León XIV y los cristianos ante la guerra: la paz nos adentra en una aventura que el Papa ha delimitado de forma extraordinaria
Los últimos acontecimientos nos han hecho enmudecer. Sin embargo, en esta situación crítica y terrible ha emergido un hombre sencillo, que no grita, que calma. Sí, León XIV. Sus armas son las palabras, su inspiración la fe en Cristo y su fuerza, una Iglesia que tiene la posibilidad de dirigirse al mundo entero
Después del verano los principales medios de comunicación se preguntaban dónde estaba León XIV. Algunos le adjuntaron el siguiente apelativo: “El desaparecido”. Tras el paso del torbellino Francisco, algunos se cuestionaban y se cuestionan dónde está y qué influencia real tiene el agustino en el mundo actual. Los últimos acontecimientos nos han hecho enmudecer, nos hemos quedado sin palabras, hemos sentido rabia, ira, incluso hemos clamado venganza. Este es nuestro desierto ante las tentaciones del mundo en una Cuaresma que jamás vamos a olvidar.
Sin embargo, y alguien podrá cuestionarlo, para eso está la escritura, el debate y la razón, en esta situación crítica y terrible, donde estamos a la intemperie sin saber muy bien dónde vamos a acabar, ha emergido un hombre sencillo, que no grita, que calma, que no asume su papel como un bufón, sino con la máxima responsabilidad que merece por ser uno de los engranajes importantes de la historia. Es ese que algunos creían desaparecido, y no lo está, porque se ha convertido en la última conciencia del mundo. Es el sucesor de Pedro, el fundamento, la roca de una Iglesia universal que acoge y habla todas las lenguas del mundo, que asume las diferencias como un elemento distintivo de lo que somos, pero vistas desde una fraternidad radical que debería vincular a toda la humanidad. Sí, León XIV, ese líder moral que no tiene un ejército, ni bombas de racimo, ni poder nuclear disuasorio. Sus armas son las palabras, su inspiración, la fe en Cristo crucificado y su fuerza, una Iglesia que tiene la posibilidad de dirigirse al mundo entero.
Sus armas son las palabras, su inspiración, la fe en Cristo crucificado y su fuerza, una Iglesia que tiene la posibilidad de dirigirse al mundo entero
¿Qué hacer, pues, ante la guerra? ¿Como situarnos y qué decir ante la que está cayendo? Hay muchos caminos, aquí mostraremos dos que nos pueden servir como orientación. En primer lugar, el poder de la oración y acudir al magisterio de la Iglesia universal en torno a la paz. En segundo lugar, desenmascarar y perseverar para asumir la paz de forma profética como una de las sendas de conversión y autenticidad cristiana. Todo ello a partir de un nexo de unión más necesario que nunca: León XIV y el pueblo de la Iglesia, que es universal, sin particularismos ni excepciones.
Oración y magisterio de la Iglesia
León XIV ha hecho un llamamiento a todos los católicos del mundo a que dediquemos el mes de marzo a rezar por la paz. Sus palabras reconfortan porque nos recuerda aquello que no podemos olvidar. Su intención es clara: que las naciones opten de una vez por el desarme y elijan el camino del diálogo y la diplomacia para alcanzar la paz que todos anhelamos. En la presentación de esta invitación, con una pequeña rama de olivo entre las manos, nos dice: “¿Te imaginas cómo sería el mundo sin guerra? ¿Un mundo sin el terror de las explosiones inminentes? ¿Sin alarmas antiaéreas que rompen el silencio de la noche? Únete a mí este mes de oración por el desarme y la paz. Oremos y compartamos por los demás”.
Si alguien quiere entender qué actitud tomar, que oxígeno espiritual para no ahogarse en medio de la tormenta, reparemos en la mirada del Papa; llena de dolor, de preocupación, alejada de esas miradas sobrecargadas y de muecas impostadas de los líderes políticos que trufan sus discursos de la paz según quien ataque y quien reciba la furia descarnada de la violencia. León XIV nos invita a la oración, al silencio, a rezar por todas las conciencias que manejan los hilos del mundo. Pero no se queda solo ahí. Su mensaje de Cuaresma es un grito por la paz a nivel personal. Recogiendo el guante de Francisco, nos recuerda la lógica de nuestro lenguaje, de lo cómo hablamos y nos dirigimos a los demás. Las guerras se inician en la salud y en el interior de nuestras intenciones. El único y verdadero ayuno está en luchar contra las tentaciones de la violencia y la venganza y acogernos a la paz que Cristo mostró en la cruz perdonando incluso a los que lo violentaban:
“Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, el juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a las palabras de esperanza y paz”.
Estamos ante la mayor revolución jamás sentida y pensada, un punto de inflexión en la historia para que dicha historia se vea de forma diferente
Ante cada bomba, ante cada ataque, ante cada atentado contra la dignidad humana, ante cada masacre sobre personas inocentes, niños, mujeres, hombres y ancianos indefensos, hablemos con respeto, amor y misericordia. ¿Qué podemos hacer? Mucho. Comencemos por desarmar nuestros conflictos, nuestras pequeñas guerras que surgen de las entrañas más profundas de nuestra alma y de nuestro ser. Confiemos en Dios, en su Hijo, en su camino a la cruz, seamos cirineos que ayuden a llevar las cruces de los demás. Es difícil, lo es, pero es en estos momentos donde la fe se pone a prueba. Estamos ante la mayor revolución jamás sentida y pensada, un punto de inflexión en la historia para que dicha historia se vea de forma diferente. El actor italiano Roberto Benigni nos lo recuerda:
“Pero ¿cuándo se ha visto una revolución así? Nada que ver con la Revolución francesa. Me río de ella. A Jesús ni se le ocurre usar la guillotina contra sus enemigos. Al contrario. En la última cena, moja el pan con el discípulo que ya lo ha traicionado, Judas, y se deja besar por él. Un Dios que se deja tocar, besar y renegar, incluso traicionar. Traicionar, pero sin dejar de amar. Esta es la verdadera naturaleza del cristianismo, no una religión de reglas, sino una revolución de amor. Esto es el cristianismo, esto”.
¿Qué acción debe llevar León XIV en un mundo en guerra? ¿Más guerra? ¿Queremos que la Iglesia caiga en la misma espiral de odio y violencia que asume el mundo? ¿Una Iglesia mundanizada? ¿De verdad? Estos días he caído en esta tentación. Querer romper con todo y clamar venganza sobre unos y otros. ¿Pero Jesús nos enseñó a odiar? ¿Es ese el camino de la reconciliación? El magisterio de la Iglesia es muy claro porque no puede dejar de ser coherente con las enseñanzas de Jesús. Pacem in Terris de Juan XXIII no deja lugar a dudas: “Las naciones son sujetos de derechos y deberes mutuos y, por consiguiente, sus relaciones deben regularse por las normas de la verdad, la justicia y la activa solidaridad”. El problema está en la violación sistemática de todo ello. Se habla de la ONU; el papa Roncali hablaba del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Estamos ante un orden mundial que ha cambiado de tablero, los movimientos y las piezas son completamente nuevos, con estrategias de ataques unilaterales que se hacen clamando por la democracia y la dignidad de las poblaciones, pero sabemos que hay intereses de todo tipo detrás de todo ello. Y entre ellos no es el advenimiento de la democracia y de los derechos individuales y sociales. Aquí está el problema. Ante este panorama, ¿qué hacer?
Desenmascarar y perseverar para asumir la Paz como tarea de conversión y profética
El mundo y la vida de Jesús resultan un escaparate apropiado para comprender nuestro mundo. Ahora no es una excepción. Reparemos en que se enfrentó a dos mundos, a dos morales, a dos cosmovisiones que combatió a pecho descubierto. El primero, el poder imperial de Roma. Cómo una potencia con un poder inabarcable puede someter y decidir sobre el destino de pueblos enteros. Hoy estamos con Trump ante a un cesarismo mesiánico en el que considera legítimo poder atacar otros países por el mero hecho de debilitar a sus principales oponentes: Rusia y, principalmente, China. El ataque a Irán responde única y exclusivamente a una impostura, una advertencia al resto del mundo para decir aquí estoy y cuidado de aquel que se mueva sin mi permiso. Como cristianos tenemos el deber moral de desenmascarar a los tiranos, disfrazados de demócratas o de dictadores. Tenemos el derecho de aplicar una sana sospecha y denudar las intenciones que se encuentran detrás de todo lo que vivimos.
Como cristianos tenemos el deber moral de desenmascarar a los tiranos, disfrazados de demócratas o de dictadores
Trump está legitimando la acción de cualquier potencia que quiera expandir su poder. Las razones que se dan van a estar siempre cogidas con pinzas, medias verdades que van más allá de lo que se dice y hace. EE.UU. desactivó el poder nuclear iraní con el ataque de junio de 2025 y ahora se dice que la intervención es inhabilitar su ofensiva y poder nuclear cuando estaba de, facto, debilitada. Y lo más preocupante del asunto es, no sólo la violación del controvertido derecho internacional, sino que ha anulado todo el poder del parlamento. Recordemos que el nacimiento griego de la democracia recae sobre la asamblea, el parlamento como alternativa dialogada a la resolución de los problemas humanos más allá del recurso de la guerra.
Hay que tener la cara de cemento armado, digámoslo claro, proclamar el No a la guerra, cuando somos un país que defendemos a Palestina y al mismo tiempo seguimos comprando armas a Israel, o que estamos en contra del ataque de EE.UU. cuando mantenemos a 8000 soldados americanos en nuestras bases o que sigamos comprando más armas a niveles muy altos de los últimos 25 años o que sigamos enviando armas a Ucrania participando de forma activa como miembros de la Unión Europea
Por otra parte, Jesús se enfrentó al mundo religioso judío representado por los escribas y los fariseos. Los define muy bien: “Haced lo que dicen, pero no hagáis lo que hacen”. El fariseísmo es una de las bestias que Jesús señala. Los critica, los ridiculiza y son el contra ejemplo de lo que tenemos que ser. Aunque escueza, alto y claro: tenemos que desenmascarar las grandes proclamas en las que detrás sólo hay vacío y fariseísmo. Una parte, repito, una parte del No a la guerra cae en esta lógica. La razón es muy sencilla y responde a una palabra: el desarme. Hay que tener la cara de cemento armado, digámoslo claro, proclamar el No a la guerra, cuando somos un país que defendemos a Palestina y al mismo tiempo seguimos comprando armas a Israel, o que estamos en contra del ataque de EE.UU. cuando mantenemos a 8000 soldados americanos en nuestras bases o que sigamos comprando más armas a niveles muy altos de los últimos 25 años o que sigamos enviando armas a Ucrania participando de forma activa como miembros de la Unión Europea. No a la guerra implica No a la guerra, no a ninguna guerra, llevando a cabo una política activa de desarme como Juan XXIII insistía predicando en el desierto de la geopolítica. ¿Qué diferencia hay entre atacar a Putin o a Jamenei? Desde el Dios de Jesús, ninguna:
“Vemos con gran dolor cómo, en las grandes naciones desarrolladas, se han estado fabricando, y se desarrollan, enormes armamentos, dedicando a su construcción una suma inmensa de energías espirituales y materiales”. El Papa Bueno, el Papa de la paz, como se le conocía, no era un ingenuo, pero estaba apuntando que sin desarme no habrá paz. Resulta gracioso, desde nuestra moral farisea, que nos rasguemos las vestiduras ante el ataque de Trump, pero no abramos la boca respecto a la represión brutal del régimen de los ayatolás y de otros. Que Europa y Occidente miremos a otro lado, que se nos caiga la cara de vergüenza por nuestro silencio ante el hambre, la injusticia y la opresión de pueblos enteros que dejamos que se pudran. Irán lleva haciendo barbaridades 47 años y no hemos dicho nada. ¿Ahora sí?
Aquellos que apoyan a Trump se escudan en que los jerarcas iraníes eran malos de la muerte y está justificado su ataque. Si nos ponemos tan finos, ¿cómo se vive y bajo qué condiciones de vida se dan hoy, por ejemplo, en Arabia Saudí o en otros países del mundo que se oprime, pero no decimos ni mu?
Aquellos que apoyan a Trump se escudan en que los jerarcas iraníes eran malos de la muerte y está justificado su ataque. Si nos ponemos tan finos, ¿cómo se vive y bajo qué condiciones de vida se dan hoy, por ejemplo, en Arabia Saudí o en otros países del mundo que se oprime, pero no decimos ni mu? Y el No a la guerra, ¿sólo protesta ante lo que llevan a cabo EE.UU. e Israel? ¿Por qué no van más allá y son coherentes con sus proclamas? ¿Por qué no denuncian la violación sistemática de los derechos humanos que se da en tantos países sobre todo en niños, mujeres y homosexuales? Fariseísmo puro. No queremos ser consecuentes con un discurso real en torno a la paz, ni queremos asumir nuestra responsabilidad histórica sobre la inmigración. Estamos llenos de grandes proclamas, pero todo lo demás se queda en agua de borrajas: “Haced lo que dicen, pero no hagáis lo que hacen”.
A León XIV no se le escapa esta lógica. En la Misa de inicio de año advertía: “El mundo no se salva afilando espadas. Estrategias armadas, disfrazadas de discursos hipócritas, proclamaciones ideológicas y falsos motivos religiosos”. ¿Y Tailandia, Camboya, Ucrania, Sudán, Nigeria, Congo, Cabo Delgado… y así hasta un sinfín de sociedades masacradas por la guerra?
Ante ello sólo falta perseverar en que el bien y el amor son más fuertes que la muerte y que el mal se devora a sí mismo. Mientras las muertes se suceden, y lo que no vemos, se requiere de oración, de que llevemos paz ahí donde nos movemos, que eduquemos nuestro corazón para la paz. El Papa está insistiendo una y otra vez en esta idea. No nos queda otra. Desenmascarar y perseverar. Dos infinitivos, dos acciones, para darnos cuenta de la podredumbre de nuestros dirigentes políticos, de la hipocresía del poder y de nuestra sociedad, que nos rasgamos las vestiduras cuando todos se las rasgan, cuando toca, cuando el foco dice que hay que rasgarse, y así en todo. Ya no hay principios porque la verdad está en la UVI a la espera de su sepelio. Sin embargo, los cristianos tenemos como horizonte la Resurrección y, por tanto, la esperanza en otra vida acá y más allá, no estando quietos, paralizados, sin hablar ni molestar, sino expresando lo que las cosas son, aunque nos duela y nos señalen en las más absoluta de las soledades.
La religión y nuestras creencias en Jesús de Nazareth jamás se pueden arrodillar ante el poder sin decirle la verdad de sus miserias y de sus incongruencias. Ahí está lo que podemos hacer los cristianos. Eso sí que está en nuestra mano
En definitiva, la paz nos adentra en una aventura que León XIV ha delimitado de forma extraordinaria. Nos lleva a una experiencia de deseo, oración, paciencia, compromiso, perseverancia, encuentro, elección, diplomacia y fraternidad. Valores que trabajan por la paz. Para una persona cristiana no es una opción sino nuestro ADN. La religión y nuestras creencias en Jesús de Nazareth jamás se pueden arrodillar ante el poder sin decirle la verdad de sus miserias y de sus incongruencias. Ahí está lo que podemos hacer los cristianos. Eso sí que está en nuestra mano, en nuestro trabajo, en nuestros quehaceres, en la familia, ahí donde vivamos y echemos uso de la escritura y de nuestra voz. Esto es lo realmente profético en un mundo herido. En Turquía advirtió, y ahora estamos contemplando sus consecuencias: “Sólo la paz es santa. ¡Basta de guerras con sus montones de muertos, basta! ¡Ay de quienes intentan arrastrar a Dios a participar en guerras! Dios pedirá cuentas a quienes no han buscado la paz y han fomentado el conflicto”. Ha apuntado a esa indiferencia descarada que recorre nuestro mundo. Su invitación a reunirnos, a dialogar y a negociar es la única voz que se está alzando ante este mundo que nos desconcierta y que nos invita a bajar los brazos y a tirar la toalla.
El Desaparecido se ha convertido en la conciencia de la paz mundial plena y sincera. Actuemos y recemos con él, en comunión con la Iglesia y en fraternidad con este mundo en guerra y desnortado.
