El 'reto' de la Iglesia española: aprender hablar con la sociedad, aprender a escuchar cuando no tiene nada que decir
"En mi anterior artículo planteaba una pregunta: ¿tiene la Iglesia española un problema de comunicación?… Quizá haya que concretarla más: ¿tiene un problema de lenguaje?" Habla demasiado desde dentro hacia dentro... y debería aprender a escuchar cuando no tiene nada que decir
En mi anterior artículo planteaba una pregunta: ¿tiene la Iglesia española un problema de comunicación?
Quizá haya que concretarla más: ¿tiene un problema de lenguaje?
No me refiero a la lengua que utiliza, sino a algo mucho más profundo: a la capacidad de hacerse entender por una sociedad que ha cambiado radicalmente sus códigos culturales, sus hábitos informativos y su manera de relacionarse.
La propia Iglesia parece haberlo entendido. En el encuentro celebrado en 2025 por las Comisiones Episcopales de Comunicación de España y Portugal se reconoció que el lenguaje eclesial debe ser claro para la opinión pública, cercano a la vida cotidiana y capaz de responder a las preguntas de la gente de hoy. También se afirmó que la comunicación no puede ser solo institucional, sino relacional.
Es un reconocimiento importante. Porque quizá uno de los problemas de la comunicación de la Iglesia sea que habla demasiado desde dentro hacia dentro.
Palabras como sinodalidad, discernimiento, pastoral, evangelización, comunión o misión tienen un significado preciso para quienes forman parte de la Iglesia. Pero ¿qué significan para alguien de 20 años que nunca ha pisado una parroquia?
Aquí aparece uno de los grandes retos. La Iglesia no necesita renunciar a su lenguaje propio ni simplificar su mensaje. Necesita traducirlo sin desvirtuarlo.
Y eso exige algo más que buenos comunicados. Exige conocer al destinatario. Escucharlo.Saber qué le preocupa. Saber dónde busca información.Y entender cómo consume contenidos.Especialmente los jóvenes.
La propia Conferencia Episcopal reconoce que las redes sociales constituyen un espacio fundamental para ellos y que la Iglesia debe desarrollar allí su presencia, sus contenidos y sus testigos, especialmente escuchándolos.
Pero estar en Instagram, YouTube o TikTok no significa necesariamente comunicarse con los jóvenes.
Una Iglesia que simplemente traslada su comunicación institucional a las redes puede estar utilizando un canal nuevo con un lenguaje antiguo.
Las redes exigen conversación, capacidad de respuesta, autenticidad, imagen, vídeo, relato y personas capaces de generar confianza.
Y aquí hay otro cambio fundamental. Durante mucho tiempo, la Iglesia ha comunicado fundamentalmente a través de documentos, homilías, comunicados, declaraciones y medios propios.
Pero la comunicación contemporánea se construye cada vez más alrededor de personas y relatos.
Un sacerdote que acompaña a una persona sin hogar. Una religiosa que trabaja con inmigrantes.Un joven que explica por qué ha decidido comprometerse.Una profesora que cuenta lo que significa educar en un colegio católico.Un misionero que relata su experiencia. Una familia que encuentra apoyo en una parroquia.
Esas historias pueden explicar qué es la Iglesia mucho mejor que diez comunicados.
Y hay algo más. La comunicación de la Iglesia no debería limitarse a hablar cuando tiene algo que anunciar.
También debería aprender a escuchar cuando no tiene nada que decir.
Porque escuchar es comunicación. Y probablemente sea una de las formas más eficaces de recuperar confianza.
La Iglesia española está dando pasos en esa dirección. Tiene estructuras profesionales de comunicación, formación específica, presencia digital y reconoce la necesidad de contenidos atractivos, lenguaje familiar y formatos actuales.
Pero precisamente por eso creo que el debate debe ir un poco más lejos.
La pregunta ya no es si la Iglesia tiene comunicadores.La pregunta es si toda la Iglesia entiende que comunicar forma parte de su misión.
Y si está dispuesta a aceptar algo que cualquier profesional de la comunicación conoce bien: no decide el emisor qué ha comunicado; lo decide el receptor cuando interpreta lo que ha recibido.
Quizá el gran reto de la Iglesia española no sea hablar más. Ni siquiera hablar mejor.
Sea aprender a hablar con la sociedad y no solamente a hablar a la sociedad.
Porque entre ambas cosas hay una diferencia enorme. Y ahí puede estar una de las claves de su futuro comunicativo.
¿Estamos preparados para debatirlo?
