León XIV y el futuro de la sucesión apostólica: ¿Quién transmite el ministerio episcopal?

"La autoridad episcopal, por tanto, no brota únicamente de un acto jurídico ni descansa exclusivamente sobre una cadena histórica de ordenaciones"

El Papa, en la misa de Lampedusa
El Papa, en la misa de Lampedusa | @Vatican Media
Rafael Lazcano
05 jul 2026 - 16:56

La actualidad eclesial ha vuelto a situar en primer plano una cuestión que dista mucho de ser un mero problema disciplinar. El 1 de julio, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, conocida como los lefebvrianos, consagró cuatro obispos en Écône sin el mandato pontificio del papa León XIV. La Santa Sede calificó estas consagraciones como un acto cismático y recordó que quienes participan formalmente en ellas incurren en la excomunión latae sententiae prevista por el derecho canónico. Más allá de la dimensión jurídica del acontecimiento, el episodio pone de manifiesto una cuestión de alcance mucho más profundo: la sucesión apostólica no se agota en la validez sacramental de la imposición de las manos, sino que presupone la inserción del ministerio episcopal en la comunión visible de la Iglesia.

La continuidad de la sucesión no depende únicamente de una línea ininterrumpida de ordenaciones, sino de la permanencia de esa misma misión apostólica en la unidad del colegio episcopal y en la comunión con el sucesor de Pedro. Precisamente esta perspectiva ha sido reafirmada desde el inicio del pontificado de León XIV al asumir la eclesiología de comunión del Concilio Vaticano II como principio hermenéutico para comprender la naturaleza y el ejercicio del ministerio apostólico.

La pregunta acerca de quién posee la autoridad para transmitir el ministerio episcopal parece, a primera vista, pertenecer exclusivamente al ámbito de la disciplina canónica o de la teología sacramental. Bastaría responder que un obispo válidamente ordenado, investido del mandato pontificio, comunica mediante la imposición de las manos y la oración consecratoria la plenitud del sacramento del Orden a quien ha sido legítimamente elegido. Sin embargo, una respuesta semejante, siendo doctrinalmente correcta, apenas alcanza la superficie de un problema cuya profundidad es esencialmente eclesiológica. La cuestión decisiva no consiste simplemente en determinar quién realiza materialmente la ordenación episcopal, sino en identificar quién constituye el verdadero sujeto de la sucesión apostólica, dónde reside originariamente la autoridad del ministerio y qué instancia garantiza que el episcopado permanezca siendo, en cada generación, el mismo ministerio confiado por Cristo a los Apóstoles.

Ordenación de obispos lefebvrianos
Ordenación de obispos lefebvrianos

Nos encontramos, en realidad, ante uno de los grandes loci theologici de la eclesiología contemporánea, donde confluyen la dogmática, la teología sacramental, el derecho canónico y el diálogo ecuménico. En este ámbito se juega la comprensión misma de la Iglesia como mysterium communionis, pues de la respuesta depende la manera de entender el origen, la naturaleza y el ejercicio del ministerio apostólico. En este contexto, el desarrollo del magisterio reciente, cuya continuidad se manifiesta ya en las primeras enseñanzas de León XIV, ha consolidado un significativo desplazamiento hermenéutico: desde una concepción predominantemente jurídica de la autoridad eclesial hacia una visión del ministerio apostólico arraigada en Cristo, vivificada por el Espíritu Santo, realizada en la comunión de la Iglesia y constitutivamente ordenada a su misión.

Este horizonte aparece formulado de manera programática en la homilía con la que León XIV inauguró su ministerio petrino el 18 de mayo de 2025, al expresar su deseo de «una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, fermento para un mundo reconciliado»

Este horizonte aparece formulado de manera programática en la homilía con la que León XIV inauguró su ministerio petrino el 18 de mayo de 2025, al expresar su deseo de «una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, fermento para un mundo reconciliado» e invitar a todo el pueblo de Dios a «mirar a Cristo» como fundamento último de la unidad y de la misión eclesiales. Días antes, en su encuentro con el Colegio Cardenalicio, había situado explícitamente su pontificado en continuidad con el Concilio Vaticano II y con el magisterio de sus predecesores, reafirmando la eclesiología de comunión como el principio hermenéutico desde el que comprender la identidad, la estructura y la misión de la Iglesia.

Desde esta perspectiva, la sucesión apostólica deja de entenderse exclusivamente como la continuidad histórica de una potestad transmitida mediante una cadena ininterrumpida de ordenaciones para aparecer, ante todo, como la actualización permanente de la misión de Cristo en la comunión de la Iglesia. La continuidad institucional conserva toda su importancia, pero encuentra su pleno significado únicamente cuando permanece inseparable de la comunión eclesial, de la colegialidad episcopal y del ministerio de unidad confiado al sucesor de Pedro. Es precisamente en esta articulación entre sacramentalidad, comunión y misión donde la reflexión teológica contemporánea encuentra uno de sus desarrollos más fecundos y donde la pregunta por quién transmite verdaderamente el ministerio episcopal adquiere toda su densidad doctrinal y eclesiológica.

I. La falsa evidencia de una respuesta aparentemente simple

Durante siglos, la cuestión fue formulada casi exclusivamente en términos de sucesión histórica. El problema consistía en garantizar una cadena ininterrumpida de consagraciones episcopales que remontara, mediante la imposición de las manos, hasta los mismos Apóstoles. La preocupación era legítima. Si el ministerio episcopal constituye la continuidad visible del ministerio apostólico, resulta necesario asegurar que esa continuidad no haya sufrido interrupción.

Concilio Vaticano II
Concilio Vaticano II

Sin embargo, esta manera de plantear el problema encerraba un riesgo considerable: reducir la sucesión apostólica a una especie de genealogía sacramental. Como si la identidad del episcopado pudiera agotarse en una cadena cronológica de ordenaciones válidas. En semejante perspectiva, la sucesión terminaba pareciendo un patrimonio transmitido de unos obispos a otros, casi como si éstos fueran propietarios de un poder recibido y destinado simplemente a reproducirse.

El desplazamiento resulta decisivo: más que una potestad, se comunica una misión. Precisamente por ello, el sujeto originario de esa transmisión no puede identificarse con quienes ejercen el ministerio, sino únicamente con Cristo, que continúa llamando y enviando pastores para su Iglesia

La renovación eclesiológica iniciada por el Concilio Vaticano II transforma profundamente esta perspectiva. La sucesión apostólica deja de comprenderse exclusivamente como la continuidad de una línea histórica para contemplarse, ante todo, como la permanencia de la misión de Cristo en la historia. El desplazamiento resulta decisivo: más que una potestad, se comunica una misión. Precisamente por ello, el sujeto originario de esa transmisión no puede identificarse con quienes ejercen el ministerio, sino únicamente con Cristo, que continúa llamando y enviando pastores para su Iglesia.

En este punto aflora una de las intuiciones más fecundas del magisterio contemporáneo: el episcopado nunca pertenece a los obispos, sino al Señor que lo confía para el servicio de su Pueblo. En esta misma línea, León XIV recordaba a los nuevos obispos: «El don que habéis recibido no es para vosotros mismos, sino para servir a la causa del Evangelio» (Discurso a los nuevos obispos, 11 de septiembre de 2025). 

II. Cristo continúa siendo el único origen del ministerio

La teología del sacramento del Orden descansa sobre un principio cristológico fundamental: la autoridad ministerial procede de Cristo y participa de su único sacerdocio y de su único pastoreo. Ningún ministerio encuentra su origen en una potestad autónoma ni en una delegación exclusivamente humana. La Iglesia recibe el ministerio apostólico como un don permanente del Señor resucitado, cuya iniciativa precede, sostiene y culmina toda acción sacramental.

Desde esta perspectiva, la tradición católica nunca atribuyó al obispo ordenante la capacidad de producir un nuevo obispo mediante un poder propio ni de transmitir una autoridad perteneciente a su patrimonio personal. El obispo consagrante actúa sacramentalmente in persona Christi y en nombre de la Iglesia; por ello, el verdadero sujeto de toda ordenación episcopal permanece siempre en Cristo. La eficacia del sacramento no brota del ministro, sino de la acción del Señor que continúa edificando su Iglesia mediante el Espíritu Santo.

Las consecuencias eclesiológicas de esta afirmación resultan decisivas. La sucesión apostólica no puede reducirse a la continuidad histórica de una cadena de ordenaciones ni a la transmisión jurídica de una potestad. Cada ordenación actualiza sacramentalmente la iniciativa permanente de Cristo, que sigue llamando, enviando y configurando pastores para su Pueblo. La continuidad apostólica encuentra así su fundamento último no en la sola fidelidad de una institución, sino en la fidelidad inquebrantable del Resucitado a la misión confiada a los Apóstoles.

León XIV y la imposición de manos
León XIV y la imposición de manos

En este contexto, la imposición de las manos constituye mucho más que un gesto ritual. Como signo sacramental, hace visible la acción invisible del Espíritu Santo, que configura al elegido con Cristo Pastor e incorpora su vida a la misión apostólica de la Iglesia. De manera análoga a la celebración eucarística, donde el presbítero nunca puede apropiarse del misterio que celebra, tampoco el obispo puede considerarse propietario del ministerio que comunica. En ambos casos, el ministro presta su servicio a una acción cuya fuente permanece siempre en Dios.

El episcopado aparece, así, como la prolongación sacramental de la misión de Cristo en la historia. La Iglesia no crea el ministerio apostólico, sino que lo recibe continuamente de su Señor; los obispos no producen el episcopado, sino que participan sacramentalmente en la única misión del Buen Pastor. La sucesión apostólica manifiesta, en último término, la fidelidad permanente de Cristo, quien, mediante el Espíritu Santo y la comunión de la Iglesia, continúa llamando y enviando pastores para anunciar el Evangelio, santificar a su Pueblo y custodiar la unidad hasta la consumación del Reino.

III. El Espíritu Santo: el gran protagonista olvidado

Una de las aportaciones más fecundas de la eclesiología posterior al Vaticano II radica en la recuperación de la dimensión pneumatológica del ministerio. Durante largos períodos de la historia occidental, la reflexión teológica concentró su atención casi exclusivamente en categorías jurídicas como la potestad, la jurisdicción, la competencia, la autoridad y la validez. Ese enfoque permitió salvaguardar la estructura visible de la Iglesia y la continuidad objetiva del ministerio apostólico; sin embargo, relegó con frecuencia a un segundo plano la acción creadora y permanente del Espíritu Santo, cuya iniciativa precede, acompaña y culmina toda acción sacramental. En plena continuidad con esta recuperación, León XIV recuerda que «también hoy, lo que ocurrió en el Cenáculo acontece de nuevo en medio de nosotros: el don del Espíritu Santo desciende sobre nosotros» (Homilía de Pentecostés, 8 de junio de 2025).

Sin descartar ninguna de aquellas categorías, el magisterio reciente recuperó progresivamente una convicción mucho más antigua, arraigada en la tradición patrística y en la liturgia de la Iglesia: el Espíritu Santo constituye auténticamente al obispo. La autoridad episcopal, por tanto, no brota únicamente de un acto jurídico ni descansa exclusivamente sobre una cadena histórica de ordenaciones; hunde sus raíces en la acción vivificante del Espíritu, que incorpora al elegido a la misión apostólica de Cristo y lo capacita para anunciar la Palabra, santificar al Pueblo de Dios y custodiar la comunión eclesial.

Desde esta perspectiva, la oración consecratoria adquiere un relieve decisivo. Lejos de funcionar como un simple acompañamiento ritual de un acto canónico, constituye una verdadera epíclesis, mediante la cual la Iglesia implora una nueva efusión del Espíritu sobre el elegido. La ordenación episcopal aparece, así, no como la mera ratificación litúrgica de una decisión previamente adoptada, sino como el momento sacramental en el que Dios actúa eficazmente mediante los signos visibles de la Iglesia.

La imposición de las manos conserva toda su importancia como signo sacramental objetivo, pero remite siempre a una acción más profunda, invisible y gratuita, cuya fuente permanece en Dios mismo

Esta comprensión modifica profundamente la inteligencia de la sucesión apostólica. La continuidad del ministerio ya no depende exclusivamente de una transmisión institucional o de la conservación material de una línea histórica de ordenaciones, sino de la fidelidad con la que el mismo Espíritu renueva incesantemente el don apostólico en el seno de la Iglesia. La imposición de las manos conserva toda su importancia como signo sacramental objetivo, pero remite siempre a una acción más profunda, invisible y gratuita, cuya fuente permanece en Dios mismo.

Cada nueva ordenación episcopal actualiza, por ello, un nuevo Pentecostés ministerial. No porque el Espíritu vuelva a descender como si antes hubiera estado ausente, sino porque renueva en un miembro concreto de la Iglesia la gracia apostólica concedida originariamente a los Doce y comunicada a la Iglesia entera en Pentecostés. Como ha señalado León XIV, «el Espíritu Santo es la caridad viva de Cristo que nos llena, nos impulsa y nos sostiene en la misión» (Homilía de Pentecostés, 24 de mayo de 2026). El ministerio episcopal nace, de este modo, del mismo dinamismo pneumatológico que dio origen a la Iglesia y continúa alimentando su vida.

Prevost, entonces obispo de Chiclayo, impone las manos en la ordenación episcopal de Manuel Herreros
Prevost, entonces obispo de Chiclayo, impone las manos en la ordenación episcopal de Manuel Herreros | Diócesis de Palencia

La sucesión apostólica trasciende, así, la condición de simple memoria histórica para adquirir el significado de un acontecimiento permanente del Espíritu. En cada generación, la Iglesia no solo recuerda el origen apostólico de su ministerio, sino que recibe nuevamente ese mismo don mediante la acción vivificante del Espíritu Santo. En este sentido, León XIV exhorta a que «el Espíritu prevalezca sobre toda lógica humana y se convierta verdaderamente en el protagonista» de la vida de la Iglesia (Homilía de la Misa votiva del Espíritu Santo, 1 de septiembre de 2025). La continuidad apostólica no descansa únicamente sobre la fidelidad de los hombres a una institución recibida; encuentra su fundamento último en la fidelidad inquebrantable del Espíritu, que jamás abandona a la Iglesia y continúa suscitando, consagrando y enviando pastores para prolongar en la historia la misión de Cristo, único Pastor y Cabeza de su Pueblo.

IV. La Iglesia como verdadero sujeto histórico de la sucesión

La eclesiología de comunión ilumina la transmisión del ministerio episcopal como una acción de toda la Iglesia realizada sacramentalmente mediante el ministerio de los obispos. El obispo consagrante participa activamente en ese acto sacramental, pero su ministerio adquiere sentido únicamente dentro de la comunión del colegio episcopal y de la misión confiada por Cristo a toda la Iglesia. De este modo, cada ordenación episcopal expresa la continuidad viva de la misión apostólica y manifiesta la presencia operante de Cristo, quien, mediante el Espíritu Santo, continúa suscitando pastores para conducir a su Pueblo. 

La plenitud del sacramento del Orden incorpora simultáneamente al elegido al colegio episcopal, cuya comunión constituye una dimensión inseparable del ministerio recibido. Cada obispo participa de la solicitud por toda la Iglesia y ejerce su ministerio en constante relación con sus hermanos en el episcopado. Esta dimensión colegial no responde únicamente a criterios organizativos o disciplinarios, sino que brota de la misma naturaleza sacramental del episcopado, cuya finalidad consiste en edificar la unidad del Pueblo de Dios. En este sentido, León XIV recordaba a los representantes de las Iglesias y comunidades eclesiales que «cuanto más fieles y obedientes seamos a Cristo, tanto más unidos estaremos entre nosotros» (Discurso a los representantes de las Iglesias y Comunidades eclesiales y de otras religiones, 19 de mayo de 2025), subrayando que la comunión encuentra siempre su fundamento en la fidelidad compartida al Señor.

En este entramado de comunión, el ministerio del sucesor de Pedro aporta el principio visible de cohesión de todas las Iglesias particulares. La comunión con el Obispo de Roma integra a cada nuevo obispo en la unidad de la Iglesia universal y garantiza que el ejercicio del ministerio apostólico permanezca plenamente inserto en la comunión católica. El ministerio petrino fortalece así la colegialidad episcopal, favorece la convergencia de las Iglesias particulares y custodia la integridad de la misión apostólica recibida de Cristo. Como recordó León XIV a los obispos de España, el pastor diocesano está llamado a «ser signo visible de comunión», promoviendo la unidad con el sucesor de Pedro, con el colegio episcopal y con la Iglesia confiada a su cuidado (Discurso a los obispos de España, 8 de junio de 2026).

V. El ministerio petrino como principio de comunión

En este horizonte eclesiológico, el ministerio del Obispo de Roma adquiere una densidad teológica que supera ampliamente una interpretación exclusivamente jurídica. Durante mucho tiempo, el mandato pontificio recibió una consideración preferentemente canónica, como requisito indispensable para la ordenación episcopal. Sin perder ese valor normativo, la eclesiología de comunión desarrollada desde el Concilio Vaticano II permite reconocer una función mucho más profunda, inseparable de la naturaleza sacramental y comunional de la Iglesia. No resulta casual que, al dirigirse por primera vez al Colegio Cardenalicio, León XIV situara explícitamente su ministerio en continuidad con el Vaticano II, reafirmando como criterios irrenunciables «la colegialidad y la sinodalidad» junto con el primado de Cristo y la misión evangelizadora de la Iglesia (Discurso al Colegio Cardenalicio, 10 de mayo de 2025).

El ministerio petrino no añade una nueva sacramentalidad al episcopado ni completa la plenitud del sacramento del Orden, cuya eficacia procede íntegramente de la acción de Cristo por el Espíritu Santo. Su misión pertenece a otro orden, igualmente constitutivo: hacer visible y custodiar la comunión universal de las Iglesias. El sucesor de Pedro aparece así como el principio permanente de unidad que mantiene vinculadas las Iglesias particulares, fortalece la comunión del colegio episcopal y garantiza la continuidad visible de la Iglesia apostólica. En la homilía con la que inauguró su ministerio petrino, León XIV sintetizó admirablemente esta misión al afirmar que las dos dimensiones inseparables del ministerio confiado a Pedro son «el amor y la unidad» (Homilía para el inicio del ministerio petrino, 18 de mayo de 2025).

Cada obispo recibe, por tanto, una misión simultáneamente local y universal, inseparable de la comunión con los demás obispos y con quien preside su unidad

Desde esta perspectiva, el mandato pontificio expresa mucho más que una autorización jurídica. Constituye el signo eclesial mediante el cual la Iglesia universal acoge al nuevo obispo y reconoce su incorporación al colegio episcopal. La comunión con el sucesor de Pedro manifiesta que el ministerio recibido trasciende el ámbito de una Iglesia particular y participa de la solicitud apostólica por toda la Iglesia. Cada obispo recibe, por tanto, una misión simultáneamente local y universal, inseparable de la comunión con los demás obispos y con quien preside su unidad.

Esta comprensión ilumina también la relación entre primado y colegialidad. El ministerio petrino no se superpone al ministerio de los obispos ni limita su responsabilidad pastoral; crea, por el contrario, las condiciones eclesiales para su ejercicio pleno. Primado y colegialidad no representan principios concurrentes, sino dimensiones complementarias de una misma estructura de comunión. Mientras la colegialidad expresa sacramentalmente la unidad del episcopado, el primado la hace visible y la custodia en el conjunto de la Iglesia. La sacramentalidad incorpora al elegido al ministerio apostólico mediante la acción del Espíritu Santo; la comunión con el sucesor de Pedro inserta ese ministerio en la unidad visible de todas las Iglesias. La una comunica la gracia del ministerio; el otro garantiza su catolicidad.

Desde esta perspectiva desaparece la clásica oposición entre autoridad local y autoridad universal. El obispo preside una Iglesia particular como sucesor de los Apóstoles; el Obispo de Roma preside la comunión de todas las Iglesias como sucesor de Pedro. Ambos ministerios participan de una única misión: custodiar la integridad de la fe apostólica, fortalecer la comunión eclesial y sostener la misión evangelizadora. En esta misma línea, León XIV recordó a los nuevos obispos que el ministerio recibido «no es para vosotros mismos, sino para servir a la causa del Evangelio» (Discurso a los nuevos obispos, 11 de septiembre de 2025), desplazando definitivamente el centro de gravedad del ministerio desde la lógica de la potestad hacia la lógica del servicio.

León XIV en una ordenación episcopal
León XIV en una ordenación episcopal

El ministerio petrino permite comprender, en definitiva, la auténtica catolicidad del episcopado. Cada nuevo obispo recibe el ministerio apostólico dentro de una comunión que integra inseparablemente la Iglesia particular, el colegio episcopal y el sucesor de Pedro. La sucesión apostólica manifiesta así toda su riqueza: no constituye únicamente la continuidad histórica de un ministerio, sino la permanente edificación de la comunión querida por Cristo, suscitada por el Espíritu Santo y visibilizada sacramentalmente en la unidad de los obispos con quien preside, en la caridad, la comunión de todas las Iglesias.

VI. León XIV y una eclesiología de la misión

Las primeras intervenciones magisteriales de León XIV desarrollan con notable coherencia la trayectoria eclesiológica inaugurada por el Concilio Vaticano II y profundizada por sus predecesores. Desde la Homilía para el inicio del ministerio petrino (18 de mayo de 2025), el nuevo Pontífice sitúa el ministerio ordenado bajo el primado de Cristo y de la comunión eclesial, presentando el servicio pastoral como participación en la única misión del Buen Pastor y no como ejercicio de una autoridad autorreferencial. Esta misma perspectiva reaparece en la Catequesis introductoria sobre el Concilio Vaticano II (7 de enero de 2026), donde invita a releer el Vaticano II como «una gran gracia» para la Iglesia y como criterio hermenéutico para comprender su identidad y su misión en el tiempo presente.

Desde esta clave, el ministerio episcopal encuentra su inteligibilidad en la participación sacramental en la misión de Cristo. La plenitud del sacramento del Orden configura al obispo con Cristo Cabeza y Pastor para anunciar el Evangelio, santificar al Pueblo de Dios y fortalecer la comunión eclesial. La autoridad episcopal encuentra, así, su fundamento en la misión recibida del Señor y despliega toda su fecundidad en el servicio pastoral, de modo que cada obispo prolonga sacramentalmente la solicitud de Cristo por su Iglesia.

El obispo aparece, por ello, como custodio de la fe apostólica, principio visible de unidad en la Iglesia particular, miembro del colegio episcopal y colaborador del sucesor de Pedro

En esta perspectiva, la sucesión apostólica expresa mucho más que la continuidad histórica de un ministerio. Manifiesta la permanencia de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles y garantiza que cada generación permanezca vinculada al acontecimiento fundante del Evangelio mediante la predicación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y la comunión eclesial. El obispo aparece, por ello, como custodio de la fe apostólica, principio visible de unidad en la Iglesia particular, miembro del colegio episcopal y colaborador del sucesor de Pedro en la solicitud por toda la Iglesia.

Esta comprensión recibe una formulación particularmente significativa en el Encuentro con los obispos de España (Madrid, 8 de junio de 2026). Allí, León XIV recuerda que el ministerio episcopal debe discernir continuamente qué estructuras sirven verdaderamente a la misión de la Iglesia y cuáles requieren renovación, insistiendo en que la unidad episcopal constituye un testimonio imprescindible para la evangelización y para el diálogo con el mundo contemporáneo. La misión del obispo aparece así inseparablemente unida al servicio de la comunión, a la custodia de la fe y al impulso evangelizador.

El Papa, en la sede de la Conferencia Episcopal Española
El Papa, en la sede de la Conferencia Episcopal Española | RD/Captura

En consecuencia, el pontificado de León XIV no introduce una nueva doctrina sobre el episcopado, sino que consolida un desplazamiento hermenéutico de gran alcance. La pregunta decisiva ya no recae exclusivamente sobre el origen jurídico o sacramental de la autoridad, sino sobre su finalidad eclesial y misionera. El ministerio episcopal encuentra su verdad más profunda cuando prolonga la misión de Cristo, fortalece la comunión entre las Iglesias y hace visible, mediante el servicio pastoral, la presencia permanente del Buen Pastor en medio del Pueblo de Dios. Esta lectura sitúa la sucesión apostólica en el corazón mismo de la eclesiología de comunión, donde cristología, pneumatología y misión convergen armónicamente en una única realidad: la fidelidad permanente de Cristo, que continúa edificando su Iglesia mediante el ministerio de los obispos.

VII. El desafío ecuménico: ¿qué significa realmente la sucesión apostólica?

El diálogo ecuménico contemporáneo ha enriquecido decisivamente la comprensión de la sucesión apostólica al desplazar la reflexión desde la mera continuidad histórico-sacramental hacia la naturaleza misma de la Iglesia y de su misión. La cuestión ya no se limita a la transmisión ininterrumpida de las ordenaciones episcopales, sino que alcanza una pregunta más radical: ¿cómo permanece la Iglesia en la misión confiada por Cristo a los Apóstoles? Este cambio de perspectiva no relativiza la sucesión sacramental, sino que la sitúa dentro del horizonte más amplio de la comunión eclesial, la fidelidad apostólica y la misión evangelizadora. En esta misma dirección, León XIV ha recordado que el camino ecuménico encuentra su fundamento en la comunión con Cristo, afirmando que «mientras caminamos hacia el restablecimiento de la plena comunión entre todos los cristianos... cuanto más fieles y obedientes seamos a Cristo, tanto más unidos estaremos entre nosotros» (Discurso a las delegaciones ecuménicas e interreligiosas, 19 de mayo de 2025).

En este contexto, el diálogo con las Iglesias ortodoxas confirma un amplio patrimonio apostólico compartido. La Iglesia católica reconoce la validez de su sucesión sacramental y de sus ministerios episcopales, de modo que la cuestión pendiente no afecta a la autenticidad del ministerio, sino a la plena comunión eclesial. La continuidad sacramental manifiesta así toda su orientación hacia la unidad visible de la Iglesia.

Con las Iglesias surgidas de la Reforma, la reflexión adquiere un perfil diferente. Su comprensión de la apostolicidad privilegia la continuidad del Evangelio, la fidelidad a la fe apostólica y la permanencia de la misión recibida de Cristo. Esta acentuación recuerda oportunamente que ninguna estructura ministerial alcanza su pleno significado al margen de la fidelidad permanente a la Palabra de Dios y del dinamismo evangelizador que constituye la razón de ser del ministerio eclesial.

Durante mucho tiempo ambas perspectivas parecieron recorrer caminos paralelos. Sin embargo, la eclesiología contemporánea ha puesto de manifiesto su profunda complementariedad. La sucesión sacramental únicamente despliega toda su verdad cuando permanece inseparablemente unida a la sucesión en la fe apostólica, mientras que la fidelidad al Evangelio encuentra en el ministerio apostólico una expresión visible y sacramental de la continuidad de la Iglesia. La apostolicidad integra, así, sacramento, fe y misión en una única realidad eclesial.

El Papa y el Patriarca ecuménico de Constantinopla en el encuentro de Iznik (Turquía)
El Papa y el Patriarca ecuménico de Constantinopla en el encuentro de Iznik (Turquía)

Quizá uno de los frutos más prometedores del diálogo ecuménico resida precisamente en esta convergencia. La sucesión apostólica deja entonces de aparecer exclusivamente como un criterio de diferenciación confesional para revelarse como un espacio privilegiado de encuentro teológico, donde la continuidad del ministerio, la integridad de la fe y la comunión de la Iglesia remiten conjuntamente a una única fuente: la fidelidad permanente de Cristo, que, por la acción del Espíritu Santo, continúa edificando su Iglesia y conduciéndola hacia la plenitud de la comunión visible.

VIII. El episcopado como realidad de comunión 

La eclesiología contemporánea encuentra una de sus aportaciones más fecundas en la comprensión relacional del ministerio episcopal. A la luz del Concilio Vaticano II, del desarrollo posterior del magisterio y de las primeras enseñanzas de León XIV, el episcopado aparece cada vez con mayor claridad como una realidad constitutivamente comunional antes que como una potestad individual. En continuidad con Lumen gentium, León XIV ha insistido en que la Iglesia sólo comprende adecuadamente su identidad cuando permanece centrada en Cristo y abierta a la comunión que el Espíritu suscita entre todos sus miembros, presentando la unidad como forma propia del ministerio eclesial y no simplemente como una exigencia disciplinar. Así lo subraya tanto en la Homilía para el inicio del ministerio petrino (18 de mayo de 2025), al afirmar que el ministerio de Pedro tiene como misión «custodiar la unidad en el amor», como en sus catequesis sobre la constitución Lumen gentium, donde relee el Vaticano II desde la categoría de la comunión eclesial.

León XIV recordó que toda autoridad en la Iglesia sólo encuentra legitimidad cuando permanece al servicio de la comunión y de la misión evangelizadora, retomando expresamente la orientación del Concilio Vaticano II

Esta perspectiva supera una interpretación predominantemente jurídica del ministerio. Sin abandonar las categorías de potestad, jurisdicción y legitimidad, las integra en una comprensión más profunda, donde la identidad del obispo brota de las relaciones que constituyen su propio ministerio. En el Discurso al Colegio Cardenalicio (10 de mayo de 2025), León XIV recordó que toda autoridad en la Iglesia sólo encuentra legitimidad cuando permanece al servicio de la comunión y de la misión evangelizadora, retomando expresamente la orientación del Concilio Vaticano II.

Desde esta clave, el obispo recibe su identidad ante todo de su configuración sacramental con Cristo, único Pastor de la Iglesia. El Espíritu Santo lo incorpora a la misión apostólica mediante la plenitud del sacramento del Orden, mientras la ordenación lo introduce simultáneamente en el colegio episcopal, lo vincula a la Iglesia particular confiada a su cuidado y lo inserta en la comunión universal presidida por el sucesor de Pedro. Ninguna de estas relaciones constituye un elemento secundario; todas pertenecen a la estructura interna del ministerio episcopal y revelan su auténtica naturaleza.

Esta dimensión relacional recibe una formulación particularmente significativa en el Discurso a los obispos de España (Madrid, 8 de junio de 2026). Allí, León XIV recuerda que el obispo está llamado a «ser signo visible de comunión»: comunión con Cristo, «custodiando amorosamente la fe recibida»; comunión con el sucesor de Pedro y con la Iglesia universal; comunión con el presbiterio, con la comunidad diocesana y con todos los carismas suscitados por el Espíritu para el bien común. El Papa presenta así el ministerio episcopal como un servicio destinado a fortalecer la unidad y a sostener el dinamismo misionero de la Iglesia.

También la autoridad adquiere, desde esta perspectiva, una comprensión renovada. Su fundamento ya no reside en el ejercicio de una potestad aislada, sino en la comunión con Cristo y en el servicio a la unidad del Pueblo de Dios. En la misma alocución a los obispos españoles, León XIV afirma que «la fuerza de la Iglesia no proviene de sus recursos, sino de la santidad de sus hijos y de la comunión de sus pastores», vinculando explícitamente el ejercicio del ministerio episcopal con la edificación de la comunión y con la fecundidad de la misión evangelizadora.

El Papa, en la Conferencia Episcopal Española
El Papa, en la Conferencia Episcopal Española | RD/Captura

Desde esta perspectiva, el episcopado aparece como una realidad esencialmente relacional, donde convergen cristología, pneumatología y eclesiología. La sucesión apostólica deja entonces de comprenderse únicamente como continuidad histórica del ministerio para manifestarse como continuidad de una comunión suscitada por el Espíritu, configurada por Cristo y vivida en la Iglesia. Esta constituye, probablemente, una de las aportaciones más prometedoras del desarrollo eclesiológico actual y uno de los acentos más característicos del magisterio inicial de León XIV: comprender el ministerio episcopal desde la primacía de la comunión y de la misión antes que desde la lógica de la potestad.

Conclusión: la sucesión apostólica, sacramento de la comunión y de la misión

La pregunta que ha guiado esta reflexión —¿quién posee autoridad para transmitir el ministerio episcopal?— conduce finalmente a una respuesta mucho más amplia y profunda de lo que permitía su formulación inicial. El recorrido realizado desde la eclesiología, la teología sacramental, la pneumatología y el diálogo ecuménico ha puesto de manifiesto que la transmisión del episcopado no admite una explicación exclusivamente jurídica, histórica o institucional. Su verdadera comprensión brota del misterio mismo de la Iglesia y reclama una visión integradora en la que confluyen Cristo, el Espíritu Santo, la Iglesia, el colegio episcopal y el ministerio petrino.

La tradición católica reconoce al obispo válidamente ordenado como ministro sacramental de la ordenación episcopal. Sin embargo, la riqueza teológica de este acontecimiento supera ampliamente el acto litúrgico en sí mismo. La Iglesia entera, mediante la comunión del colegio episcopal y bajo el principio visible de unidad confiado al sucesor de Pedro, acoge y comunica el mismo ministerio recibido de Cristo. Cada nueva ordenación constituye, por ello, un acontecimiento de gracia en el que convergen la acción de Cristo, la efusión del Espíritu Santo y la vida de la Iglesia, haciendo presente en la historia la continuidad de la misión apostólica.

La recuperación contemporánea de la dimensión pneumatológica y comunional ha permitido contemplar la sucesión apostólica desde una perspectiva más rica

La recuperación contemporánea de la dimensión pneumatológica y comunional ha permitido contemplar la sucesión apostólica desde una perspectiva más rica. Su significado ya no se limita a la continuidad histórica de una cadena de ordenaciones, sino que expresa la permanencia viva de la misión confiada por Cristo a los apóstoles. El episcopado aparece, así, como un ministerio esencialmente relacional, configurado por la comunión con Cristo, sostenido por el Espíritu Santo, ejercido colegialmente con los demás obispos, vivido al servicio de una Iglesia particular e inseparable de la comunión universal presidida por el sucesor de Pedro.

A la luz de esta comprensión, también el diálogo ecuménico adquiere una fecundidad renovada. La tradición católica y las distintas confesiones cristianas convergen progresivamente en una comprensión más integral de la apostolicidad, donde la continuidad sacramental del ministerio, la fidelidad al Evangelio, la comunión eclesial y la misión evangelizadora aparecen como dimensiones inseparables de una misma realidad. Las primeras enseñanzas del papa León XIV refuerzan precisamente esta perspectiva al situar la misión en el centro de la comprensión del ministerio episcopal y al recordar que toda autoridad en la Iglesia encuentra su razón de ser en el anuncio del Evangelio, la custodia de la unidad y el servicio al Pueblo de Dios.

La respuesta a la cuestión inicial alcanza, de este modo, toda su profundidad. En el plano sacramental, un obispo transmite el ministerio episcopal; en el plano eclesial, la Iglesia lo comunica mediante la comunión del colegio episcopal; en el plano visible de la unidad, el sucesor de Pedro garantiza su inserción en la comunión universal; en el plano pneumatológico, el Espíritu Santo configura al elegido con Cristo Pastor. Sin embargo, en el plano último de la fe, únicamente Cristo permanece como origen, sujeto y garante del ministerio apostólico, porque solo Él continúa edificando su Iglesia y conduciendo a su Pueblo a través de la historia.

La sucesión apostólica no constituye, por tanto, la mera continuidad de una institución ni la simple transmisión de una potestad heredada. Expresa el acontecimiento permanente mediante el cual Cristo, en la fuerza del Espíritu Santo y por medio de la Iglesia, continúa suscitando pastores para anunciar el Evangelio, santificar a los fieles y custodiar la comunión hasta la plenitud del Reino. En esa fidelidad permanente del Señor encuentra el ministerio episcopal su fundamento último y la Iglesia la certeza de que la promesa de Cristo permanece siempre viva: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

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