Reclamo evitar las vanguardias omniscientes y buscar las minorías comprometidas
Al financiarizarse todo bajo el absoluto del capital y la técnica, los valores más clásicos de la moral humanista no han podido resistir dos procesos entrelazados: la domesticación de esos valores por la ley del más fuerte y la ideologización de su significado
Hablar de actitudes y valores morales ha sido un lugar común en años pasados. Se puede pertenecer a una época en que se habla mucho de valores y, sin embargo, prime la mediocridad en su práctica. Por tanto, siempre ha habido de todo en cuanto a valores y actitudes en el vivir. Ahora bien, desde el cambio de milenio, al globalizarse el mercado de dinero, bienes y servicios, y al financiarizarse todo bajo el absoluto del capital y la técnica, los valores más clásicos de la moral humanista, -la dignidad, la libertad, la justicia, la responsabilidad, la sinceridad, la solidaridad, la empatía o el honor, por citar algunos- no han podido resistir dos procesos entrelazados: la domesticación de esos valores por la ley del más fuerte en cualquier dirección y, unos años después, la ideologización de su significado –conocimiento deformado y deformante por causa de un interés partidista- al moldearlos este interés en todas sus expresiones. El resultado es que esos valores, y las actitudes que generan en la vida social, han derivado en lo peor de nuestros días.
El patriotismo deriva descaradamente en terrorismo; el uso de la acción defensiva deriva en guerra de prevención que arrasa con todo; el enriquecimiento que corresponde al riesgo de invertir se transforma en juegos financieros opacos, sin ningún propósito de crear riqueza tangible; la propiedad privada, que creíamos para siempre aceptada como un derecho subordinado, reclama ser absoluta como derecho y tratada según los objetivos y la medida de quien la posee; la ciudadanía que se entendía, no sin discusiones, como valor normalizado en el seno de los derechos humanos, torna a maridar con formas de racismo y xenofobia donde los otros más pobres y menos necesarios en el sistema productivo son material sobrante para la primacía nacional; la verdad y el honor, que tenían su peso en el reconocimiento de las personas de bien en cualquier ámbito, son sustituidas por quienes manejan los medios y las redes, disponiendo de habilidad y “cara” para tratar cualquier tema a la ligera y a favor de lo mío.
Se impone, siendo amistoso en el juicio, una sopa de letras grumosa y fea que en su expresión moderada promete sostener la vida social desde los vulnerables, ¡no es poco! y, en su versión radical, la llamaré desquiciada, nos asoma a un abismo entre totalitario y patriotero
El resultado de estos interminables dualismos es insostenible para la convivencia y así vamos dando tumbos en casi todos los ámbitos de la vida social. Se impone, siendo amistoso en el juicio, una sopa de letras grumosa y fea que en su expresión moderada promete sostener la vida social desde los vulnerables, ¡no es poco! y, en su versión radical, la llamaré desquiciada, nos asoma a un abismo entre totalitario y patriotero. Creo que de seguir en su estilo, solo pueden envenenarse juntos y todos nosotros en ellos. Este es el proceso que llaman polarización y que no se ve claro si es general, toda la sociedad, o solo la parte de ella que salta a los medios y asalta el poder. Es general, con sus diferencias.
Hay un techo de cristal para la ética aplicada, en este tiempo, que no procede ante todo de ella misma, sino que adviene de las ideologías políticas y prácticas tecnocráticas que imprimen su horma a todo; lo hacen en su manera de conocer, en su manera de justificar, en su manera de validarse
De ser cierto lo recontando, solo lo más visible del momento social, y sin perdernos en visiones demasiado generales para el especialista y demasiado abstractas para el común, llama la atención la falta de voces que se supone que ahora podrían decir algo orientador. O callan o no son atendidas. Sin duda, más lo segundo. En jornadas de ética aplicada, entre profesores del tenor de Adela Cortina, José Antonio Marina, Victoria Camps, Diego Gracia, y en el ámbito más político, Daniel Innerarity, Alicia Puleo, Jorge Riechmann, por citar algunos más mediáticos, y que hasta hace unos años corrían de ciudad en ciudad desgranando los valores de la vida social buena con mucha audiencia, y alcanzaban fama notable, me encuentro con la sensación, diré la certeza, de que su reflexión no tiene el eco que merece en la política, en los medios de comunicación, en la universidad, en la cultura y en la religión. Por supuesto, en la economía ni está ni se la espera. Sus reflexiones, siento que suenan en este tiempo, por nuestra culpa, una especie de homilías laicas que salen a la plaza pública sin eco.
Hay un techo de cristal para la ética aplicada, en este tiempo, que no procede ante todo de ella misma, de su torpeza para mostrarse luz en las tinieblas, sino que adviene de las ideologías políticas y prácticas tecnocráticas que imprimen su horma a todo; lo hacen en su manera de conocer: cientificismo sin valor de ciencia, no pocas veces, arrasando mediante un modo de conocer al que hipotecamos nuestra libertad para preguntar críticamente; lo hace en su manera de justificar: ética científica sin valor de ciencia, a la que sometemos nuestra empatía cotidiana, sentimiento humano donde los haya; y lo hace en su manera de validarse: validación tecnocrática que nos roba la libertad de elegir los fines de la acción política.
La reflexión ética no tiene el eco que merece en la política, en los medios de comunicación, en la universidad, en la cultura y en la religión. Por supuesto, en la economía ni está ni se la espera
Llegados a este punto, lejos de pensar lo dicho como desvarío de otros ciudadanos, reclamo evitar las vanguardias omniscientes, que lo saben todo para los demás, y buscar las minorías comprometidas que todo lo preguntan y actúan desde los más vulnerables. Se acierta mucho más. Era la tarea a proponer.
