In Memoriam: José María Guibert Ucín, SJ (1962-2026), un buscador constante, un hombre con visión que no quería quedarse en la superficie
"Sesenta y tres años no es edad para marcharse, y menos todavía cuando la enfermedad llega así: rápida, dura, implacable, cambiando el paso de la vida de una manera tan brusca"
Cuesta mucho decir adiós a Josemari. Y cuesta porque no despedimos solo a un jesuita, a un compañero de misión, a un hijo, a un hermano o a un tío. Despedimos a una persona querida. Y cuando se nos va alguien querido, duele el corazón; nos duele de verdad. Sesenta y tres años no es edad para marcharse, y menos todavía cuando la enfermedad llega así: rápida, dura, implacable, cambiando el paso de la vida de una manera tan brusca.
Josemari, arraigado en una honda y comprometida identidad jesuita, consagró su vida a Deusto con una mirada lúcida y prospectiva, una entrega incansable y una notable capacidad de escucha. Durante su etapa de rector (2013-2023), su constante afán de superación institucional le llevó a impulsar, con firmeza y discernimiento, aquellas iniciativas que juzgaba beneficiosas para la Universidad y el conjunto de su comunidad académica. Su extraordinaria capacidad de trabajo le permitió, asimismo, proseguir una fecunda labor intelectual, plasmada en sus aportaciones sobre liderazgo ignaciano, en la profundización de la figura de San Francisco Javier.
Si tuviéramos que resumir su vida, en una palabra, quizá podríamos decir precisamente esa: Pasión.
Josemari fue un hombre de pasiones hondas, de convicciones vividas, de búsquedas sinceras. Ante todo, tuvo una pasión por el Dios de Jesucristo; ahí estaba su raíz, su energía interior y la fuente de su esperanza. Tuvo también una pasión por la vocación y por la misión de la Compañía de Jesús. Amó profundamente la pedagogía ignaciana y el modo de proceder de la Compañía.
A Josemari le gustaba decir que hay una gracia especial cuando uno puede entregarse a aquello que ama y descubrir ahí su lugar, su servicio, su plenitud. Quienes convivimos con él sabemos que no hablaba de la misión como de una carga, sino como de una llamada que daba sentido y que ensanchaba la vida.
Tuvo, además, una pasión por el camino, por el viaje, por la peregrinación. Y también por el saber, por comprender, por ir más allá. Fue un buscador constante, un hombre con visión que no quería quedarse en la superficie, sino discernir, explorar y abrir caminos. Y, por supuesto, tuvo una pasión por su familia. Y junto a esas grandes pasiones, estaban también las pequeñas, esas que hacen una vida reconocible y entrañable: su gusto por las matemáticas y los números; su capacidad de jugar y de disfrutar, y también su fidelidad a la Real Sociedad, incluso después de tantos años en Bilbao. Todo eso también era Josemari.
Su lealtad inquebrantable, su mirada esperanzada hacia el futuro y su firme compromiso con la mejora continua constituyen un estímulo permanente en el desarrollo de nuestra misión, tan exigente como inspiradora.
En las últimas semanas, Josemari nos dio una última lección: aceptar con humildad que, al final, lo más importante no es lo que uno hace o construye, sino el amor recibido y entregado. Solo eso permanece. Ha concluido su camino terreno, habiéndolo dado todo; quizás no todo lo que habríamos querido compartir aún con él, pero sí todo lo que, en este tramo de su vida, ha podido dar. Y eso, ante Dios, basta, porque Dios no nos mide por lo que faltó, sino por el amor con que vivimos.
Homilía del Rector en el funeral de José María Guibert, en la Basílica de Loiola (Azpeitia), el 27 de abril de 2026, a las 19.00.
Queridos compañeros jesuitas, querida familia de Josemari, queridos amigos y amigas: Cuesta mucho decir adiós a Josemari. Y cuesta porque no despedimos solo a un jesuita, a un rector, a un compañero de misión, a un hijo, a un hermano, a un tío. Despedimos a una persona querida. Y cuando se nos va alguien querido, duele el corazón. Nos duele de verdad.
Hace unas semanas su hermano Rafa me compartía el último encuentro de Josemari con su madre, en Donostia. Una despedida profundamente conmovedora. Una despedida de las que se quedan grabadas. Y pensaba que, de algún modo, ahí hubo también una última lección, una última misión: dejarse querer, agradecer, despedirse en paz. Aceptar con humildad que, al final, lo más importante no es lo que uno hace, ni lo que uno construye, ni siquiera lo que uno deja hecho, sino el amor recibido y entregado. Solo eso permanece.
Por eso hoy estamos aquí con el corazón encogido. Porque humanamente sentimos que esto ha sucedido demasiado pronto. Sesenta y tres años no son edad para marcharse. Y menos todavía cuando la enfermedad llega así, rápida, dura, implacable, obligando al silencio, recortando fuerzas, cambiando el paso de la vida de una manera tan brusca.
Y, sin embargo, en medio de esta herida, la Palabra de Dios nos pone delante las bienaventuranzas. No como una frase bonita, no como un consuelo fácil, sino como una verdad que cuesta creer y que, precisamente por eso, necesitamos escuchar hoy: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.”
Hoy esa palabra no elimina nuestro dolor, pero sí lo abraza. Jesús no nos dice: “No lloréis”. Nos dice: vuestro llanto no es inútil, vuestro dolor no está vacío, vuestra pena no cae en el vacío de un universo indiferente. Dios está presente. Hoy no venimos solo a llorar la muerte de Josemari. Venimos también a dar gracias por su vida. Por el jesuita que fue. Por la persona que compartió camino con nosotros. Por el hombre que se dejó apasionar por Dios y por la misión.
Si tuviéramos que resumir su vida en una palabra, quizá podríamos decir precisamente esa: pasión. Josemari fue un hombre de pasiones hondas, de convicciones vividas, de búsquedas sinceras.
Ante todo, tuvo una pasión por el Dios de Jesucristo. Ahí estaba su raíz. Ahí estaba su energía interior. Ahí estaba la fuente de su esperanza. No vivía desde un optimismo ingenuo, sino desde una confianza creyente. Sabía, como decía san Francisco Javier en unas palabras que a él le gustaba recordar, que esta vida no termina aquí, y que mirar la vida eterna da luz para vivir esta vida de otro modo.
También resuenan hoy aquellas palabras del padre Arrupe sobre el cristiano: que, frente al mundo y sus problemas, no es un pesimista, sino alguien que trabaja, se esfuerza y espera contra toda esperanza. Creo sinceramente que Josemari vivió así. Con realismo, sí. Con tensiones, también. Pero en el fondo, sostenido por una confianza profunda en el Dios de la Vida.
Tuvo también una pasión por la vocación y por la misión de la Compañía de Jesús. Amó profundamente esta vocación. Amó la misión encomendada. Amó la pedagogía ignaciana. Amó el modo de proceder de la Compañía. Y amó especialmente la figura de san Francisco Javier, en quien encontraba no solo un personaje admirable, sino una llamada viva a renovar la propia fe y la propia vida.
A Josemari le gustaba decir que hay una gracia especial cuando coinciden la vocación personal y la misión recibida; cuando uno puede entregarse a aquello que ama y descubrir ahí su lugar, su servicio, su plenitud. Él vivió mucho de eso. Y quienes convivimos con él sabemos que no hablaba de la misión como de una carga, sino como de una llamada que daba sentido, una llamada que alegraba, una llamada que ensanchaba la vida.
Tuvo una pasión por el camino, por el viaje, por la peregrinación. No solo en sentido físico, aunque también; sino en el sentido más hondo de quien entiende la vida como camino interior, como búsqueda, como disponibilidad, como salida. Quizá por eso se sintió tan atraído por Javier: porque reconocía en él a un creyente en camino, a un hombre llevado por un fuego interior que lo empujaba siempre un poco más allá.
Tuvo además una pasión por el saber, por comprender, por ir más allá. Fue un buscador constante. Un hombre con visión. No siempre cómodo. A veces eso genera tensiones, porque quien mira lejos no siempre coincide con la mirada de todos. Pero también ahí había verdad: Josemari no quería quedarse en la superficie. Quería discernir, explorar, abrir caminos. Y, en el fondo, creo que lo hacía porque confiaba en que Dios sigue trabajando la historia y sigue abriendo posibilidades.
Y, por supuesto, tuvo una pasión por su familia. En estos días se ha hecho todavía más visible cuánto la quería y cuánto era querido. Ahí estaba una parte muy honda de su corazón.
Y junto a esas grandes pasiones, estaban también las pequeñas, esas que hacen una vida reconocible, concreta, entrañable: su gusto por las matemáticas y los números; su capacidad de jugar, de inventar, de disfrutar; sus juegos de pistas; y también, cómo no, su fidelidad a la Real Sociedad, incluso después de tantos años en Bilbao. Todo eso también era Josemari. Y recordarlo nos arranca quizá una sonrisa entre lágrimas. Y esa sonrisa también es un modo de dar gracias.
Las bienaventuranzas nos regalan hoy otra palabra que puede ayudarnos a comprender su vida: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. No significa personas perfectas. Significa personas unificadas, personas que, con sus luces y sus sombras, viven orientadas hacia lo esencial. Creo que Josemari fue un hombre así: con búsquedas, con intensidad, con límites como todos, pero con un corazón sinceramente orientado hacia Dios y hacia el servicio.
Hoy, ante su muerte, podemos sentir que su vida ha quedado cortada, que algo ha quedado a medio hacer, que el tejido se ha interrumpido demasiado pronto. A nosotros nos lo parece. Y es normal que nos lo parezca. Pero la fe nos invita a mirar de otro modo. No desde la lógica de lo inacabado, sino desde la confianza en que, para Dios, una vida no se mide solo por su duración, sino por su entrega.
Josemari ha concluido su camino terreno. Y lo ha hecho, como decía Rafa, habiéndolo dado todo. No todo lo que habría querido quizá. No todo lo que nosotros habríamos querido compartir aún con él. Pero sí todo lo que, en este tramo de su vida, ha podido dar. Y eso, ante Dios, basta. Porque Dios no nos mide por lo que faltó, sino por el amor con que vivimos.
Y esto también nos interpela a nosotros. Porque una muerte así, tan cercana, tan temprana, tan dolorosa, no solo nos entristece: también nos despierta. Nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo con nuestra vida, qué es lo esencial, qué permanece de verdad. Nos recuerda que no vivimos para retener, acumular o aparentar, sino para amar y servir.
No busquemos solo a Josemari en la ausencia que hoy nos pesa. Busquémoslo también en la huella que deja, en el bien sembrado, en la pasión compartida, en la memoria agradecida, en esta Eucaristía donde la muerte no tiene la última palabra. Porque en la eucaristía aprendemos que perder no siempre es desaparecer, y que morir no es caer en la nada, sino pasar, en Cristo, a la vida plena.
Señor, hoy te devolvemos agradecidos a Josemari.
Te devolvemos su libertad, su memoria, su entendimiento y toda su voluntad. Te devolvemos su pasión, su trabajo, su servicio, su búsqueda, su amor.
Tú lo conocías mejor que nosotros. Tú lo amabas más que nosotros.
Recíbelo en tu paz.
Y a nosotros, que seguimos caminando entre lágrimas y esperanza,
danos tu amor y tu gracia.
Que eso nos baste.
Que eso nos sostenga.
Que eso nos siga guiando en toda nuestra vida.
Goian bego. Descanse en paz.
