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La histeria litúrgica: ¿Estamos formando sacerdotes para servir al altar o para ocuparlo?

"Encajes, rúbricas, casullas y la comunión de rodillas como campo de batalla. Cuando la liturgia deja de ser el lugar donde el sacerdote desaparece y se vuelve el escenario donde necesita ser visto, ya no estamos ante piedad: estamos ante un síntoma"

¿Liturgia o exhibición?

La escena se repite en parroquias y seminarios. Un joven sacerdote tarda diez minutos en revestirse, corrige en voz baja al monaguillo que se equivocó de lado, mira de reojo a quien comulga en la mano. Un obispo dedica su carta pastoral más extensa no a los pobres de su diócesis ni a las parroquias sin cura, sino al largo de la casulla y al modo correcto de purificar el cáliz. Nadie diría que hacen algo malo. Todo está permitido, todo está en los libros. Y sin embargo algo no cierra.

Podría llamarse histeria litúrgica. No como insulto, sino como hipótesis: la de que, en ciertos sacerdotes y obispos, el amor por el rito dejó de ser una forma sana de canalizar el afecto y el deseo, y se convirtió en una puesta en escena que pide, una y otra vez, la mirada de los demás.

Cuando una parte se vuelve el todo

La pista la da un texto que circuló entre formadores argentinos. La Organización de Seminarios de Argentina (OSAR) publicó "Acompañar y confrontar la rigidez en la formación sacerdotal", del presbítero Lucas E. Smiriglia, 

Smiriglia distingue dos rigideces. Una es adaptativa: el andamio provisorio de quien llega a un mundo nuevo y se aferra a lo conocido para no desbordarse. Suele ceder con el tiempo. La otra es defensiva: no cede, se vuelve estructura y protege una imagen de sí mismo. Su fórmula es precisa: el rígido "de una parte hace el todo". Una forma de comulgar, una rúbrica, un modo de rezar se convierten en la lupa desde la cual se juzga todo lo demás.

Comunión

Esa es la puerta de entrada a la histeria litúrgica. No se trata de quien ama el gregoriano, celebra con cuidado o prefiere el latín. Se trata de quien ya no puede celebrar sin convertir la celebración en un tribunal, ni puede ver a otro celebrar distinto sin sentirse amenazado.

Sublimar o actuar

La vida célibe no suprime el deseo; lo reorienta. La tradición espiritual y el psicoanálisis, por caminos distintos, coinciden en algo: la energía afectiva y sexual que no se vive en una pareja puede desplazarse hacia la oración, el servicio, el estudio, la belleza. Eso es la sublimación. Y la liturgia, con su música, su luz y su gramática de gestos, es uno de sus cauces más nobles.

El problema empieza cuando el cauce se desborda. La sublimación sana se reconoce por sus frutos: el sacerdote sale del altar más disponible para los demás, no más pendiente de sí. La histeria litúrgica produce lo contrario. El rito ya no lleva hacia Dios ni hacia el pueblo; vuelve, una y otra vez, sobre quien lo oficia.

Smiriglia describe una rigidez de tipo obsesivo: control, escrúpulo normativo, necesidad de que todo esté en su lugar para que la ansiedad no desborde. Pero algunos rasgos no encajan en ese molde. La puesta en escena de la propia piedad. La necesidad de ser reconocido como el que verdaderamente reverencia. La victimización del "me persiguen porque soy fiel". El cuerpo usado como lenguaje: la rodilla en el piso, el gesto medido, la mirada baja.

Todo eso, remite menos a la lógica de la norma que a la lógica del deseo de ser mirado. En la lectura psicoanalítica, la histeria no es escándalo ni grito: es la pregunta del sujeto por su lugar ante la mirada del Otro, una pregunta que muchas veces se responde con el cuerpo y con el teatro. Y pocos escenarios son tan aptos para ese teatro como un presbiterio: vestuario, coreografía, iluminación, un público que mira hacia un solo punto.

De ahí la pregunta incómoda: ¿puede una parte de este rigorismo ser una pulsión que no encontró otro lugar y que halló en el altar una forma socialmente bendecida de exhibirse? Si fuera así, la liturgia no estaría sublimando el deseo. Lo estaría escenificando.

Los síntomas y el costo

La histeria litúrgica no se reconoce por la estética sino por la dinámica. El documento de la OSAR ofrece un criterio simple: la verdadera fidelidad litúrgica produce caridad, humildad, flexibilidad y comunión. Si una práctica, por piadosa que parezca, produce juicio, superioridad moral y descalificación de los hermanos, no viene del Espíritu, sea cual sea su forma exterior.

A partir de ese criterio se dibujan algunos signos:

- El rito como identidad. El sacerdote parece necesitar la casulla, el gesto exacto y el latín para saber quién es. Sin el escenario, se desarma.

- El otro como amenaza. Quien comulga en la mano o celebra con sencillez no es un hermano con otra sensibilidad, sino un sospechoso de "abuso".

- La corrección como persecución. Toda observación se redefine como laxismo, falta de respeto o ataque a la fe. Smiriglia habla de una suerte de gaslighting espiritual: el que corrige termina dudando de sí mismo.

- La forma por encima del pueblo. Horas para el ceremonial, minutos para la confesión, el enfermo o el barrio.

Nada de esto es exclusivo de un sector. También hay una histeria litúrgica "progresista": la del cura que necesita ser el animador, el que improvisa porque la celebración gira en torno a su carisma. Cambia el vestuario; la lógica de fondo, la del altar como escenario propio, es la misma.

Misa

El costo es pastoral. Comunidades que se dividen por el modo de comulgar. Fieles que se sienten examinados en vez de recibidos. Y, cuando el fenómeno alcanza a obispos, diócesis enteras donde la energía institucional se va en controlar rúbricas mientras quedan sin respuesta preguntas mucho más urgentes.

La pregunta que se hace en voz baja

Hay otra pregunta que circula en sacristías y pasillos de curia, casi siempre en tono de chiste: ¿por qué algunos de los sacerdotes más obsesionados con la liturgia tienen modales afeminados o una afectividad que muchos describen como "femenina"? El encaje, la puntilla, la atención al detalle del vestuario alimentan la caricatura. En mayo de 2024, el propio Francisco, en una reunión a puertas cerradas con obispos italianos, usó un término despectivo sobre la presencia homosexual en los seminarios; la Santa Sede pidió disculpas días después. La pregunta, entonces, existe. Vale la pena formularla bien.

Lo primero es separar tres cosas que el chiste mezcla. Una es la expresión de género: la gestualidad, la voz, el gusto estético. Otra es la orientación sexual. La tercera es la madurez afectiva. No van juntas. Hay sacerdotes de modales delicados con una afectividad integrada y una entrega admirable, y hay curas de aspecto rudo con una vida emocional por completo inmadura. Confundir sensibilidad con patología es, precisamente, el tipo de rigidez que este artículo cuestiona.

Si lo que está en juego es el deseo de ser mirado, la liturgia ofrece un lugar donde el cuidado del cuerpo, la ropa y la belleza, que la cultura masculina tradicional suele negar o ridiculizar, se vuelve no solo lícito sino sagrado

Dicho eso, la hipótesis de la histeria litúrgica ofrece una lectura más fina que el estereotipo. Si lo que está en juego es el deseo de ser mirado, la liturgia ofrece un lugar donde el cuidado del cuerpo, la ropa y la belleza, que la cultura masculina tradicional suele negar o ridiculizar, se vuelve no solo lícito sino sagrado. Para un varón que no logró integrar esa parte de sí, o que no puede nombrar su deseo, el altar puede funcionar como el único escenario donde eso se permite sin culpa. El problema no sería la sensibilidad. Sería que no tiene otro cauce que el rito, y que por eso el rito se vuelve intocable.

Algunos autores fueron más lejos. El periodista francés Frédéric Martel, en Sodoma (2019), sostuvo que en el Vaticano la rigidez doctrinal y la homosexualidad no asumida suelen ir juntas: cuanto más severo el discurso, más probable el armario. Su tesis fue muy discutida y no puede tomarse como regla. Pero apunta a algo que cualquier formador conoce: lo que no se elabora, se defiende. Y una afectividad que no se puede decir encuentra en la norma, el gesto y la apariencia una coraza perfecta.

La pregunta útil, entonces, no es si un cura es "afeminado". Es si su afectividad, cualquiera sea su forma, está integrada o escondida. Un seminario que se ríe de unos y no habla con nadie no está formando. Está produciendo, sin saberlo, la misma coraza que después le cuesta tanto desarmar.

Una liturgia donde se desaparece

Conviene la cautela. Nadie puede psicoanalizar a distancia a un clero entero, y la hipótesis sería injusta con muchos sacerdotes cuya devoción es genuina y sencilla. Probablemente lo que llamamos rigidez sea una constelación: rasgos obsesivos e histéricos conviviendo, como suele pasar en la clínica. Y la categoría también puede usarse mal, como etiqueta cómoda para descalificar a quien simplemente piensa distinto. ¿Quién acompaña al acompañante?

Pero si la hipótesis tiene algo de cierto, la respuesta no puede ser solo normativa. A un deseo de reconocimiento no se le contesta con un reglamento. Por eso la propuesta de la OSAR resulta valiosa: desactivar el debate sobre las rúbricas y preguntar por lo que pasa adentro. ¿Qué sentís cuando ves que otros celebran distinto? ¿Qué temés que pase si soltás el control? Esa pregunta, hecha a tiempo en un seminario, vale más que cualquier decreto.

La liturgia católica, en su mejor versión, es un arte de la desaparición. El sacerdote presta la voz y las manos para que otro actúe. Las vestiduras existen para tapar a la persona, no para exhibirla. Cuando el rito sirve para que alguien se sienta superior, elegido o mirado, el problema ya no es litúrgico.

Puntillas

Queda la pregunta abierta y que la Iglesia tendrá que responder en sus seminarios antes que en sus polémicas: ¿estamos formando sacerdotes para servir al altar o para ocuparlo?

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