León XIV y el «Evangelio sin glosa»: la primacía del Verbo
El «Evangelio sin glosa» deja de constituir una fórmula ascética para convertirse en un auténtico principio hermenéutico
La primacía de una Palabra
Cuando León XIV invita a vivir el «Evangelio sin glosa», no recupera únicamente una expresión querida por la tradición franciscana ni introduce un nuevo acento en la espiritualidad cristiana. Conduce a la Iglesia hasta la fuente permanente de su existencia: Jesucristo, Verbo eterno del Padre y Palabra definitiva pronunciada para la salvación del mundo. La expresión remite ciertamente a san Francisco de Asís; su alcance, sin embargo, rebasa el horizonte franciscano y alcanza el núcleo mismo de la revelación cristiana. La Iglesia vive de una Palabra que la precede, la convoca y la renueva sin cesar.
Cada época ha formulado esta convicción con un lenguaje distinto, pero siempre alrededor del mismo interrogante: ¿cómo escuchar a Cristo sin disminuir la novedad de su palabra? Los Padres buscaron la inteligencia espiritual de las Escrituras; los concilios custodiaron la integridad de la fe; los doctores desplegaron la riqueza del depósito revelado; los santos hicieron visible el Evangelio en la transparencia de su existencia. La historia del cristianismo no presenta una sucesión de respuestas independientes, sino una única tradición de escucha, continuamente alimentada por el Espíritu Santo.
La fe nace de una Palabra anterior a toda reflexión. Antes de las definiciones dogmáticas, antes de la elaboración teológica, antes incluso de la redacción de los libros del Nuevo Testamento, resuena la voz del Verbo hecho carne. La Carta a los Hebreos sitúa ahí el comienzo de la historia cristiana: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas; en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo» (Hb 1,1-2). La revelación no comunica simplemente verdades acerca de Dios; comunica al Hijo, en quien el Padre entrega definitivamente su propia vida. Por ello Benedicto XVI recordaba que «en el principio del ser cristiano no hay una decisión ética o una gran idea, sino el encuentro con un acontecimiento, con una Persona» (Deus caritas est, 1). Todo el edificio de la fe descansa sobre esta prioridad absoluta.
La Iglesia vive del Verbo
Desde esta perspectiva adquiere pleno significado la expresión recuperada por León XIV. El «Evangelio sin glosa» no designa un Evangelio privado de interpretación, sino una interpretación cuya misión consiste en transparentar a Cristo, nunca en sustituirlo. La inteligencia creyente no añade una palabra distinta a la Palabra; dispone el espíritu para acogerla con mayor profundidad. La Tradición no constituye un segundo Evangelio; conserva vivo el único Evangelio confiado a la Iglesia.
El Concilio Vaticano II expresó esta verdad con singular precisión: «La sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios confiado a la Iglesia» (Dei Verbum, 10). No existen dos fuentes paralelas, ni dos voces diferentes. La Iglesia recibe un único don y encuentra en él el principio permanente de su unidad, de su misión y de su esperanza.
Precisamente por ello aparece una tentación constante a lo largo de la historia cristiana: sustituir discretamente la fuerza del Evangelio por la seguridad de nuestras interpretaciones. El deseo legítimo de comprender puede deslizarse hacia la pretensión de dominar el misterio. La reflexión teológica, indispensable para la vida de la Iglesia, pierde su fecundidad cuando deja de conducir hasta Cristo y comienza a gravitar sobre sí misma.
Henri de Lubac advirtió con lucidez este riesgo. El cristianismo pierde su vigor cuando deja de transparentar el rostro de Jesucristo y se reduce a un sistema religioso autosuficiente. La doctrina encuentra su razón de ser en la Persona del Verbo; separada de Él, pierde su centro vital. La Iglesia no anuncia una idea sobre Cristo, sino a Cristo mismo, del cual brota toda doctrina, toda moral y toda espiritualidad.
Los Padres de la Iglesia: escuchar antes que explicar
Esta convicción atraviesa la gran tradición patrística. San Jerónimo resumió el fundamento de toda exégesis cristiana con una frase que ha llegado hasta nuestros días: «Ignoratio Scripturarum ignoratio Christi est» (Commentarii in Isaiam, Prologus). Ignorar las Escrituras equivale a ignorar a Cristo, porque en ellas habla el mismo Verbo que asumió nuestra carne. La lectura bíblica no constituye un ejercicio erudito; abre el camino hacia el encuentro con el Señor.
San Ireneo de Lyon prolonga esa intuición al contemplar la Tradición como el espacio donde el Espíritu conserva siempre joven la Palabra. «Ubi Ecclesia, ibi Spiritus Dei; et ubi Spiritus Dei, illic Ecclesia et omnis gratia» (Adversus haereses, III,24,1). Donde vive la Iglesia, actúa el Espíritu; donde actúa el Espíritu, la Palabra mantiene intacta su fecundidad. La Tradición no añade contenidos al Evangelio; garantiza su transmisión viva en el tiempo.
San Agustín desplaza entonces la mirada hacia el lugar donde esa Palabra alcanza realmente al hombre: el interior del corazón. Comentando las palabras del Señor —«Magister vester unus est Christus» (Mt 23,10)— recuerda: «Sonus verborum nostrorum aures pulsat; magister intus est» (In Epistolam Ioannis ad Parthos, III, 13). La voz del predicador llega hasta los oídos; Cristo enseña desde dentro. Ninguna elocuencia sustituye esa acción silenciosa del Maestro interior. El ministerio de la Iglesia prepara el encuentro; el Espíritu lo hace posible.
San Gregorio Magno añade una perspectiva decisiva: «Divina eloquia cum legente crescunt» (Homiliae in Ezechielem, I, VII, 8). Las palabras divinas crecen con quien las lee. No cambia la Escritura; madura el creyente. El Evangelio despliega su riqueza en la medida en que el corazón se deja transformar por la gracia. La comprensión auténtica nace de la conversión.
Los Padres de la Iglesia no reducen la Escritura a un objeto de estudio. La reciben como una presencia viva que juzga, purifica y recrea al discípulo. La verdadera inteligencia del Evangelio brota de la obediencia de la fe.
San Francisco: el Evangelio vivido
En este horizonte se comprende la originalidad de san Francisco de Asís. Su petición de vivir el Evangelio sine glossa no manifiesta desconfianza hacia la inteligencia cristiana; expresa una confianza absoluta en la fuerza transformadora de la Palabra. Francisco comprende que Cristo no necesita adaptaciones para conservar su actualidad. Necesita discípulos dispuestos a seguirlo.
Por eso su vida adquiere valor hermenéutico. San Buenaventura lo presenta como un hombre enteramente configurado por Cristo, cuya existencia refleja la forma misma del Evangelio (Legenda Maior, Prologus). La explicación encuentra entonces su culminación en la vida. El comentario deja paso al testimonio.
También san Bernardo de Claraval orienta la reflexión hacia el mismo centro. «Verbum sponsum quaerit» (Sermones super Cantica Canticorum, 83, 4): el Verbo busca a la esposa. La revelación no concluye en el conocimiento; florece en la comunión. La Escritura reclama inteligencia, pero reclama todavía más una respuesta de amor.
Santo Tomás de Aquino recorrerá el mismo camino desde la cumbre de la teología. Ningún autor desplegó con mayor amplitud las posibilidades de la razón iluminada por la fe. Sin embargo, al final de su itinerario confesó a Reginaldo de Piperno: «Omnia quae scripsi videntur mihi paleae»: Todo lo que he escrito me parece paja. No rebajaba el valor de la teología; reconocía su finalidad última. La inteligencia alcanza su plenitud cuando desemboca en la contemplación.
León XIV: una renovación desde el Verbo
La expresión elegida por León XIV, «Evangelio sin glosa», adquiere así una dimensión profundamente eclesial. En una cultura fascinada por la producción incesante de discursos, interpretaciones y análisis, el Papa recuerda que la Iglesia no encuentra su principio vital en la multiplicación de las palabras, sino en la escucha de la única Palabra que permanece para siempre.
Joseph Ratzinger formuló esta convicción con una claridad admirable: «La verdadera novedad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo» (Jesús de Nazaret, Prólogo). El Evangelio no reclama, ante todo, nuevas interpretaciones; reclama hombres y mujeres cuya vida haga visible esa figura.
Desde esta perspectiva, el «Evangelio sin glosa» deja de constituir una fórmula ascética para convertirse en un auténtico principio hermenéutico. Invita a la Iglesia a verificar continuamente si su predicación conduce hasta Cristo; si la teología conserva el carácter de inteligencia creyente; si la pastoral nace del Evangelio y vuelve constantemente a él; si la Tradición continúa ofreciendo el espacio donde el Espíritu mantiene siempre joven la Palabra.
La renovación eclesial no comienza con nuevos programas, ni con estrategias más eficaces, ni con una organización mejor diseñada. Comienza allí donde el Verbo recupera la primera palabra. Allí renace la conversión; allí la Escritura manifiesta nuevamente su fuerza creadora; allí la santidad devuelve carne al Evangelio.
En una época que multiplica las voces, el Papa agustino invita a escuchar de nuevo la Voz; en un tiempo que produce innumerables comentarios, conduce hasta la Palabra; en una cultura que corre el riesgo de quedar satisfecha con hablar de Cristo, recuerda que la Iglesia existe para transparentar su rostro.
Entonces el Evangelio deja de presentarse como un texto que reclama explicación para revelarse como la presencia viva del Resucitado, que continúa llamando a cada hombre y a cada mujer por su nombre. La glosa más perfecta del Evangelio no nace de la brillantez del exegeta ni de la sutileza del teólogo; nace de la santidad. Una existencia configurada con Jesucristo permite al Verbo prolongar su presencia en el tiempo y ofrecer nuevamente al mundo la transparencia de su rostro. Cada vez que esto acontece, la Iglesia redescubre la frescura de sus orígenes y el Evangelio manifiesta, una vez más, su inagotable novedad.
