Dionisio y Jesús

"De todos los dioses del Olimpo clásico, el que más se parece a Jesús es Dioniso… El genio griego intuyó como nadie que el Creador debía comprometerse por completo con su creación, y así apareció Jesús"

Jesús y Dionisos
Jesús y Dionisos
Martín-Miguel Rubio Esteban  
17 jun 2026 - 09:47

De todos los dioses del Olimpo clásico sin duda alguna el que más se parece a Jesús es Dioniso, el dios más parecido al hombre, un dios con todas las edades del hombre, “andrikepaidóthurson”, que sufre como el hombre y compañero incondicional del hombre, que dice cosas duras pero justas, “deinà mén, díkaia dé”, que él en sí mismo transciende el sexo del hombre y la mujer, reposo de penas y afanes para los mortales, liberador de los males, “alexíkakon”, purificador, “kathartên”, el más benévolo, “prosphiléstatos”, que aporta a la humanidad pensamientos muy novedosos con aladas palabras, protector de todas las cosas, que envía a la luz las almas de los muertos ( Eurípides, frag. 912 ), y vemos, por ejemplo, en Aristóteles, que cerca de Élide, todos los años, tres calderos de bronce vacíos los deja rebosantes de vino milagrosamente. En Baquílides vemos que “Lanza a lo más alto las preocupaciones de los hombres/ y al punto rompe almenas de ciudades/ y a todos los hombres les parece que serán reyes”.

Amigo de los pobres, enseña que lo que se ama no perece, “tò gàr phílon ouk apólôle” ( Dionisio Calco, frag. 5 ). Nace en el próximo Oriente, en la Nisa de la Arabia Feliz ( “eudaímonos Arabías” ), la alegría de los mortales “chárma brotoîsin” lo califica Homero en la Ilíada, siempre hace el bien y obsequia a los hombres ( Ferecides ). En el Peán a Dioniso, de Filodamo de Escarfea, se le pide que venga como nuestro salvador, “íthi sôtêr”, porque a los mortales nos abrió un puerto, descanso para nuestros sufrimientos. Su madre ha sido subida al cielo, y “vive así entre los Olímpicos, tras haber muerto en el estruendo del rayo, Sémele de largos cabellos, y la ama Palas siempre y Zeus padre, y en especial la ama su hijo, coronado de hiedra” ( Píndaro, Olímpicas 2. 25-27 ), que, además, había descendido al Hades para rescatar a su madre. Dioniso le regala una corona de oro, que los dioses convirtieron después en estrellas (“katêstérisan”) para honra de Dioniso. Sus acólitos no saben lo que saben por sabiduría sino porque están poseídos por él. Y las bacantes pueden sacar de los ríos leche y miel cuando están poseídas ( Platón, Ion 533e ). Todos podemos participar en su divinidad. Él especialmente se apiadó de esta raza tan sujeta a fatigas por naturaleza que es la de los hombres ( Platón, Leyes 653d ). Le gusta que coros de viejos dancen en su honor.

Sátiro con Dionisio
Sátiro con Dionisio

Con frecuencia los textos lo llaman “daímôn”, que según Hesíodo es un ser intermediario entre los dioses y los hombres, y Dioniso es el mejor intermediario, “phértaton daímon”. Nace mortal y es recompensado con la inmortalidad. Es un dios viajero por excelencia, “el dios que viene”. Dios de la epifanía, pero también del ocultamiento, ya que se vuelve encontradizo o huidizo a voluntad.

Según Pausanias y la Teogonía Eudemia Zeus decidió cederle el poder a Dioniso cuando era aún niño, pero los Titanes, dioses hijos de Cielo y Tierra y, por tanto, divinidades de la segunda generación, celosos de él y con toda probabilidad instigados por Hera, decidieron matarlo, cocinarlo y devorarlo. Se embadurnaron la cara con yeso ( no puede ser casual que la palabra griega para designar el “yeso” sea “títanos” ) para engañar al dios-niño, lo engatusaron con algunos juguetes, y después lo mataron, lo desmembraron, lo cocinaron y se lo comieron. Apolo recogió sus restos y los guardó en Delfos – santuario que comparten los dos dioses en distintas épocas del año -, pero el dios niño, de una forma o de otra – hay distintas variantes – resucitó.

Zeus castiga la insolencia de los Titanes fulminándolos, y de sus cenizas, mezcladas con su sangre, con el fuego de Zeus y con la tierra, nacieron los hombres. El género humano es, por tanto, el resultado de un terrible delito con teofagia. Las principales consecuencias de este origen de los hombres son dos: una se refiere a la naturaleza humana, que tiene una parte divina e inmortal, el alma, y otra mortal y perecedera, el cuerpo; bien entendido que el alma, a su vez, tiene un componente positivo, el de Dioniso, la sustancia de la carne comida por los Titanes ( teofagia ), y otro negativo, los restos de los Titanes. El ser humano se ve obligado a intentar eliminar de su alma o, al menos, amortiguarlo, el perverso componente titánico. Siempre que el hombre aparta su mirada de lo que es mejor y busca sólo su propio interés es inspirado por los Titanes, y colabora de nuevo con la desmembración del Dioniso que hay en él. Y cuando el hombre es bueno buscando el bien del prójimo las partículas que tenemos de la carne de Dioniso triunfan sobre el mal y participamos de su divinidad. Es así que las almas humanas se reintegran a su origen divino por la purificación que consiste en hacer buenas obras al prójimo, obras buenas y no palabras grandes como para cargar un carro ( “rhêmath´ hamaxiaîa” ). Es necesario pasar la vida con la mayor santidad posible ( Platón, Mrenón, 81a ).

Dioniso nos sustrae de la servidumbre ( “pheúgein douleían” ). Este dios imprime a la vida un continuo movimiento y música: “como cuando las madres quieren dormir a niños con dificultades para conciliar el sueño, no les procuran reposo, sino lo contrario, movimiento, meciéndolos sin cesar en sus brazos; ni tampoco silencio, sino un canto, y parece que están encantando a los niños” ( Platón, Leyes 790d ). También en Dioniso muchos son los llamados, y pocos los escogidos: “portadores del tirso, muchos, pero bacos, pocos”.

Los borrachos. Velázquez.
Los borrachos. Velázquez.

En Los Hechos de los Apóstoles leemos, hablando de los primeros cristianos, “Gleúkous memestôménoi eisín/Musto pleni sunt isti”. Esto es, “Esos están llenos de mosto”, en el sentido de que estaban embriagados de una extraña fe que les hace hacer cosas raras; perdonan y se preocupan por sus enemigos, comparten sus propiedades con quienes las necesitan, aceptan los males propios con alegría, sonríen siempre a los demás, aman a todos como a sí mismos, sin distinguir clase ni raza, y, sobre todo, aman a un crucificado y darían su vida por él, que es su único Señor. Decididamente estos están borrachos: “hoútoi methýousin/hi ebrii sunt”. Y Platón en la República, 386c, nos dice: “No hay mejor recompensa de la virtud que la embriaguez eterna” ( kálliston aretês misthòn méthên aiônion” ). “Nos veremos sometidos a juicio tú y yo acerca de nuestra sabiduría, tomando como juez a Dioniso” ( Platón, Banquete, 175e ).

El genio griego intuyó como nadie que el Creador debía comprometerse por completo con su creación. Y así apareció Jesús, nuestro Jesús de carne y hueso

Dioniso, en fin, representó un anhelo del pueblo bajo (“óchlos”) como redentor y liberador de las penas y males propios de esas gentes y, en ese sentido, es una prefiguración mitológica del Hijo de Dios, del Jesús de Belén. El genio griego intuyó como nadie que el Creador debía comprometerse por completo con su creación. Y así apareció Jesús, nuestro Jesús de carne y hueso.

Jesús comiendo con publicanos y pecadores
Jesús comiendo con publicanos y pecadores

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