Karl Rahner (1904-1984). Misterio y silencio: Contra al “muro divisorio” (Hegel) entre cristianismo y racionalidad

"Su principal objetivo, casi obsesión, fue poner de relieve la dimensión racional, y razonable, de la fe cristiana"

K. Rahner
K. Rahner
Manuel Fraijó
28 ene 2026 - 10:03

 “Cuando bebas agua, recuerda la fuente” (Proverbio chino) 

          Probablemente las teologías del futuro recordarán con inmensa gratitud una fuente llamada Karl Rahner. De manera especial lo recordaremos los que un día, ya muy lejano, tuvimos la suerte de ser sus alumnos. Con razón escribió J.B. Metz, su discípulo más cercano: “Nada es como antes de Rahner”. Y otro gran teólogo católico, H. Fries, recordaba a sus oyentes: “Nunca debe ser olvidado el más grande testigo de la fe de nuestro tiempo”. Rahner fue un testigo humilde de la fe cristiana; nunca se vanaglorió de su enorme éxito.

          Entre libros y artículos nos dejó más de 4.000 títulos. Sus Escritos de Teología   superan ya los treinta volúmenes. Fue un trabajador incansable: alguien ha calculado que escribió unas treinta páginas diarias. Semejante ritmo de trabajo le llevaba a “refunfuñar” cuando le interrumpían o importunaban. “Gruñón encantador”, le llamaban cariñosamente algunos de sus colaboradores más cercanos. Sin embargo, poseía un espíritu risueño e infantil. Uno de sus alumnos y posterior profesor de teología moral en la Universidad de Innsbruck, H. B. Mayer, le invitó a su primera misa. Cuenta que se sentía preocupado por la mesa y los comensales que debería asignar a Rahner. Para su sorpresa, el gran teólogo se pasó toda la sobremesa jugando con un niño. 

Alemán Rahner
Alemán Rahner

Todas sus publicaciones recibieron el Imprimatur (la licencia de publicación) de la Iglesia. Lo suyo fue “fidelidad crítica” a la iglesia, a pesar de dolorosos enfrentamientos con la jerarquía. Durante algún tiempo sufrió incluso la prohibición de enseñar y publicar. Podía ser sincero hasta la rudeza, algo que no le ayudó precisamente a ganarse las simpatías de sus censores. Nada de esto impidió que sus escritos fuesen traducidos a los principales idiomas del mundo. Y con la misma prontitud se traducían sus grandes textos teológicos como sus sencillas plegarias. A pesar de sus escasas dotes de conferenciante, su presencia era requerida en todos los continentes. 

Digámoslo desde el principio: su principal objetivo, casi obsesión, fue poner de relieve la dimensión racional, y razonable, de la fe cristiana. Deseaba que se corriese la voz de que para ser cristiano no es necesario dejar de pensar. Como buen conocedor de Hegel, estaba convencido de que no existe ningún muro divisorio entre cristianismo y racionalidad. Por propia experiencia sabía que el cristianismo puede hacer acto de presencia en los más exigentes foros intelectuales.

      En el apogeo del romanticismo había triunfado el lema “lo que yo siento es lo fundamental” (D.F. Strauss), lema acogido con entusiasmo no solo por poetas y literatos, sino también por filósofos y teólogos. Rahner, en cambio, defendió siempre - por supuesto sin renunciar al sentimiento - que la dimensión de la racionalidad es irrenunciable. Su voz se unió al coro de los que desde la primera hora del cristianismo anhelaron la síntesis entre sentimiento y razón. Ni Jesús ni Pablo se ahorraron la argumentación. Y ambos dejaron huella de sus emociones, de su honda capacidad de sentir. 

Libros de Rahner
Libros de Rahner

Lo trascendental y lo categorial

   Pocos teólogos han realizado síntesis tan logradas entre filosofía y teología como Rahner. Su sistema teológico está presidido por la distinción entre revelación categorial y trascendental. La primera, la categorial, es concreta, objetiva, temporal. Rahner la llama también “revelación verbal”, dado que se objetiva en proposiciones, en textos de la Biblia. Mediaciones concretas de esta forma de revelación son, por ejemplo, la oración, la misa y las restantes manifestaciones externas del universo cristiano.

        En cambio, la revelación trascendental es la condición de posibilidad de la categorial. Rahner lo aclara con un ejemplo: antes de estudiar un tratado de lógica concreta, (categorial), los seres humanos pensamos lógicamente, somos trascendentalmente lógicos. Solo esta estructura lógica trascendental nos capacita para comprender la lógica categorial. Si no fuésemos trascendentalmente seres lógicos, nos sería ajena la lógica categorial. Lo mismo se puede afirmar de otras experiencias hondamente humanas como el amor. Antes de amar sabemos a priori, trascendentalmente, qué es el amor. 

        Igual ocurre con la revelación. Estamos trascendentalmente, a priori, abiertos a ella. De ahí que, cuando esta se nos ofrece categorialmente, a posteriori, de forma concreta, plasmada en asertos bíblicos, podamos aceptarla o rechazarla. Solo desde este trasfondo filosófico es posible comprender, sin rasgarse las vestiduras, la teoría de Rahner sobre los “cristianos anónimos”, es decir, sobre los que, sin saberlo, son cristianos. Rahner no pretendía bautizar a nadie por la fuerza. Él sabía que existen otras religiones, pero era un convencido de la suya y quiso relacionar al Dios único en el que creía con toda la realidad. Su atrevimiento se basa en dos premisas:1. Todo ser humano busca la salvación, 2. No hay más salvación que la de Cristo. De esta doble premisa se sigue la radical apertura del ser humano a la revelación cristiana. La convicción monoteísta de Rahner le condujo a defender la fundamental apertura de todo ser humano hacia el Dios único. La teoría del “cristianismo anónimo” sirvió a su autor para dar una nueva configuración a la pretensión de universalidad del cristianismo. No fue, como algunos teólogos y misioneros interpretaron, una “artimaña metodológica” para aumentar el número de cristianos. 

De izquierda a derecha, Rahner, De Lubac y Arrupe
De izquierda a derecha, Rahner, De Lubac y Arrupe

Recordando al profesor

         La palabra de Rahner fue escuchada siempre con gran respeto y admiración. Su discurso era de difícil comprensión, pero incluso si no se lograba entender íntegramente, dejaba huella. Ante nosotros, sus alumnos, se erguía la figura de un gran convencido cristiano. Su palabra confería al cristianismo una extraña plausibilidad; si no convencía, al menos deba que pensar. Su convencimiento, tan sincero y firme, removía algo por dentro. El cristianismo era su fe, su filosofía, su teología y su vida. Sin duda, sus oyentes éramos conscientes de estar viviendo momentos “privilegiados”. Rahner estaba ya próximo a su jubilación y nosotros sabíamos que teníamos el privilegio de estar escuchando al pensador católico más importante de la segunda mitad del siglo XX.  

         Buena prueba de ello es que a las 8.15 de la mañana, casi noche cerrada todavía en Münster, el Auditorio Máximo de la Universidad se abarrotaba de estudiantes de teología y pedagogía. Fuera, en un desprotegido aparcamiento para bicicletas - no había robos- dejábamos nuestros centenares de bicicletas. Münster es una ciudad llana, muy apropiada para circular en bicicleta, por lo demás el medio de transporte más económico que teníamos.  

      Los alumnos más “perjudicados”, debido a nuestro deficiente conocimiento del idioma alemán, éramos los extranjeros. Aún recuerdo la admiración que me producía observar la velocidad con que aquellos jovencísimos chicos y chicas tomaban apuntes. Daba toda la impresión de que se estaban enterando de las complicadas elucubraciones de Rahner, algo que yo no podía decir de mí mismo. Aquellas clases ponían de manifiesto que Rahner era profundamente ignaciano y amante de los Ejercicios Espirituales. Su teología nacía de su honda experiencia espiritual. Su texto Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuita de hoy es buena prueba de ello. Aunque insiste en que se trata solo de su opinión personal sobre el significado de Ignacio para nuestro tiempo, lo cierto es que su recreación del fundador de la Compañía de Jesús resulta casi fascinante.

Ratzinger y Rahner
Ratzinger y Rahner

Dos Papas

En cierta ocasión, tras demasiados años de espera, Rahner fue recibido por el Papa Juan Pablo II. Se habían conocido en Cracovia. El Papa comenzó preguntándole cómo le iban las cosas. Rahner le dijo en alemán: “Estoy jubilado, vivo en Múnich y espero la muerte”. No es de extrañar que, con semejante comienzo, la entrevista durase solo diez minutos. “He tenido la impresión -reveló a los periodistas al salir- de que nadie me escuchaba”. Intérpretes de aquel momento aventuraron la sospecha de que Rahner había lanzado un velado reproche al Papa del siguiente o parecido tenor: para qué me recibe ahora, ya es tarde para todo, estoy jubilado y próximo a la muerte. No parece una interpretación descabellada.

        Otro Papa, Juan XXIII, lo nombró perito del concilio Vaticano II. La huella de Rahner ha quedado plasmada en numerosos documentos del concilio, especialmente en las Constituciones Dei Verbum y Lumen Gentium. Fue, probablemente, la mente teológica más decisiva del Vaticano II. Otros dos jovencísimos peritos del concilio, J. Ratzinger y H. Küng, solían recordar el impacto que les producía compartir las tareas conciliares con figuras como Rahner, Y. Congar, H. de Lubac y Schillebeeckx, entre otros. 

          Etapas, ciudades y ocaso. 

               Quince días después de terminar el bachillerato entró el joven K. Rahner en el noviciado de la Compañía de Jesús. Allí le esperaba su hermano Hugo, que había entrado un año antes. Hugo llegaría a ser un eminente conocedor del pensamiento de los Padre de la Iglesia. Los dos hermanos se mantuvieron siempre muy unidos. En los momentos más “dolorosos” de la relación de Karl con el Magisterio romano, fue Hugo quien le aconsejó serenidad y le ayudó a redactar las “explicaciones” que Roma le solicitaba. Menos impulsivo que Karl, Hugo vivió momentos de honda preocupación por el futuro teológico de Karl en el seno de la Iglesia. La muerte de Hugo, en 1968, al cumplir los 65 años, fue un duro golpe para su hermano. Con buen sentido del humor, Hugo solía decir que cuando se jubilara “traduciría al alemán” lo textos de Karl. Siempre fue consciente de que no eran de fácil comprensión, ni siquiera en su idioma original.  

Pero aún no he informado de que K. Rahner nació el 5 de marzo de 1904 en Friburgo, en el seno de una familia profundamente católica. Fueron siete hermanos, dos de ellos médicos. Su padre fue profesor de instituto. Al parecer, quien más le influyó fue su madre. Cuando le preguntaban a qué se debía la reciedumbre de su convicción cristiana, solía responder: no encontré nunca nada mejor y, además, me lo dijo mi madre de pequeño.  

 La muerte le sobrevendría un mes después de cumplir 80 años, el 30 de marzo de 1984 en Innsbruck y en plena celebración de tan redondo cumpleaños. ¿Causa de su muerte? Durante cuatro años, Rahner había estudiado teología en Valkenburg (Holanda). Allí trabajó también como “encargado de las abejas”. Curso tras curso se ocupaba de producir varios quintales de miel para el consumo de la comunidad. Este trabajo hizo que empezara a fumar. Cuando dejó de hacerlo, siendo ya bastante mayor, era demasiado tarde: padecía un enfisema y una insuficiencia cardiaca y respiratoria que, finalmente, le produjo la muerte. Durante su agonía, el Superior de los jesuitas de Innsbruck le leía al oído, en voz alta, el salmo 23: “El Señor es mi pastor, nada me puede faltar”. Había sido uno de sus salmos preferidos. 

El obispo de Innsbruck relata así sus últimas conversaciones con Rahner poco antes de su muerte: “Estas conversaciones con el maestro sin igual me resultan inolvidables. Era como cuando una vida humana, tras un largo viaje, se apresuraba a su meta; como cuando un torrente grande y ancho llega a su desembocadura, después de haber dejado atrás todas sus curvas, cataratas y presas; como un río que ha transportado muchos barcos y el peso de miles de preguntas y que ahora se acerca al mar inmenso, donde todo es sencillo”.  

En 1981 Rahner había dicho: “Me pregunto cuánto tiempo pasará antes de que la noche caiga para siempre. No lo sé. Por eso, sigamos trabajando, mientras es de día. Al final, uno va siempre con las manos vacías, lo sé muy bien. Pero entonces uno eleva su mirada hacia el Crucificado y va. Lo que viene es el eterno misterio de Dios”

Rahner y Heidegger

Así, en la sección de cuidados intensivos de la clínica universitaria de la incomparable ciudad de Innsbruck, se apagó para siempre el gran teólogo que tantos caminos iluminó. Desde entonces reposa en la cripta de la iglesia de los jesuitas de Innsbruck. Al visitar su sepulcro es casi inevitable preguntarse: ¿qué habrá sido de tanta inquietud? ¿Habrá obtenido respuesta a sus preguntas? ¿Qué habrá sido de Rahner?

Debemos, para concluir este apartado, mencionar cuatro ciudades que fueron testigo del devenir intelectual de Rahner

  1. Friburgo. En su universidad fue alumno de M. Heidegger. De él aprendió, según reconoce, profundidad de contenidos y rigor metodológico. No resulta fácil delimitar el influjo de Heidegger en Rahner. Desde luego, no sería correcto afirmar que Rahner “depende” de Heidegger. En cambio, tal vez se pueda afirmar que tomó de él algunos conceptos que transformó y adaptó al campo teológico. Desde luego, la cercanía de Rahner a Heidegger nunca alcanzó la intensidad que la de Bultmann que, siendo ya un gran maestro de la exégesis del Nuevo Testamento, asistía a las clases de Heidegger, convencido de la proximidad de su filosofía a algunos contenidos del Nuevo Testamento.

    Pero no fue Heidegger el director de la tesis doctoral de Rahner, como a veces erróneamente se señala. Ese honor correspondió a M. Honecker, un filósofo escolástico que sentenció que la tesis era “excesivamente personal, especulativa y heideggeriana”. Propuso tal cantidad de enmiendas que Rahner tiró la toalla y renunció a doctorarse en filosofía. La tesis rechazada es hoy el libro, tan elogiado, Espíritu en el mundo. Esta obra, unida a El oyente de la palabra. Introducción a una filosofía de la religión, los dos primeros escritos de Rahner, lo dieron a conocer. En los dos libros intenta superar la estrechez de la escolástica de los años treinta del siglo pasado retomando lo más genuino del pensamiento de santo Tomás de Aquino. 

Hoy podemos afirmar que Friburgo fue un acontecimiento negativo con consecuencias positivas. Obviamente, Rahner sufrió con el rechazo de su tesis. Pero, puesto en contacto con su superior provincial, este le animó a que “reconvirtiera” su filosofía en teología. La Facultad de teología de los jesuitas en Innsbruck necesitaba con cierta urgencia un profesor de teología dogmática. Rahner se puso manos a la obra, redactó una nueva tesis de índole teológica que le allanó el camino para convertirse en el más importante teólogo católico de la segunda mitad del siglo XX. Una tesis de filosofía rechazada dio lugar a una gran biografía teológica. 

Plaza Karl Rahner en Insbruck
Plaza Karl Rahner en Insbruck

 2. Innsbruck. Es la cuidad donde, desde 1937, fue profesor de teología dogmática. Allí se gestó gran parte de su obra teológica. Pero su vida en Innsbruck no fue fácil. Al parecer, algunos compañeros, profesores también ellos, no vieron con buenos ojos la creciente fama de Rahner. Algunos de ellos denunciaron sus atrevimientos teológicos y provocaron su salida de Innsbruck. De ahí la emoción que posteriores alumnos de Rahner sentimos cuando visitamos Innsbruck y aparece ante nuestra mirada el nombre de la plaza de la Universidad: “Karl Rahner Platz”. De los inquisidores de antaño, ni rastro; fueron como moscas pegadas a una gran biografía teológica.

Las acusaciones de los compañeros de Innsbruck eran infundadas. en momentos clave, Rahner se posicionó del lado del magisterio de la Iglesia. Solo un ejemplo: A raíz de la publicación de los libros de H. Küng ¿Infalible? Una pregunta (1970) y Falible. Un balance (1973), Raner fue invitado a pronunciarse sobre el tema de la infalibilidad. Para sorpresa de muchos, Rahner reconoció que él se movía dentro del sistema católico y desde él no le era posible cuestionar la infalibilidad. Siempre abordó los temas doctrinales de la Iglesia con gran escrupulosidad intelectual. 

3. Múnich. De pronto, la Universidad de Múnich pareció la gran salvación. Rahner fue invitado nada menos que a ocupar la cátedra de Romano Guardini cuya denominación era “Filosofía de la religión y cosmovisión cristiana”. Allí estuvo de l964 a 1967. Pero la alegría de liberarse de los inquisidores de Innsbruck le duró bien poco. Múnich se convirtió en su gran fracaso docente. No poseía las dotes oratorias de Guardini ni era un filósofo de la religión. Muy pronto se hizo el vacío en el antes abarrotado auditorio del brillante teólogo ítalo germano, Romano Guardini. Rahner se quedó sin alumnos. Fue un duro golpe. Intentó explicar su Curso fundamental sobre la fe a estudiantes poco interesados en la materia.  

Rahner y Metz
Rahner y Metz

4.  Münster. Ahora sí se despejó de veras el horizonte. Gracias a los buenos oficios de su discípulo J. B. Metz, profesor de Teología fundamental en la Universidad de Münster, Rahner recibió una oferta para ocupar la cátedra de teología dogmática. La aceptó enseguida y recuperó su antiguo esplendor docente. Ya he evocado el éxito de sus clases en aquella universidad. Materia de sus clases en Münster fue también el Curso fundamental sobre la fe. que había iniciado en Múnich y que se convertiría en su única obra sistemática.  Con frecuencia comenzaba a sus clases “disertando” sobre Dios, pero enseguida se pasaba al género “meditación”. El auditorio, sobrecogido, sabía agradecérselo. 

 En Münster, a los 68 años, le llegó la edad de la jubilación. Retornó a la comunidad jesuítica de Múnich y, finalmente, por motivos de salud, a donde todo había comenzado, a Innsbruck. Allí- lo hemos narrado ya- murió. 

Dios y el hombre

Rahner es uno de los teólogos que con más tenacidad ha hablado de Dios como misterio. Metz recuerda que Rahner le enseñó a entender la teología como “una forma de vida”. Eso eran la teología y el cristianismo en la vida de Rahner: un estilo de vida. Los encarnaba con una intensidad casi espectacular. 

   Al comienzo de la obra que mejor da a conocer su pensamiento, Curso fundamental sobre la fe, se plantea, de forma casi estremecedora, la posibilidad de que la palabra “Dios” desaparezca. Si eso ocurriera, si la palabra “Dios” desapareciera de los diccionarios, el hombre dejaría de ser hombre, se convertiría en un animal hábil, extrañamente inventivo, pero sin memoria

Sin Dios, el hombre dejaría de ser hombre. Era la convicción profunda de Rahner. Su teología y su antropología corren paralelas. El hombre es “oyente de la Palabra”. Y el autor de la Palabra es el Creador del hombre. Salen, pues, las cuentas: Dios ha creado al ser humano con capacidad de ser su interlocutor. Llegado el momento de la revelación, esta no caerá en el vacío. Existe una estructura humana capaz de escuchar el mensaje.

Karl Rahner y Hans Kung
Karl Rahner y Hans Kung

Dotado para el misterio

          Rahner reflexiona en profundidad sobre la estructura del ser humano. Lo más importante es que es persona. Está, pues, en una situación inmejorable para constituirse en un “tú” ante Dios. Dios, el “indecible”, el “sin nombre”, el “silencioso” –son nombres que le da Rahner - puede abandonar su mutismo. Frente a él se alza la figura de un ser inquieto, radicalmente inquieto, que trasciende su mundo circundante y es capaz de admiración y sobrecogimiento. Un ser que no se contenta con alimentarse y procrear. Sabe distinguir lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso, lo hermoso de lo feo. Y, al mismo tiempo, no es un robot. Tiene ideas propias y sabe decir sí y no. Aunque a duras penas y con muchas limitaciones, es libre. Enfrentado a la revelación, a la Palabra, podrá aceptarla o rechazarla. Y, en ambos casos, estará en su mano preguntar por los detalles y por el todo. Podrá incluso preguntar a Dios por Dios, por las oscuridades de su revelación y de su presencia en el mundo. En definitiva, está dotado para el Misterio. 

 Abierto a sus semejantes. 

Se trata de un ser que, además de entrar en diálogo con Dios, es capaz de sostener otros diálogos: consigo mismo y con sus semejantes. Intercambia palabras, miradas, gestos. Aunque con dificultad, sabe ceder y vivir en sociedad. Su índole es comunitaria. Puede incluso dar cuenta de sus actos. Se las apaña como puede con la palabra “responsabilidad”. Conoce, además, el abandono y la soledad. Le angustia el sentimiento de culpa y convive con la experiencia de la finitud. Y, naturalmente, le sostiene el lado amable de la vida: la alegría, la amistad, el arte, la música. Kant, a cuyo pensamiento se abrió Rahner, señalaba tres experiencias que hacen llevadera la vida: el sueño, la risa y la esperanza. Rahner asentía sonriente. 

Y lo más importante: el ser humano está capacitado para amar a sus semejantes. Amamos y nos aman. Es nuestra dicha y nuestra tragedia. El amor nos pierde y nos salva. Por amor nos sacrificamos y hacemos sitio a los demás. Rahner pensaba que incluso la muerte, ese último y terrible episodio de la vida humana, debe ser entendido en clave de generosidad. Mediante la muerte “hacemos sitio” a los que vienen después. Es, pensaba Rahner, nuestro último ejercicio de amor, responsabilidad y humildad. Es incluso nuestro postrer ejercicio de libertad. Rahner insistía en la aceptación libre de la muerte. 

Esta es la imagen del ser humano que nos transmite Rahner. Le salió bien equipado. Un equipaje que, indudablemente, le viene del cristianismo y del judaísmo. Este ser inquieto, libre, responsable, capaz de amar y preguntar, brota de la herencia bíblica. Incluso el filósofo J. Habermas resalta, desde su increencia, que este “equipaje” procede de la herencia judeocristiana. No reconocerlo, afirma con cierta severidad, sería “palabrería posmoderna”.

Profesión de fe en Cristo, de Karl Rahner (Herder)
Profesión de fe en Cristo, de Karl Rahner (Herder)

Y, al final, la esperanza

        Su radical inquietud conduce al ser humano a preguntarse con Lévinas: “¿Es seguro que la inmanencia sea la gracia suprema?” Rahner defiende, incluso con apasionamiento, la índole esperanzada del ser humano. Y, de nuevo, le salen las cuentas: el cristianismo anuncia otra vida, otro cielo y otra tierra. La muerte pierde su acuciante dramaticidad de instancia última. Existe un “futuro absoluto” que se llama Dios. Es verdad que, al mismo tiempo, es “misterio absoluto”. Pero existe. Y nos espera en la última estación. Rahner no lo dudaba: “el ser humano se tomará siempre a sí mismo lo suficientemente en serio como para no renunciar a un futuro absoluto”. El cristianismo cree en la bondad de los inicios de la realidad. El origen de todo, el pistoletazo de salida, al arranque inicial de todo lo que se mueve, tiene un nombre: Dios. Todo procede de él. Y todo se orienta hacia la misma meta. Nuestro destino final, nuestra ciudad definitiva, tiene el mismo nombre: Dios. 

El Creador no se esfuma nunca. Vuelve a aparecer al final, después de todas las curvas del camino, para recrear a su criatura. Es el principio y el fin, la protología y la escatología. Y, durante el camino, tampoco ha sido un ausente. Ha sostenido los pasos de ese ser que ahora llega cansado al final. Rahner sabía de qué hablaba, también él experimentó el cansancio existencial. 

Jesús de Nazaret

Por supuesto: para Rahner, Dios es misterio insondable. Pero, al mismo tiempo, se ha hecho visible en Jesús de Nazaret; Dios es silencio. Pero, al mismo tiempo, se ha hecho Palabra e historia; Dios es misterio, pero misterio revelado, velo rasgado, cuadro descubierto.

A Rahner le encajaba todo. Sabía, como pocos, que nada de esto es evidente. Pero –decía- “no conozco nada mejor”. Y conocía muchos otros proyectos explicativos de la realidad. A su muerte, Metz le aplicó la categoría de “testigo”. Y es que no fue simplemente un gran teólogo católico, sino un profundo creyente que ofreció fascinantes recreaciones del cristianismo.

En el fondo, recorriendo un itinerario diverso, Rahner arranca del mismo puerto que K. Barth: “Dios es Dios”. El teocentrismo de Rahner no es el resultado final de un dilatado esfuerzo teológico. No. Rahner estaba ya “en Dios” cuando comenzó a hacer teología. Y cuando también hizo filosofía de la religión. 

El último libro de Rahner, en Herder
El último libro de Rahner, en Herder

Rahner se fatigó mucho, pero no para alcanzar la fe en Dios, sino para dar razón de ella. La fe la tuvo desde el principio. De ella partió, como K. Barth. Pero con una notable diferencia: fue menos escrupuloso a la hora de aceptar ayuda externa. Ni siquiera puso mala cara a la teología natural, tan denostada por Barth. Para hacer plausible la fe cristiana, Rahner arañaba ayuda donde podía. Su teología, tan altamente especulativa, era en último término una gran incursión narrativa en lo cristiano que pedía ayuda a la argumentación filosófica y teológica. Em cierto sentido, la vida, mensaje, muerte y resurrección de Jesús ponían a prueba los vuelos especulativos de Rahner. Hablando de Jesús, hasta Rahner se volvía concreto, la especulación dejaba paso a la narración encendida de un gran creyente.  

         Manifestación de Dios en la historia 

      Intervenciones aisladas.

       La pregunta por la presencia de Dios en la historia, por su revelación, atraviesa toda la obra de Rahner. Una obra que no se ha librado de los vaivenes del tiempo. Así, en sus primeros escritos, Dios se hace presente en la historia por medio de intervenciones aisladas. La Trascendencia irrumpía verticalmente en la inmanencia. A Dios se le conocía por un sistema de teofanías aisladas, por lo que solemos llamar milagro. De cuando en cuando, preferentemente en santuarios y lugares de peregrinación, los creyentes creen ser testigos de sucesos puntuales y aislados que califican de milagros.  

El Rahner posterior creía en el milagro, pero no le parecía correcto andar a la caza de la excepción. El milagro, si existe, deberá ser descubierto en las leyes que Dios ha fijado. No entendía Rahner la farándula que se monta cuando parece que alguna de estas leyes se toma una esporádica vacación, El milagro está en que todo funcione, y no en que alguna ley se tome un respiro. A Rahner le parecía insano el agobiante cortejo al que el católico somete el milagro. Tal vez por eso, en una entrevista concedida al semanario alemán “Der Spiegel”, allá por el año 1967, Rahner dejó caer una frase que no fue del agrado de todos: “Gracias a Dios no existe lo que entre el sesenta y el ochenta por ciento de nuestros contemporáneos entienden por Dios”.

María, madre del Señor, de Karl Rahner (Herder)
María, madre del Señor, de Karl Rahner (Herder)

Historia salvífica e historia profana

En un segundo momento de su evolución teológica, Rahner pasó a distinguir entre historia salvífica e historia profana. Dios intervenía en un recinto sacral especial, distinto del resto de la historia profana. Pero la teoría de las dos historias tenía los pies de barro. En efecto ¿cómo distinguir lo sagrado de lo profano? ¿Qué acontecimientos de la prensa diaria podemos atribuir a Dios y cuáles no? El Rahner de este momento convertía en juez al magisterio de la Iglesia. Él era el encargado de discernir entre lo sagrado y lo profano. Asumía así la tarea que, en tiempos lejanos, era misión de los profetas. 

Identidad paradójica entre lo sagrado y lo profano

Pero Rahner terminaría abriéndose a un tercer modelo, el que defiende una identidad paradójica entre lo sagrado y lo profano. Según este modelo, existe una presencia activa, explosiva, de Dios en toda la historia, sin que sea posible distinguir entre historia sagrada y profana. Este modelo supone que Dios está presente en la libertad humana y que, misteriosamente, todo debe ser remitido a la Providencia. El último Rahner se quedó sin la seguridad que otorga el milagro y sin el cómodo dispositivo de las dos historias, la sagrada y la profana. Solo le quedó, como a tantos otros cristianos, la apelación al misterio, la confianza en que, sin poder distinguir entre lo profano y lo salvífico, al final de los finales todo resulte salvado.

Y, cómo no, el fundamento último de esa confianza tiene, para Rahner un nombre: Jesucristo. Él es “lo esencialmente cristiano del cristianismo”. Rahner distingue entre una cristología “ascendente” y otra “descendente”. Nunca será lícito ahorrarse la ascendente, es decir, la que, partiendo de abajo, de las vicisitudes del Jesús histórico, procura llegar al misterio último de la Trinidad; pero tampoco se debería vituperar a los que, como Barth, se sitúan arriba, en la Trinidad, para contemplar desde tan privilegiada altura el descenso del Hijo a la tierra. En Rahner, ambas cristologías, la ascendente y la descendente, se dan la mano amistosamente. El lector que se sumerja en el capítulo sexto del Curso fundamental sobre la fe, dedicado íntegramente a Jesucristo, encontrará afirmaciones poco frecuentes en otros teólogos: ”…no puede dudarse de que una relación personal con Jesucristo en un amor íntimo de tipo personal pertenece esencialmente a la existencia cristiana”. Es llamativa la insistencia de Rahner en este amor íntimo y personal a Jesucristo. Lo que no es llamativo, sino obligado, es que, como Barth, considere que toda teología que no sea al mismo tiempo escatología no merece tal nombre. 

Hemos titulado este artículo sobre K. Rahner “Misterio y silencio”. Bueno será, por tanto que callemos nosotros y le dejemos a él la última palabra. En un hermoso texto, Palabras al silencio, escribe: “Entonces tú serás la última palabra, la única que permanece y que jamás se olvida. Entonces, cuando todo calle en la muerte y yo haya aprendido y sufrido todo, entonces comenzará el gran silencio, dentro del cual solo tu resuenas, tú, palabra por los siglos de los siglos (…) Tú mismo serás la palabra del júbilo, del amor y de la vida que llena todos los espacios de mi alma”. 

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