"Finalmente, es el amor lo que permanecerá" La esencia del cristianismo y los derechos de las personas homosexuales

Los derechos de las personas homosexuales
Los derechos de las personas homosexuales

"La Iglesia católica inició una vía que dio esperanzas a las personas homosexuales, y eso es lo que permanecerá, aunque hoy se maticen palabras ya dichas"

"Más allá de las complicadas razones teológicas por las que el matrimonio es un sacramento, hablar de matrimonio homosexual es un adelanto de los derechos de la persona"

"Para las teologías protestantes el asunto es mucho menos complicado, pues al menos desde el siglo XVI el matrimonio no es considerado sacramento central"

"¿Por qué nos parece comprensible que la mujer pueda tener patrimonio y no que las personas homosexuales puedan tener un matrimonio?"

La justicia social está en la misma esencia del cristianismo. Recientemente algunos ejemplos paradigmáticos van desde el sufragio femenino, promovido por una serie de teólogas, o las libertades civiles, también promovidas por personajes como Martin Luther King.

Cuando hablamos de los derechos de las personas homosexuales el terreno es similar. Es más complejo para la teología católica asumir la unión de personas homosexuales, pues el matrimonio es un sacramento desde, al menos, 1055. Quizá esto explique las idas y venidas recientes de la Iglesia católica con este tema, pues las presiones para dejar las cosas como están no son pocas. Para las teologías protestantes el asunto es mucho menos complicado, pues al menos desde el siglo XVI el matrimonio no es considerado sacramento central, como sí lo es el bautismo, la comunión (para las iglesias reformadas), y la confesión (para las iglesias luteranas).

Sería un tedio para mi escribir, y para el lector leer (en este pequeño artículo), como éstas dos comprensiones del matrimonio han calado en los diferentes países católicos y protestantes hasta nuestros días.

Religión y matrimonio homosexual
Religión y matrimonio homosexual

Es cuanto menos curioso ver, y ciertamente paradójico, como en España, donde el valor sacramental del matrimonio se ha defendido con ahínco, se ha implantado el matrimonio homosexual. La reforma del Código Civil en la que se amplía el artículo 44 posibilita que el matrimonio tendrá los mismos efectos legales cuando los contrayentes sean del mismo sexo.

Más allá de las complicadas razones teológicas por las que el matrimonio es un sacramento, hablar de matrimonio homosexual es un adelanto de los derechos de la persona. Un paso adelante en las libertades similar al patrimonio de la mujer. Etimológicamente el patrimonio (patris: padre) es la herencia del padre, y el matrimonio (matris: relativo de la madre) es la herencia de la madre. ¿Por qué nos parece comprensible que la mujer pueda tener patrimonio y no que las personas homosexuales puedan tener un matrimonio?

Es complicado establecer la línea que separa, por un lado, la insumisión de la legalidad vigente, y por otro, la complicidad con un poder que ha perdido su razón de ser: nadie dice que sea fácil el papel de la Iglesia. Ahora bien, insisto en esta idea: la justicia social está en la misma esencia del cristianismo. Si dos personas que han sido ya casadas por un juez, por ese adelanto en la legalidad en la reforma del artículo 44, quieren desde una vocación cristiana encontrar una bendición para su unión, tengo la convicción de que tenemos el deber de ofrecérsela: “que no separe el hombre lo que Dios ha unido”.

Habrá quien considere que desde la tradición cristiana esto es inasumible, pero la historia, sin embargo, dice algo distinto: no son pocos los ejemplos de uniones homosexuales dentro de sociedades cristianas, por ejemplo, en el Imperio Romano Oriental.

Habrá quien piense que desde una lectura de la Biblia como autoridad moral esto es inasumible, pero es desde hace relativamente muy poco que las lecturas homófobas se han impuesto: las voces proféticas, tanto veterotestamentarias (Antiguo Testamento) como neotestamentarias (Nuevo Testamento), denuncian con dureza aquellas circunstancias donde la sexualidad supone un abuso contra la libertad, así como una falta de hospitalidad. Dos asuntos que sólo superficialmente están desvinculados, pues hoy siguen siendo las extranjeras quienes más sufren la violación de la esclavitud sexual. ¿Dónde se condena el amor en tales textos?

Dos personas del mismo sexo, adultas y libres, que deciden vivir su amor (sea sexual o no), y en su derecho lo hacen público, ¿no serán bienvenidas en nuestras comunidades para recibir una bendición por su unión? ¿No encontrarán donde tomar del pan de la comunión y poder sumergirse en el misterio de la fe como “una misma carne”? ¿Por qué razón nos mantendremos en contra de dicha unión?

Desde las comunidades protestantes es mucho más sencillo, pero sólo en apariencia, pues el literalismo fundamentalista que reacciona contra la homosexualidad, aunque reversible, necesita algo más que paños calientes para superarse.

Desde las comunidades católicas es más compleja la situación, pues repensar el valor sacramental del matrimonio no es una tarea sencilla. ¿Cómo aceptar otras maneras de amar sin remover la propia autenticidad? La Iglesia católica inició una vía que dio esperanzas a las personas homosexuales, y eso es lo que permanecerá, aunque hoy se maticen palabras ya dichas. Es la fe y la esperanza lo que permanece, la fe y la esperanza en una sociedad más justa en la que no nos echemos para atrás en los derechos logrados, pues finalmente es el amor lo que permanecerá. 

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