El fundamento cristológico y comunitario del “ministerio de la caridad y de la justicia” (III)
El ministerio de la caridad y de la justicia presenta un doble fundamento que junto con la formación necesaria para el servicio, permite distinguir el ministerio de otros perfiles próximos y valiosos, así como del voluntariado y del ejercicio profesional considerados por sí solos
A la luz de lo aportado hasta el presente, es preciso recordar, aunque sea sucintamente, que el ministerio de la caridad y de la justicia presenta un doble fundamento: cristológico y eclesial.
El fundamento cristológico
El ministerio de la caridad y de la justicia se fundamenta cristológica y espiritualmente en la identificación de Jesús con los pobres (Mt 25,40), en el programa proclamado en el monte de las Bienaventuranzas (Mt 5,3-12; Lc 6,20-23) y en el encuentro y la relación con Él en los crucificados de nuestros días.
Unidad sin confusión y distinción sin separación
Quien se autopercibe y es eclesialmente reconocido como “ministro o servidor de la caridad y de la justicia” sabe y celebra que Dios no se ata solo y únicamente a la eucaristía y a los sacramentos, sino que, al identificarse con los parias y crucificados de todos los tiempos y de nuestros días, los acoge como lo que son, por voluntad de Jesús: los “otros Cristos”.
Por tanto, la identificación de Jesús con los pobres exige afirmar simultáneamente cercanía “carnal” y distinción “conceptual”: Cristo se hace presente en quienes sufren, sin que Jesús y los pobres se confundan ni puedan separarse en la práctica del seguimiento. Esta formulación, inspirada en el principio conciliar de unidad sin confusión y distinción sin separación, expresa el alcance cristológico y espiritual de la relación del Nazareno con los últimos del mundo.
A la luz de esta identificación y de la lógica teológica que suscita, se comprende que no sea aceptable participar en la eucaristía y, al mismo tiempo, descuidar la relación con Él en su «carne»: «nadie puede arrodillarse ante Dios y despreciar al hermano» que tiene hambre, sed, está enfermo o encarcelado.
Como tampoco lo es desvincular la actualización del Calvario de Jesús en los crucificados de nuestros días y de todos los tiempos o descuidar que una persona o un seguidor de Jesús es “practicante” cuando intenta evitar la existencia de tales calvarios contemporáneos o cuando -porque no le es posible impedir su existencia- intenta paliar algunos de los muchos sufrimientos y muertes antes de tiempo.
Pero, además de la identificación de Jesús con los pobres, quienes quieran ser seguidores suyos cuentan con un programa de vida: el proclamado en el monte de las Bienaventuranzas (Mt 5, 3-12; Lc 6, 20-23) y en la parábola del juicio final (Mt 25, 31 y ss.).
El programa evangélico ha recibido numerosas actualizaciones e inculturaciones teológicas, espirituales y pastorales a lo largo de la historia de la Iglesia. Por eso, un ministro o servidor de la caridad y de la justicia debe acoger las Bienaventuranzas y la parábola del juicio final como referencias fundamentales y conocer, de acuerdo con su formación y responsabilidad, los principales desarrollos históricos que ayudan a interpretarlas y aplicarlas en cada contexto.
Ello quiere decir, por ejemplo, que el servidor o ministro de la caridad y la justicia no solo ha de procurar no “desnatar la caridad” (Domingo Soto) denunciando la pobreza y la muerte antes de tiempo, sino que también ha de recordar “a tiempo y a destiempo con ocasión y sin ella” que el “cuidado de los pobres” es también responsabilidad de los “gobernadores de la República” (Juan Luis Vives). Y otro tanto habría que decir de los debates habidos entre Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar y, más recientemente, entre los hermanos Clodovis y Leonardo Boff.
Lo importante que es que las comunidades cristianas -y, de manera particular, los ministros de la caridad y de la justicia- conozcan los diferentes desarrollos teológicos e implementaciones pastorales
Son tres recordatorios de la enorme riqueza teológico-espiritual y de la relevancia social, política y económica que han tenido, tienen -y debieran seguir teniendo- la identificación de Jesús con los últimos y su programa de vida, tanto para la comunidad cristiana y para sus seguidores como para una sociedad que pretenda ser cada día un poco más fraterna e igualitaria. E, igualmente, son tres recordatorios de lo importante que es que las comunidades cristianas -y, de manera particular, los ministros de la caridad y de la justicia- conozcan los diferentes desarrollos teológicos e implementaciones pastorales de tales identificación y programa a lo largo de la historia de la Iglesia.
Pero lo dicho hasta ahora, siendo importante, no es todo. Además de reconocer y acoger la identificación de Jesús con los pobres y de aceptar y practicar su programa de vida, toda persona reconocida y enviada como ministro de la caridad y de la justicia -como todo seguidor- lo ha de ser porque percibe y disfruta de los chispazos, destellos o anticipaciones de eternidad, bondad, belleza y verdad o tabóricos con que Dios nos regala en el cosmos, en la vida, en la historia y en cada uno de nosotros mismos, sin olvidarse o descuidar, por ello, los muchos sinsabores y dolores que, igualmente, existen.
Dios no quiere en los calvarios contemporáneos personas quemadas o teológica y espiritualmente muerta
Un ministerio de la caridad y de la justicia -como todo seguidor de Jesús- también ha de cuidar esta dimensión tabórica, sabedor de que Dios no quiere en los calvarios contemporáneos personas quemadas o teológica y espiritualmente muertas. Y consciente, en todo caso, de que no es de recibo la búsqueda del martirio. Este solo lo será cuando sobrevenga; nunca cuando se busque.
El fundamento eclesial o comunitario
Como es sabido, la identificación de Jesús con los pobres y el ministerio de la caridad y de la justicia no responden únicamente a una decisión personal, sino que poseen también una dimensión comunitaria y eclesial: «la tradición cristiana de visitar a los enfermos, lavar sus heridas y consolar a los afligidos no se reduce a una mera obra de filantropía, sino que es una acción eclesial» mediante la cual, en los enfermos, los miembros de la Iglesia «tocan la carne sufriente de Cristo».
Eso quiere decir que ser ministro o servidor de la caridad y de la justicia no es solo una forma de seguimiento personal, sino también comunitario o eclesial. Y que lo propio de una comunidad que pretenda ser viva, con futuro y estable pasa por articular -a semejanza de lo que también es el seguimiento personal- el compromiso, el conocimiento y la relación viva con Jesús, también aguijoneante y consoladora, con aquellos con los que se identifica.
Este ministerio forma parte de una comunidad a la que representa ante los últimos del mundo y a la que lleva la voz y el clamor de los pobres y parias a quienes ha sido enviado
Por eso, este ministerio, además de vocación personal, implica reconocimiento y envío eclesial o comunitario. Lo es, en primer lugar, porque sigue explícitamente a Jesús en «su carne». Y lo es también porque forma parte de una comunidad a la que representa ante los últimos del mundo y a la que lleva la voz y el clamor de los pobres y parias a quienes ha sido enviado.
La síntesis del debate entre los hermanos Boff ayuda a precisar esta doble pertenencia del ministro: a Cristo, reconocido en los pobres, y a la comunidad que lo reconoce y envía. Así se integra el fundamento cristológico reivindicado por Leonardo Boff con la matriz eclesial subrayada por Clodovis, sin asumir los excesos espiritualistas de su planteamiento.
Queda así definido el núcleo cristológico y eclesial del ministerio de la caridad y de la justicia: seguimiento explícito de Jesús, reconocimiento de su «carne» en los pobres y pertenencia a una comunidad que discierne, reconoce y envía. Estos tres elementos, junto con la formación necesaria para el servicio, permiten distinguir el ministerio de otros perfiles próximos y valiosos, así como del voluntariado y del ejercicio profesional considerados por sí solos.
