Fraternidad contra la deshumanización

"La solidaridad aparece como una reacción casi inevitable ante el sufrimiento. Pero quizá la pregunta más incómoda sea otra: ¿qué significa ser solidarios cuando el conflicto deja de ocupar los titulares?"

Fraternidad
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Cristhian Josué Alvarenga López*
19 sep 2026 - 07:37

Se acerca octubre y, con él, la fiesta de la Virgen del Pilar. Y resulta inevitable hacer memoria de Canto a la libertad, de José Antonio Labordeta, esa canción que cada año vuelve a sonar en Zaragoza durante el pregón y que ha terminado por formar parte de una determinada memoria colectiva, tanto para los nativos, como para los acogidos en esas tierras. En ella resuenan palabras como libertad, esperanza y futuro. Palabras que, en nuestro tiempo, corren el riesgo de convertirse en expresiones cómodas: las pronunciamos frente a una crisis, ante una catástrofe humanitaria, después de un terremoto o cuando las imágenes de miles de personas huyendo de sus hogares irrumpen en nuestras pantallas.

La solidaridad aparece entonces como una reacción casi inevitable ante el sufrimiento. Pero quizá la pregunta más incómoda sea otra: ¿qué significa ser solidarios cuando el conflicto deja de ocupar los titulares?

La pregunta resulta especialmente relevante en un mundo atravesado por guerras que se prolongan, desplazamientos forzados, crisis climáticas, desigualdades crecientes y fronteras que, cada vez con mayor frecuencia, dejan de ser lugares de encuentro para convertirse en espacios de exclusión. Ucrania, Gaza, Sudán, Myanmar, la República Democrática del Congo, Nicaragua y tantos otros escenarios nos recuerdan que la violencia no es una abstracción geopolítica. Tiene cuerpos, nombres, familias, ciudades destruidas y proyectos de vida interrumpidos.

Niños en Gaza
Niños en Gaza | RTVE

La solidaridad internacional debería comenzar precisamente ahí: en la capacidad de reconocer que ninguna vida humana puede ser considerada periférica.

Durante décadas, la cooperación internacional y las organizaciones de la sociedad civil han intentado construir respuestas frente a esta realidad. Han llevado alimentos, medicamentos, protección, educación y acompañamiento a comunidades golpeadas por los conflictos y la pobreza. Pero han hecho también algo quizá más profundo: han construido puentes allí donde los Estados levantaban muros, han defendido derechos allí donde predominaba el silencio y han recordado que la dignidad humana no depende del lugar donde alguien haya nacido.

Sin embargo, necesitamos ir un poco más lejos. Como cantaba Labordeta: «Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad». La pregunta es cómo acercarnos a esa tierra cuando las estructuras que producen la desigualdad, la violencia y la exclusión continúan intactas.

Una sociedad verdaderamente solidaria no es únicamente aquella que ayuda a quien sufre, sino aquella que se pregunta por las causas que producen ese sufrimiento

Porque la solidaridad no puede reducirse a la asistencia. Una sociedad verdaderamente solidaria no es únicamente aquella que ayuda a quien sufre, sino aquella que se pregunta por las causas que producen ese sufrimiento.

Esta distinción es fundamental. Dar ayuda humanitaria a una persona desplazada por una guerra o una crisis multicausal es imprescindible. Pero también lo es preguntarnos por las decisiones políticas, económicas y militares que hicieron posible su desplazamiento. Acoger a quien cruza una frontera es un acto de humanidad. Preguntarnos por qué unas fronteras parecen tener puertas mientras otras se convierten en muros es, además, un ejercicio de responsabilidad política.

La solidaridad comienza, por tanto, cuando dejamos de mirar únicamente las consecuencias y nos atrevemos a mirar las causas.

Migrantes que cruzaron a nado en una playa de Ceuta
Migrantes que cruzaron a nado en una playa de Ceuta

Significa defender el derecho internacional cuando resulta conveniente hacerlo, pero también cuando hacerlo contradice nuestros propios intereses. Significa reclamar coherencia a los gobiernos y exigir que los derechos humanos no sean utilizados como un lenguaje selectivo. Significa cuestionar la normalización de la muerte de civiles. Significa comprender que la paz no consiste únicamente en el silencio de las armas, sino en la construcción de condiciones políticas, económicas y sociales que hagan posible una vida digna.

Aquí aparece una cuestión incómoda: no existen solidaridades verdaderamente universales si aplicamos principios universales de manera selectiva.

El valor de una vida no puede depender de su nacionalidad, de su religión, de la bandera que gobierna el territorio donde nació o de la posición geopolítica de su país. Si condenamos la violencia contra civiles en un lugar, debemos ser capaces de condenarla también en otro. Si defendemos el derecho de un pueblo a vivir en libertad y seguridad, esa defensa pierde legitimidad cuando dejamos de reconocer el mismo derecho a otro pueblo.

La solidaridad exige, en ese sentido, algo más difícil que la indignación: exige coherencia.

Y es precisamente aquí donde una tradición aparentemente alejada del lenguaje contemporáneo de las relaciones internacionales puede ofrecernos una perspectiva sorprendentemente actual: la espiritualidad franciscana.

No se trata de convertir la política internacional en teología ni de buscar respuestas religiosas a problemas esencialmente políticos. Se trata, más modestamente, de recuperar una determinada manera de mirar

No se trata de convertir la política internacional en teología ni de buscar respuestas religiosas a problemas esencialmente políticos. Se trata, más modestamente, de recuperar una determinada manera de mirar.

En 2025 se cumplieron ochocientos años de la composición del Cántico de las criaturas de Francisco de Asís. Ocho siglos después, aquel texto conserva una extraordinaria capacidad para interpelarnos porque propone algo que nuestras sociedades fragmentadas parecen haber olvidado: la existencia no puede comprenderse desde el aislamiento, sino desde la relación.

San Francisco de Asís, pintado por El Greco.
San Francisco de Asís, pintado por El Greco.

Francisco habla del hermano sol, de la hermana luna, del agua, del fuego y de la tierra. Más allá de su dimensión espiritual, hay en ese gesto una intuición profundamente contemporánea: no somos individuos desconectados que simplemente ocupamos un territorio. Formamos parte de una red de relaciones. Nuestra existencia depende de otras vidas, de otros pueblos y también de un planeta que no nos pertenece por completo.

En una época marcada por la polarización, el nacionalismo excluyente y la crisis ecológica, esta intuición adquiere una dimensión política inesperada. La fraternidad no es únicamente una disposición afectiva hacia quienes tenemos cerca. Puede convertirse también en un criterio para preguntarnos cómo organizamos nuestras sociedades y cómo nos relacionamos con quienes están lejos.

Quizá ahí se encuentre una de las aportaciones más interesantes del franciscanismo a la reflexión sobre la solidaridad internacional.

Fraternidad no significa ingenuidad

No significa negar los conflictos, las diferencias políticas o los intereses legítimos de las sociedades. Significa aceptar que la diferencia no tiene por qué conducir necesariamente a la deshumanización del otro.

La mirada de Francisco de Asís hacia el sultán al-Malik al-Kamil introduce, en este sentido, una ruptura simbólica con la lógica de su tiempo. No elimina el conflicto ni borra las diferencias entre quienes se encuentran. Pero se resiste a aceptar que el adversario deje de ser humano.

Esa mirada resulta especialmente necesaria hoy. Uno de los primeros efectos de cualquier conflicto consiste precisamente en convertir al otro en una categoría: enemigo, terrorista, extranjero, amenaza, invasor, migrante. Cuando una persona deja de ser percibida como persona y comienza a ser percibida únicamente como miembro de un grupo, resulta mucho más fácil justificar su sufrimiento.

La deshumanización suele preceder a la violencia. Por eso, recuperar una cultura de fraternidad puede significar algo profundamente político: sustituir la lógica de la sospecha por la del encuentro

La deshumanización suele preceder a la violencia. Por eso, recuperar una cultura de fraternidad puede significar algo profundamente político: sustituir la lógica de la sospecha por la del encuentro; la indiferencia por la responsabilidad; la cultura del descarte por una cultura del cuidado.

Y esto tiene consecuencias concretas. Necesitamos sociedades que comprendan que la solidaridad y la fraternidad no son virtudes privadas reservadas a nuestras relaciones personales. También pueden convertirse en principios para organizar nuestras instituciones: una política exterior basada en la defensa coherente de los derechos humanos; una cooperación internacional que no reproduzca relaciones de dependencia; unas políticas migratorias que reconozcan la dignidad de quienes huyen; una economía que coloque la vida por encima de la rentabilidad inmediata; y una transición ecológica que comprenda que la crisis ambiental golpea con especial dureza a quienes menos responsabilidad tienen en su origen.

Todo ello pertenece también al territorio de la solidaridad. A ochocientos años del Cántico de las criaturas, quizá la mayor actualidad de Francisco de Asís no consista en repetir sus palabras, sino en recuperar la pregunta que las atraviesa: ¿cómo aprender a vivir reconociendo que nuestra vida está vinculada a la vida de los demás?

La pregunta parece sencilla. Sus consecuencias, sin embargo, son radicales. Porque si aceptamos que existe una responsabilidad hacia el otro, la indiferencia deja de ser una opción neutral. Si reconocemos que nuestras decisiones políticas tienen consecuencias sobre personas a las que probablemente nunca conoceremos, la distancia geográfica deja de ser una excusa. Y si comprendemos que el planeta es una casa compartida, la explotación ilimitada de sus recursos deja de poder presentarse sin más como progreso.

Presos políticos en Nicaragua
Presos políticos en Nicaragua

La solidaridad internacional necesita, por eso, algo más que recursos económicos y declaraciones institucionales. Necesita una cultura. Una cultura capaz de educarnos para la transformación y el desarrollo sostenible; para la empatía sin caer en el sentimentalismo; para la indignación sin convertirla en odio; para la defensa de los derechos humanos sin dobles raseros; para la paz sin confundirla con la mera ausencia de conflicto.

Porque también existe una solidaridad superficial: aquella que nos permite sentirnos del lado correcto sin preguntarnos demasiado por nuestra propia responsabilidad.

Las redes sociales han llevado esta contradicción a un extremo. Podemos contemplar en tiempo real el genocidio en Gaza, la guerra en Ucrania, el hambre en Sudán o la violencia política que vive mi Nicaragua, así como otras crisis olvidadas en otros lugares del planeta. Nunca habíamos tenido tanta capacidad para saber lo que ocurre lejos de nosotros. Y, sin embargo, esa abundancia de imágenes puede producir también agotamiento, indiferencia o una fugaz indignación que desaparece cuando aparece la siguiente noticia.

El problema ya no es solamente que no sepamos. A veces, sabemos y seguimos de largo. En ese contexto, recuperar una mirada de fraternidad puede convertirse en un acto de resistencia. No porque la fraternidad vaya a resolver por sí sola los conflictos. No lo hará. Las guerras requieren decisiones políticas, diplomáticas, jurídicas y económicas. Las desigualdades necesitan transformaciones estructurales. La paz exige instituciones capaces de sostenerla.

La solidaridad internacional nos recuerda algo elemental y, al mismo tiempo, profundamente revolucionario: la dignidad humana no admite fronteras

Pero la fraternidad puede ayudarnos a decidir desde qué lugar queremos enfrentar esas realidades. Y esa elección importa. Porque frente a un mundo que parece acostumbrarse a dividir a las personas entre quienes merecen nuestra preocupación y quienes pueden ser olvidados, la solidaridad internacional nos recuerda algo elemental y, al mismo tiempo, profundamente revolucionario: la dignidad humana no admite fronteras.

Hace ocho siglos, Francisco de Asís escribió un canto que nombraba al sol, al agua, al fuego y a la tierra como parte de una misma realidad. Hoy podemos leer aquel gesto no únicamente como una expresión espiritual, sino como una invitación a pensar de nuevo nuestra forma de habitar el mundo. Tal vez ese sea uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: pasar de una humanidad que aprende a sobrevivir entre conflictos a una humanidad que aprenda, finalmente, a reconocerse mutuamente. Y quizá entonces podamos volver a levantar la vista; No para esperar pasivamente esa tierra de la que hablaba Labordeta, sino para comenzar a construirla.

Una tierra donde la libertad no sea privilegio, la paz no sea excepción y la solidaridad no aparezca únicamente cuando las cámaras están encendidas. Una tierra, en definitiva, donde la fraternidad deje de ser una palabra que pronunciamos ante el sufrimiento y se convierta en una forma de vivir, de hacer política y de mirar al otro.

* Periodista nicaragüense radicado en España

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