"Las suspensiones “a divinis”, censuras, penas canónicas, anatemas, excomuniones… no deberían caber en el lenguaje eclesial" Antonio Aradillas: "'A divinis' y 'a humanis'"

Vanitas vanitatis
Vanitas vanitatis

Así como la suspensión “a divinis” resultaba ser también “a humanis” en tiempos pasados, hoy, y en la mayoría de los ambientes tan secularizados, hasta resulta atractivo, original y simpático

La suspensión “a divinis” al “sacerdote motero” le ha significado, y le significará, una campaña tan pingüe de promoción al programa “fraterno” de referencia, que no es descartable que estuviera prevista por sus máximos responsables

En la actualidad española, la rentabilidad "de tejas abajo" del suspenso "a divinis", es ciertamente espectacular, por lo que, la propaganda hecha al programa, es impagable

Otra causa que haya seducido a este cura a engrosar la lista "grande" de los "telecincueños hermanos" podría haber sido la vanidad, la inmadurez y falta de sazón cívico- social, y humana en general, que caracteriza a no pocos estamentos clericales

Noticias recientes mediático- clericales, intituladas con el latinismo de “A divinis”, me hacen recordar una historia personal de los principios de la década de los años de 1980.

Director yo entonces de un programa matinal en “Radiocadena Española”, y asiduo colaborador del semanario “Sábado Gráfico”, fui informado acerca de la concelebración de una misa en la iglesia de Santo Tomás de la Ciudad Universitaria de Madrid, en la que participaron teólogos de las Universidades Pontificias de España y Centros e Institutos religiosos. Su justificación y noticia eran la siguiente: uno de sus más importantes teólogos, con serias dificultades para conseguir su secularización canónica, decidió casarse civilmente…

Católico convencido, solicitó a sus ex -colegas la celebración de la Eucaristía “que resultó ciertamente ejemplar y piadosa”. Consta que no se añadió a la misma ceremonia alguna propia del Sacramento del Matrimonio. Un servidor, previa la correspondiente comprobación por parte de los protagonistas, me limité a dar cuenta de los hechos en la referida publicación, entonces de gran predicamento editorial, dejando para otra ocasión cualquier comentario sobre el tema.

El “escándalo” eclesiástico producido fue monumental. Con denuncias en las más altas instancias curiales, el Cardenal de Madrid, tal y como su intermediario oficial, su Vicario, me manifestó, “se vio obligado a tomar la decisión más próxima, practicable y sencilla”, que una vez más no era otra que la de “matar al mensajero”, dadas las complicaciones que hubiera llevado consigo la suspensión “a divinis” de gran parte de tan reconocidos teólogos de Madrid, además de que la mayoría de ellos eran religiosos, es decir, dependientes de la jurisdicción de sus Órdenes o Congregaciones.

Yo quedé entonces suspenso “a divinis”, sin posibilidad de celebrar la Eucaristía, confesar, predicar y ejercer cualquier otra actividad ministerial o pastoral. Si para los efectos pecuniarios yo hubiera dependido de nóminas eclesiásticas, mi situación familiar y personal se hubiera agravado en proporciones muy serias. Mi condición laboral como periodista no sufrió quebranto crematístico alguno.

– Pero no te preocupe en exceso esta decisión canónica, me aseguró el Vicario Episcopal, primero de a bordo, después del Cardenal de Madrid. Yo celebro misa todos los días en un Colegio Mayor, ubicado en el distrito de La Moncloa, y, media hora antes, o media hora después, puedes celebrarla tú con toda tranquilidad…

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El tiempo de mi suspensión “a divinis” se alargó durante mes y medio, hasta que, ante mis demandas e iniciativa de tomar yo una determinada decisión que sobrepasara los límites puramente “eclesiásticos”, se acordó que la Curia publicara una nota oficial en la que se reconoció que “efectuadas las debidas comprobaciones”, yo me había limitado a narrar los hechos tal y como habían sucedido.

Sin valorar el caso concreto que suscita este comentario, es de advertir por encima de todo, o de casi todo, que la suspensión “a divinis” al “sacerdote motero” le ha significado, y le significará, una campaña tan pingüe de promoción al programa “fraterno” de referencia, que no es descartable que estuviera prevista por sus máximos responsables.

Así las cosas en la actualidad española, la rentabilidad “de tejas abajo” del suspenso “a divinis”, es ciertamente espectacular, por lo que, la propaganda hecha al programa, es impagable. Esta circunstancia debieran haberla previsto los responsables eclesiásticos de la acción penal canónica. Así como la suspensión “a divinis” resultaba ser también “a humanis” en tiempos pasados, dado que echaba sobre los hombros del “suspendido” fardos de irreligiosidad y perversidad también sociológicas, hoy, y en la mayoría de los ambientes tan secularizados, hasta resulta atractivo, original y simpático.

Las suspensiones “a divinis”, censuras, penas canónicas, anatemas, excomuniones… jamás habrían de formar parte del lenguaje eclesial. La Iglesia es diálogo y tales palabras, y las actitudes que entrañan, no se encuentran en el diccionario pastoral más elemental. Tales palabras, por muy canónicas y curiales que sean, no tienen marchamo evangélico.

Por si a algunos les pudiera ser de provecho, dejo constancia de que, en principio, también en recintos y con intenciones similares a las del “Hermano”, por muy “Grande” que sea, yo no descartaría la posibilidad, aunque fuera lejana, de que pudiera y debiera hacerse apostolado, sin descartar tal tarea y misión de buena voluntad en el hondón religioso del “sacerdote motero”. Creo que sería injusta la radical negación de la misma.

Sería yo tachado de iluso, y de estar embaucado, si dejara de reseñar otra causa que haya seducido a este cura a engrosar la lista “grande” de los “telecincueños hermanos”. Esta podría haber sido la vanidad, la inmadurez y falta de sazón cívico- social, y humana en general, que caracteriza a no pocos estamentos clericales, y más a los “religiosos”, que se deslumbran por menos de nada, comportándose como infantiles a perpetuidad.

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