León XIV: después de las campanas, la palabra en una Francia laica
En su primer día en Francia, el Papa plantea una Iglesia que acepta hablar desde una sociedad en la que ya no ocupa el centro
Durante siete minutos sonaron las campanas de Francia. Desde las grandes catedrales hasta las pequeñas iglesias, un mismo sonido atravesó el país mientras León XIV llegaba a París. Siete minutos. No para interrumpir la laicidad francesa ni para reclamar a la religión un lugar que el Estado no tiene por qué concederle. Las campanas no legislan, no gobiernan, no imponen una fe. Simplemente suenan. Y, precisamente por eso, dicen más de lo que parece.
Francia conoce bien la distancia entre la fe y el poder. Su laicidad pertenece a la historia de una sociedad que ha querido garantizar la libertad de las conciencias y preservar el espacio común de cualquier apropiación confesional. Pero la laicidad no consiste en borrar las huellas religiosas de la historia. Las campanas forman parte de ellas. Durante siglos marcaron las horas, convocaron a la comunidad, anunciaron la fiesta y acompañaron el duelo. Hoy pueden sonar ante quien cree y ante quien ha dejado de creer, ante quien entra en una iglesia y ante quien pasa de largo. Ya no determinan la vida de Francia, pero todavía forman parte de su memoria.
En ese escenario adquieren especial relieve las primeras palabras de León XIV. Su llegada plantea una Iglesia que acepta hablar desde una sociedad en la que ya no ocupa el centro. Y eso cambia la pregunta. Ya no se trata de cuánto espacio conserva el cristianismo, sino de qué palabra puede ofrecer cuando el poder, la tradición y la costumbre han dejado de garantizar que será escuchado.
El propio Papa agustino ha situado esa palabra en un terreno que desborda las fronteras de la Iglesia. Ante las autoridades francesas ha hablado de paz, diálogo y multilateralismo. Ha presentado la libertad, la igualdad y la fraternidad como exigencias éticas universales que encuentran también en el Evangelio una fuente de inspiración y plenitud. Y ante la UNESCO ha llevado la conversación todavía más lejos: ¿qué significa ser humano en una época que atribuye inteligencia a las máquinas mientras corre el riesgo de medir a las personas por su eficiencia, su utilidad o su capacidad de producir?
Ahí se encuentra el verdadero punto de encuentro con una Francia laica. No en la pretensión de imponer una visión religiosa del mundo, sino en la búsqueda de aquello que puede sostener una vida común. La dignidad, la libertad, la justicia, la paz, la educación, la cultura, el cuidado de los vulnerables y la responsabilidad ante el futuro no son propiedad del cristianismo. Una sociedad secular puede reconocerlas y defenderlas desde sus propias convicciones.
La Iglesia no necesita apropiárselas para reconocer su verdad; tampoco puede limitarse a repetirlas. Porque el Evangelio no solo inspira, también inquieta. Lleva cada palabra hasta el lugar donde comienza a doler. ¿Qué significa defender la dignidad cuando algunas vidas siguen siendo consideradas prescindibles? ¿Qué significa hablar de libertad cuando nuevas formas de poder condicionan nuestras decisiones? ¿Qué significa invocar la igualdad mientras millones de personas permanecen al margen? ¿Qué significa construir la paz cuando la guerra continúa convirtiendo la inteligencia, la ciencia y la tecnología en instrumentos de destrucción? ¿Qué significa llamar progreso a un mundo capaz de hacer cada vez más cosas y cada vez menos capaz de preguntarse para qué?
Esta es la tensión que León XIV introduce en el corazón de la conversación francesa: no basta con aumentar nuestras posibilidades; necesitamos preguntarnos qué hacemos con ellas. No basta con atribuir inteligencia a las máquinas; necesitamos reconocer la dignidad de quienes las crean y de quienes pueden terminar sometidos a ellas. No basta con defender la libertad; hay que orientarla hacia el bien y la verdad. No basta con dominar la naturaleza; hay que asumir que pertenecemos a ella. No basta con prolongar la existencia; hay que volver a preguntarnos qué significa vivir.
Por eso la laicidad no tiene por qué ser para la Iglesia una frontera que la encierre, ni para la sociedad una muralla que la silencie. Puede convertirse en el espacio exigente de una conversación en la que nadie posee de antemano la última palabra. Una Iglesia que acepta ese espacio renuncia a los privilegios del pasado y entra en la intemperie del presente, allí donde la palabra ya no vale por la autoridad de quien la pronuncia, sino por la verdad que es capaz de sostener.
Las campanas sonaron siete minutos. Después, callaron. Francia siguió siendo Francia: plural, secular, libre de cualquier obligación de creer. Pero durante esos siete minutos una memoria religiosa atravesó el espacio público sin reclamar su dominio.
La respuesta no la dará el número de campanas que vuelvan a sonar, sino la calidad de la palabra que permanezca cuando hayan callado. Ese es el desafío: que, después del sonido, quede una palabra capaz de recordar a una sociedad que el progreso no responde por sí solo a la pregunta de qué merece ser humano, y que la libertad solo alcanza su plenitud cuando se pone al servicio del bien, de la verdad y de los otros.