El encuadre del corazón

"Quizá necesitemos aprender a mirar con los ojos de un corazón que ha descubierto que, detrás de cada rostro, hay mucho más de lo que una fotografía puede mostrar"

Mirada
Mirada | Brands People
Llucià Pou Sabaté
15 sep 2026 - 07:48

El 15 de septiembre celebramos la memoria de Nuestra Señora de los Dolores.

Hay una coincidencia que me parece especialmente sugerente: la liturgia nos invita ese día a contemplar a María al pie de la cruz, precisamente en un lugar donde la mirada humana puede quedar atrapada por el sufrimiento.

Porque el dolor también depende, en parte, de cómo miramos.

No porque podamos elegirlo o negarlo. El dolor existe. La cruz existe. La pérdida existe.

Pero una misma realidad puede ser contemplada desde distintos lugares.

Lo saben bien los fotógrafos.

Para hacer una buena fotografía no basta con tener delante algo interesante. Hay que elegir el encuadre, decidir dónde colocarse, qué incluir y qué dejar fuera. Hay que enfocar. Hay que elegir desde dónde se mira.

Dos fotografías del mismo paisaje pueden decir cosas completamente distintas.

La realidad es la misma.

Ha cambiado la mirada.

El encuadre

Nuestra vida funciona muchas veces de una manera parecida.

También nosotros encuadramos.

Seleccionamos aquello en lo que ponemos la atención y dejamos fuera muchas otras cosas. Nos fijamos en el defecto de una persona y dejamos de ver sus cualidades. Vemos una enfermedad y dejamos de ver a quien la padece. Vemos una discapacidad y dejamos de ver a la persona. Vemos un fracaso y olvidamos toda una historia.

El encuadre puede convertir una parte en el todo.

Y entonces confundimos lo que vemos con la realidad completa.

Por eso quizá una de las tareas más importantes de nuestra vida sea aprender a cambiar el encuadre.

No para falsificar la realidad.

No para pintar de colores lo que duele.

Sino para verla entera.

¿Desde dónde miro?

También importa el punto de vista.

Un fotógrafo puede situarse más cerca o más lejos. Puede cambiar el ángulo. Puede buscar otra perspectiva.

Con las personas sucede lo mismo.

Puedo mirar desde el juicio.

Desde la superioridad.

Desde el miedo.

Desde la compasión entendida como lástima.

Enfocar la mirada
Enfocar la mirada

Desde la necesidad de controlar.

O puedo mirar desde el respeto.

Desde la acogida.

Desde el amor.

La persona que tengo delante no ha cambiado.

Pero yo sí.

Y, al cambiar yo, cambia la realidad que soy capaz de percibir.

Aquí aparece una idea que me parece fundamental: no vemos solamente con los ojos. Vemos desde el lugar interior en el que estamos.

Mirar con el corazón

Quizá por eso tiene tanto sentido hablar de mirar con el corazón.

No se trata de sentimentalismo.

Mirar con el corazón no significa dejar de pensar. Significa que el pensamiento no sea el único instrumento con el que nos acercamos a la realidad.

Cuando miramos solamente desde los conceptos, rápidamente clasificamos.

Cuando miramos desde el corazón, podemos reconocer.

El concepto dice: «esto es un enfermo».

El corazón pregunta: «¿quién es esta persona?».

El concepto dice: «ya no puede hacer muchas cosas».

El corazón descubre: «sigue siendo alguien».

El concepto mira lo que falta.

El corazón puede descubrir lo que permanece.

Mirar con el corazón
Mirar con el corazón

Y quizá esto sea especialmente importante cuando contemplamos a María.

María e Isabel: una mirada compartida

Existe una representación medieval de María y su prima Isabel que siempre me ha parecido extraordinariamente expresiva.

Las dos mujeres aparecen con los rostros muy próximos, casi pegados. Y hay un detalle que produce una especie de desconcierto visual: al encontrarse sus rostros, los dos ojos que quedan juntos parecen convertirse en uno.

Tres ojos visibles.

Pero una mirada compartida.

Es una imagen sencilla y, sin embargo, profundamente sugerente.

María e Isabel no solamente están una frente a otra.

Parecen mirar desde un mismo lugar.

Es como si el artista hubiera querido expresar que cuando existe verdadero encuentro entre dos personas se produce algo más que un intercambio de palabras. Hay una comunión de mirada.

Vemos juntos.

Y cuando vemos juntos, quizá empezamos a descubrir cosas que separados no alcanzábamos a percibir.

María al pie de la cruz

Esta imagen adquiere todavía más fuerza cuando pensamos en María ante la cruz.

Si hubiera que elegir solamente un encuadre para fotografiar aquel momento, podríamos quedarnos con el sufrimiento.

Un hijo muere.

Una madre contempla.

junto a la cruz
junto a la cruz

No hay manera de maquillar esa realidad.

Pero la mirada de María no elimina el dolor.

Lo atraviesa.

Y ahí está quizá una de las grandes diferencias entre negar la realidad y contemplarla desde otra profundidad.

María no necesita fingir que la cruz no existe.

Permanece ante ella.

Su mirada no huye.

Pero tampoco queda reducida a aquello que sus ojos ven.

Hay algo que sostiene esa mirada.

Por eso la tradición cristiana puede contemplar a María como Dolorosa sin convertirla simplemente en una mujer derrotada por el dolor.

El sufrimiento está ahí.

Pero no tiene la última palabra.

El foco

También el fotógrafo sabe que no todo puede estar enfocado al mismo tiempo.

Hay que decidir dónde poner el foco.

Nosotros hacemos continuamente esa elección, aunque no seamos conscientes.

Podemos poner el foco en aquello que hemos perdido.

O en aquello que permanece.

En nuestra herida.

O en la posibilidad que todavía existe.

En el defecto del otro.

O en su dignidad.

En lo que no podemos controlar.

O en aquello que sí podemos ofrecer: nuestra presencia.

No se trata de negar lo primero.

Se trata de decidir qué ocupa el centro.

Y quizá la espiritualidad consista, en buena medida, en aprender a cambiar el foco.

Una fotografía de la persona

Si miráramos a cualquier ser humano como un fotógrafo que intenta captar su realidad completa, tendríamos que reconocer que una sola fotografía nunca basta.

Hay demasiada historia.

Demasiada profundidad.

Demasiada vida.

Podemos fotografiar el cuerpo, pero no fotografiamos la dignidad.

Podemos registrar una expresión, pero no captamos toda una conciencia.

Podemos describir un carácter, pero no agotamos a la persona.

Dignidad
Dignidad

Podemos conocer sus errores, pero no por eso conocemos quién es.

Quizá porque hay algo en el ser humano que no se deja reducir a una imagen.

Algo que permanece cuando cambian todas las demás circunstancias.

Por eso necesitamos aprender a mirar más allá del personaje.

El corazón como nuevo encuadre

Tal vez mirar con el corazón sea precisamente cambiar el encuadre.

No eliminar aquello que duele, sino dejar de permitir que ocupe toda la fotografía.

No ignorar la discapacidad, sino impedir que la discapacidad sustituya a la persona.

No negar la vejez, sino descubrir que la vejez no agota a quien envejece.

No negar el pecado o el error, sino recordar que una persona es siempre más que aquello que ha hecho.

No negar nuestra propia fragilidad, sino descubrir que también podemos ser valiosos cuando necesitamos ayuda.

Y quizá aquí María tenga algo que enseñarnos.

Ella permanece.

Mira.

Acompaña.

No puede resolver la cruz.

No puede quitarla.

Pero puede estar allí.

A veces el amor no consiste en cambiar la fotografía.

Consiste en permanecer junto a quien aparece en ella.

La mirada que transforma

Octavio Paz escribió una frase que expresa de manera luminosa esta capacidad transformadora de la mirada: «El mundo cambia si dos se miran y se reconocen».

No hace falta que desaparezcan los problemas.

No hace falta que la realidad exterior cambie inmediatamente.

A veces basta con que alguien sea verdaderamente reconocido.

Porque ser mirado de verdad significa dejar de ser una etiqueta.

Dejar de ser un diagnóstico.

Dejar de ser un papel.

Dejar de ser aquello que los demás esperan que seamos.

Y volver a ser simplemente una persona.

Quizá eso sea lo que María hace ante nosotros cuando la contemplamos como Madre de los Dolores.

No nos ofrece una fotografía bonita del sufrimiento.

Nos enseña a mirarlo de otra manera.

Con los ojos abiertos.

Con el corazón despierto.

Sin apartarnos de la realidad.

Pero sin reducir la realidad a aquello que inmediatamente vemos.

Al final, quizá toda nuestra vida sea también una cuestión de encuadre.

No podemos decidir todas las imágenes que nos toca vivir.

Pero podemos preguntarnos desde dónde las contemplamos.

Dónde ponemos el foco.

Qué dejamos fuera.

Y, sobre todo, con qué corazón miramos.

Porque quizá no necesitemos unos ojos nuevos.

Quizá necesitemos aprender a mirar con los ojos de un corazón que ha descubierto que, detrás de cada rostro, hay mucho más de lo que una fotografía puede mostrar.

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