Frente a la frontera, una mesa
Hay palabras que, de tanto utilizarlas, terminan dejando de doler. Migración. Flujos. Fronteras… Nada de esto cambiará las estadísticas. Y, sin embargo, todo cambia cuando dejamos de trabajar con cifras y comenzamos a vivir con nombres
Hay palabras que, de tanto utilizarlas, terminan dejando de doler.
Migración. Flujos. Fronteras. Retornos. Desembarcos. Presión migratoria. Reubicaciones. Paí.ses seguros. Procedimientos acelerados. Control.
Las pronunciamos en los parlamentos. Aparecen en los informativos. Se convierten en gráficos, porcentajes y titulares. Las repetimos tantas veces que corremos el riesgo de olvidar que detrás de cada una hay cuerpos. Cuerpos que han atravesado desiertos. Cuerpos que han dormido en el suelo. Cuerpos que conocen la violencia, la extorsión y el miedo. Cuerpos adolescentes que han aprendido demasiado pronto que sobrevivir también puede convertirse en un oficio. Y nom.bres. Sobre todo, hay nombres…
Quizá una de las mayores violencias de nuestro tiempo consista precisamente en eso: convertir personas con nombre en categorías administrables.
Europa atraviesa un tiempo especialmente delicado. No solo por los movimientos migratorios, sino por la manera en que estamos aprendiendo a mirarlos.
Desde el pasado 12 de junio está plenamente en aplicación el nuevo Pacto Europeo sobre Migración y Asilo. Diez actos legislativos que reformulan el sistema común europeo: identificación y registro en las fronteras, procedimientos más rápidos de asilo y retorno, nuevas reglas sobre la responsabilidad de los Estados y mecanismos de solidaridad para aquellos países sometidos a una mayor presión migratoria.
Sería injusto reducir una legislación tan compleja a un único juicio. Pero también sería irresponsable no formular preguntas. Porque la cuestión decisiva no es solamente si Europa conseguirá gestionar mejor sus fronteras. La pregunta es qué Europa estaremos construyendo mientras las gestionamos.
La propia Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea continúa advirtiendo de riesgos persistentes para la vida en nuestras fronteras exteriores, denuncias de violencia y devoluciones sumarias, restricciones en el acceso al asilo y dificultades para investigar adecuadamente posibles vulneraciones de derechos.
No hablamos, por tanto, de una sospecha ideológica contra Europa. Hablamos de una pregunta que Europa debe hacerse sobre sí misma. Porque una frontera no puede convertirse en un lugar donde la dignidad humana tenga menos valor.
Los derechos humanos, si verdaderamente son derechos, no pueden depender del pasaporte que llevamos en el bolsillo, del lugar donde hemos nacido o de la orilla desde la que contemplamos el mar. Y, sin embargo, algo está ocurriendo. ¡Nos estamos acostumbrando! Ese quizá sea el verdadero peligro.
Nos acostumbramos a escuchar que una embarcación ha desaparecido. Nos acostumbramos a las imágenes de hombres hacinados. Nos acostumbramos a que haya niños viajando solos. Nos acostumbramos a palabras como devolución, detención, externalización, rechazo, inva.sión. Nos acostumbramos incluso a discutir sobre seres humanos como si fueran fundamental.mente un problema que hay que gestionar.
En 2025 murieron o desaparecieron al menos 3.401 personas en las rutas migratorias hacia Eu.ropa. En lo que llevamos de 2026 son ya más de 2.300. Y sabemos que detrás de estas estadísticas existe también el silencio de tantas desapariciones que nunca llegan a registrarse
Y cuando una sociedad se acostumbra al sufrimiento ajeno, algo profundo comienza a romperse dentro de ella. No necesitamos dramatizar la realidad. La realidad ya tiene suficiente dramatismo.
En 2025 murieron o desaparecieron al menos 3.401 personas en las rutas migratorias hacia Eu.ropa. En lo que llevamos de 2026 son ya más de 2.300. Y sabemos que detrás de estas estadísticas existe también el silencio de tantas desapariciones que nunca llegan a registrarse. Pero incluso estos números pueden engañarnos. Porque 3.401 sigue siendo una cifra. Y una cifra no tiene madre.
Una estadística no conserva fotografías en el teléfono. Un porcentaje no recuerda el olor de su casa. Un gráfico no tiene dieciséis años. Por eso necesitamos volver a los nombres. Necesitamos devolver carne a las estadísticas. Necesitamos contar de otra manera.
Hay políticas que levantan fronteras incluso sobre el agua
El Mediterráneo no es una frontera
Quienes vivimos en esta orilla sabemos que el Mediterráneo nunca fue solamente una línea divisoria. Fue camino. Fue intercambio. Fue mestizaje. Fue comercio, palabra, hospitalidad, conflicto, cultura, fe, contradicción y encuentro.
Mucho antes de que existieran nuestros Estados, este mar ya comunicaba pueblos. Por eso resulta especialmente doloroso verlo convertido en una enorme frontera líquida. Hay mares que unen tierras. Y hay políticas que levantan fronteras incluso sobre el agua.
Tal vez por eso nuestra responsabilidad no termina preguntándonos quién tiene derecho a entrar. Tenemos que atrevernos a preguntar también qué responsabilidad tenemos nosotros en las condiciones que obligan a tantas personas a marcharse.
Porque nadie abandona fácilmente su lengua. Nadie deja alegremente a su madre. Nadie atraviesa un desierto por turismo. Nadie entrega sus ahorros a desconocidos y sube de noche a una embarcación insegura porque desprecie la legalidad.
Detrás de muchas salidas existen guerras, persecuciones, desigualdades, ausencia de futuro, violencia, explotación, crisis climáticas y economías profundamente desequilibradas.
Y también existe algo extraordinariamente humano: el deseo de vivir.
Y entonces aparece una casa
En medio de todo esto existe una pequeña casa en Siracusa. No aparece en las estadísticas europeas. No modificará ningún pacto migratorio. No cambiará los equilibrios geopolíticos del Mediterráneo.Se llama Casa AMAL (Amal: esperanza).
Actualmente viven allí algunos adolescentes llegados desde Bangladesh. No son «flujos». No son «presión migratoria». No son un expediente. Son muchachos. Se levantan con sueño. Aprenden italiano. Discuten alguna norma. Se ríen. Miran demasiado el teléfono (tratando de contactar con sus familias). Preguntan cuándo llegará su documentación. Van al médico. Aprenden a hacer una lavadora. Cocinan. Rezan. Echan de menos. Sueñan.
Alguno quiere trabajar pronto. Otro aprende las primeras palabras de una lengua nueva. Otro pregunta cuándo podrá volver a hablar con alguien importante para él. Y, poco a poco, una casa empieza a ocurrir.
Nada de esto cambiará las estadísticas. Y, sin embargo, todo cambia cuando dejamos de trabajar con cifras y comenzamos a vivir con nombres
Porque una casa no comienza cuando entregamos “una llave”. Una casa comienza cuando alguien descubre que puede dormir sin miedo. Cuando sabe que mañana habrá desayuno. Cuando alguien recuerda que tiene una cita médica. Cuando otro aprende a pronunciar correc.tamente su nombre. Cuando alguien pregunta «¿cómo estás?» y dispone del tiempo suficiente para escuchar la respuesta.
Nada de esto cambiará las estadísticas. Y, sin embargo, todo cambia cuando dejamos de trabajar con cifras y comenzamos a vivir con nombres.
Quizá hemos despreciado demasiado las gotas. Porque los océanos también están hechos de ellas
Casa AMAL es apenas una gota. Y sería pretencioso pensar otra cosa. Una gota frente a un Me.diterráneo inmenso. Una pequeña experiencia de acogida frente a estructuras políticas, económicas y sociales gigantescas. Una casa con unos pocos jóvenes frente a millones de personas desplazadas en el mundo. Una gota. Pero quizá hemos despreciado demasiado las gotas. Porque los océanos también están hechos de ellas.
La esperanza no es ingenua
Hablar de esperanza ante la realidad migratoria no significa cerrar los ojos. Precisamente lo contrario. La esperanza necesita mirar de frente.
Mira las políticas que deben ser cuestionadas. Mira los derechos vulnerados. Mira las contradic.ciones de nuestras democracias. Mira nuestros propios miedos. Mira también las dificultades reales de acoger, convivir, educar y acompañar.
La acogida no es romántica. Pero tiene algo profundamente revolucionario: pone un rostro allí donde el miedo había colocado una categoría. Y eso modifica nuestra manera de pensar
Porque la acogida no es romántica. Tiene conflictos. Tiene cansancio. Tiene noches difíciles. Tiene burocracia. Tiene límites. Tiene errores. Pero tiene algo profundamente revolucionario: pone un rostro allí donde el miedo había colocado una categoría. Y eso modifica nuestra manera de pensar.
Porque resulta mucho más sencillo hablar contra «los inmigrantes» que mirar a los ojos a un muchacho de diecisiete años. Es mucho más sencillo discutir sobre «menores extranjeros» que sen.tarse a cenar con ellos. Mucho más fácil hablar de invasiones que conocer una historia. La pro.ximidad desmonta muchos discursos porque obliga a la realidad a recuperar sus nombres.
Quizá ahí comienza la dimensión profética de la acogida. No en realizar grandes discursos. Sino en construir pequeñas realidades que contradigan aquello que considerábamos inevitable.
Frente a la frontera, una mesa. Frente al anonimato, un nombre. Frente al miedo, una conversación. Frente a la sospecha, una oportunidad. Frente a la expulsión, una casa. Frente al «ellos», lentamente, un nosotros.
¿Y si la profecía fuera una mesa?
La tradición bíblica está atravesada por una memoria incómoda: «Fui extranjero y me acogisteis».
No dice: fui extranjero y elaborasteis una teoría sobre mí. Ni siquiera dice: estuvisteis de acuerdo conmigo.
Dice: me acogisteis.
Tal vez por eso el Evangelio continúa resultando tan incómodo cuando toca nuestras fronteras. Porque devuelve la cuestión migratoria al territorio del encuentro. Nos obliga a preguntarnos quién queda fuera. Quién no tiene voz. Quién llama. Quién espera. Quién atraviesa nuestras fron.teras mientras nosotros debatimos sobre ellas.
Recordar a las personas migrantes y refugiadas no puede convertirse en otra efeméride amable del calendario. Tiene que incomodarnos. Tiene que impedir que normalicemos lo intolerable
Recordar a las personas migrantes y refugiadas no puede convertirse en otra efeméride amable del calendario (23 de setiembre, por ejemplo, 20 de junio). Tiene que incomodarnos. Tiene que impedir que normalicemos lo intolerable. Tiene que devolvernos la capacidad de indignarnos cuando un derecho es vulnerado, independientemente del pasaporte de quien lo sufre. Pero también tiene que devolvernos la capacidad de reconocer las pequeñas señales.
Porque mientras algunos levantan muros, otros siguen abriendo puertas. Mientras determinados discursos fabrican miedo, muchas escuelas siguen acogiendo. Hay voluntarios enseñando una lengua. Médicos atendiendo. Abogados acompañando. Educadores esperando. Familias com.partiendo mesa. Comunidades haciendo sitio. Personas rescatando personas en el mar. Ciuda.danos que todavía se niegan a creer que la indiferencia sea el único futuro posible.
No salen demasiado en las noticias. Pero existen. Son pequeñas gotas.
Casa AMAL es una de ellas. Nada más. Y nada menos.
Europa se juega mucho más que su política migratoria en estos años. Se juega la memoria de aquello que dice ser
Seguir poniendo una mesa
Quizá “una pequeña casa” no pueda cambiar el Mediterráneo. Quizá “una mesa” no pueda detener las políticas que convierten a seres humanos en expedientes, ni impedir que otra embarcación salga esta noche, ni devolver los nombres a quienes quedaron para siempre bajo el agua.
Pero puede impedir algo decisivo: que nosotros terminemos acostumbrándonos. Puede salvarnos de la indiferencia. Puede recordarnos que ninguna persona es un flujo, que ningún adoles.cente es una emergencia, que ninguna vida puede reducirse a una cifra y que ningún pasaporte determina la cantidad de dignidad que merece un ser humano.
Europa se juega mucho más que su política migratoria en estos años. Se juega la memoria de aquello que dice ser. Se juega su capacidad para seguir pronunciando palabras como derechos, dignidad, fraternidad y democracia sin vaciarlas de contenido cuando quien llama a la puerta viene de la otra orilla.
Por eso necesitamos también los pequeños gestos. No porque sean suficientes. Precisamente porque no lo son. Necesitamos gotas que se nieguen a aceptar que el océano tenga siempre la última palabra. Puertas que se abren. Escuelas que hacen sitio. Voluntarios que enseñan una lengua. Médicos que curan. Educadores que acompañan. Comunidades que aprenden nombres difíciles de pronunciar. Casas donde alguien vuelve a dormir sin miedo. Y mesas. Sobre todo, mesas.
Mesas donde todavía queda una silla. Mesas alrededor de las cuales un «ellos» comienza, casi sin darnos cuenta, a convertirse en «nosotros».
Casa AMAL es solamente una de esas pequeñas mesas. Una gota. Nada más. Y nada menos. Porque quizá la profecía, en tiempos de fronteras, no necesite siempre levantar la voz. A veces basta con abrir una puerta. Poner un plato más. Aprender un nombre. Escuchar una historia. Y frente a quienes continúan levantando fronteras, obstinadamente, fraternalmente, esperanza.damente, seguir poniendo una mesa.
