“Ver todas las cosas nuevas en Cristo” que “hace nuevas todas las cosas” Los jesuitas: De Pedro Arrupe a Arturo Sosa

De Pedro Arrupe a Arturo Sosa
De Pedro Arrupe a Arturo Sosa

"Qué significò para los jesuitas, inmersos en un profundo e intenso proceso y proyecto de renovación, bajo el creativo y esperanzador liderazgo del P. Arrupe, la brusca, inesperada y fre-nadora intervención del recién nombrado Papa Juan Pablo II, al poner un Delegado suyo para gobernar y orientar a los jesuita"

John W. O¨Malley, S.J., en Los Jesuitas. Una historia de Ignacio al presente y Gianni La Bella: Los Jesuitas. Del Vaticano II al Papa Francisco

Estos dos testimonios muestran claramente cuàn dolorosa y dramática fue para el P. Arrupe y los jesuitas aquella incomprensible y desconcertante “intervenciòn” papal de la Compañìa de Jesùs

I. Un vasco nos fundò y otro nos renovò: La era Arrupe (1965-1983)

II. El interregno papal: Paolo Dezza y Giuseppe Pitau (1981-1983)

III. La estabilidad nórdica: Los 25 años de Peter-Hans Kolvenbach (1983-2008)

IV. Ver profundo y mirar lejos: Los años de Adolfo Nicolàs (2008-2016)

V. Las Preferencias Apostòlicas: el actual Arturo Sosa (2016- )

El capìtulo correspondiente a la era Arrupe (1965-1983), de màxima importancia y de renovadoras consecuencias hasta hoy, ya ha sido mínimamente tratado, evaluado y publicado en Religiòn Digital.

El P Urbano Valero, activo y cercano colaborador de Arrupe, en El Proyecto de Renovaciòn de la Compañìa de Jesùs (1965-2007), nos dice que en ese proyecto de renovación de los jesuitas, la era Arrupe (1965-1983) fue “arranque, apertura, seguimiento, confirmaciòn y profundizaciòn”.

Los jesuitas

El P. John W. O'Malley, S.J., decano de los historiadores jesuitas, en Los jesuitas. Una historia de Ignacio al presente nos dice que la era Arrupe fue guiada y orientada por “un hombre de antecedentes cosmopolitas y amplia experiencia, la clase de hombre necesitado para guiar a los jesuitas en aquellos inciertos años de finales de los 60 y 70”.

Gianni La Bella, historiador y profundo conocedor de la vida y obra del P. Arrupe, en Los jesuitas. Del Vaticano II al Papa Francisco, nos dice que, a lo largo de aquellos años difìciles e inciertos, “providencialmente, estaba entonces al frente de la Compañía el padre Pedro Arrupe, quien, por su profunda, riquísima y contagiosa espiritualidad, su liderazgo fuertemente inspirado, su adhesión sin fisuras ni rebajas a los principios vitales del carisma ignaciano, a lo que se añadía el elevado crédito moral sobre la gran mayoría de sus compañeros para poder exigirles lo mismo” (p. 18).

Veamos a continuación algo de lo que significò para los jesuitas, inmersos en un profundo e intenso proceso y proyecto de renovación, bajo el creativo y esperanzador liderazgo del P. Arrupe, la brusca, inesperada y fre-nadora intervención del recién nombrado Papa Juan Pablo II, al poner un Delegado suyo para gobernar y orientar a los jesuitas hasta el nombramiento del sucesor del P. Arrupe, gravemente enfermo y bajo severo e inmerecido cuestionamiento papal.

El interregno papal: Paolo Dezza y Giuseppe Pitau (1981-1983)

Para tratar de entender y evaluar el “por què” y el “para què”, de esta innecesaria intervención papal en el gobierno y orientación de los jesuitas, les compartirè algo del “còmo” ocurrió, segùn el informado parecer de dos autorizados historiadores de la misma: el P. John W. O¨Malley, S.J. y Gianni La Bella.

Paolo Dezza

John W. O'Malley, S.J., enLos Jesuitas. Una historia de Ignacio al presente

“El 7 de agosto de 1981, Arrupe sufrió un severo infarto cerebral, del cual pronto se supo que nunca se recuperarìa. Las Constituciones estipulan, ante tal eventualidad, que un vicario condujera el gobierno hasta que la Congregaciòn General eligiera al nuevo general.

El 6 de octubre de 1981 cayò la bomba. El Papa Juan Pablo II informó a los jesuitas que no podrían celebrar una nueva Congregaciòn General hasta que èl lo aprobara, y, màs chocante, que èl había nombrado su propio vicario en sustitución de Vincent O”Keefe, vicario designado por Arrupe.

La acciòn papal, completamente inesperada, sobrecogió a los jesuitas y los llenò de confusión y temor ante lo que podría significar para la Compañìa la decisión papal: ¿Era, tal vez, el preludio de otra supresión papal de la Orden?

Como su vicario, el Papa escogiò a Paolo Dezza, experimentado y reconocido Jesuita italiano. De manera firme y gentil, èl guiò a la Compañìa y fue eliminando los peores miedos. Fue capaz de convencer al Papa que la Compañìa no era un explosivo centro de rebelión, como la habían configurado ante èl sus enemigos.

En algo màs de un año, el Papa diò permiso para la convocaciòn de una Congregaciòn General que eligiera a un nuevo General y asì devolverle a la Compañìa su normal modo de gobierno. La crisis, aunque severa, fue de corta duración” (pp. 106-107).

La Bella

Gianni La Bella: Los Jesuitas. Del Vaticano II al Papa Francisco.

“Wojtyla decide hacer pública una de las decisiones más difíciles de su pontificado: la «intervención» de la Compañía de Jesús, con el nombramiento de Paolo Dezza como su «delegado personal», con la tarea de supervisar «el gobierno de la Compañía, hasta la elección del nuevo prepósito general», ayudado en esta obra por el padre Giuseppe Pittau. Dos jesuitas «moderados» y no contaminados por las audacias de la era Arrupe.

El 5 de septiembre recibe el general el alta médica y se le traslada a la enfermería de la Curia de Borgo S. Spirito. Casaroli solicita verle el 6 de octubre. Es un encuentro difícil y doloroso. El Secretario de Estado desea hablar personalmente con el general sin testigos.

El enfermero que le asiste, el hermano Rafael Bandera, se opone firmemente, diciendo que no puede dejar solo al enfermo. Casaroli le informa de que el papa ha decidido confiar a un delegado suyo el gobier-no de la orden, hasta la elección del nuevo prepósito general.

La que se desarrolla en la cuarta planta de la Curia es una escena dramática. Arrupe llora, no consigue expresarse ni comunicar sus sentimientos. Casaroli se encuentra en una situación embarazosa, por-que no comprende lo que Arrupe intenta decirle. O’Keefe, que se en-cuentra del otro lado de la puerta, se siente desautorizado…” (p. 136)

Estos dos testimonios muestran claramente cuàn dolorosa y dramática fue para el P. Arrupe y los jesuitas aquella incomprensible y desconcertante “intervenciòn” papal de la Compañìa de Jesùs, tan alabada y reconocida por los papas anteriores.

(Continuará)

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