Cuando la grandeza necesita alma
En muchos lugares nuestras cofradías atraviesan un momento de fortaleza visible. Pero junto a esa fortaleza externa aparece una pregunta necesaria: ¿esa grandeza se traduce en vida cristiana sólida?
En muchos lugares nuestras cofradías atraviesan un momento de fortaleza visible. Las procesiones congregan a miles de personas, el patrimonio artístico se cuida con esmero y la organización funciona con eficacia admirable. Hay tradición, identidad y sentido de pertenencia. Todo eso es real y merece reconocimiento.
Pero junto a esa fortaleza externa aparece una pregunta necesaria: ¿esa grandeza se traduce en vida cristiana sólida?
No basta con que una hermandad sea numerosa, influyente o reconocida socialmente. La cuestión decisiva es si genera discípulos. Porque el cristianismo no nació como fenómeno cultural ni como expresión estética. Nació de una llamada personal de Cristo que exige respuesta concreta. Seguir implica conversión real, formación doctrinal seria, vida sacramental constante y caridad efectiva.
Podemos tener estructuras fuertes y, al mismo tiempo, fe débil. Podemos organizar actos impecables y descuidar la formación bíblica. Podemos cuidar imágenes con esmero y olvidar a las personas concretas que necesitan acompañamiento. El riesgo no es teórico: es que lo exterior crezca mientras lo interior se empobrece.
Las hermandades surgieron como cauces de evangelización popular. Acercaban los sacramentos al pueblo, promovían la caridad organizada y fortalecían la comunión parroquial. Eran escuela de fe en medio de la vida ordinaria. Si pierden esa referencia esencial, quedan reducidas a asociaciones culturales con contenido religioso, pero sin verdadera fuerza transformadora.
No se trata de eliminar tradiciones ni de despreciar la dimensión pública de la fe. La manifestación externa puede ser expresión legítima de devoción. El problema aparece cuando esa expresión sustituye al compromiso personal. Cuando el hábito pesa más que el Evangelio. Cuando la pertenencia vale más que la conversión.
La parroquia sigue siendo el lugar donde la fe se alimenta de manera ordinaria. Las hermandades no pueden vivir desconectadas de esa raíz sin perder vigor espiritual
Además, dentro del propio mundo cofrade pueden surgir rivalidades, comparaciones y afanes de protagonismo que poco tienen que ver con el espíritu cristiano. La lógica del Reino no es la del prestigio ni la del privilegio. Es la del servicio humilde y la fidelidad silenciosa. Si olvidamos eso, debilitamos nuestra credibilidad ante quienes buscan coherencia.
La parroquia sigue siendo el lugar donde la fe se alimenta de manera ordinaria. Allí se proclama la Palabra, se celebran los sacramentos y se construye comunidad concreta. Las hermandades no pueden vivir desconectadas de esa raíz sin perder vigor espiritual. Separadas de la cepa, los sarmientos terminan secándose, aunque durante un tiempo conserven apariencia de vida.
Hoy el desafío es claro: pasar de la adhesión externa al seguimiento real. No basta con participar en actos; es necesario conocer el Evangelio. No basta con ocupar cargos; es imprescindible vivir en coherencia. No basta con mantener una tradición; hay que renovar el corazón.
La verdadera grandeza no se mide por el número de hermanos ni por la magnitud del cortejo, sino por la profundidad de la fe y la coherencia de vida
Grandes cofradías pueden ser un gran bien para la Iglesia si forman cristianos maduros, si sostienen la vida sacramental y si ejercen una caridad concreta y estable. Pero si descuidan esa misión, corren el riesgo de convertirse en estructuras admiradas por fuera y debilitadas por dentro.
La verdadera grandeza no se mide por el número de hermanos ni por la magnitud del cortejo, sino por la profundidad de la fe y la coherencia de vida. Sin esa raíz, toda grandeza termina siendo frágil. Con ella, incluso lo pequeño se vuelve fecundo.
