Juan José Tamayo, 80 años de teología a la intemperie y sin dejarse domesticar
Juan José Tamayo cumple 80 años sin haber pedido permiso, sin haber rebajado una coma de su compromiso con los pobres y sin haberse casado con ningún poder, eclesiástico, político o académico. Muertos José María Castillo y José Ignacio González Faus, queda como uno de los pocos grandes teólogos progresistas españoles que sigue levantando la voz con rigor, con memoria y con una libertad que continúa escociendo a quienes preferirían una teología domesticada, dócil y de gabinete.
El teólogo que no se dejó domesticar
Hay teólogos de despacho, teólogos de sacristía, teólogos de púlpito y teólogos de corte. Y luego están los teólogos de intemperie. Juan José Tamayo pertenece a esta última estirpe. La de quienes piensan desde la herida de la historia, desde los márgenes de la Iglesia, desde las víctimas de los sistemas y desde esa pregunta evangélica que nunca deja dormir tranquilo a nadie: “¿Dónde está tu hermano?”.
Nació en Amusco, Palencia, en 1946. Cumple ochenta años con una obra inmensa a sus espaldas -más de setenta títulos-, dos doctorados, uno en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y otro en Filosofía por la Autónoma de Madrid, décadas de docencia, presencia internacional, diálogo interreligioso y una fidelidad a prueba de presiones.
Pero reducirlo a un currículo sería una manera demasiado pobre de contar su vida. Tamayo no ha sido importante por la cantidad de libros publicados, sino por las preguntas que se ha atrevido a formular cuando otros guardaban silencio por miedo a las jerarquías.
Nunca se ha acomodado a la teología de salón ni a la religión entendida como refugio de certezas. Ha preferido una teología que se manche las manos con la realidad, con los pobres, con las mujeres relegadas en la Iglesia, con las culturas silenciadas, con los pueblos colonizados, con las religiones tratadas como enemigas y con las víctimas de las nuevas idolatrías económicas y políticas.
En un país donde la teología crítica fue frecuentemente considerada sospechosa, Tamayo mantuvo su rumbo. No se dejó encerrar en una etiqueta. Ha sido teólogo de la liberación, sí; pero también ha abierto la reflexión al feminismo, al pluralismo religioso, a la interculturalidad, a la descolonización del pensamiento cristiano y al diálogo con el islam.
Su propuesta de una teología intercultural e interreligiosa de la liberación ha marcado una de las aportaciones más originales del pensamiento teológico europeo de las últimas décadas.
La teología de Tamayo no parte de una idea abstracta de Dios. Parte de los cuerpos heridos por la injusticia y de la convicción de que el Dios de Jesús no se instala cómodamente entre los poderosos. El Evangelio, para Tamayo, no es un conjunto de respuestas tranquilizadoras, sino un proyecto radical de fraternidad. Y esa radicalidad no es sinónimo de sectarismo, sino de volver a la raíz. A la raíz de Jesús de Nazaret, a la raíz de las bienaventuranzas, a la raíz de la comunidad de iguales que soñó el primer movimiento cristiano.
La fidelidad a los pobres
Tamayo ha permanecido siempre fiel a la teología de los pobres. No de los pobres convertidos en imagen piadosa o en coartada retórica, sino de los pobres como sujetos de dignidad, de historia, de palabra y de transformación. Ésa es una de las constantes de su trayectoria: que el cristianismo no puede seguir hablando de Dios sin hablar de quienes han sido expulsados de la mesa.
En su pensamiento, la pobreza no es inevitable ni querida por Dios. Es una injusticia histórica. Y, por ello, la fe no puede limitarse a consolar a quienes la padecen; debe ayudar a desmontar los mecanismos que la producen. Ésa fue la gran intuición de la teología de la liberación latinoamericana, y Tamayo la tradujo al contexto europeo sin perder el vínculo con los pueblos del Sur global.
Su presencia durante años al frente de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Ignacio Ellacuría de la Universidad Carlos III de Madrid fue muy significativa. No era una cátedra para cultivar teologías etéreas, sino un espacio de pensamiento crítico, diálogo plural y compromiso con la justicia. Llevar el nombre de Ellacuría -jesuita, filósofo, rector de universidad y mártir asesinado en El Salvador- era ya toda una declaración de principios.
Tamayo ha insistido en que la teología necesita escuchar a quienes normalmente no son escuchados. Las mujeres, los empobrecidos, los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes, los migrantes, las víctimas de la guerra, los descartados por el mercado, quienes viven otras religiones y quienes no encuentran sitio en las estructuras eclesiales.
Su reflexión no ha tratado a esas personas como destinatarias pasivas de una doctrina, sino como interlocutoras y portadoras de experiencia espiritual y sabiduría liberadora.
Ésa es quizá su mayor coherencia, la de no hacer de los pobres un tema, sino un lugar teológico. Es decir, reconocer que desde abajo se ve de otra manera; que las víctimas desenmascaran las mentiras de los vencedores; que el dolor humano no permite teologías tranquilas; y que la fe, si quiere ser fiel a Jesús, tiene que tomar partido.
No es extraño que su último gran impulso editorial, Cristianismo radical, haya sido prologado por Leonardo Boff. El libro recupera el carácter liberador del movimiento de Jesús frente a las versiones clericales, autoritarias o acomodaticias del cristianismo.
Tamayo no propone regresar a un pasado idealizado. Propone rescatar el nervio subversivo del Evangelio, la fraternidad frente al privilegio, la compasión frente al dogmatismo, la mesa compartida frente al culto vacío y la justicia frente a la religión convertida en anestesia social.
Perseguido, pero no silenciado
No se llega a los ochenta años con una trayectoria como la de Tamayo sin pagar un precio. Y él lo ha pagado. La jerarquía lo vigiló, lo investigó, lo amonestó y trató de cercar su palabra. En los años de la restauración conservadora de Juan Pablo II y del cardenal Joseph Ratzinger, muchos teólogos que seguían la estela del Vaticano II y de la liberación conocieron el rigor de una Iglesia que prefería controlar antes que dialogar.
Tamayo fue uno de ellos. La incomodidad que provocaban sus escritos -en particular sus posiciones críticas ante determinados procesos de canonización, su denuncia del integrismo y su defensa de una Iglesia más fiel a las víctimas que a sus privilegios- acabó llegando a Roma. Él mismo ha recordado cómo se abrió una investigación sobre su persona y cómo recibió con amargura el endurecimiento represivo contra la libertad de pensamiento, de investigación y de expresión teológica.
No es difícil imaginar el clima. Se podía hablar de caridad, pero no demasiado de estructuras de pecado. Se podía hablar de evangelización, pero no de liberación. Se podía hablar de los pobres, pero no de la pobreza como consecuencia de un sistema económico. Se podía hablar de comunión, pero no de pluralismo; de obediencia, pero no de conciencia; de tradición, pero no de reforma.
Tamayo no se convirtió, por ello, en un resentido. Esa es una de sus grandezas. No abandonó la teología ni renunció a la Iglesia como espacio de lucha, esperanza y memoria evangélica. En vez de refugiarse en la queja, siguió escribiendo, enseñando, dialogando y creando plataformas de pensamiento. Luchó a fondo para hacerse un sitio al sol de la Teología, no para asegurarse una cátedra de privilegio, sino para garantizar que la voz crítica no fuese expulsada del todo de la conversación eclesial y pública.
La persecución no lo amansó. Al contrario, le confirmó que la teología tiene sentido cuando incomoda a quienes se sienten propietarios de Dios. No hay teología de la liberación sin conflicto, porque no hay liberación sin tocar intereses. Quien critica el poder eclesiástico cuando se separa del Evangelio, quien denuncia el capitalismo cuando fabrica exclusión, quien defiende la igualdad de las mujeres, quien dialoga con el islam y quien cuestiona los nacionalismos religiosos sabe que no recibirá aplausos de los guardianes de la ortodoxia.
Todavía hoy, la derecha ultraconservadora le niega el pan y la sal. Lo descalifica, intenta reducirlo a una caricatura, lo acusa de todo aquello que la izquierda eclesial suele recibir como insulto: relativista, marxista, progresista, modernista, enemigo de la Iglesia.
Son etiquetas útiles para evitar el debate. Porque discutir con Tamayo exige responder a preguntas molestas: ¿de qué lado está la Iglesia cuando los pobres son descartados? ¿Por qué hay tanta resistencia al reconocimiento pleno de las mujeres? ¿Por qué algunos cristianos se sienten más cómodos con el poder que con el Evangelio? ¿Por qué se bendicen políticas de exclusión en nombre de Dios?
La teología de no casarse con nadie
Una de las claves de Tamayo ha sido no casarse con nadie. Ni con las jerarquías, ni con los partidos, ni con los movimientos sociales, ni siquiera con las propias etiquetas que podían garantizarle una tribu confortable. Ha mantenido una independencia intelectual poco habitual en un mundo donde tantos se aferran a una sigla, a un cargo, a una escuela o a un protector.
No ha sido un teólogo de consignas. Ha dialogado con la modernidad, con la secularización, con los feminismos, con el pensamiento poscolonial, con las religiones no cristianas y con la crítica social. Ha sido capaz de aprender de la teología latinoamericana sin copiarla mecánicamente; de defender la tradición cristiana sin blindarla frente a las preguntas contemporáneas; de sostener la esperanza sin negar la gravedad del presente.
Su enorme producción bibliográfica revela esa capacidad de moverse sin perder el norte. Para comprender la teología de la liberación alcanzó una amplia difusión y se convirtió en obra de referencia. Islam. Cultura, religión y política abrió un camino de comprensión en un tiempo de estereotipos y choques identitarios. Otra teología es posible articuló pluralismo religioso, interculturalidad y feminismo. Y Teologías del Sur. El giro descolonizador prolongó su mirada hacia las voces y saberes que Europa ha marginado durante siglos.
No casarse con nadie ha tenido un coste en su vida. La independencia no suele ser rentable. Los poderes prefieren colaboradores previsibles. Las instituciones se sienten más tranquilas con intelectuales que saben hasta dónde pueden llegar. Los bandos políticos agradecen voces que repitan el guion.
Tamayo nunca fue de ésos. Por eso ha podido criticar al integrismo católico, pero también la banalización de la religión; cuestionar el neoliberalismo, pero también el dogmatismo de ciertas izquierdas; defender el diálogo interreligioso, pero sin ocultar las dinámicas patriarcales, violentas o excluyentes que pueden darse en todas las tradiciones.
Su pensamiento no se deja reducir a una coartada partidista. Pertenece a la tradición de quienes entienden que la teología no puede renunciar a la razón crítica. Una teología que no pregunta deja de ser teología y se convierte en repetición. Una Iglesia que no escucha a sus críticos termina oyéndose sólo a sí misma.
Contra el cristoneofascismo
A sus ochenta años, Tamayo no ha optado por la melancolía ni por el retiro. Sigue mirando de frente a los peligros del presente. Y pocos son tan graves como la instrumentalización de la religión por parte de los nuevos fascismos. En su reciente libro Política y religión, publicado por Tirant Lo Blanch, analiza precisamente la alianza entre la extrema derecha política, social y cultural y las corrientes cristianas fundamentalistas e integristas.
Tamayo ha acuñado una palabra tan incómoda como necesaria: cristoneofascismo. Con ella denuncia una nueva religión política que utiliza símbolos, textos bíblicos, identidades religiosas y discursos morales para justificar políticas antiinmigrantes, belicistas, autoritarias y antisolidarias.
No es una exageración retórica. Es la constatación de que, en numerosos países, la extrema derecha busca revestirse de legitimidad sagrada y ciertos sectores cristianos le ofrecen esa coartada.
“Ha surgido una nueva religión con cada vez más seguidores: el cristoneofascismo”, ha advertido Tamayo. Lo define como “la alianza y la complicidad entre la extrema derecha política, social y cultural” y los movimientos cristianos fundamentalistas, tanto en ámbitos evangélicos como católicos integristas.
La denuncia llega en un momento particularmente oportuno. El cristianismo se está utilizando en demasiados lugares como arma identitaria. Se invoca la cruz para cerrar fronteras, se habla de “civilización cristiana” para despreciar al extranjero, se manipulan versículos para bendecir la guerra, se presenta la defensa de la familia como excusa para recortar derechos y se convierte la fe en un ariete contra la pluralidad democrática.
Tamayo no se limita a denunciar una deriva política. Va a la raíz teológica del problema. Cuando la religión se pone al servicio del poder, deja de ser Evangelio. Cuando el cristianismo protege privilegios, desprecia a los débiles o convierte al diferente en enemigo, traiciona a Jesús de Nazaret. Y cuando algunos líderes políticos se presentan como defensores de Dios mientras alimentan el odio y la exclusión, no están defendiendo la fe: están secuestrándola.
En una reciente entrevista, Tamayo definía a Donald Trump y Benjamín Netanyahu como “teólogos del neofascismo”, por la lectura belicista, antiinmigrante y antisolidaria que realizan de los textos bíblicos. Es una afirmación provocadora, sí, pero la provocación no es el objetivo. El objetivo es arrancar la religión de las manos de quienes la usan como instrumento de dominación.
La teología de Tamayo sigue siendo, por tanto, profundamente política, pero no partidista. Política porque se ocupa de la polis, de la convivencia, de la justicia, de las víctimas, de la paz y del futuro en común. Y religiosa porque se niega a aceptar que Dios sea patrimonio de quienes mandan.
La llama de Juan XXIII
Si hay un lugar donde Tamayo ha hecho visible esta manera de entender la teología es la Asociación de Teólogas y Teólogos Juan XXIII. Cofundador y secretario general de la entidad, ha mantenido viva durante décadas la llama de los Congresos de Teología, uno de los pocos espacios estables de pensamiento cristiano crítico que quedan en España.
No es poca cosa. En un país donde el debate religioso ha quedado con frecuencia atrapado entre el clericalismo y el anticlericalismo, los congresos de la Asociación Juan XXIII han creado un espacio plural de encuentro. Por ellos han pasado teólogos y teólogas, biblistas, filósofos, activistas sociales, defensores de los derechos humanos, representantes de otras religiones y personas no creyentes preocupadas por la justicia.
Tamayo ha entendido que la teología no puede encerrarse en las facultades ni hablar sólo para especialistas. Tiene que salir a la plaza, dialogar con la cultura, escuchar el sufrimiento social y ofrecer herramientas para interpretar la realidad. Por eso su voz es una de las pocas voces teológicas que todavía se escucha en los foros laicos y en la prensa generalista.
No habla desde una burbuja confesional. Cuando interviene en medios, universidades, congresos o debates ciudadanos, no pretende imponer un catecismo. Lleva a la conversación pública una mirada ético-teológica sobre problemas que nos afectan a todos: el auge del fascismo, la violencia religiosa, el racismo, la desigualdad, el colonialismo, las migraciones, los derechos de las mujeres, la crisis ecológica y la convivencia intercultural.
Esa presencia pública explica parte de su prestigio. Tamayo no es sólo un autor de biblioteca. Es un intelectual creyente que ha sabido convertir la teología en una palabra inteligible para quienes no comparten necesariamente su fe. Y eso, en un tiempo de secularización, es una forma de misión más honesta que muchos discursos episcopales propagandísticos.
Uno de los últimos
La muerte de José María Castillo y de José Ignacio González Faus dejó a la teología progresista española más huérfana. No porque no existan teólogos y teólogas valiosos -los hay, y muchos-, sino porque escasean las figuras de referencia capaces de combinar formación, obra escrita, reconocimiento internacional, presencia pública y libertad crítica sostenida durante décadas.
Tamayo es uno de los pocos que quedan de esa generación. Y, sin embargo, sería injusto describirlo sólo como un superviviente. No es la sombra de una época pasada, ni el último guardián de un posconcilio que se apaga. Es un pensador activo, atento a los cambios de paradigma y dispuesto a revisar las categorías de la teología desde las voces del Sur, el feminismo, la interculturalidad y los nuevos desafíos globales.
A los ochenta años, sigue escribiendo. Sigue hablando. Sigue provocando. Sigue molestando. Sigue convocando. Y sigue creyendo que otra Iglesia y otro mundo son posibles, no por ingenuidad, sino porque la resignación nunca ha sido virtud evangélica.
Cumple ochenta años con el cuerpo quizá más cansado, pero con la cabeza lúcida y el corazón intacto. La derecha eclesiástica puede seguir negándole el pan y la sal. Puede intentar silenciarlo con descalificaciones o encerrarlo en caricaturas. Pero ya no puede borrar su lugar en la historia de la teología española.
Juan José Tamayo se ha ganado ese lugar a pulso con libros, con clases, con congresos, con polémicas, con riesgos y con una rara fidelidad a la libertad. La libertad de quien no se casó con nadie porque eligió casarse con una causa, la del Dios de los pobres, la de la dignidad de los excluidos y la de la esperanza de una humanidad más fraterna. La Iglesia española le debe un gran homenaje público, que nunca le hará, pero tiene el de tantos creyentes que alimentaron y agiiornaron su fe con sus libros. ¡Felicidades, maestro!
