La Iglesia y la masonería: una condena pendiente de revisión

Dos funerales católicos negados a masones en Italia reavivan un conflicto de casi tres siglos y plantean una pregunta incómoda: ¿la Iglesia sigue juzgando a la masonería de hoy con categorías heredadas del pasado?

Martin Scheuch
18 ago 2026 - 00:12

Dos funerales católicos negados en Italia, el 7 y el 9 de agosto de 2026, han vuelto a poner sobre la mesa una vieja cuestión. En Roma, el 7 de agosto, fueron suspendidas las exequias del músico Bruno Battisti D’Amario, colaborador de Ennio Morricone y miembro del Grande Oriente d’Italia; dos días después, en Camporosso, el obispo de Ventimiglia-Sanremo prohibió las exequias de Mario Tarducci, antiguo dirigente de una logia masónica. Ambos casos recuerdan que la condena de la masonería no es una reliquia archivada en los documentos pontificios, sino una norma que todavía tiene consecuencias concretas para los católicos que pertenecen a ella. Y plantean una pregunta incómoda: ¿sigue correspondiendo el juicio de la Iglesia sobre la masonería a la realidad del siglo XXI o continúa condicionado, al menos en parte, por un conflicto nacido hace casi tres siglos?

Mientras el mundo ha cambiado de manera vertiginosa y la propia Iglesia ha revisado buena parte de sus antiguas posiciones frente a la libertad religiosa, el pluralismo, las otras religiones e incluso el Estado moderno, Roma continúa sosteniendo que ser católico y pertenecer a una organización masónica son cosas incompatibles. No se trata de una opinión de algunos obispos conservadores ni de una extravagancia de la vieja guardia, sino de la posición oficial de la Iglesia. En 1983, la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por Joseph Ratzinger, declaró que la pertenencia a asociaciones masónicas era incompatible con la doctrina católica. Cuarenta años después, en noviembre de 2023, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, cuyo prefecto era y sigue siendo el cardenal Víctor Manuel Fernández, volvió a confirmar esa incompatibilidad. La cuestión, por tanto, ya no es solo por qué Roma condenó a la masonería en el pasado, sino si las razones de aquella condena siguen correspondiendo a la masonería que existe hoy.

Cardenal Víctor Manuel Fernández
Cardenal Víctor Manuel Fernández

Una condena nacida en otra época

La hostilidad católica hacia la masonería no apareció de la nada. Tiene una historia que se remonta a casi tres siglos. El primer pronunciamiento pontificio contra la masonería fue promulgado por Clemente XII en 1738 mediante la bula In eminenti apostolatus specula. Desde entonces, distintos papas condenaron las sociedades masónicas y, durante el siglo XIX, el enfrentamiento alcanzó una intensidad considerable. La masonería estuvo vinculada, en numerosos países, con movimientos liberales, republicanos y anticlericales que cuestionaban el poder temporal de la Iglesia, sus privilegios jurídicos y la presencia de la religión en la vida pública. León XIII condensó buena parte de aquella visión en Humanum genus, publicada en 1884, donde presentó el conflicto entre la Iglesia y la masonería en términos prácticamente universales. Para el catolicismo de aquella época, la masonería no era simplemente una asociación de personas interesadas en la fraternidad, la filantropía o los rituales simbólicos: formaba parte de un proyecto cultural que parecía destinado a desplazar al cristianismo del centro de la sociedad. Había, por tanto, motivos históricos concretos para la confrontación. El problema aparece cuando una Iglesia que ha cambiado radicalmente su relación con aquel mundo continúa aplicando a la masonería contemporánea un diagnóstico elaborado fundamentalmente en aquel contexto.

Papa Clemente XII (1652-1740)
Papa Clemente XII (1652-1740)

Porque la masonería del siglo XXI no es una organización mundial única. Existen diferentes grandes logias y organizaciones masónicas, con tradiciones, rituales y concepciones filosóficas que no son idénticas. Algunas exigen la creencia en un Ser Supremo; otras aceptan ateos y agnósticos; unas tienen una marcada dimensión espiritual; otras se presentan principalmente como asociaciones fraternales, culturales o filantrópicas. Las diferencias entre las tradiciones masónicas británicas, francesas, alemanas, latinoamericanas o estadounidenses no son meramente decorativas. También difieren sus concepciones acerca de Dios, la religión, la moral y la finalidad de la propia institución. Hablar de «la masonería» como si se tratara de una entidad doctrinalmente homogénea resulta, por eso, poco preciso. Sin embargo, el pronunciamiento romano de 2023 volvió a establecer la incompatibilidad de la pertenencia masónica con la fe católica sin desarrollar una distinción sustancial entre esas diversas realidades.

El Concilio Vaticano II cambió muchas cosas, pero la masonería se quedó congelada

Aquí aparece una de las paradojas más llamativas. El Concilio Vaticano II modificó profundamente el lenguaje de la Iglesia frente al mundo moderno y abrió caminos que habrían sido difíciles de imaginar apenas unas décadas antes. La declaración Dignitatis humanae, «Sobre la libertad religiosa», reconoció que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa y que nadie debe ser obligado a actuar contra su conciencia en materia religiosa. La declaración Nostra aetate, «Sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas», abrió un nuevo horizonte en las relaciones con el judaísmo, el islam, el hinduismo, el budismo y las demás tradiciones religiosas. La Iglesia aprendió también a dialogar con quienes no comparten su fe y a reconocer que pueden existir valores morales y elementos de verdad fuera de sus propias fronteras. En otras palabras, el Vaticano II modificó sustancialmente la manera de relacionarse con quienes piensan y creen de manera diferente.

Concilio Vaticano II
Concilio Vaticano II

Pero cuando aparece la masonería, algo parece detener el reloj. El lenguaje se vuelve extraordinariamente parecido al de otra época: relativismo, concepción naturalista de Dios, incompatibilidad doctrinal, peligro para la fe. El problema no es que esos argumentos sean necesariamente falsos. El problema es que la Iglesia no parece haber realizado una evaluación suficientemente diferenciada de la diversidad masónica contemporánea. En 2023, el Vaticano reafirmó la prohibición, pero no aprovechó la ocasión para desarrollar una investigación teológica nueva y exhaustiva sobre las distintas formas de masonería existentes en el siglo XXI. Es como si el expediente hubiera quedado archivado en 1983 y alguien hubiera puesto una nueva fecha sobre la carpeta.

El argumento del relativismo

La objeción teológica más seria de la Iglesia es el relativismo. Determinadas concepciones masónicas presentan las distintas religiones como caminos diferentes hacia una realidad trascendente que ninguna puede reclamar plenamente. El símbolo del Gran Arquitecto del Universo permite, además, una interpretación deliberadamente abierta de Dios.

Desde la perspectiva católica, esto sí plantea un problema fundamental. El cristianismo no sostiene simplemente que «todas las religiones tienen algo de verdad». Afirma algo mucho más concreto: que Dios se ha revelado en Jesucristo y que esa revelación tiene un carácter definitivo. Si una organización masónica sostiene que ninguna religión puede afirmar una verdad revelada definitiva, entonces existe una incompatibilidad real con el cristianismo.

Pero precisamente ahí está la pregunta que Roma debería contestar con mayor precisión: ¿todas las organizaciones masónicas contemporáneas pueden describirse adecuadamente mediante ese esquema? Si no todas lo hacen, la condena universal necesita una argumentación más sofisticada. Porque una cosa es demostrar que determinada doctrina masónica contradice la fe católica y otra bastante diferente afirmar que cualquier pertenencia masónica es necesariamente incompatible con el cristianismo. La diferencia no es pequeña.

El Gran Arquitecto y el Dios de Abrahán

La cuestión de Dios tampoco es tan sencilla como podría parecer. Para algunas tradiciones masónicas, el Gran Arquitecto del Universo es un concepto deliberadamente abierto que permite la convivencia de creyentes de diferentes religiones. Para otras, puede adquirir una dimensión más deísta o incluso simbólica.

el_gran_arquitecto
el_gran_arquitecto

Para un católico, sin embargo, Dios no es una abstracción arquitectónica. Es el Dios personal de Abrahán, Isaac y Jacob; el Dios trinitario revelado en la historia. Si la masonería convierte a Dios en una especie de denominador común religioso, la incompatibilidad con el cristianismo es evidente.

Pero nuevamente: habría que demostrar qué enseña y exige concretamente cada organización masónica. El pluralismo religioso no es automáticamente relativismo. La propia Iglesia posconciliar aprendió esa distinción. Puede dialogar con otra religión sin afirmar que todas las religiones son equivalentes. Puede reconocer valores en una persona que no comparte la fe católica sin convertir esa persona en un enemigo doctrinal. ¿Por qué habría que aplicar un criterio diferente a la masonería?

El viejo fantasma del secreto

Hay otro argumento que conserva mayor fuerza: el secreto. La Iglesia siempre ha observado con desconfianza las asociaciones cuyos miembros asumen compromisos secretos, especialmente cuando esos compromisos podrían entrar en conflicto con sus obligaciones religiosas. No es una objeción completamente absurda. Una organización que exige juramentos, rituales de iniciación y determinados compromisos internos puede suscitar legítimas preguntas sobre la lealtad del miembro. La Iglesia puede preguntarse qué ocurre cuando las obligaciones de la organización chocan con las obligaciones cristianas.

Logia masónica
Logia masónica | Foto: Wichert van der Meulen, CC BY-SA 4.0

Pero incluso aquí hay que evitar caricaturas. No todo secreto es conspiración. Una asociación puede tener rituales privados sin constituir un gobierno paralelo. Una fraternidad puede tener símbolos y ceremonias sin convertirse automáticamente en una amenaza para la Iglesia. La cuestión debería ser qué se exige realmente al miembro y si esas obligaciones contradicen de hecho su conciencia y su fe. Confundir discreción con conspiración es una de las maneras más eficaces de fabricar enemigos.

¿Está equivocada la Iglesia?

No necesariamente. Sería tan simplista afirmar que la Iglesia está equivocada como afirmar que la masonería es necesariamente incompatible con el catolicismo porque Roma lo dice.

La verdadera cuestión debería ser mucho más exigente: ¿qué principios concretos de la masonería contemporánea son incompatibles con la doctrina católica? Si una organización sostiene una concepción relativista de la verdad religiosa incompatible con la revelación cristiana, la objeción católica tiene fundamento. Si exige compromisos incompatibles con la pertenencia eclesial, existe un problema real. Si pretende sustituir la fe religiosa por una especie de religión universal de mínimos, también.

Pero si la Iglesia condena indiscriminadamente toda pertenencia masónica, independientemente de las diferencias doctrinales y prácticas existentes entre las distintas organizaciones, entonces su posición empieza a parecer menos una evaluación teológica contemporánea que la conservación de una memoria institucional.

Un enemigo que quizá necesita ser actualizado

La cuestión, en definitiva, no consiste en pedir a la Iglesia que abandone sus reservas frente a la masonería ni en presentar a esta como una suerte de cristianismo incomprendido. Se trata de algo mucho más preciso: ¿puede una Iglesia que reivindica haber aprendido con el Concilio Vaticano II seguir juzgando a la masonería contemporánea con categorías que, al menos en parte, fueron forjadas en los conflictos políticos, culturales y religiosos de los siglos XVIII y XIX?

La respuesta exige algo más que repetir una prohibición. Exige estudiar la masonería real del siglo XXI, distinguir organizaciones, analizar sus rituales y documentos, identificar sus concepciones de Dios, verdad, revelación y moral, y determinar cuáles son realmente incompatibles con la fe católica. Porque si la Iglesia quiere dialogar con el mundo moderno, tendrá que aprender también a dialogar —o al menos a discutir racionalmente— con sus viejos adversarios.

De lo contrario, corre el riesgo de algo bastante poco evangélico: seguir combatiendo enemigos que quizá ya no existen.

Y una institución que presume de custodiar la verdad debería ser especialmente cuidadosa con una cosa: no confundir la verdad con sus propios fantasmas históricos.

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