La Iglesia y el lenguaje que ya no basta

"Escuchar, acompañar, discernir, ser transparentes, caminar juntos. La Iglesia nunca había utilizado tantas palabras para explicar que escucha. La cuestión es qué sucede cuando el lenguaje empieza a sustituir a los hechos"

Palabras desdibujadas
Palabras desdibujadas
Jesús M Silvestre
27 sep 2026 - 23:08

Hay palabras que envejecen mal. No porque cambie su definición en los diccionarios, sino porque el uso las va desgastando hasta vaciarlas de significado. Conservan la forma, el sonido e incluso una respetabilidad solemne, pero ya no obligan a nada. Se pronuncian y todo sigue igual.

A la Iglesia le está ocurriendo lo mismo con algunas de sus palabras favoritas.

«Escucha» es una de ellas. También «acompañamiento», «discernimiento», «sinodalidad», «comunión» y «transparencia». Son palabras buenas. Algunas son magníficas. El problema surge cuando dejan de describir una práctica y empiezan a funcionar como coartada. Cuando decir que se escucha es más importante que escuchar, cuando hablar de transparencia sustituye a explicar, cuando invocar la comunión sirve para evitar el conflicto o cuando el discernimiento se convierte en una manera cortés de aplazar una decisión.

No es un problema exclusivamente eclesial. Con el tiempo, toda institución crea un vocabulario para explicarse a sí misma y protegerse. La administración habla de «incidencias», las empresas de «reestructuraciones» y los gobiernos de «ajustes». El lenguaje amortigua el impacto de la realidad. Pero la Iglesia tiene aquí una dificultad añadida: afirma anunciar una Palabra que es verdad. No puede permitirse que su propio lenguaje termine funcionando como una niebla.

Montón de letras
Montón de letras

Los cristianos de los primeros siglos conocían bien el peso de las palabras. Antes de que existieran curias poderosas, concordatos, ministerios episcopales o departamentos de comunicación, las comunidades apostaban por su identidad a través de términos aparentemente modestos: testimonio, memoria, verdad, comunión y tradición. No eran adornos. Decir «testigo» podía comprometer una vida. Hablar de «tradición» no era apelar a la costumbre, sino preguntar qué se había recibido, de quién y para qué. La verdad, no era una consigna, sino una frontera peligrosa.

Ireneo de Lyon, a finales del siglo II, empleó una expresión que sigue siendo incómoda: “regla de la verdad”. No la formuló para decorar documentos ni para clausurar conversaciones. La utilizó en medio de una disputa sobre quién podía decir qué era auténticamente cristiano. El problema era radicalmente práctico: si cada cual puede llamar cristiano a cualquier relato, cualquier interpretación o cualquier doctrina, la palabra “cristiano” termina por no significar nada.

Dos mil años después, quizá deberíamos aplicar esa sospecha no solo a las doctrinas, sino también al vocabulario institucional.

Una Iglesia que habla constantemente de escucha debe poder mostrar a quién ha escuchado y qué ha cambiado después. Una Iglesia que invoca la transparencia debe explicar también lo que le incomoda. Una Iglesia sinodal no debería limitarse a producir documentos sobre la sinodalidad. Y una comunidad que habla de acompañamiento debería preguntarse si realmente acompaña al que no encaja, al herido, al que se fue, al que discrepa o al que ya no tiene fuerzas para llamar de nuevo a la puerta.

Las palabras religiosas tienen una especial capacidad para tranquilizar la conciencia. Tal vez por eso sean peligrosas. «Perdón», «misericordia», «obediencia» o «comunión» pueden expresar realidades profundamente evangélicas, pero también pueden utilizarse para pedir a quien ha sufrido que calle, para convertir una crítica legítima en deslealtad o para disfrazar de virtud lo que simplemente resulta conveniente.

El problema no está en las palabras. Está en la distancia entre las palabras y las cosas.

El eufemismo, conviene decirlo, no siempre es mentira. A veces es prudencia, cortesía o simple economía verbal. Se vuelve moralmente problemático cuando oculta al responsable, minimiza la gravedad de un hecho o convierte una decisión humana en una fatalidad sin sujeto. «Se produjeron errores», «hubo fallos», «no se actuó correctamente»: construcciones impecables que, en ocasiones, tienen la extraordinaria virtud de conseguir que nadie parezca haber hecho nada.

Quizá este sea uno de los desafíos más importantes a los que se enfrenta la comunicación eclesial contemporánea. No se trata de encontrar palabras nuevas, sino de devolver peso a las que ya tenemos

Los antiguos lo sabían de otra manera. En griego, la «parresía» (παρρησία) era la libertad de hablar con franqueza, incluso cuando hacerlo tenía un precio. El cristianismo la incorporó muy pronto a su imaginario. Hoy en día, repetimos con facilidad que necesitamos una Iglesia de la «parresía». Pero la franqueza solo es real cuando deja de resultar cómoda.

Quizá este sea uno de los desafíos más importantes a los que se enfrenta la comunicación eclesial contemporánea. No se trata de encontrar palabras nuevas, sino de devolver peso a las que ya tenemos. Lograr que «escucha» signifique escuchar; que «verdad» implique decir también lo desagradable; que «comunión» no equivalga a unanimidad; que «discernir» no sea una forma elegante de esperar a que el problema desaparezca solo.

Jesús hablando
Jesús hablando

Porque una institución puede sobrevivir mucho tiempo con palabras gastadas. Incluso puede construir documentos impecables con ellas. Pero no puede pedir indefinidamente a la gente que siga creyendo que significan algo.

El Evangelio contiene una observación bastante menos sofisticada que cualquier estrategia de comunicación: «Que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no» (Mt 5,37).

Tal vez la renovación del lenguaje de la Iglesia empiece por algo tan sencillo y difícil a la vez.

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