócesis en la que hay un Consejo Pastoral Diocesano, formado por laicos y laicas representantes de zonas, religiosos y religiosas, sacerdotes también que representan a las zonas y otras personas que, por su cargo, son miembros natos. Se reúnen cuatro veces al año y los órdenes del día se ofrecen con poco tiempo de antelación, sin posibilidad de poder contrastar o preparar la reunión de una manera adecuada.
Sería más sinodal seguir unos órdenes del día preparados por la comisión permanente, donde se pudiera tratar los puntos del Sr. Obispo y otros que interesen en la diócesis, además de conocerlos con más tiempo.
-Una diócesis donde hay parroquias de la ciudad, y otras rurales, a las que se ha destinado a sacerdotes que apenas conectan con la realidad local que se encontraron. La manera de imponer sus criterios pasa por el Código de Derecho Canónico, ante todo. Por otro lado, en las parroquias hay personas que participaban a fondo en la vida parroquial de esos destinos, y han sentido que lo vivido durante muchos años, referido a su fe y que tanto bien les ha hecho, ya no lo pueden vivir así; son personas que se sienten excluidas de una comunidad que han sostenido durante muchos años en el nivel de la participación y también en el económico. Personas a las que su parroquia de toda la vida ya les parece lejana y ajena. Se sienten expulsados y son los grandes perjudicados de este proceso. Y es que, en el fondo, no hay ningún tipo de diálogo para hacer los nombramientos. No se contrasta con las comunidades y sus consejos parroquiales. Todo queda condicionado a los planes del Obispo, que selecciona parroquias de la ciudad y del mundo rural, y a personas, a menudo llegadas de fuera por su invitación, que correspondan a una reorientación pastoral que él conoce e impone.
¿No sería más sinodal el diálogo a la hora de hacer los cambios de los sacerdotes? ¿No sería más sinodal hablar con los consejos parroquiales para descubrir en qué momento está la parroquia y el tipo de sacerdote que necesita? ¿No sería más sinodal dialogar que imponer?
-Una diócesis en la que en el edificio del Seminario coexisten dos sendas “diferentes” para la formación de quienes van a ser los responsables de las parroquias de la diócesis. Uno de los seminarios es el Diocesano, que tiene un rector de la diócesis de Vitoria, mientras que los formadores y el director espiritual son sacerdotes de otras culturas y continentes de reciente incorporación a Vitoria. El otro seminario es el Redemptoris Mater. Un seminario que lo dirige y configura el Movimiento Neocatecumenal. Tanto el rector como los formadores y el director espiritual los elige el movimiento y la relación entre ellos, y con el resto de la diócesis, es muy escasa. Otro detalle, ambos seminarios hacen la vida comunitaria (comen, conviven y rezan) por separado. Cada uno rige sus discernimientos vocacionales y guarda secreto de sus entradas y salidas. Parece poco acorde cuando se insiste que todos estos seminaristas se integrarán en un mismo presbiterio.
A nadie conocido se le preguntó o consultó para la introducción de este seminario en nuestra diócesis. Se trata de una decisión unilateral del Obispo que va a condicionar a la diócesis durante muchos años. Es significativo que ante el reagrupamiento de seminarios por falta de seminaristas, exigido por Roma, al seminario de Vitoria no ha querido venir ninguna de las diócesis hermanas vascas, Bilbao y San Sebastián. Esto nos hace pensar en los motivos y sin duda usted es consciente de ello.
¿No sería más sinodal consultar cuestiones tan importantes de la diócesis? ¿No será más sinodal que, quienes van a ser los responsables de las parroquias de la diócesis, se formen de igual manera y todos juntos, según el punto de vista de la diócesis, sin necesitar Movimientos particulares y ajenos a nuestra realidad?
-Una diócesis donde la mayoría de los sacerdotes diocesanos, que se han ordenado aquí, que han ejercido todo su ministerio en esta diócesis de Vitoria y a la que dijeron que querían ofrecer su vida, se sienten desilusionados, humillados y con la sensación de que el trabajo realizado durante tantos años ha servido para muy poco; sabemos que se confiesan desconcertados y que piensan que apenas se valora lo realizado antes de que el Obispo buscara, lejos o cerca, a muchos otros sacerdotes para incorporarse a Vitoria con otros planteamientos pastorales; casi siempre, además, sin que pueda saberse de primera mano cuál es su formación, dónde trabajaban antes, por cuánto tiempo permanecerán, qué les ha movido a este cambio, etc. Nada, justamente el nombre.
¿No sería más normal que estos sacerdotes incorporados a la diócesis de este modo participen en un proceso formativo de inserción en la nueva realidad cultural y eclesial que los recibe?
¿No será más sinodal contar primero con la experiencia y la palabra de los agentes de pastoral que pertenecen a la diócesis? ¿No será más sinodal intentar conocer a esos sacerdotes, quererlos, valorarlos todo lo posible y, más tarde, confrontar lo que haya que confrontar? De hecho, creemos que el Obispo ha expresado demasiadas veces juicios desconsiderados hacia los curas de la diócesis como grupo. Así lo hemos visto en homilías y entrevistas de prensa.
-Una diócesis en la que el obispo normalmente expresa, en homilías y entrevistas públicas, palabras de reproche hacia los curas diocesanos como grupo. La excepción suele ser en los funerales de dichos curas. Un obispo a quien la interpretación de su ministerio le lleva a comportamientos de abuso de poder. Un obispo que, en vez de crear unión, ha dividido a la diócesis: por una parte, quienes él mismo trae desde sus criterios y planes y, por otra, una gran parte del clero diocesano.
¿No será más sinodal un obispo que cuente con los curas diocesanos ya que somos “necesarios” y por lo tanto el obispo nos necesita? ¿No será más sinodal un obispo que quiera y anime a los curas, también los diocesanos, con sus deficiencias más que verlos como enemigos?
-Una diócesis con una facultad de teología, de la que el Obispo apartó como Decano al que había sido elegido primero de la terna por el Consejo de la Sede. A partir de ahí, se ha contratado a varios profesores ajenos a la diócesis y a la propia historia de la Facultad, y se ha llenado de un estilo de alumnado particular, entre el que ahora aparecen menos laicas y laicos de lo que sucedía en tiempos anteriores no tan lejanos. Una Facultad que está sirviendo al Obispo para su estrategia pastoral.
-Una diócesis donde el laicado había ido dando pasos importantes, pero insuficientes en corresponsabilidad y donde las mujeres iban asumiendo servicios de esa naturaleza. El laicado se siente cada vez más desplazado y ve que su “valor” está concebido e invitado como complemento del clero. Una diócesis donde el laicado escasamente ocupa el papel preferente que, como Pueblo de Dios, hijas e hijos del Padre, le ha sido asignado. Se ha debilitado el concepto de Pueblo de Dios en favor de una Iglesia más clerical, más vertical y menos corresponsable. Varios sacerdotes y laicos del entorno personal del Obispo, de fuera de la Diócesis de Vitoria, han sido invitados y contratados para asumir responsabilidades de confianza y coordinación pastoral. Es un asunto que el Obispo gestiona en privado, tanto sobre quiénes son, qué hicieron antes, de dónde llegan, qué se les encarga, por qué se marchan. Ninguna información. No parece lógico en términos de sinodalidad e Iglesia local.
Constatamos que son muy pocas las mujeres que ejercen algún ministerio o responsabilidad significativos. Evidentemente esto también viene de lejos en todas las diócesis. La mujer sigue sin ocupar el lugar que le corresponde en la Iglesia, y esto no se entiende. Hoy, en algunas parroquias de nuestra diócesis, no se permite el acceso de las mujeres al altar y a dar la comunión. En una sociedad en la que caminamos, hombres y mujeres, de manera cada vez más igualitaria en los ámbitos social, laboral y político, resulta ya difícil seguir imponiendo y desoyendo que este avance no se vea reflejado en la vida de nuestra Iglesia diocesana. Las mujeres, no solo presentes, sino imprescindibles en pie de igualdad desde el inicio de nuestra historia, han compartido la fe, han sostenido comunidades y han sido testigos y fieles de Jesús; elegidas en primer lugar tantas veces para lo importante, y sin embargo casi siempre desde la invisibilidad y sin un reconocimiento real.
¿No interpela esta realidad a quienes tienen la responsabilidad de guiarla? Los propios documentos del Sínodo elaborados por los grupos de nuestra diócesis señalan con claridad la necesidad de avanzar hacia una Iglesia más igualitaria y corresponsable. ¿Por qué, entonces, este camino no se está haciendo realidad? ¿No será responsabilidad del Obispo impulsar decididamente estos cambios, abriendo espacios reales de participación, discernimiento y toma de decisiones para las mujeres? ¿No empobrece a nuestra Iglesia seguir postergando este reconocimiento, cuando ya se ha señalado como necesario y urgente? ¿No será más sinodal asumir, sin más demora, que la igualdad en dignidad debe traducirse también en igualdad efectiva en la vida y misión de la diócesis?
Somos una diócesis heredera de una espiritualidad reconocida, la del Seminario de Vitoria, con una identidad sacerdotal muy encarnada en la realidad y misionera. En estos diez últimos años, nuestra diócesis ha conocido el desarrollo de formas espirituales que tienen poco que ver con lo recibido en nuestro seminario: Pro Ecclesia Sancta, Peregrinos de la Eucaristía, Opus Dei (que, aunque estaban en nuestra diócesis, no tenían responsabilidades parroquiales), Neocatecumenales (que, aunque ya tenían comunidades, tampoco tenían responsabilidades parroquiales). Con el agravante de que una de estas asociaciones ha traído su Sede principal a nuestra diócesis, con lo que ello conlleva. Otros sacerdotes de otros lugares, bajo la responsabilidad del Obispo, le están sirviendo para desarrollar esta estrategia pastoral de sustitución de la identidad pastoral y espiritual de Vitoria.
Las nuevas formas pastorales que el Obispo impulsa, con maneras nos recuerdan un pasado eclesial que no vemos conveniente ni posible. Quien debiera ser el mayor signo de comunión, se ha convertido en signo de enfrentamiento y desunión
El balance personal y pastoral es muy negativo. Nuestra diócesis vive muy dividida por motivos que el Obispo no ha sabido o no ha creído necesario atajar; gran parte de ella vive desilusionada, porque los planteamientos “cristianos” hacia los que nos encaminamos parecen alejados de la espiritualidad encarnada en que se nos educó; gran parte de la diócesis se siente confundida ante las nuevas formas pastorales que el Obispo impulsa, con maneras que nos recuerdan un pasado eclesial que no vemos conveniente ni posible. Quien debiera ser el mayor signo de comunión, se ha convertido en signo de enfrentamiento y desunión.
Aquí si que queremos que resuenen textos del magisterio muy clarificadores:
“Obispos que saben acompañar. Acompañad ante todo y con paciente solicitud a vuestro clero. Estad cerca de vuestro clero. Os ruego también que actuéis con prudencia y responsabilidad cuando acojáis a los candidatos o incardinéis sacerdotes en vuestras Iglesias locales. Por favor, prudencia y responsabilidad en esto. Recordad que, desde los orígenes, se quiso que la relación entre una Iglesia local y sus sacerdotes fuera inseparable y nunca se ha aceptado un clero vagabundo o en tránsito de un lugar para otro. Y esta es una enfermedad de nuestros tiempos.”
(Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en un curso de formación para nuevos obispos. Sala clementina, 16 de septiembre de 2016.)
“Os invito, por lo tanto, a cultivar una actitud de escucha. Sin dejarse condicionar por otras miradas, esforzaos por conocer con vuestros propios ojos los lugares y las personas, «la tradición» espiritual y cultural de las diócesis que os han confiado para adentraros respetuosamente en la memoria de su testimonio de Cristo y para leer su presente concreto a la luz del Evangelio, fuera del cual no hay futuro alguno para la Iglesia.”
(Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en un curso de formación para nuevos obispos ordenados durante el año. Sala clementina, 14 de septiembre de 2017.
“La prudencia pastoral es la sabiduría práctica que guía al Obispo en sus decisiones. Una clara señal de prudencia es el ejercicio del diálogo como estilo y método en las relaciones, y también en la presidencia de los organismos de participación, es decir, en la gestión de la sinodalidad en la Iglesia particular.
En este aspecto, el Papa Francisco nos ha hecho dar un gran paso adelante, insistiendo, con sabiduría pedagógica, en la sinodalidad como dimensión de la vida de la Iglesia.” (Discurso del Santo Padre León XIV a los Obispos con ocasión de su jubileo, 25 de junio de 2025)
La realidad muestra que ni ha sabido cuidar adecuadamente los que ya existían, ni tampoco integrar los nuevos de forma constructiva. Quizá el problema no sea la pluralidad en sí, sino su capacidad para gestionarla
Desde todo lo expuesto y teniendo en cuenta la insistencia pública por su parte de que no ha quitado nada, sino que ha añadido diversidad de carismas; sin embargo, la realidad muestra que ni ha sabido cuidar adecuadamente los que ya existían, ni tampoco integrar los nuevos de forma constructiva. Quizá el problema no sea la pluralidad en sí, sino su capacidad para gestionarla. Entendemos que esta situación no puede prolongarse por más tiempo.
Por último, con la brevedad que hemos manifestado al principio, señalamos una cuestión de enfoque en la enseñanza y práctica pastoral. Se percibe una fuerte insistencia en determinados aspectos —sacerdocio ministerial, abuso de la Eucaristía, adoración y confesión— que, siendo muy importantes, generan un fuerte desequilibrio cuando no se integran con otras dimensiones esenciales del Evangelio de Jesús. (Tómese como ejemplo la referencia del Obispo, en la Misa del pasado jueves santo 2 de abril de 2026, donde acoge la visión teológica y pastoral más restrictiva posible sobre las celebraciones litúrgicas dominicales en los casos de ausencia de presbítero.)
En particular, echamos en falta una mayor centralidad de aspectos como una Iglesia al servicio del Reino, (“somos sacerdotes en la Iglesia al servicio del Reino”), las bienaventuranzas, la justicia histórica, la primacía de los más vulnerables, una espiritualidad de ojos abiertos, la gratuidad de la caridad y el perdón al enemigo… el Evangelio del Reino, en suma. Consideramos que un mayor equilibrio en estas claves creyentes es una obligación y enriquecería mucho la vida cristiana y la pastoral de la diócesis.
Nuestro deseo no es la confrontación, sino hacer ver nuestra forma y estilo de caminar para ir construyendo con espíritu discipular la Iglesia diocesana y, en lo posible, ir creciendo en comunión. Desde esa realidad, y desde el Evangelio compartido por todos, seguimos buscando juntos el bien de nuestra Iglesia enraizada en el Pueblo Vasco y su cultura y su lengua, viviendo la presencia y acogida cada vez mayor de tantas personas migrantes que llegan a nuestra tierra.
Vitoria-Gasteiz,
28 de abril de 2026, festividad de San Prudencio de Armentia, patrono de la diócesis de Vitoria.
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