Egoísmos, codicias y deseos inconfesables: La vigencia de la sátira II de Aulo Persio
Mientras los seres humanos pidamos a la Divinidad el cumplimiento de nuestros más brutales egoísmos, codicias y deseos inconfesables estará vigente la sátira IIª del gran poeta romano Persio, una de las más famosas de la literatura contra la hipocresía religiosa
Mientras los seres humanos pidamos a la Divinidad el cumplimiento de nuestros más brutales egoísmos, codicias y deseos inconfesables estará vigente la sátira IIª del gran poeta romano Persio. Efectivamente, a raíz del cumpleaños de su amigo Plocio Macrino el joven poeta escribe una de las sátiras más famosas de la literatura contra la hipocresía religiosa. Su clara fuerza expresiva, expuesta a menudo con un exceso de concisión braquilógica que nos hace difícil la traducción, pero no el sentido, contiene un profundo sentido ético de valor normativo universal.
El joven etrusco expone las plegarias impías de los grandes personajes ( “plerique proceres”, “bona pars hominum” ), que aunque suplican en voz alta honradez y rectitud de corazón, en sus plegarias y rezos silenciosos, mudos, sin embargo, piden la muerte de otros para heredarlos, matrimonios ventajosos sin amor, y rezumando repugnante codicia solicitan a los dioses el triunfo de su avaricia ilimitada, de su sensualidad desenfrenada, y además los quieren sobornar mediante una “prece emaci”, una plegaria mercantil, como intentando comprar a los dioses con las oblaciones. Magnífica crítica a la imbecilidad de la beatería que se ha dado en todas las épocas, y que pretende, en el fondo, seducir o comprar los oídos de los mismos dioses ( “Aut quidnam est qua tu mercede deorum emeris aurículas?”. Por otro lado, los gordos piden salud a los dioses cuando “grandes patinae tuccetaque crassa adnuere his superos vetuere Iovemque morantur” ( Las abundantes comidas y las carnes conservadas en manteca – las deliciosas salchichas de la Galia – han impedido a los dioses ayudarte y a Júpiter le detienen de protegerte ). Y no hay nada más saludable que conocer sólo las parcas comidas corrientes (“plebeia prandia noris”).
Persio, el mejor discípulo del gran maestro Cornuto, se lamenta desesperado de que el hombre no pida el bien del mundo o el amor entre los hombres a los dioses, sino puras cosas materiales y viles. “O curvae in terris, animae et caelestium inanis!”. Maravilloso hexámetro: “Oh almas inclinadas a la tierra y desprovistas de pensamientos celestiales”. Lactancio, en Divinarum Institutionum, II 2, 18, escribe “in terras”, acusativo directivo, en vez de “in terris”, como si los hombres estuvieran pegados al suelo, o mejor, al barro, y vacíos de pensamientos celestiales. Se trata de una bellísima exclamación, ante el interés único de la raza humana por las cosas materiales del mundo. La idea cristiana que informa todo el verso explica sus frecuentes imitaciones por los escritores eclesiásticos. Y es evidente con esta sátira que en el mundo pagano había no sólo una profunda espiritualidad asociada a las cosas del cielo, sino que a los dioses se les debía pedir sólo cosas buenas y decentes, desde un alma en que se armonizase el derecho humano y el divino, desde “un espíritu santificado hasta lo más íntimo, desde un corazón saturado de generosa honradez ( “incoctum generoso pectus honesto” ).
El poema también reprocha a los sacerdotes y pontífices su amor por el oro, que el poeta de Volterra considera impropio de los representantes de los dioses. Porque, “At vos dicite, pontifices, in sancto quid facit aurum?” ( Pero vosotros, pontífices, decidme: ¿Qué relación tiene el oro con las cosas santas?). Los dioses exigen solamente a los hombres un corazón limpio y veraz, y acompañados de estas cualidades, nos bastará ofrecer para el sacrificio un puñado de harina ( “farre litabo” ).
Este mismo tema de Persio aparece en El Buque, de Luciano de Samosata, y será más tarde motivo principal de la famosísima Sátira X de Juvenal. Los hombres, molestando a los dioses con súplicas fuera de razón, y creyendo obtener beneficios, se encuentran con lo contrario, porque pedimos lo que no nos conviene, cosas que nos harán daño e incluso nos destruirán. Es mejor dejar a los dioses que nos concedan lo que ellos quieran, porque en su amor por los hombres, siempre nos darán lo que mejor nos convenga. Y como dice el gran Juvenal, “los dioses propicios a complacer todos los deseos, han arruinado familias enteras”. También en esta misma sátira el poeta de Aquino, Decio Junio Juvenal, sostiene pensamientos críticos que aún están vigentes en el corazón todavía no cristianizado de muchos creyentes católicos:
“Casi todas las súplicas primeras, las más escuchadas en los templos, son que los dioses aumenten nuestras riquezas, nuestros caudales y que nuestras arcas sean las más poderosas de todo el Foro. Sin embargo, los venenos no se venden en vasos de barro; témelos cuando cojas en tus manos una copa tachonada de piedras preciosas y cuando burbujee el vino de Setia en un ancho recipiente de oro”.
Si quieres un consejo, deja a los dioses apreciar lo que nos convenga
A los que aman la política ( “rem populi tractantes” ) y suplican a los dioses que el emperador les dé más y más poder Juvenal les recuerda la tragedia de Sejano: “Alegáis que Sejano se había equivocado en cuanto a la proposición de sus votos, pues deseando excesivos honores, pidiendo excesivas riquezas, iba construyendo una torre gigantesca de innumerables pisos, dando lugar a que su caída fuese más profunda y más formidable el derrumbamiento de esta masa de ruina”. Efectivamente, el fin trágico de Sejano es el perfecto ejemplo del destino del político corrupto y ambicioso. El retrato que de él nos hace Tácito en sus Annales es psicológicamente tan perfecto que aún hoy reconocemos a muchos Sejanos en nuestros políticos patrios, de los que dice el dicho popular: “Son como los toros: a pesar de la faena, salen todos “arrastraos”. A los que inconscientes piden a Júpiter muchos años de vida el gran poeta satírico les recuerda qué es la vejez: en lugar de piel pellejo desagradable, mejillas fláccidas, voz y miembros temblorosos, encías sin dientes, paladar averiado, impotente para el amor, medio ciego, tomando alimento de manos ajenas, sin recordar el nombre ni de sus mejores amigos ni de sus propios hijos, etc. Vamos, una época edénica. ¿Para qué, pues, nos sirve la longevidad? Sólo para preguntar al Cielo: ¿Qué crimen me ha hecho merecer una vida tan larga?
“Si quieres un consejo, deja a los dioses apreciar lo que nos convenga, lo que sea útil a nuestros intereses, pues las divinidades nos concederán lo que verdaderamente nos conviene, en vez de lo que tan sólo nos gusta. Nos quieren más que nosotros a nosotros mismos. Pide un alma vigorosa que carezca del temor de la muerte, que pueda soportar cualquier trabajo, que ignore la ira, los vanos deseos y considere preferibles las calamidades y crueles trabajos de Hércules a los festines, a los amoríos, al muelle cojín de plumas de Sardanápalo. Por la virtud es por donde pasa el único sendero de una vida tranquila” ( Juvenal, Sátira X ).
Muchos paganos, sin duda, estaban ya más cerca del Reino de Dios que muchos católicos practicantes hoy, empezando por mí.
