¿Somos Dios? El buen y el mal endiosamiento
"Quizá la verdadera grandeza humana no consista en dejar de ser criatura, sino en descubrir la dignidad inmensa de ser hijo"
Hay preguntas que parecen peligrosas porque pueden conducirnos fácilmente a la soberbia.
Una de ellas es esta:
¿Somos Dios?
La respuesta inmediata del cristianismo parece evidente: no. Dios es Dios y nosotros somos criaturas.
Pero quizá la cuestión sea más compleja.
Porque la propia Biblia contiene una frase desconcertante. En el salmo 82 encontramos estas palabras: «Yo dije: vosotros sois dioses, todos vosotros, hijos del Altísimo». Y Jesús, en el Evangelio de Juan, recupera precisamente esa expresión cuando algunos quieren apedrearlo porque se ha hecho, según ellos, igual a Dios.
¿Entonces somos dioses?
La pregunta no puede resolverse simplemente con un sí o un no.
Porque quizá existan dos formas completamente distintas de «endiosamiento».
Una nace del orgullo.
La otra, de la filiación.
El dios que se fabrica a sí mismo
Hay un endiosamiento malo.
Es el del ser humano que quiere ser Dios por sí mismo.
No quiere recibir nada. Quiere ser la fuente.
No quiere depender. Quiere dominar.
No quiere ser hijo. Quiere ser absoluto.
Es el emperador romano que se proclama dios, el poderoso que termina creyéndose dueño de la vida de los demás, el ego que necesita ocupar el centro del universo.
Pero no hace falta ser emperador para caer en esa tentación.
También nosotros podemos construir pequeños imperios alrededor de nuestro yo.
«Yo sé».
«Yo tengo razón».
«Yo controlo».
«Yo decido».
«Yo necesito que los demás me reconozcan».
«Yo tengo que demostrar quién soy».
Ese es un endiosamiento de fabricación propia.
El ser humano intenta elevarse por sus propias fuerzas hasta ocupar el lugar de Dios.
Y quizá aquí encontremos una de las raíces más profundas del pecado: querer ser Dios sin aceptar ser criatura.
El relato del Génesis lo expresa de una manera extraordinariamente poderosa: «Seréis como Dios».
Pero hay una diferencia decisiva.
No se trata de recibir la vida divina.
Se trata de apropiársela.
El otro endiosamiento
Sin embargo, existe otro camino.
No consiste en decir:
«Yo soy Dios».
Consiste en descubrir:
«Soy hijo de Dios».
La diferencia parece pequeña.
Es radical.
El primero comienza en la afirmación del yo.
El segundo comienza en la recepción.
El primero quiere conquistar.
El segundo recibe.
El primero se construye.
El segundo se descubre.
El primero necesita elevarse.
El segundo puede arrodillarse.
Y aquí aparece una de las grandes paradojas de la vida espiritual: quizá la verdadera grandeza humana no consista en dejar de ser criatura, sino en descubrir la dignidad inmensa de ser hijo.
Humildad y filiación
A veces se dice que la humildad es la base de toda vida espiritual.
Otros dirán que el fundamento es descubrir nuestra filiación divina.
Quizá estemos contraponiendo dos cosas que en realidad son inseparables.
Son las dos caras de una misma moneda.
La humildad es el vaciamiento.
La filiación es el don recibido.
La humildad dice:
«Yo no soy el origen de mí mismo».
La filiación responde:
«Mi vida es un don».
La humildad deja de aferrarse.
La filiación descubre que puede recibir.
La humildad vacía las manos.
La filiación permite llenarlas.
Por eso una humildad que solo consigue hacernos sentir pequeños no es todavía la humildad cristiana.
Y una filiación que nos hace sentir superiores tampoco lo es.
Si descubro que soy hijo de Dios, no tengo ninguna razón para mirar por encima del hombro a los demás.
Al contrario.
Si tú también eres hijo, entonces el otro deja de ser un competidor.
Se convierte en hermano.
El cristianismo no habla de un esclavo ante su amo
Quizá hemos heredado una imagen demasiado pobre de la relación con Dios.
Dios arriba.
Nosotros abajo.
Dios poderoso.
Nosotros insignificantes.
Dios manda.
Nosotros obedecemos.
Pero el corazón del Evangelio contiene algo mucho más audaz.
Jesús enseña a llamar a Dios Padre.
Y Pablo insiste en que hemos recibido «un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: ¡Abba! ¡Padre!».
La relación fundamental no es la del esclavo que teme al amo.
Es la del hijo que recibe la vida.
Esto no elimina la distancia entre Dios y la criatura.
Pero introduce algo nuevo: participación.
El hijo no es el padre.
Pero participa de su vida.
Y precisamente por eso la tradición cristiana llegó a hablar de divinización.
San Ireneo formuló una frase que después tendría una enorme influencia: Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera participar de la vida de Dios.
No significa que el ser humano se convierta en el Creador absoluto.
Significa algo más misterioso y, quizá, más hermoso:
que estamos llamados a participar de aquello que Dios es.
El camino de Cristo
Aquí aparece Jesús.
Si el endiosamiento malo consiste en subir para apropiarse del lugar de Dios, Cristo muestra un camino completamente diferente.
La carta a los Filipenses dice que Cristo, «siendo de condición divina», no se aferró a esa condición, sino que se despojó, se humilló y se hizo obediente hasta la muerte.
Es una paradoja extraordinaria.
El que verdaderamente participa de lo divino no necesita exhibirlo.
No necesita imponerse.
No necesita proclamarse superior.
No necesita construir un pedestal.
Puede descender.
Puede servir.
Puede lavar los pies.
Puede perdonar.
Puede entregar la vida.
Por eso quizá Cristo sea la respuesta más profunda a la pregunta por el endiosamiento.
El verdadero «endiosamiento» no produce un tirano.
Produce un servidor.
No produce un emperador que exige ser adorado.
Produce un hombre que se arrodilla ante los demás.
No produce una personalidad inflada.
Produce amor.
«Que Dios sea Dios en mí»
Aquí vuelve a aparecer la intuición de Antonio Blay: «Que Dios sea Dios en mí».
Esta frase me parece mucho más profunda que «yo soy Dios».
Porque en ella el yo no desaparece, pero deja de querer ocupar el lugar de la Fuente.
Es como si dijera:
«No necesito fabricar mi divinidad.
Necesito dejar espacio para que el don recibido se manifieste».
Eso es humildad.
Y eso es filiación.
La humildad no consiste en pensar que no valgo nada.
Consiste en dejar de pensar que soy el origen de mi valor.
Mi dignidad no depende de mis éxitos.
No tengo que fabricarme un valor mediante el reconocimiento de los demás.
No necesito conquistar mi lugar en el universo.
Ya he recibido un lugar.
Soy hijo.
Y si eso es verdad, entonces también el otro es hijo.
«Vosotros sois dioses»
Quizá ahora podamos volver a la desconcertante frase del salmo.
«Vosotros sois dioses».
No porque nuestro pequeño ego sea omnipotente.
No porque podamos hacer cualquier cosa.
No porque seamos autosuficientes.
Precisamente al contrario.
Somos «dioses» en la medida en que participamos de una vida que nos ha sido dada.
Somos llamados a la semejanza.
A la comunión.
Al amor.
A la libertad.
A la verdad.
A la vida divina.
La frase no alimenta necesariamente la soberbia.
Puede destruirla.
Porque si mi grandeza es recibida, entonces no puedo apropiármela como mérito personal.
Es como el niño que recibe una herencia.
Puede presumir de ella como si la hubiera fabricado.
O puede comprender que precisamente porque la ha recibido tiene una responsabilidad.
El emperador y el hijo
Hay una imagen que puede ayudarnos a distinguir los dos caminos.
Imaginemos a un emperador romano proclamándose dios.
Su endiosamiento necesita súbditos.
Necesita poder.
Necesita reconocimiento.
Necesita símbolos.
Necesita que los demás se inclinen ante él.
Su «divinidad» depende de que los demás la reconozcan.
Ahora imaginemos a un hijo.
No necesita demostrar que es hijo.
No necesita conquistar la filiación.
La recibe.
Puede crecer en ella.
Puede olvidarla.
Puede incluso vivir como un esclavo siendo hijo.
Pero su filiación no depende de sus éxitos.
Aquí está quizá la diferencia entre los dos endiosamientos.
El falso dios necesita demostrar que lo es.
El hijo simplemente recibe que lo es.
Uno se afirma.
El otro agradece.
Uno domina.
El otro ama.
Uno se construye.
El otro se descubre.
El pecado de querer ser Dios y la gracia de ser hijo
Tal vez podamos leer desde aquí de otra manera aquel viejo relato del Génesis.
La tentación no sería simplemente «querer ser como Dios».
La cuestión sería querer ser como Dios al margen de Dios.
Querer apropiarse de aquello que solo puede recibirse.
Frente a esa lógica aparece Cristo.
No conquista la filiación.
Vive desde ella.
En el Jordán, antes de comenzar su vida pública, escucha:
«Este es mi Hijo amado».
Primero está el don.
Después vendrá la misión.
Primero la filiación.
Después la acción.
Esto también puede transformar nuestra vida.
Quizá pasamos demasiado tiempo intentando demostrar que somos alguien.
Y quizá la espiritualidad consiste en descubrir que ya somos alguien antes de hacer nada.
No porque seamos extraordinarios.
Sino porque somos hijos.
Humildad que no humilla
Por eso la verdadera humildad no debería aplastar nuestra autoestima.
Debería liberarnos de la necesidad de fabricarla.
No necesito ser superior para tener valor.
No necesito ser perfecto para ser amado.
No necesito controlar para estar seguro.
No necesito convertirme en Dios.
Puedo aceptar ser criatura.
Y precisamente ahí descubrir una dignidad que no me he dado yo.
Quizá esa sea la paradoja:
cuando acepto no ser Dios, descubro mi verdadera participación en Dios.
Cuando dejo de querer ser absoluto, descubro que soy amado.
Cuando dejo de querer dominar, puedo servir.
Cuando dejo de construirme un pedestal, puedo encontrarme con los demás.
Cuando dejo de afirmar obsesivamente mi yo, aparece algo más grande que mi yo.
El verdadero despertar
Quizá por eso el camino espiritual del que hablábamos al principio pueda resumirse en dos movimientos.
Primero, vaciarse.
Después, recibir.
Primero, humildad.
Después, filiación.
Primero, dejar de querer ser Dios por apropiación.
Después, descubrir que estamos llamados a participar de la vida de Dios como hijos.
No somos emperadores que se proclaman dioses.
Somos hijos que reciben una vida que no hemos fabricado.
Y quizá ahí esté el verdadero endiosamiento cristiano.
No el que infla al yo hasta hacerlo absoluto.
Sino el que lo vuelve transparente.
No el que separa.
El que une.
No el que exige adoración.
El que aprende a amar.
No el que dice:
«Yo soy Dios».
Sino el que, con humildad, puede llegar a decir:
«Que Dios sea Dios en mí».
Y quizá entonces comprendamos que las dos grandes palabras de la vida espiritual —humildad y filiación— no compiten entre sí.
La humildad abre las manos.
La filiación las llena.
Una nos enseña a dejar de apropiarnos.
La otra nos enseña a recibir.
Y quizá el verdadero misterio sea este:
que cuanto menos necesitamos ser dioses por nosotros mismos, más capaces somos de descubrir la vida divina que hemos recibido.
