Francia renace a su fe: La mirada del pastor que conoce a sus ovejas

"Tuve la inmensa fortuna de compartir unos minutos con él, en un encuentro privado en Lourdes: el lugar de los enfermos, de los más necesitados de amor y atención"

El Papa con Paredes (izda) y Tallaj (dcha)
El Papa con Paredes (izda) y Tallaj (dcha)
Mario J. Paredes, CEO de SOMOS Community Care Presidente de la Academia Internacional de Líderes Católicos
04 nov 2026 - 09:03

Han pasado apenas un tiempito desde que las campanas repicaron a lo largo y ancho de Francia para recibir al Santo Padre, el Papa León XIV, en una visita apostólica que quedará grabada indeleblemente en el alma de esta nación. Bajo el profundo lema de “Para que el mundo tenga vida”, el Sucesor de Pedro emprendió un recorrido que abrazó París, Saint-Denis, Lourdes y Metz. Estos lugares no solo describen la geografía de la "Hija Mayor de la Iglesia", sino que trazan su geografía espiritual. Como testigo en oración de estos días de gracia, no puedo dejar de maravillarme ante el misterio de una fe que demuestra estar viva y vibrante. Francia renace a su fe, y lo ha hecho de la mano del Pastor. 

León XIV en Lourdes
León XIV en Lourdes

A lo largo de estas intensas jornadas, hemos visto a un Papa que no vino a dictar lecciones desde la distancia, sino a hacer redescubrir y escrutar la historia misma de Francia. Durante la impresionante vigilia en el Estadio de Francia, en Saint-Denis, fuimos testigos de un sobrecogedor recorrido por la vida de los santos que han forjado el corazón de este país. A través del testimonio de esos gigantes del espíritu, León XIV nos recordó que la historia de una nación no se sostiene por sus conquistas terrenales, sino por la luz evangélica de sus testigos, de quienes supieron amar hasta el extremo. El Papa invitó a un país muy complejo en materia religiosa, que ha buscado la laicidad hasta el extremo, y que blindó el aborto en su Constitución, volver a sus raíces más profundas, a no guardar la fe en el ámbito privado, sino a permitir que se desborde y se convierta en un río de fraternidad para toda la sociedad. Miro a los ojos a sus políticos y les recordó su papel en la búsqueda del bien común, que no puede dejar fuera la dimensión espiritual de la persona humana. 

Quizás uno de los episodios más luminosos de este viaje pastoral fue la inmensa vigilia de oración que congregó a 80.000 jóvenes en París. Vivimos en una época en la que las nuevas generaciones están asediadas por "la ansiedad y la incertidumbre", como bien le expresó con valentía un joven llamado François al Santo Padre. En un mundo ensordecido por el ruido, el consumismo y el miedo al mañana, el Papa León XIV ofreció una respuesta que rompió las corazas del conformismo: "Joven que escuchas esto: fuiste creado para más que sobrevivir; fuiste creado para amar". El Santo Padre, que mira con ojos de amor, no pudo sino conmoverse ante la Salve Regina y llorar un poco de emoción.

Esta sola declaración, que desató una ovación maravillosa, contiene el antídoto divino contra la desesperanza. Esto es un llamado urgente a recordar que la juventud tiene una misión trascendente. Ver a esa inmensa multitud de 80.000 almas postradas luego en adoración eucarística, en un silencio sagrado que paralizó el estadio, fue la confirmación irrefutable de que, debajo de las ansiedades modernas, arde una sed inmensa de Dios y de Verdad.

Sin embargo, más allá de las multitudes majestuosas y las liturgias solemnes, lo que cautivó profundamente mi espíritu durante esta visita fue la dimensión personal del Santo Padre. Tuve la inmensa fortuna de compartir unos minutos con él, en un encuentro privado en Lourdes: el lugar de los enfermos, de los más necesitados de amor y atención. Al observar a León XIV, la arrolladora sencillez de sus gestos lo dice todo. Uno no ve a un líder inalcanzable, sino pura y llanamente la mirada de un pastor que ama a sus ovejas. Es un pastor que busca cuidarlas, que muestra un interés genuino por escuchar a las personas y que parece anhelar llamar a cada una por su nombre. 

El Papa en Lourdes
El Papa en Lourdes

Esa mirada atenta, capaz de detenerse en el dolor de un solo individuo en medio de una plaza llena, es el reflejo vivo de la caridad de Cristo. En un mundo donde las instituciones tienden a tratar a las personas como expedientes o cargas burocráticas, la actitud del Santo Padre es una lección de sacralidad humana. Nos recuerda que cada ser humano es un universo único y sagrado, necesitado no solo de respuestas, sino de ser reconocido, escuchado y amado. Le hable de nuestro trabajo de acompañamiento y servicio a los necesitados, y me emocionó el verlo tan feliz y atento al escuchar las historias compartidas con su sucesor, el Papa Francisco, que tanto amor dio a la Iglesia, y que tanto nos llamó a la acción que transforma vidas. 

Creo que Lourdes fue un momento vibrante y único para nuestro Papa. En un lugar lleno de milagros de amor y servicio al otro, su Santidad miro a los ojos a los enfermos y voluntarios que los acompañan, y dirigió unas palabras que resonaron como una sacudida espiritual para quienes dedicamos nuestra vida al servicio del cuidado de la salud. Les dijo con ternura de padre: “Ustedes no son un peso, son el corazón palpitante de nuestra humanidad y un tesoro precioso para la Iglesia”.

Para nosotros, en SOMOS Community Care, esas palabras son el mandato evangélico que legitima nuestra misión. Cuando nuestros médicos atienden a familias vulnerables, a inmigrantes recién llegados que traen consigo el trauma del viaje, a ancianos olvidados, o a los pobres en los barrios más duros de Nueva York, nuestra meta trasciende la medicina clínica. Buscamos encarnar esa misma mirada pastoral: mirar al paciente a los ojos, llamarlo por su nombre, dignificar su historia y acompañar su vulnerabilidad. La verdadera sanación, la que restaura el tejido del ser humano, nace de esa cercanía afectiva. Nace de entender, como nos enseñó el Papa, que el servicio al que sufre es la vocación más alta del amor.

El Papa en lourdes
El Papa en lourdes

La visita de León XIV ha sido un retiro espiritual a cielo abierto. Ha hecho que Francia viva unos días de profundo amor y renacer de su fe, y nos ha recordado a todos que la verdadera grandeza de la Iglesia y de la humanidad reside en nuestra capacidad de servir. Que la imagen de Pedro, un pastor manso, sencillo, pero revestido de la fuerza del Espíritu, permanezca en nosotros. Y que nunca olvidemos que no hemos sido creados simplemente para existir o sobrevivir, sino para encarnar el milagro del amor en el prójimo que nos necesita.

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