Ideologías vs. Humanidad
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En 1995, Umberto Eco publicó su ensayo “Eternal Fascism” (“El fascismo eterno”), identificando 14 características típicas de esta ideología, la cual él también denomina ur-fascismo, es decir, el fascismo primordial, arquetípico o eterno, es decir, una forma esencial y subyacente del fascismo que trasciende las manifestaciones históricas concretas (como el fascismo italiano de Mussolini o el nazismo alemán). Según Eco, el ur-fascismo no es un sistema ideológico rígido y coherente, sino una nebulosa de actitudes, impulsos y características que pueden aparecer en combinaciones variables y que sobreviven al fascismo histórico del siglo XX. Estas características pueden manifestarse en movimientos políticos modernos, incluso bajo apariencias inocentes o democráticas, sin que necesariamente se declare abiertamente fascista.
Las reflexiones del filósofo italiano revisten suma actualidad, y nos sirven para identificar los diferentes fascismos que han tomado carta de ciudadanía no sólo en la política actual a nivel mundial, sino también en el ámbito religioso.
Ya hace 30 años, Eco alertaba sobre el peligro de estas corrientes de pensamiento:
«El ur-fascismo sigue entre nosotros, a veces en ropa de civil. Sería mucho más fácil para nosotros si apareciera en la escena mundial alguien que dijera: “Quiero reabrir Auschwitz, quiero que las Camisas Negras vuelvan a desfilar por las plazas italianas”. La vida no es tan sencilla. El ur-fascismo puede regresar bajo los disfraces más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y señalar con el dedo cada una de sus nuevas manifestaciones —todos los días, en todas las partes del mundo—.
Merece la pena recordar las palabras de Franklin Roosevelt del 4 de noviembre de 1938: “Me atrevo a afirmar, desafiando a quien corresponda, que si la democracia estadounidense deja de avanzar como una fuerza viva, buscando día y noche por medios pacíficos mejorar la suerte de nuestros ciudadanos, el fascismo crecerá en fuerza en nuestra tierra”. La libertad y la liberación son una tarea interminable».
Las palabras del presidente Roosevelt son proféticas y parecen haberse cumplido en el presente bajo la administración del presidente Donald Trump. Pero quizás lo que más nos puede interesar es cómo se plasman esas características del “fascismo eterno” en asociaciones religiosas, sobre todo las que forman parte de la Iglesia católica. Para ello voy a ir enumerando esas características, comentando cómo se plasmaban en el Sodalicio de Vida Cristiana, una sociedad de vida apostólica que fue suprimida el 14 de abril de 2025 por el Papa Francisco y a la cual yo estuve vinculado durante treinta años.
1. El culto a la tradición. El fascismo eterno se basa en un sincretismo cultural que rechaza la innovación y ve la verdad como ya revelada en un pasado mítico.
En el Sodalicio se veneraba la Antigüedad Cristiana y la Edad Media como épocas de plasmación perfecta de los valores cristianos en la sociedad —lo que conocemos como la cristiandad occidental— y se veía el desarrollo de las ideas a partir del Renacimiento como un declive en decadencia continua que conducía a la configuración de la sociedad moderna.
2. El rechazo al modernismo. Ve la Ilustración y la razón moderna como el origen de la decadencia, aunque pueda aceptar avances tecnológicos superficiales.
El mundo actual era visto como un ente en absoluta decadencia, producto de la Reforma protestante, la Ilustración y la Revolución Francesa, todos ellos sucesos que desembocaron en la sociedad moderna, donde no existiría ningún pensamiento ni sistema ideológico rescatable.
3. El culto a la acción por la acción. La acción se valora por sí misma, sin reflexión; pensar es una forma de debilidad. Se asocia al irracionalismo y al antiintelectualismo.
Si bien en el Sodalicio se insistía en que uno debía tener un pensamiento racional y desconfiar de los sentimientos, no se permitía ser crítico con los postulados ideológicos de la institución. Más bien, se debía actuar sin pensar cuando un superior daba una orden.
4. El desacuerdo es traición. La crítica o el desacuerdo se consideran traición; no se tolera el debate racional.
En el Sodalicio quien criticaba el pensamiento único imperante o manifestaba discrepancias era considerado un traidor, al cual se le tenía que disciplinar y castigar.
5. El miedo a la diferencia. Explotación del temor a lo diferente; el primer enemigo son los “intrusos”. Por definición, es racista.
La frase “un sodálite sólo puede ser amigo de otro sodálite” que repetía Luis Fernando Figari, el fundador del Sodalicio, expresaba la desconfianza que se debía tener hacia todo el que fuera ajeno a la institución. “Un cholo nunca podrá ser un buen sodálite”, otra frase suya, expresaba el desprecio que tenía hacia todo aquel que tuviera ancestros indígenas.
6. Apelación a la frustración social. Surge de la frustración individual o colectiva, especialmente de clases medias amenazadas por crisis económicas o presión de grupos inferiores.
El Sodalicio buscó al principio a sus adeptos entre jóvenes de clases medias y altas, frustrados por la falta de perspectivas en el Perú, que pasó por una dictadura militar en los setenta, y por graves crisis económicas y sociales en los ochenta, a las cuales se sumó la amenaza terrorista en los ochenta y noventa.
7. Obsesión por el complot. Los seguidores se sienten asediados por enemigos internos y externos; la vida nacional se ve como una conspiración permanente.
En los años setenta y ochenta se nos hablaba en el Sodalicio de la conspiración judeo-masónica para dominar el mundo. A eso se sumó la amenaza que constituía el comunismo y su supuesto socio, la teología de la liberación, que presuntamente no era otra cosa que la infiltración del marxismo dentro de la Iglesia. Y al Plan de Dios se contraponía el plan del demonio para descristianizar a la sociedad.
8. El enemigo es a la vez demasiado fuerte y demasiado débil. Los enemigos son humillados, pero al mismo tiempo se les presenta como invencibles para justificar la lucha eterna.
Se nos inculcaba a los sodálites que teníamos la fuerza para vencer al mal en el mundo, pero a la vez este mal era sumamente poderoso y omnipresente, de modo que necesitábamos de la ayuda constante de Dios.
9. La vida es lucha permanente. La paz es vista como una conspiración; se prepara para una batalla final apocalíptica (como el Armagedón o la guerra racial).
“La vida es milicia”, frase atribuida a José Antonio Primo de Rivera, era uno de los lemas que se nos repetía, refrendado por una cita del libro de Job en la versión de la Biblia de Jerusalén: “¿No es una milicia lo que hace el hombre en la tierra?” (Job 7, 1). Las lecturas obligadas de libros de ciencia ficción distópica —como “1984” de George Orwell y “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury, entre otros— alimentaban en nosotros la conciencia de que los tiempos apocalípticos estaban cerca.
10. El desprecio por los débiles (elitismo popular). Se fomenta un elitismo de masas: cada ciudadano desprecia a los inferiores, pero admira a un líder superior.
Los sodálites se concebían como una élite que iba a reformar y salvar a la Iglesia, bajo la guía de su líder Figari, mientras que se tenía en menos a las demás asociaciones y órdenes religiosas —se decía que eran relajadas y poco exigentes— y también a los católicos de a pie, a los cuales se denostaba con el término despectivo de “parroquieros”.
11. El culto al heroísmo y a la muerte. Se educa en el heroísmo; el héroe aspira al martirio, y la muerte es glorificada.
Aquí es pertinente citar dos estrofas del “Himno sodálite a Cristo Rey”, cantado solamente en ocasiones solemnes a puerta cerrada:
Soy de Cristo soldado escogido,
su bandera he jurado seguir,
lucharé por la fe decidido
aunque sea preciso morir,
aunque sea preciso morir.
Es María y Cristo que llaman,
nos convocan a una lucha sin par.
Cristo Rey, tus sodálites te aman
y desean morir por tu ley,
y desean morir por tu ley.
12. El machismo y el culto al arma. Transferencia de la voluntad de poder a la esfera sexual (machismo, condena de costumbres no convencionales) y al manejo de armas.
Figari solía hablar del “estilo viril que nos caracteriza” y también nos inculcaba una misoginia profunda: “A la mujer, ¡con la punta del zapato!” Más aún, cuando alguien mostraba desaliento o tenía un momento de debilidad, se le comparaba con las mujeres: “Pareces una hembrita con tetas y todo”.
13. Populismo cualitativo. El líder interpreta la “voluntad del pueblo” de forma selectiva; el parlamento o las instituciones democráticas se rechazan por no representar la verdadera voz popular.
NI que decir, los mecanismos democráticos eran totalmente ajenos al Sodalicio. Se consideraba la democracia en cuanto sistema político como una muestra de la decadencia de Occidente. Y al interior del Sodalicio, el único que representaba la voluntad de los sodálites era Figari, a quien todos debían obediencia incondicional.
14. Uso de la neolengua. Empleo de un vocabulario pobre y sintaxis simplificada para limitar el pensamiento crítico y complejo.
Como ya lo he señalado en mi libro Las Líneas Torcidas (Lima 2025), “en el Sodalicio se fue creando un léxico propio, que debía ser vehículo de expresión de la espiritualidad sodálite y al cuál debían ceñirse todos los sodálites”. El control del lenguaje era una herramienta para controlar los pensamientos.
Lamentablemente, estas características del “fascismo eterno” también serían identificables en otras asociaciones católicas. No debemos parar en denunciar y señalar este mal, que constituye un peligro no sólo para las personas vinculadas a ellas, sino para la sociedad en general.
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