Francisco José García-Roca reivindica el tesoro olvidado del diaconado
La estola cruzada que devuelve la Iglesia a la calle: un libro para descubrir a los diáconos permanentes
Francisco José García-Roca reivindica el tesoro olvidado del diaconado
Estola cruzada. Conocer el diaconado permanente (Ediciones Palabra) de Francisco José García-Roca, llega para iluminar una de las grandes realidades desconocidas -y, demasiadas veces, minusvaloradas- de la Iglesia contemporánea: el diaconado permanente. El libro reclama mirar de frente a esos hombres que han recibido el sacramento del Orden, pero que no viven separados de la vida ordinaria, dado que muchos son esposos, padres, trabajadores y vecinos. Es decir, creyentes que han aprendido a servir a Dios sin abandonar la casa, el empleo ni las heridas del barrio.
Un libro necesario
El título es hermoso y certero. La estola del diácono se cruza sobre el pecho, de un hombro al costado contrario, como signo de servicio. No es una estola menor, ni una versión incompleta del presbítero. Es otro modo de expresar sacramentalmente que la Iglesia sólo se entiende desde el servicio, desde el “lavatorio de los pies” y desde las periferias donde el Evangelio deja de ser teoría para hacerse compañía, como tanto repetía el Papa Francisco.
García-Roca no escribe desde una especulación de despacho. Su propuesta nace del camino compartido, de su propia experiencia, de la vida familiar, de la vivencia eclesial y de la convicción de que “detrás de cada estola cruzada hay una historia de entrega, de familia, de trabajo silencioso, de comunión con los pobres y de fidelidad a Dios”. El autor concluye su presentación con un deseo que merece convertirse en llamada: “Ojalá este libro despierte vocaciones”.
Y es que hacía falta un libro así. Mucha gente sigue preguntándose qué hace exactamente un diácono permanente. No por mala voluntad, sino simplemente porque el diaconado ha sido tratado durante siglos como un escalón de paso hacia el sacerdocio, cuando el Concilio Vaticano II recuperó su carácter permanente para devolver a la Iglesia una de sus raíces más antiguas.
El diaconado es uno de los tres grados del sacramento del Orden, junto con el episcopado y el presbiterado; puede ser recibido por hombres casados -habitualmente mayores de 35 años y con una vida matrimonial estable- y se expresa en el servicio a la Palabra, la liturgia y la caridad.
Ni sacerdotes de segunda ni laicos con alzacuellos
Los diáconos permanentes padecen una doble incomprensión. Para algunos son “curas de segunda”, porque no presiden la Eucaristía ni administran la reconciliación o la unción de enfermos. Para otros son simples laicos con alzacuellos, innecesariamente clericalizados. Ambas caricaturas son injustas.
No son sacerdotes frustrados ni laicos ascendidos de categoría. Son diáconos. Y eso debería bastar para reconocer su dignidad y su misión propia. Pueden proclamar y predicar la Palabra, bautizar, asistir y bendecir matrimonios, presidir exequias, acompañar a enfermos, trabajar en Cáritas, servir en la pastoral penitenciaria, familiar o de marginación, y colaborar en las tareas organizativas y de acogida de la comunidad.
El diaconado no rebaja el sacerdocio; lo purifica de la tentación de convertirse en poder. Y tampoco rebaja al laicado; lo honra al mostrar que la santidad y el ministerio pueden crecer en el interior de una familia normal, que tiene facturas que pagar, una jornada laboral, una conversación de escalera o un hijo que pregunta por Dios antes de dormir.
Por eso es tan injusto que, incluso en algunas diócesis, se les relegue o se los llame únicamente cuando faltan presbíteros. Los diáconos no son un recurso de emergencia ante la escasez vocacional. Son una vocación eclesial estable, sacramental y necesaria. Su presencia recuerda a todos que el centro de la Iglesia no es mandar, sino servir.
Su gran riqueza: vivir donde vive la gente
Aquí radica la gran aportación de los diáconos permanentes. Muchos viven en la realidad que tantas veces la estructura eclesial mira desde lejos. Conocen el precio de la vivienda, el paro, la precariedad, las dificultades educativas, los cuidados de los mayores, las crisis de pareja, la crianza, el duelo y el cansancio de llegar a fin de mes. No porque hayan leído un informe pastoral, sino porque lo viven o lo escuchan cada día de boca de sus vecinos.
Un diácono casado, con vida de familia y trabajo, no es automáticamente más santo ni mejor pastor que un sacerdote célibe. Sería un error convertir un estado de vida en una competición. Pero sí posee una experiencia específica que puede enriquecer profundamente a la Iglesia: la de encarnar el ministerio en medio de la vida familiar y laboral, sin retirarse de ella. Esa cercanía puede abrir puertas donde otros ministerios no siempre llegan.
El autor lo ha expresado en muchas ocasiones con claridad: “El diácono permanente encarna el servicio dentro de la Iglesia. Por eso es bueno que en la Iglesia haya estas personas que llevan la estola cruzada y que nos recuerdan a todos que somos servidores”. Esa es, probablemente, la mejor definición del libro y de la vocación que intenta hacer visible: un sacramento que no busca aumentar el rango de nadie, sino recordar que todos, obispos, presbíteros, consagrados y laicos, están llamados a ser servidores.
Una Iglesia que debe reconocerlos
La publicación de Estola cruzada debería ser ocasión para que las diócesis españolas se hagan algunas preguntas incómodas. ¿Se conoce de verdad el diaconado permanente en los seminarios, parroquias y delegaciones pastorales? ¿Se forman comunidades capaces de acogerlo? ¿Se escucha suficientemente a las esposas y familias de los diáconos, que también sostienen una parte decisiva de esa vocación? ¿Se les permite desarrollar una misión propia o se les asignan tareas residuales?
Todavía hay diócesis españolas que no han restaurado este ministerio, incluido el singular caso del Arzobispado Castrense. García-Roca ha calificado esa ausencia de “una oportunidad profundamente desaprovechada” y ha señalado que en otros países los diáconos castrenses ya realizan una relevante labor “pastoral, litúrgica y social”. La pregunta, por tanto, no es si hacen falta más manos para suplir al clero. La pregunta es si la Iglesia está preparada para reconocer todos los carismas que el Espíritu sigue ofreciendo.
Por todo eso, Estola cruzada es mucho más que un manual sobre una figura eclesial poco comprendida. Es un alegato por una Iglesia que no tenga miedo de reconocer que la gracia también se expresa entre pañales, turnos de trabajo, reuniones de vecinos, hospitales, cárceles, comedores sociales y familias con sus alegrías y sus cruces.
Francisco José García-Roca nos recuerda que la estola cruzada no es un detalle de vestuario. Es una manera de estar en el mundo, cargando el Evangelio sobre el hombro, sin levantarlo como una insignia de poder. Ojalá el libro ayude a que los diáconos permanentes dejen de ser los desconocidos de la Iglesia, los olvidados de la estructura y los “segundones” de una jerarquía mal entendida. Porque quizá tengan mucho que enseñar a toda la comunidad, para hacerle ver que la verdadera grandeza no consiste en presidir, sino en servir.
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