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Diplomacia de la paz: Trump o Parolin

"¿Quiere usted entrar en el club diplomático de Trump? Pase antes por caja y ya se verá. Trump, patético Nobel prestado, se afana en resolver –tri-trá– la paz mundial: la guerra interna ya le ha estallado"

Trump y Parolin, en una foto de archivo | @Vatican Media

El mundo vive una grave emergencia diplomática. No es sólo que en el último año Trump haya dinamitado toda la arquitectura multilateral de la posguerra, sino que osa construir un orden internacional nuevo como quien organiza un selecto club de golf o de polo. Se acaba de filtrar un borrador de una nueva institución internacional –la Junta de Paz– que envió Trump a distintos líderes mundiales a raíz de la reconstrucción de Gaza. 

Si bien es cierto que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas habló del establecimiento de una Junta de Paz que sería “la administración de transición con personalidad jurídica internacional que determinará el marco y coordinará la financiación para la reurbanización de Gaza”, Gaza no aparece mencionada en el documento filtrado: el alcance del documento sería, por tanto, el mundo entero. Al felicitarse a sí mismo por ese voto del Consejo de Seguridad que instituía la Junta, Trump anunció que en pocas semanas habría novedades. Y las hay. En trece artículos, Trump despacha el fundamento institucional para la paz mundial. Agárrense.

Trump, en el Foro de Davos | EFE

En el Preámbulo de la Carta, se revela el porqué de su necesidad: otras instituciones y otros enfoques han fracasado, luego urge “un organismo internacional de construcción de la paz más ágil y eficaz”. ¿Dónde? “En zonas afectadas o amenazadas por conflictos” (art. 1). ¿Quiénes participarán? Solamente “los Estados invitados a participar por el Presidente” (art. 2.1), el cual sería, en principio, el propio Donald J. Trump, que tendrá “autoridad exclusiva para crear, modificar o disolver entidades subsidiarias según sea necesario o apropiado para cumplir la misión del Consejo de la Paz” (art. 3.2.b) y seleccionará a líderes de talla global para el Consejo Ejecutivo (art. 4.1.a), tal como ha hecho ya en Gaza nombrando a Marco Rubio, su yerno, Tony Blair, el presidente del Banco Mundial, el financiero Marc Rowan, o sus consejeros Steve Witkoff y Robert Gabriel. Los Estados Miembros estarían representados por su Jefe de Estado o de Gobierno, durante mandatos de tres años, sujetos a renovación por el Presidente. El mandato de tres años no se aplicará a los Estados Miembros que contribuyan con más de 1.000 millones de dólares estadounidenses en fondos en efectivo al Consejo de la Paz dentro del primer año de entrada en vigor de la Carta (art. 2.2.c.). ¿Quiere usted entrar en el club diplomático de Trump? Pase antes por caja y ya se verá. Trump, patético Nobel prestado, se afana en resolver –tri-trá– la paz mundial: la guerra interna ya le ha estallado. Se lee que ha invitado a su club de paz a 60 mandatarios. Orbán y Milei han aceptado y Francia la ha rechazado. Se esboza un nuevo orden. Unas “mini Naciones Unidas”. Una Junta de Paz con socios selectos y muchos, muchos hoyos. ¿Hablarán Trump y Von der Leyen sobre ello en Davos?

Pues bien: justo ahora, el secretario de Estado vaticano, cardenal Parolin, dicta una clase magistral a los alumnos de la Pontificia Accademia Ecclesiastica que, acaso por contigüidad, cabe leer como respuesta al engendro diplomático de Trump. Parolin reclama “instaurar un nuevo estilo”, “reflexionar sobre cómo pueden la paz y la justicia deben volver a ser columnas del orden entre las Naciones y no limitarse a simples aspiraciones o vacías reivindicaciones”. Paz significa, según el secretario de Estado vaticano, estabilidad y desarrollo económico y social, por tanto, es cuestión que “afecta al mundo entero y no sólo a las áreas de conflicto”. 

Parolin, en la Pontificia Accademia Ecclesiastica | @Vatican Media

Parolin concede que el orden internacional ya no es el de hace 80 años, el del Sistema de las Naciones Unidas. El cuadro que pinta es tremendo: la fuerza puede con la justicia, la guerra con la paz, aumentan las zonas de conflicto, aumentan los distintos tipos de crímenes internacionales, aumenta la brecha de niveles de desarrollo, aumentan los tipos de inseguridad, que ya no se deben solo a lo militar o al terrorismo, sino también a lo alimentario, educativo, ambiental, energético, a lo religioso incluso. Se relativiza “todo el aparato construido por el derecho internacional en ámbitos como el desarme, la cooperación al desarrollo, el respeto de los derechos fundamentales, la propiedad intelectual, los intercambios y tránsitos comerciales”.

Ahora bien: ante semejante desastre, para Parolin sólo cabe elaborar soluciones que abandonen “el uso de la fuerza, la voluntad de potencia, el desprecio de las reglas con tal de alcanzar objetivos que niegan la justicia”. Hace falta, pues, una “propuesta educativa, de formación e investigación”

Pero, ¿cómo hacerlo en un mundo en el que prima el conflicto? Parolin propone no limitarse a leer la realidad, que impone la emergencia como modelo operativo y el recurso al conflicto como método. Hay que liberar la diplomacia de “formas ya superadas o de sentimientos nacionalistas o de protección de intereses particulares”. Hay que evitar que se refugie “en escenarios fantasiosos”. 

Recurrir a “soluciones inmediatas o a reacciones emotivas” no es jamás el camino, según la Santa Sede

La Lectio Magistralis de Parolin evoca y avisa al buen entendedor: “La diplomacia de la Santa Sede ha vivido la historia y ha sido testigo de momentos que enseñan cómo la aparición de factores incontrolados e incontrolables determina fácilmente la irrelevancia de la fuerza”. Recurrir a “soluciones inmediatas o a reacciones emotivas” no es jamás el camino, según la Santa Sede. La crisis del multilateralismo debida a la sustitución de las reglas por la fuerza en realidad significa “la afirmación de un multipolarismo inspirado por el primado de la potencia y regulado por la capacidad de manifestar autosuficiencia, la determinación de preservar fronteras estatales y ultraestatales pensando que son impermeables cuando Kant en 1795 indicaba que ‘la violación del derecho en un punto de la tierra se advierte en todos los puntos’”.

Parolin contaba en su conferencia que, mientras el nuncio Fabio Chigi –futuro Alejandro VII– participaba en las negociaciones que cuajarían en la Paz de Westfalia de 1648, acrisoló la fórmula del buen diplomático vaticano: “Molto fare, poco dire”. “Hoy el reclamo de los medios de comunicación parece haber opacado esta actitud”, recuerda Parolin. Cómo no pensar en Trump, el cual dice y dice y dice y cuando hace, más deshace. Al intentar hacerse a la fuerza con el monopolio de la paz, Trump ha cometido un error de mal empresario y pésimo diplomático. La paz no se compra como cualquier mercancía.

Cupich, McElroy y Tobin, con el Papa Francisco | Vatican Media

El sábado 17 de enero, al preguntarle por Groenlandia, el secretario de Estado Parolin comentó: “No se pueden utilizar soluciones de fuerza; debemos volver al espíritu del multilateralismo que caracterizó la posguerra y que se está perdiendo. Hacer valer las propias posiciones únicamente mediante la fuerza es inaceptable; esto conducirá cada vez más a un conflicto y a una guerra dentro de la comunidad internacional”. La política exterior de EEUU suscita tal preocupación que tres importantes cardenales de EEUU (Kupich, McElroy y Tobin) han publicado un enérgico comunicado criticando la falta de moral, o la amenaza militar, como principios de actuación y proponiendo, en cambio, los de León XIV en su reciente discurso al Cuerpo diplomático. Pero la diplomacia de Trump no para: filtra un mensaje privado de Macron y advierte que, como no le dieron el Nobel, ya no siente “la obligación de pensar únicamente en la Paz”. En la escuela diplomática vaticana alucinan.

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