La fe cristiana es “tabórica” y “con carne” : A propósito de la “Nota doctrinal sobre el papel de las emociones en el acto de fe”
"Si bien es cierto que hay espiritualidades y teologías que enfatizan la importancia de la luz, del bienestar, de la paz, de la unión, de las consolaciones y de la tranquilidad, gratuita y sorprendentemente, entregadas o anticipadas en el Tabor, también lo es que no descuidan el riesgo de querer montar tres tiendas para residir eternamente allí"
Leyendo la “Nota doctrinal sobre el papel de las emociones en el acto de fe: ‘Cor ad cor loquitur’, el corazón habla al corazón” de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española (20 de febrero de 2026), me ha venido a la memoria algo que, escrito el año 2021 (“Entre el Tabor y el Calvario. Una espiritualidad con ‘carne”, Ed, HOAC, Madrid, 2021), encuentro en buena vecindad y sintonía con dicha Nota episcopal.
Me permito, por ello, recordar tres puntos y una conclusión de aquel libro: es posible que ayuden a comprender algo sobre lo que creo que, acertadamente, llaman la atención los obispos de esta Comisión y que vengo observando, desde hace tiempo, en la gran mayoría de las llamadas nuevas espiritualidades; y, más recientemente, en colectivos tales como Hakuna, Effetá o Emaús. Entiendo, además, que convendría que también fueran tenidas en cuenta por otras espiritualidades, por ejemplo, en la de Taizé o en la de los movimientos apostólicos de Acción Católica, especializados o generales.
La articulación, el equilibrio y la pluralidad
El primero de tales puntos creo que pasa por reconocer que forma parte del corazón de la fe -al menos, de la “jesu-cristiana” y “uni-trinitaria”- articular el Tabor o la resurrección con el Jesús histórico, la cruz y el Calvario, sin descuidar el programa proclamado por el Nazareno en las Bienaventuranzas y en la parábola de juicio final.
La articulación es una de las señas más definitivas de la fe “jesu-cristiana”, de manera semejante a como lo es de toda vida saludable cuando no se queda corta ni traspasa los niveles determinados en una horquilla fijada por un máximo y por un mínimo. Sobrepasados o no alcanzados tales límites, nos adentramos en un terreno en el que se arriesga -recurriendo al imaginario médico- la salud, bien sea por defecto (por ejemplo, en el caso de la hipoglucemia) o por exceso (con la diabetes).
Pero cuidado dicho equilibrio, permite reconocer la diversidad y riqueza de posibles vidas sanas. Y, también, de posibles teologías, espiritualidades: unas, más sensibles a los calvarios que a los tabores, al anuncio que al silencio, al reverso que al anverso; otras, en cambio, más atentas a la cercanía compasiva que a la radical alteridad, al amor que al interés, a la intuición que a la razón, a la belleza que a su ocultamiento.
Y todas, a la articulación entre el Calvario o la cruz “y” el Tabor o la resurrección o entre el Padre “y” el Hijo “y” el Espíritu Santo. Es la famosa “y” católica que tan nervioso ponía a Karl Barth y a la que, así me parece, no están atentas las llamadas nuevas espiritualidades ni colectivos religiosos tales como Hakuna, Effetá o Emaus; y, sí -al menos programática e intencionalmente- la teología y espiritualidad de Taizé y la de los movimientos de Acción Católica.
Los tabores actuales
El segundo de los puntos al que -creo que acertadamente- me remite tal Nota es a la necesidad de tener presente que, en la actualidad, hay muchas teologías y espiritualidades particularmente atentas a todo lo que cuide el disfrute y la caricia de las anticipaciones y transparencias de Dios en uno mismo, en el cosmos, en la vida, en la historia, en la liturgia o en la entrega de tantas personas, sin descuidar, por ello, la “carne”, es decir, el aguijón, presente como cruz, desolación, miseria, dolor o muerte injusta y antes de tiempo.
Y si bien es cierto que hay espiritualidades y teologías que enfatizan la importancia de la luz, del bienestar, de la paz, de la unión, de las consolaciones y de la tranquilidad, gratuita y sorprendentemente, entregadas o anticipadas en el Tabor, también lo es que no descuidan el riesgo de querer montar tres tiendas para residir eternamente allí; una pretensión que queda truncada por la exigencia del Nazareno en bajar del monte.
Para estas espiritualidades y teologías un alto en el camino no es el final de la andadura. Por eso, están atentas a la revelación de Dios en Jesús como Cristo, esto es, como el principio de vida, consolación y alegría; sin olvidar que la participación en tales gozos tampoco es -mientras vivimos- el final, sino una gratificante anticipación que nos habilita y sostiene en el compromiso por salir al paso y erradicar algo de la mucha oscuridad y muerte que persisten en los calvarios actuales.
Este énfasis se puede apreciar, por ejemplo, en la tradición ortodoxa cuando inicia al conocimiento de Dios por participación en la eucaristía, en la Escritura, en el interior de uno mismo, en la oración contemplativa, en el amor fraterno o en el disfrute de la belleza cósmica, iconográfica y musical, sabiendo que tales participaciones tienen la virtud de impulsar y sostener en el compromiso por un mundo cada día más solidario y transparente del misterio de Dios.
La espiritualidad, la teología y la fe ortodoxa son conscientes de que el camino es tan largo y duro que no queda más remedio que estar bien pertrechado o, por lo menos, pararse, de vez en cuando, en las áreas de servicio con las que también se cuenta para descansar, reponer fuerzas y retomar el camino con renovada esperanza y frescura.
Este es el marco teológico y espiritual en el que ubico el movimiento de Taizé y al que –así lo entiendo- tendrían que ser un poco más sensibles -y, por ello, prestar más atención- los movimientos de Acción Católica.
Pero cuando se absolutiza la caricia de las anticipaciones descuidando la “carne”, la historia, la humanidad, la miseria, el sufrimiento, el dolor y la muerte antes de tiempo, quedan en el camino dos verdades a las que no pueden renunciar una espiritualidad, una teología y una fe pretendidamente integradoras y articuladoras (y, en este sentido, “jesu-cristianas” y “uni-trinitarias”): primero, que las anticipaciones del final -por impactantes y seductoras que puedan ser su percepción, disfrute y experimentación- no son la Unidad, la Verdad, la Belleza o la Bondad finales, es decir, lo que decimos cuando decimos “Dios”.
Y, segundo, que “Dios” -al menos, el “jesu-cristiano”- no solo es un misterio de cercanía (con el que legítimamente aspiramos a ser “uno” sin dejar de ser nosotros), sino también, y, a la vez, un aguijón. No es posible descuidar que quien resucita ha sido crucificado y que, desde entonces, la relación con Él en sus anticipaciones es, ciertamente, gratificante y alentadora caricia, pero también permanente e ineludible provocación.
La teología, la espiritualidad y la fe “jesu-cristiana” y “uni-trinitaria” no lo son -como creo que recuerdan acertadamente los obispos en la Nota- de ojos “cerrados”, sino “abiertos”. Y esto es algo que -así me lo parece- no está debidamente presente en las espiritualidades de Hakuna, Effetá o Emaus.
Los calvarios actuales
Y el tercer punto al que me remite la lectura de la Nota episcopal es a tener presente que existen muchos “calvarios contemporáneos”, entendiendo por tal todas aquellas situaciones, personas y momentos en los que se actualiza la muerte del Crucificado en tantos crucificados contemporáneos que, por serlo, se constituyen en una permanente provocación y en una inevitable llamada a bajarlos o a ayudarlos a descender de sus respectivas cruces.
Son experiencias y teologías que enfatizan la presencia crucificada de Dios en los calvarios de nuestros días y de todos los tiempos y que, en coherencia con tal percepción, subrayan la importancia del compromiso, de la liberación, de las obras y de la transformación (personal y estructural) del mundo; en definitiva, en el espesor de la historia, en la vida, en la liturgia y en la realidad.
Pero se trata de una legítima propuesta que necesita adentrarse en el Tabor porque es consciente de que sin la relación que es experimentable y disfrutable (y, por ello, perceptible) en este lugar no es fácil perdurar durante mucho tiempo en los calvarios actuales sin bajar la guardia o sin entregarse al desaliento fatalista o, lo que es peor, sin buscar atajos que pueden llevar -en nombre de la eficacia- al totalitarismo en que desembocan la solidaridad o la fraternidad no articuladas con la libertad.
La estancia, corta o larga, en los “tabores” contemporáneos o, lo que es lo mismo, el disfrute de las anticipaciones del final en el tiempo presente, además de facilitar la permanencia en el compromiso, permite no morir devorado y deglutido por la crudeza y la angustia simbolizadas por el grito de abandono del viernes santo ni por el silencio del sábado santo.
E impide, por supuesto, acabar tirado en las cunetas de la vida, entregado a la desesperanza, engullido por el consumismo y sumido en la decepción ante la (omni)potencia del mal. Y, obviamente, no alimenta la conciencia prometeica o pelagiana de quien cree que la historia se va a escribir antes y después de él.
No se puede perder nunca de vista que la “carne” es, sin duda alguna, la de Jesús crucificado, pero que Él es también quien ha (sido) resucitado, anticipando en la historia -por pura gratuidad- el final que nos aguarda.
He aquí otro dato al que -creo que, de nuevo, acertadamente- me remite la lectura de la Nota episcopal y que es propio de la espiritualidad, de la teología y de la fe “con carne” y, por ello, “de ojos abiertos”, es decir, “jesu-cristiana”.
Esta creo que es -al menos, desiderativamente- la teología y la espiritualidad de una buena parte -o de casi todos- los movimientos, generales o especializados, de la Acción Católica, aunque -como he adelantado- es muy probable que tengan que prestar más atención y cuidar la dimensión tabórica de la teología y de la espiritualidad “jesu-cristiana”.
Y, finalmente, el equilibrio y la articulación
Entiendo que la conclusión a la que me he referido más arriba y que creo percibir en la Nota de los obispos es ésta: entre el Calvario y el Tabor existe un camino que transitar, reconociendo la legitimidad de que haya personas e instituciones partidarias de primar o permanecer más tiempo en un monte u otro, pero sin renunciar nunca a circular permanentemente entre ellos.
Si no fuera así, se incurriría en la frivolidad postmoderna de quienes creen haber llegado al final de la historia y de la vida y se dedican a disfrutarla sin mirar hacia atrás, hacia adelante o alrededor, no queriendo saber nada del sufrimiento, de la miseria y de la muerte prematura e injusta. Es el caso de quien se instala con vocación de permanencia definitiva en los “tabores actuales” y se niega a bajar de ellos. Es el riesgo en el que incurren las llamadas “nuevas espiritualidades” y, por supuesto, Hakuna, Effetá y Emaus. Y es el que, así me lo parece, está muy presente -como riesgo que eludir y superar- en la espiritualidad de Taizé.
Pero también se podría incurrir en el “estaurocentrismo”, “masoquismo” o “pelagianismo” autodestructor (quizá tendría que decir, “buenismo”) de quienes, ubicados exclusivamente en el Calvario, solo tienen tiempo para el compromiso solidario y fraterno y, por eso, corren el riesgo de acabar tirados en las cunetas de la vida por agotamiento, a veces, desesperanzados y, no infrecuentemente, amargados. Sin dejar de reconocer que ésta es la extrapolación, la “metedura de pata” (el fundamentalismo o la extralimitación) que Dios mira con particular benevolencia, y hasta es posible que, con una sonrisa, también hay que recordar que su voluntad salvífica no pasa por dejar un camino sembrado de cadáveres, aunque sean en nombre de la fraternidad y del amor liberadores. Es el riesgo que bordean la teología y la espiritualidad de los movimientos apostólicos.
De estas acentuaciones y de los riesgos o excesos reseñados, se puede concluir que es posible una diversidad de teologías y espiritualidades porque hay una pluralidad -necesaria y legítima- de experiencias subrayadas y primadas: unas, más sensibles a la fragilidad del Calvario que a la plenitud del Tabor, al reverso de los crucificados que al anverso de los que buscan sosiego.
Otras, en cambio, más atentas a la cercanía de Dios en la intimidad que a la provocación o alteridad de los crucificados, a la intuición inmediata que a la argumentación racional, a la belleza tabórica que a su ocultamiento en el viernes y en el sábado santo.
Y todas, a la articulación entre el Jesús histórico “y” el Cristo de la fe o entre el Calvario o la cruz “y” el Tabor o la resurrección, así como a la comunión que vincula al Padre “y” al Hijo “y” al Espíritu Santo.
