El poder de los sin poder, desde el G7 en Davos
En medio de una falta de líderes mundiales, en el Foro de Davos aflora el liderazgo de Mark Carney, primer ministro de Canadá, con un discurso basado en el ensayo 'El poder de los sin poder', de Václav Havel
Agradezco este espacio de comunicación que ofrece RD, donde se conjugan afectos, emociones y pensamientos, nostalgias e ilusiones, sobre todo fraternidad y respeto. Importa lo último donde la diversidad de ideas y sensibilidades es esperable.
La realidad actual es desafiante y exige respuestas rápidas y audaces; supone tener posiciones, no siempre convergentes. La velocidad de los cambios deja a la zaga a seres cada vez menos humanos, los fenómenos culturales desconciertan, el futuro deslumbra y apasiona, pero también asalta, generando oportunidades y temores.
Zygmunt Bauman, gran sociólogo polaco contemporáneo, impuso el concepto de Vida Líquida, como el diagnóstico asertivo de un cambio de era, donde la vida sólida, en que muchos crecieron, se ha venido licuando por un cambio gigantesco en la cultura (conductas, valores y esperanzas) de un mundo globalizado.
Permítanme una alegoría. Al comienzo de la Patagonia Austral, en sur austral de Chile, existe una espesa y maravillosa masa boscosa, conocida como Selva Valdiviana; crece en medio de lomajes, laderas y cerros escarpados. Cada árbol maduro es un puntal robusto que contiene y afirma unos suelos frágiles, amenazados por precipitaciones intensas de fuerza erosiva.
Así es como valores y buenas costumbres, amparados en leyes y educación, han sido puntales sociales y globales que, por mucho tiempo, han favorecido el desarrollo de vida social estable y fecunda. La política y las relaciones internacionales han sido también instrumentos para asegurar capacidad de convivencia y de prosperidad.
La historia ha enseñado a aprender de los errores propios y ajenos. El mundo aprendió de los horrores de la II Guerra Mundial y, entonces, organizaciones como las Naciones Unidas, la OMS, el GATT (acuerdo de aranceles), la FAO, el BID, el Banco Mundial y un larguísimo etcétera han sido esos puntales internacionales que han ayudado a contener las amenazas de conflagraciones y de abusos imperiales. Se avanzó con aquello, estableciendo equilibrios geopolíticos determinantes para alcanzar no pocos éxitos, logros sociales y desarrollo humano.
En el presente, todo está amenazado. Se ha puesto de moda la palabra “geopolítica”, para señalar el núcleo de este inmenso movimiento telúrico que está amenazando al mundo futuro. La lista de eventos es larga, las guerras en Gaza, en Ucrania, en Sudán, en Myanmar e Irán, son la antesala de nuevos escenarios bélicos mundiales. El desprecio por del Cambio Climático; las migraciones humanas masivas (con sus deportaciones indiscriminadas); los efectos no deseados de la IA (donde Bill Gates alerta con voz alarmante); los males sociales de la delincuencia en todas sus formas incluida la corrupción; el terrorismo y un extenso etcétera. Y como si faltara, las guerras comerciales han traído incertidumbre y fuerza erosiva.
Al revisar los liderazgos mundiales hay una carencia estrepitosa. Las grandes potencias no sólo no están a la altura de los acontecimientos, sino que sus líderes se han transformado en peligrosos promotores de graves desequilibrios geopolíticos. Impresiona la subordinación de los líderes a una trilogía de hombres que representan a poderes contrapuestos y que no tienen armonía que ofrecer.
En medio de tal orfandad, aflora el liderazgo de Mark Carney, primer ministro de Canadá, que con firmeza y convicción está representando a esa voz que clama en medio del bullicio estridente de las amenazas. Escucharlo desde el G7 en Davos 2026 hace bien, porque despierta esperanza. Su discurso [basado en el ensayo 'El poder de los sin poder', de Václav Havel ] es una joya que reluce con brillo y que seguramente será tenido como la gran oportunidad de un mundo anhelante de paz.
A continuación, el discurso de Mark Carney:
Es a la vez un placer y un deber estar con ustedes esta noche, en este momento crucial que atraviesan Canadá y el mundo.
Hoy quiero hablar de una ruptura en el orden mundial, del fin de una ficción cómoda y del inicio de una realidad dura, en la que la geopolítica —donde las grandes potencias— parece no estar sometida a límites ni restricciones.
Por otro lado, quiero decirles que los demás países, especialmente las potencias intermedias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que incorpore nuestros valores, como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los distintos Estados.
El poder de quienes tienen menos poder comienza con la honestidad.
Parece que todos los días se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias, que el orden internacional basado en reglas se desvanece, que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.
Y este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como la lógica natural de las relaciones internacionales reafirmándose.
Frente a esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a acomodarse, a evitar problemas, a esperar que la complacencia compre seguridad.
Pues bien, no lo hará.
Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?
En 1978, el disidente checo Václav Havel, quien más tarde sería presidente, escribió un ensayo titulado 'El poder de los sin poder', y en él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista?
Su respuesta comenzaba con un verdulero.
Cada mañana, este comerciante colocaba un cartel en su escaparate: “¡Proletarios del mundo, uníos!”. No creía en ello, nadie lo hacía, pero lo colocaba para evitar problemas, para mostrar obediencia, para seguir adelante. Y como cada comerciante en cada calle hacía lo mismo, el sistema persistía, no solo por la violencia, sino por la participación de personas comunes en rituales que en privado sabían que eran falsos.
Havel llamó a esto “vivir dentro de la mentira”.
El poder del sistema no provenía de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera verdadero, y su fragilidad provenía de la misma fuente. Cuando incluso una sola persona deja de actuar, cuando el verdulero quita el cartel, la ilusión comienza a resquebrajarse. Amigos, ha llegado el momento de que las empresas y los países quiten sus carteles.
Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en reglas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Gracias a ello, pudimos impulsar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.
Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa: que los más fuertes se eximían cuando les convenía, que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor dependiendo de la identidad del acusado o de la víctima.
Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proporcionar bienes públicos, rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y marcos para la resolución de disputas.
Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad.
Este pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición.
Este pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición.
En las últimas dos décadas, una serie de crisis —financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas— han dejado al descubierto los riesgos de una integración global extrema. Pero más recientemente, las grandes potencias han comenzado a usar la integración económica como arma: los aranceles como palanca, la infraestructura financiera como coerción, las cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar.
No se puede vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación.
Las instituciones multilaterales en las que las potencias intermedias han confiado —la OMC, la ONU, las COP—, la arquitectura misma de la solución colectiva de problemas, están bajo amenaza. Como resultado, muchos países están llegando a la misma conclusión: deben desarrollar una mayor autonomía estratégica en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro.
Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte a ti mismo.
Pero seamos claros sobre a dónde conduce esto.
Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible. Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la apariencia de reglas y valores para perseguir sin restricciones su poder e intereses, las ganancias del transaccionalismo serán cada vez más difíciles de replicar.
Las hegemonías no pueden monetizar indefinidamente sus relaciones.
Los aliados diversificarán para cubrirse ante la incertidumbre.
Buscarán seguros, aumentarán opciones para reconstruir su soberanía —una soberanía que antes se sustentaba en reglas, pero que cada vez más se anclará en la capacidad de resistir presiones—.
Quienes están en esta sala saben que esto es gestión de riesgos. La gestión de riesgos tiene un costo, pero ese costo de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse.
Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que cada quien construya su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades generan beneficios de suma positiva.
La pregunta para las potencias intermedias como Canadá no es si debemos adaptarnos a la nueva realidad —debemos hacerlo—. La pregunta es si nos adaptamos simplemente levantando muros más altos, o si podemos hacer algo más ambicioso
La pregunta para las potencias intermedias como Canadá no es si debemos adaptarnos a la nueva realidad —debemos hacerlo—. La pregunta es si nos adaptamos simplemente levantando muros más altos, o si podemos hacer algo más ambicioso.
Canadá fue uno de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar de manera fundamental nuestra postura estratégica.
Los canadienses saben que nuestras viejas y cómodas suposiciones —que nuestra geografía y nuestras alianzas garantizaban automáticamente prosperidad y seguridad— ya no son válidas. Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb, presidente de Finlandia, ha llamado “realismo basado en valores”.
O, dicho de otro modo, buscamos ser tanto firmes en principios como pragmáticos: firmes en nuestro compromiso con los valores fundamentales, la soberanía, la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo conforme a la Carta de la ONU, y el respeto a los derechos humanos; y pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen y que no todos los socios compartirán todos nuestros valores.
Por ello, nos estamos comprometiendo de manera amplia y estratégica, con los ojos abiertos. Nos enfrentamos activamente al mundo tal como es, no esperamos a un mundo que desearíamos que existiera.
Estamos calibrando nuestras relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores y priorizando una amplia participación para maximizar nuestra influencia, dadas la fluidez del momento, los riesgos que plantea y lo que está en juego para lo que viene.
Ya no confiamos únicamente en la fuerza de nuestros valores, sino también en el valor de nuestra fortaleza
Y ya no confiamos únicamente en la fuerza de nuestros valores, sino también en el valor de nuestra fortaleza.
Estamos construyendo esa fortaleza en casa.
Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos reducido impuestos sobre ingresos, ganancias de capital e inversión empresarial. Hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial. Estamos acelerando inversiones por un billón de dólares en energía, inteligencia artificial, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más. Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para el final de esta década, y lo hacemos de manera que fortalezca nuestras industrias nacionales.
Y nos estamos diversificando rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, incluida nuestra incorporación a SAFE, los mecanismos europeos de adquisiciones de defensa. Hemos firmado otros 12 acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en seis meses. En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar. Estamos negociando tratados de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.
Para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes temas, basadas en valores e intereses comunes
Estamos haciendo algo más. Para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes temas, basadas en valores e intereses comunes.
Así, en Ucrania, somos miembros clave de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad.
En soberanía ártica, respaldamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca, y apoyamos plenamente su derecho exclusivo a decidir el futuro de Groenlandia.
Nuestro compromiso con el Artículo 5 de la OTAN es inquebrantable, por lo que trabajamos con nuestros aliados —incluidos los países nórdicos y bálticos— para asegurar los flancos norte y oeste de la alianza, mediante inversiones sin precedentes en radares de largo alcance, submarinos, aeronaves y presencia militar sobre el terreno, sobre el hielo.
Canadá se opone firmemente a los aranceles relacionados con Groenlandia y llama a entablar conversaciones focalizadas para alcanzar nuestros objetivos compartidos de seguridad y prosperidad en el Ártico.
En comercio plurilateral, promovemos la construcción de un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, lo que crearía un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificar su suministro. Y en inteligencia artificial, cooperamos con democracias afines para no vernos obligados a elegir entre hegemonías e hiperescaladores tecnológicos.
Esto no es multilateralismo ingenuo ni dependencia de instituciones que ya no funcionan. Es construir coaliciones que funcionen, tema por tema, con socios que compartan suficientes puntos en común para actuar juntos
Esto no es multilateralismo ingenuo ni dependencia de instituciones que ya no funcionan. Es construir coaliciones que funcionen, tema por tema, con socios que compartan suficientes puntos en común para actuar juntos.
En algunos casos, eso incluirá a la gran mayoría de las naciones.
Lo que se está creando es una densa red de conexiones en comercio, inversión y cultura, de la cual podremos echar mano ante futuros desafíos y oportunidades.
Las potencias intermedias deben actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú.
También diría que las grandes potencias, por ahora, pueden permitirse actuar solas. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar y la influencia para imponer condiciones. Las potencias intermedias, no.
Cuando negociamos solo de forma bilateral con una hegemonía, lo hacemos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes.
Eso no es soberanía. Es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.
En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por el favor, o unirse para crear un tercer camino con impacto.
No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las reglas seguirá siendo fuerte, si decidimos ejercerlo juntos. Y eso nos devuelve a Havel
No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las reglas seguirá siendo fuerte, si decidimos ejercerlo juntos. Y eso nos devuelve a Havel.
¿Qué significa para las potencias intermedias vivir en la verdad?
Primero, nombrar la realidad. Dejar de invocar el orden internacional basado en reglas como si aún funcionara como se anuncia. Llamarlo por lo que es: un sistema de creciente rivalidad entre grandes potencias, donde los más poderosos persiguen sus intereses utilizando la integración económica como coerción.
Significa actuar con coherencia, aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando criticamos la intimidación económica de un lado, pero guardamos silencio cuando proviene de otro, seguimos dejando el cartel en la ventana.
Significa construir aquello en lo que decimos creer, en lugar de esperar a que el viejo orden sea restaurado. Significa crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describe. Y significa reducir el margen de coerción: construir una economía nacional fuerte debe ser la prioridad inmediata de todo gobierno.
La diversificación internacional no es solo prudencia económica; es la base material de una política exterior honesta, porque los países ganan el derecho a posturas de principios al reducir su vulnerabilidad a represalias.
Canadá tiene lo que el mundo necesita. Somos una superpotencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales críticos. Tenemos a la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones se encuentran entre los más grandes y sofisticados del planeta. En otras palabras, tenemos capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión. Y tenemos valores a los que muchos aspiran.
Canadá es una sociedad plural que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y confiable en un mundo que no lo es.
Y tenemos algo más: el reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige algo más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es.
Estamos retirando el cartel de la ventana. Sabemos que el viejo orden no volverá. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Creemos que, a partir de la fractura, podemos construir algo más grande, mejor, más fuerte y más justo.
Esta es la tarea de las potencias intermedias: los países que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y más que ganar con una cooperación genuina.
Los poderosos tienen su poder.
Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de fortalecer nuestra base interna y de actuar juntos.
Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente, y es un camino abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros.
Muchas gracias.
