Desde la cárcel de Navalcarnero te recordamos, hermano y amigo Francisco
Hoy jueves santo nos reuniremos en la cárcel de Navalcarnero para celebrar la “Ultima cena de Jesús”, nos reuniremos los chavales de la cárcel, como cada año, junto con voluntarios y amigos de parroquias, para poder celebrar la entrega del Jesús, que sin distinciones, nos dice cómo podemos ser felices si somos capaces de amarnos unos a otros. Y haremos también, como hacen en todas las parroquias del mundo, ese gesto sencillo de “lavar los pies”, pero un gesto que en la cárcel tiene sin duda un significado muy especial, y quizás distinto al que tiene en otros sitios y en otras comunidades cristianas. Tiene un significado especial porque en nuestra cárcel nos lavamos los pies unos a otros como gesto de “necesidad común” y porque allí están especialmente los “marginados de los marginados”, y en ellos descubrimos el amor misericordioso y entrañable de un Dios Padre-Madre que en Jesús nos manifiesta toda su debilidad y ternura, pero a la vez toda su grandeza.
Y en nuestra comunidad cristiana de la cárcel de Navalcarnero estará presente con nosotros EL PAPA FRANCISCO, y lo estará como ha estado presente en esta celebración en los últimos años. Francisco cada jueves santo iba a una cárcel a lavar los pies de los presos, y lo hacía no como gesto de bondad, no como gesto “para quedar bien”, sino porque se creía profundamente las palabras que aparecen en el evangelio de San Juan y que Jesús de Nazaret, dice a Pedro: “Si no te lavo no tienes parte conmigo”. Francisco, el papa venido del fin del mundo, no solo hacía suyas esas palabras, sino que se las creía profundamente, y tanto se las creía, que para él ese gesto, me decía en una ocasión, “era el gesto que nos identificaba como cristianos”. Un gesto, que lejos de ser simplemente eso “un gesto”, es una expresión de lo que creemos, una expresión profunda de fe en el Dios que nos quiere a todos, que nos sirve, y que se pone “a nuestros pies”.
Hoy en nuestra cárcel recordaremos especialmente a “nuestro Francisco”, al papa que quiso estar en todas las cárceles, junto a todos los presos, pero que especialmente nos manifestó una especial predilección a nosotros, a los presos de la cárcel de Navalcarnero. Siempre que lo visitaba me terminaba diciendo “cuida a los presos, recuerda que son los preferidos de Jesús”. Y así como en cada Eucaristía de los sábados en la cárcel le recordábamos, y rezábamos por él, hoy, en este nuevo jueves santo, sin su presencia física, le recordaremos desde el corazón, recordaremos sus palabras, recordaremos su cariño, recordaremos su acogida y misericordia para con todos.
En su último jueves santo, el año pasado, él quiso estar también junto a sus presos, en la cárcel de Regina Caeli de Roma, y a pesar de no poder porque su salud ya no se lo permitía, no dejó de estar, y no dejó de “tirar su beso” a todos los presos allí. Quiso pasar su último jueves santo junto “a los preferidos del Señor”, como efectivamente él siempre los llamaba.
Este año, nuestro papa Francisco, “estrena jueves santo”, lo estrena estando ya disfrutando de esa presencia especial llena de vida eterna, junto al Dios de la vida. Pero en ese jueves santo nuevo, Francisco nos seguirá lavando los pies junto al Padre, y nos seguirá diciendo que en la Iglesia “cabemos todos, todos, todos”. Nos seguirá sonriendo y mirando con el cariño del que se sabe amado por un Dios que no hace distinciones para con nadie, sea cual sea su manera de pensar, sentir o vivir, y nos seguirá diciendo a cada uno de nosotros, en el salón de actos de la cárcel de Navalcarnero, donde celebraremos la Eucaristía, que “Dios perdona todo, pero que a veces nosotros nos negamos a pedir perdón”.
La primera vez que lo visité, le dije que yo me había sentido lavar los pies por él, porque “el jefe de la Iglesia”, me había llamado por teléfono tres veces solo para decirme que el testimonio como cura que le había enviado “era sanador”, para decirme que con lo que le contaba, “merecía quemar la vida como cura”
La primera vez que lo visité, le dije que yo me había sentido lavar los pies por él, porque “el jefe de la Iglesia”, me había llamado por teléfono tres veces solo para decirme que el testimonio como cura que le había enviado “era sanador”, para decirme que con lo que le contaba, “merecía quemar la vida como cura”. Y que cuando después me recibió de manera sencilla, como un hermano más, en su sala de estar, me sentí profundamente acogido, acariciado y rehabilitado por el Dios que en él se me hacía presente. Le manifesté que Dios me había lavado los pies desde él, y que igual que la Iglesia me había tratado mal en muchos momentos, ahora me decía a través de él, y de su gesto de humildad hacia mí, que Dios está por encima de todo, por encima de ritos, de ceremonias, de títulos, de poderes….que el Dios de Jesús solo pasa por eso, por lavar los pies.
Y él me dijo que para él ese gesto era el fundamental en la vida de todo cristiano, y que lo hacía siempre, aunque como en otras ocasiones, incluso desde dentro de la propia Iglesia, desde el propio Vaticano, ese gesto no se entendía porque quizás el papa tenía que dedicarse a cosas “de más interés” o de una mayor demostración de su poder. Que el papa no podía “abajarse” de esa manera ante aquellos que habían cometido algún delito y estaban cumpliendo condena. “Cuando llegué al Vaticano, en mi primer jueves santo, propuse ir a una cárcel a lavar los pies a los internos. Y enseguida me dijeron que no podía ser, poco menos que era una barbaridad, incluso que no se podía hacer porque la celebración de San Pedro iba a coincidir con la de la cárcel, y que no habría tiempo”. Según me lo iba diciendo, ponía una expresión de extrañeza. “Yo les dije que era prioritario el ir a la cárcel y lavar los pies a los presos, pero no porque fuera prioritario para mí, sino porque era prioritario para el Jesús del Evangelio”. Ese año lavó los pies a los chavales de la cárcel, y luego a los pocos días le avisaron de ella para decirle que uno de los internos quería ir a visitarlo, y que si él lo aceptaba. “Yo les dije que por mi parte no había problema, si ellos le daban el permiso”. Y así fue, uno de los presos a los que el papa Francisco lavó los pies, fue a visitarlo a su casa de Santa Marta, donde Francisco quiso residir en vez del palacio vaticano, y le llevó unos pies hechos por él mismo. Cuando Francisco le preguntó por esos pies, el interno le confesó: “Son mis pies, Santo Padre, que tanto me impresionó y me emocionó que usted me los lavara hace unos días, que se los traigo hechos en barro para que usted los tenga”. Y el papa los tenía en una mesa, al lado de donde estábamos sentados los dos, en su sala de estar y emocionado me dijo “son mi mejor reliquia”.
En la cárcel de Navalcarnero hacemos también cada año este mismo gesto pero lo hacemos además entre todos. Nos lavamos los pies unos a otros y desde luego que es impresionante cuando algunos de los chavales me lava los pies a mí o a alguno de los voluntarios que los visitamos cada día. Es descubrir, lo que también el papa Francisco me dijo en muchas ocasiones, “que todos nos necesitamos”, que todos somos iguales, que nadie hay mejor ni peor que nadie. Que un preso me lave los pies es reconocer que yo también lo necesito, que yo “no soy el bueno y él es el malo”, que cuando visito a los chavales en Navalcarnero yo no voy a “salvar a nadie”, sino que juntos nos salvamos, y que en cada abrazo que nos damos se nos hace presente el Dios que siempre cuenta con nosotros y está a nuestro lado.
“Por qué ellos sí y yo no”, se preguntaba siempre nuestro papa al entrar a una cárcel, y en esa pregunta humilde estaba el carácter profundo de su sentido evangélico: reconocer que él también necesitaba del perdón y la misericordia de Dios. Que lejos de pensar que él por ser el papa, también necesitaba de la misericordia del Dios Padre-Madre que nos quiere a todos.
Francisco, el papa Francisco, era “el jerarca de la iglesia”, como algunos dicen, pero él entendió su jerarquía no desde la “manzana”, sino desde “el lavar los pies”. El libro del Génesis, en el famoso mito de Adán y Eva, nos dice que el pecado original, el que está en la raíz de todo pecado humano, es precisamente ese: “querer ser como dioses”, y así aparece en el relato “Si comes del fruto, vas a ser como Dios”. Y algunos jerarcas de la Iglesia, así lo creen, su jerarquía y el ejercicio de ella se basa “en lo que yo llamo “la jerarquía de la manzana”. Pero en el evangelio de San Juan, aparece otro modo de ejercer la jerarquía, es lo que yo llamo “la jerarquía del lavar los pies”, esa jerarquía que no la digo yo, sino que la dice el evangelio de San Juan: “si no te lavo, no tienes parte conmigo”. Francisco, nuestro papa, así entendió su jerarquía desde el lavar los pies, y especialmente a aquellas personas más “descartadas y marginadas·” de nuestra sociedad: los presos, los encarcelados, los que son marginados por lo que han hecho, desde aquellos “que nos consideramos buenos e intachables”, al más puro estilo fariseo. Francisco entendió que solo lavando los pies era fiel a Jesús y a su Evangelio, y así ejerció su poder, y no desde la manzana, como por desgracia lo ejercen en ocasiones muchos de nuestros obispos y responsables de nuestras comunidades. Ese es su gran legado, reconocer que solo lavando los pies a los más dejados del mundo es cuando somos fieles a Jesús, y que cuando “comemos la manzana”, por mucho que seamos obispos, llevemos una gran cruz, o seamos curas que cumplen la ortodoxia al pie de la letra, no somos “obispos de Jesús o curas de Jesús”.
En este “nuevo jueves santo” el papa Francisco seguirá yendo a la cárcel, y nosotros le sentiremos muy cerca en la celebración de nuestra cárcel de Navalcarnero, seguiremos escuchando sus palabras, seguiremos viendo su sonrisa,seguiremos sintiendo que nos abraza y a través de él, el mismo Jesús cuando nos lavemos los pies unos a otros, y cuando nos abracemos e incluso lloremos juntos por las diferentes situaciones que estamos viviendo. Y el papa Francisco nos seguirá diciendo que ese gesto de lavar los pies no puede quedarse en un gesto, sino que tiene que ser expresión de todo lo que hagamos en en nuestra cárcel : ayudarnos unos a otros, servirnos, enjugar las lágrimas de los más sufrientes, compartir esperanzas y alegrías juntos y hacernos solidarios en todo lo que nos pase allí cada día. Nos seguirá diciendo nuestro papa Francisco que lavar los pies en la cárcel cada día supone estar pendientes de los más desfavorecidos de los módulos y de los que se sienten más tristes y solos en nuestro Navalcarnero.
Hoy en Navalcarnero sentiremos de nuevo que el papa Francisco se nos agacha “desde el cielo” para lavarnos los pies de nuevo: sentiremos que nos sigue visitando en nuestra cárcel, y que nos sigue invitando a salir de nuestras propias cárceles, de las que tienen grandes barrotes y de las que todos en ocasiones participamos. Nos dirá una vez más que nos cuidemos unos a otros, y que estemos cerca de aquellos presos más desvalidos y necesitados. El papa Francisco de nuevo nos recordará que “estar en Gracia de Dios” significa estar cerca de los más necesitados, y que la comunión con Jesús supone dejarse mirar y perdonar por Él. En la Ultima cena, Judas, el traidor “compartió sito junto a Jesús”, estuvo sentado a su lado y Jesús no solo no lo rechazósino que estuvo con él, a su lado. Y por eso el papa Francisco siempre decía que no podíamos “rechazar a nadie en nombre de Dios”. Solos los fariseos y los escribas, rechazaban al Jesús que se acercaba a los pecadores y publicanos. Y a veces muchos de nuestros “jerarcas” así lo hacen, pero al hacerlo se unen a esos “que creyéndose por buenos” criticaban a Jesús y su cercanía a todos. ¿Quiénes son los buenos” ¿Los que vamos a misa y cumplimos la normas establecidas? Todos necesitamos del perdón y de la misericordia de Dios, y Dios nos acoge a todos, pero nos pide también que nosotros acojamos siempre a los demás y nadie tenemos derecho a juzgar ni a rechazar a nadie “en nombre de Dios”.
Hace unos días tuve la suerte de poder estar junto al papa Francisco, a los pies de su tumba, en la Basílica de Santa María la Mayor en Roma, donde por deseo expreso suyo quiso descansar. En su tumba no estaba a inscripción que aparece en de otros papas o en otros monumentos dedicados a los papas de la historia. En su tumba no pone esa inscripción de “Pontífice Máximo”, sino solo “Franciscus”. Y encima de ella la cruz que simbolizó su manera de entender a Dios: el buen pastor que lleva encima la oveja perdida, esa oveja que nadie quiere, que si se pierde no pasa nada, que pasa desapercibida y marginada para todos, pero que para Jesús de Nazaret, es alguien especial. Esa oveja perdida que significa la expresión del amor sublime, y que para Francisco fueron siempre los presos que llenaban las cárceles. El dolor de los presos era para Francisco su dolor y el propio dolor de Dios.
Y justo al lado de la tumba en esos días, estaba una monja que también marcó la vida del papa Francisco. Una monja, la hermana Genoveva, que estaba y está junto “a esos perdidos y marginados de Roma”, representados en los feriantes y gente de la calle. Esa monja que conquistó desde su sencillez corazón del papa Francisco. La relación con él comenzó a través de una carta que ella escribió a Bergoglio después de su actuación tras el asesinato de una tía suya durante la dictadura argentina, y en el entierro de ella. “La iglesia esta a reventar durante el funeral, pero no había ni un solo representante del obispado”. Cuando el todavía Bergoglio vino a Roma en octubre de 2005 para el sínodo de Obispos, ella le escribió y le dejó su número de teléfono. Entonces Jorge Bergoglio la contesto “gracias hermana por enviarme esta carta, pero quería decirle que no soy ajeno a esta situación y que yo permití que los enterraran ( a los desaparecidos) alrededor de la Iglesia. Pero sor Genoveva no se quedó tranquila y le insistió: “Eso no es suficiente. Tenía que haber estado usted allí en el entierro por la gente que sufrió tanto. La Iglesia tenía que estar presente y no estuvo”. La hermana continúa relatando, que Bergoglio se quedó en silencio un buen momento y luego respondió: “GRACIAS MI HERMANA, ASÍ DEBEMOS HABLARNOS ENTRE HERMANOS Y HERMANAS”. Desde esa humildad que caracterizaba a Bergoglio, el futuro papa Francisco reconoció su error no desde el enfado, no desde el poder, sino desde la fraternidad de poder reconocer lo que la monja le estaba haciendo ver. Cuando después fue elegido papa, Francisco dijo: “Como me gustaría una Iglesia pobre para los pobres”, y sor Genoveva reconoce que allí se puso a llorar al escucharlo, porque su tía había muerto precisamente por eso por los pobres, y reconoció que algo iba a cambiar en la Iglesia desde ese momento. Y ahí comenzó la amistad con el papa, tanto que él la visitó dos veces en el luna park, el parque de atracciones donde la religiosa anciana vive con los feriantes. El papa, dice la hermana, que se sorprendió por la manera sencilla como ella vivía y en particular por ver dónde tenía la capilla. Después es conocido que ella “se coló” en el velatorio del papa junto a los cardenales, y ahora acude cada tarde a estar dice, “junto a su amigo Francisco”. Esas palabras “gracias mi hermana” serán recordadas por siempre por esta anciana religiosa, hablaba no “el poder” del que sabe todo sino el poder “de lavar los pies y reconocer errores”.
Y al ver a la hermana Genoveva y escuchar su relato, recordé también lo que me sucedió a mí, cuando en mi primera visita le pedí poder grabarle un video para nuestros chavales de Navalcarnero. Y sus palabras fueron: “Pero ¿Qué le digo yo a los presos?”. Y al mirarle yo extrañado y preguntarle cómo me decía aquello, si él era el papa, sus palabras evangélicas fueron: “No te olvides que tu los conoces más porque los es todos los días”. Y le dije que en mi vida de cura ninguno de “mis jefes o superiores” jamás me había preguntado nada, porque ellos lo sabían todo siempre. Y el papa, “el jefe venido del fin del mundo” le preguntaba a un vulgar y corriente capellán de la cárcel qué podría decirles a los presos. Entre lágrimas de emoción, le dije que jamás olvidaría esas palabras, y desde luego que siempre las recuerdo y me llenan de vida y de evangelio.
Te recordaremos en nuestra celebración de la Eucaristía en esta mañana en la cárcel de Navalcarnero, querido papa Francisco. Y recordaremos que nos sigues invitando a seguir siempre hacia adelante, y a descubrir, como siempre nos decías, “que lo importante no es no caer sino no permanecer caídos”. Gracias por haberte acercado a nuestras vidas, gracias por habernos demostrado el amor que Dios nos tiene a todos, gracias por habernos hecho también a nosotros “tus preferidos”. Este “nuevo jueves santo” para ti, queremos pedirte nosotros que seas Tú el que reces ahora por nosotros, tú nos lo pedías a nosotros siempre, pero ahora te lo pedimos nosotros a ti. Que sigamos sintiendo tu fuerza y tu Espíritu, que sigamos sintiendo que en cada abrazo que nos demos Tú también nos abrazas junto al Jesús del Evangelio.
Desde la cárcel de Navalcarnero te recordamos, llenos de emoción, de alegría y de esperanza, aunque con lágrimas en los ojos, gracias por demostrarnos el amor de Dios en cada una de tus palabras y tus gestos, y gracias por decirnos que lo importante es mirar hacia adelante, gracias por contar siempre con nosotros. No te olvidamos, sigues presente en nuestros corazones y en el corazón de Dios. Gracias por decirnos que otra Iglesia y otra jerarquía es posible dentro de ella. Sigue cuidándonos, e intercediendo por nosotros, sigue siempre a nuestro lado, nosotros así te sentimos. Hasta siempre, hermano y amigo Francisco, que tu vida siga iluminando lo que hacemos y vivimos cada día en nuestra cárcel de Navalcarnero.
