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León XIV ante la Iglesia de Francia: volver a empezar sin volver atrás (I)

Viaje Apostólico de León XIV a Francia (25-28 septiembre 2026)

"La Iglesia francesa está llamada a vivir de una fe capaz de ser elegida, compartida y encarnada; de una fuerza que nace del testimonio; de una vida que hace visible el Evangelio"

El Papa en FRancia

El viaje apostólico de León XIV a Francia se produce en un momento particularmente revelador para el catolicismo europeo. El Papa llega a una Iglesia que ha perdido buena parte de la influencia social que durante siglos acompañó su presencia y que, al mismo tiempo, está descubriendo que el final de aquella posición histórica puede obligarla a preguntarse de nuevo por lo esencial. Francia conserva las huellas de una profunda matriz cristiana, visibles todavía en sus catedrales, sus fiestas, sus paisajes, su patrimonio artístico y buena parte de su memoria colectiva. Sin embargo, ya no vive de ella. La herencia permanece; lo que ha desaparecido, en buena medida, es el entorno que durante generaciones permitió recibirla casi naturalmente.

El Papa en Francia

Entre la memoria de lo que fue y la incertidumbre de lo que está por venir, emerge una cuestión decisiva: cómo anunciar el Evangelio cuando la fe se abre camino como una elección personal, fruto de la búsqueda, el discernimiento y la libertad, y encuentra en cada persona la posibilidad de ser acogida y vivida como propia. 

Por eso resulta especialmente significativo el viaje de León XIV a Francia, del 25 al 28 de septiembre. El itinerario que se le ha preparado parece contener, en sí mismo, una lectura de la situación francesa: París y Saint-Denis, Lourdes y Metz; las autoridades de la República y la UNESCO; los jóvenes, los catecúmenos y los recién bautizados; las víctimas de abusos y los obispos; finalmente, Europa, la paz, la unidad y el diálogo interreligioso. No es únicamente un recorrido geográfico. Es también, de algún modo, un mapa de las preguntas que hoy tiene planteadas el catolicismo francés: su relación con la sociedad, su memoria, sus heridas, sus nuevas generaciones, su capacidad de transmisión y su lugar en una Europa que atraviesa también una profunda transformación.

A mi juicio, la importancia de estos cuatro días dependerá menos de la capacidad del Papa para reunir multitudes que de su capacidad para ayudar a esta Iglesia a mirar con serenidad su propia realidad. No necesita que se le prometa el regreso de una influencia perdida ni que se maquille la profundidad de la secularización. Necesita recuperar confianza en su misión y comprender que el final de una determinada forma histórica del catolicismo puede abrir, precisamente por la pérdida de sus seguridades, una posibilidad nueva de fecundidad.

Una de las enseñanzas fundamentales que León XIV puede ofrecerle es ésta: discernir, con lucidez y esperanza, la Iglesia que está llamada a ser. Se trata de asumir la historia recibida, reconocer la riqueza de una tradición que ha dejado una huella profunda en Francia y hacerla fecunda en las condiciones del presente. La fidelidad consiste en descubrir qué necesita hoy el Evangelio para ser anunciado, comprendido y vivido, y en generar las formas capaces de hacerlo visible en una sociedad profundamente transformada. 

La cuestión, por tanto, no es cómo regresar a un pasado que ya no existe, sino cómo hacer visible la misma fe en un mundo diferente. Y ésa puede ser precisamente una de las tareas de León XIV: ayudar a una Iglesia tentada por la nostalgia a transformar la pérdida en discernimiento, la debilidad en libertad y la incertidumbre en una ocasión para volver a empezar.

Papa en Francia

La Iglesia después de la cristiandad

Durante siglos, Francia pudo reconocerse en una cierta gramática cristiana. La fe impregnaba los calendarios, los ritos, las fiestas, el paisaje, la arquitectura, la literatura y buena parte de la memoria colectiva. Incluso quienes no practicaban compartían, de algún modo, un lenguaje religioso común. La Iglesia podía apoyarse en un entramado social y simbólico que hacía reconocibles sus palabras, sus gestos y sus celebraciones.

Ese mundo no desapareció de golpe. Se fue deshaciendo lentamente, como se retira un paisaje al que uno estaba acostumbrado sin haber reparado nunca en que formaba parte del horizonte. Persisten las iglesias, las catedrales, las peregrinaciones, los nombres de los santos, las obras de arte y una memoria cristiana extraordinariamente poderosa. Lo que ha cambiado es la relación de la sociedad con todo ello. La religión ha dejado de desempeñar aquella función estructurante que durante siglos acompañó el nacimiento, el matrimonio, la muerte, las fiestas y los grandes momentos de la existencia.

Y ésta es una transformación mucho más profunda que la disminución del número de personas que acuden a misa. Lo que se ha quebrado, sobre todo, es la transmisión.

Durante generaciones, la fe podía recibirse casi sin necesidad de preguntarse por ella. Se nacía en una familia cristiana, se recibían los sacramentos, se aprendían determinadas oraciones, se conocían las fiestas religiosas y se conservaba, incluso cuando disminuía la práctica, un cierto universo de referencias cristianas. La fe podía ser discutida, abandonada o vivida con indiferencia, pero formaba parte del equipaje con el que una persona entraba en la vida.

Hoy existen generaciones enteras que han crecido sin un contacto significativo con la Iglesia. Para muchos franceses, el cristianismo constituye una realidad cultural respetable o discutible, una tradición que forma parte del paisaje histórico, pero que no estructura espontáneamente la vida personal. El problema, por tanto, no consiste únicamente en que haya menos creyentes, sino en algo más elemental y, a la vez, más profundo: cada vez son menos quienes poseen las referencias necesarias para comprender siquiera de qué habla el cristianismo.

Esa es la novedad decisiva. La Iglesia entra en un contexto en el que el entorno social ofrece cada vez menos referencias compartidas que conduzcan espontáneamente hacia la fe. Esta nueva realidad reclama una forma renovada de presencia y de anuncio, capaz de asumir el presente con lucidez, reconocer sus posibilidades y abrir caminos para que el Evangelio pueda ser escuchado, acogido y vivido. 

Francia católica

Francia ya no es la Francia católica de ayer, y la historia sigue su curso sin posibilidad de regresar por decreto a una etapa anterior. La secularización forma parte de esta transformación, pero su peso no agota la explicación de las dificultades actuales. También cuenta lo que la propia Iglesia haga con este nuevo escenario. La cuestión decisiva es discernir qué pide el Evangelio en estas circunstancias y qué conversión exige a quienes tienen la responsabilidad de anunciarlo.

Ha llegado el momento de formular una pregunta más radical: ¿qué significa ser Iglesia cuando la cultura, la vida social y la familia han dejado de transmitir de manera espontánea el sentido de la fe? No es una pregunta cómoda, pero puede convertirse en una de las más fecundas que la Iglesia francesa está llamada a formularse. Cuando los apoyos exteriores pierden fuerza, la fe queda expuesta a su verdad esencial. La transmisión depende entonces de la capacidad de la Iglesia para hacer visible, inteligible y habitable aquello que anuncia. Sus palabras, sus símbolos y sus ritos necesitan encontrar el lenguaje y las formas capaces de expresar su significado en el paisaje cultural del presente. La cuestión decisiva consiste en volver a hacer visible aquello que la Iglesia anuncia y ofrecer espacios donde pueda ser reconocido, acogido y vivido. 

Éste es, quizá, uno de los efectos más profundos del final de la cristiandad: obliga a distinguir entre lo que pertenecía a una determinada configuración histórica y aquello que pertenece al corazón mismo del Evangelio. No todo lo que desaparece es una pérdida para la fe. Algunas formas estaban estrechamente vinculadas a las condiciones sociales que las hicieron posibles. Otras, en cambio, contienen una verdad que debe encontrar nuevas expresiones.

Discernir esa diferencia será una de las tareas decisivas del catolicismo francés en los próximos años. Porque conservarlo todo no equivale a ser fiel, del mismo modo que abandonarlo todo no equivale a renovarse. La verdadera fidelidad exige saber qué debe permanecer, qué puede cambiar y qué necesita nacer.

Es un tiempo de pérdida, ciertamente. Pero también puede ser un tiempo de purificación y de retorno a lo esencial. Durante siglos, las circunstancias sociales facilitaron la transmisión de la fe; ahora se abre la oportunidad de redescubrir una verdad decisiva: ninguna estructura exterior puede hacer aquello que sólo una vida verdaderamente cristiana puede realizar: volver visible, creíble y viva la fuerza del Evangelio. 

Y aquí aparece la paradoja más fecunda del momento presente. Cuando la cultura deja de llevar espontáneamente hacia la Iglesia, la Iglesia no puede limitarse a conservar una cultura. Tiene que volver a generar vida.

La tarea consiste en aprender a vivir y anunciar el Evangelio en el mundo que existe, acogiendo el presente con lucidez y esperanza. La transformación de la sociedad invita a descubrir qué puede hacer visible una comunidad cristiana en medio de una sociedad plural, qué esperanza puede ofrecer y qué formas de vida puede generar. El camino pasa por poner la misión en el centro: anunciar a Cristo, generar comunidades que hagan visible el Evangelio y abrir caminos de esperanza allí donde comienza el futuro. 

Catecumenado de adultos en Francia

De la fe heredada a la fe elegida

Esta transformación se hace especialmente visible en quienes llegan hoy a la Iglesia. Los datos del catecumenado francés obligan a ampliar la mirada y ofrecen una clave decisiva para comprender el momento presente. Mientras la afiliación católica y la práctica religiosa pierden peso, crece con fuerza el número de adultos que solicitan el bautismo. 

En 2026, más de 13.000 adultos serán bautizados en Francia durante la Pascua, un 28 % más que en 2025. En diez años, el número de bautismos de adultos ha pasado de 4.124 en 2016 a 13.234 en 2026: se ha multiplicado por más de tres. El dato resulta todavía más significativo cuando se observa la edad. En 2026, los jóvenes de 18 a 25 años representan el 42 % de los adultos que reciben el bautismo, por delante de los 26-40 años, que representan el 40 %. La Iglesia francesa está recibiendo, por tanto, un número creciente de jóvenes adultos que no llegan a ella simplemente por continuidad familiar.

Aquí aparece una de las transformaciones más importantes de la nueva situación. Quien recibe la fe dentro de una cultura cristiana dispone desde la infancia de un vocabulario, unos símbolos, unas prácticas y unas referencias que le permiten orientarse. Quien llega desde fuera carece muchas veces de ese mapa. Puede sentir interés por el cristianismo sin comprender todavía su lenguaje; formular preguntas profundas sin saber dónde encontrar las respuestas; sentirse atraído por una comunidad sin saber aún qué significa pertenecer a ella.

La propia procedencia religiosa de los catecúmenos confirma esta transformación. En 2025, el 18 % de los adultos que se preparaban para el bautismo procedía de familias sin religión, mientras que otro 19 % no conocía o no identificaba la tradición religiosa de su familia. La mayoría seguía procediendo de familias de tradición cristiana, pero la presencia de personas sin una tradición religiosa previa ya constituye una realidad significativa.

Por eso la evangelización no puede reducirse a transmitir información religiosa. Quien se acerca hoy busca también una dirección para la vida, una forma de comprender lo que le sucede, una comunidad en la que no tenga que caminar solo y una esperanza capaz de resistir cuando las circunstancias se vuelven difíciles. Busca un lugar donde las grandes preguntas humanas no sean despachadas con respuestas superficiales.

La tarea consiste en acompañar. Acompañar significa enseñar sin aplastar, proponer sin imponer, escuchar sin apresurar. Significa permitir que una pregunta inicial se convierta en una búsqueda y que esa búsqueda desemboque, poco a poco, en una forma de vida.

El propio proceso catecumenal muestra la importancia de esta dimensión comunitaria. La preparación para el bautismo no es un trámite: constituye un itinerario de iniciación cristiana que habitualmente se prolonga durante 18 a 24 meses. Reclama personas y comunidades capaces de sostener una búsqueda que madura con el tiempo, ofreciendo presencia, formación y acompañamiento a lo largo de todo el camino.

La comunidad cristiana adquiere aquí una importancia decisiva. Es el lugar donde el camino de la fe puede ser recorrido: comunidad cuando pesa la soledad; silencio cuando el ruido impide escuchar; belleza cuando todo corre el riesgo de reducirse a utilidad; inteligencia cuando aparecen preguntas difíciles; amistad cuando una fe todavía incipiente necesita tiempo para crecer.

Bautismo de adultos

El objetivo pastoral está claro: quien cruce la puerta de una iglesia ha de encontrarse con una vida que merece la pena ser vivida. No basta con ofrecer una respuesta intelectual a quien pregunta por la fe, ni con facilitarle el acceso a una celebración o a un itinerario de formación. Quien llega necesita poder percibir, en personas concretas y en comunidades reales, que el Evangelio no es una idea del pasado, sino una posibilidad verdadera de vida. Eso exige comunidades en las que la fe pueda reconocerse en la manera de acoger, de escuchar, de celebrar, de servir y de acompañar. Lugares donde nadie tenga la impresión de haber llegado demasiado tarde, de no conocer el lenguaje adecuado o de tener que demostrar primero que merece estar allí. 

La primera evangelización puede comenzar, sencillamente, con la experiencia de haber sido recibido. Y después viene el tiempo. Quien se acerca por primera vez necesita espacio para preguntar, dudar, comprender y volver. Necesita encontrar rostros, vínculos y una comunidad que no desaparezca después del primer entusiasmo. La fe no se transmite únicamente mediante palabras, sino también mediante una forma de estar en el mundo.

Por eso, la calidad de una comunidad cristiana no se medirá solo por cuántas personas consigue reunir, sino por lo que sucede en quienes forman parte de ella. Si quien entra encuentra allí amistad, profundidad, belleza, verdad, oración, servicio y esperanza, podrá comenzar a intuir que el cristianismo no consiste simplemente en creer determinadas cosas, sino en aprender a vivir de otra manera.

En una sociedad en la que la fe ya no viene garantizada por el entorno, la Iglesia tendrá que hacer visible aquello que anuncia. Antes de convencer con sus palabras, tendrá que resultar creíble con su vida. El verdadero desafío pastoral consiste, en último término, en que quien llegue pueda salir pensando no solo «he entendido algo del cristianismo», sino algo mucho más decisivo: «aquí hay una forma de vivir que merece la pena».

El acontecimiento no es todavía la renovación

El viaje de León XIV ofrecerá imágenes capaces de despertar entusiasmo: jóvenes, familias, peregrinos, celebraciones y multitudes. Una Iglesia capaz de convocar conserva una fuerza de esperanza que merece ser reconocida. Pero la convocatoria constituye un comienzo, no la renovación misma. El verdadero fruto de la visita papal aparecerá después, en la capacidad de las comunidades para acoger a quienes se acercan, acompañar sus búsquedas y convertir el entusiasmo del acontecimiento en camino de fe. 

Una plaza llena expresa esperanza. La renovación comienza cuando esa esperanza se convierte en comunidad. Una peregrinación puede despertar una experiencia espiritual profunda; el desafío aparece después, cuando esa experiencia encuentra continuidad en una vida cristiana estable. Un encuentro con el Papa puede conmover profundamente a un joven; la verdadera pregunta surge cuando regresa a su ciudad y comienza a buscar dónde prolongar, junto a otros, aquello que ha descubierto.

Ahí se encuentra la diferencia entre el acontecimiento y la perseverancia. El futuro se juega también en la capacidad de transformar los encuentros de unas horas en procesos de fe capaces de sostenerse durante años. La emoción puede abrir una puerta; solo la pertenencia permite atravesarla y permanecer.

Bautismo de adultos en Francia

Los datos del catecumenado hacen todavía más exigente esta responsabilidad. En 2025 fueron bautizados 10.384 adultos y más de 7.400 adolescentes, en total más de 17.800 nuevos bautizados entre ambos grupos. La cifra muestra una vitalidad que no encaja con la imagen de una Iglesia simplemente en retirada. Pero esa vitalidad solo se convertirá en renovación si quienes llegan encuentran después del bautismo comunidades en las que puedan permanecer, madurar y asumir progresivamente la fe como forma de vida.

Por eso los catecúmenos son también un interrogante dirigido a la propia Iglesia. Preguntan si sabemos recibir a quienes llegan sin una cultura religiosa previa. Preguntan si nuestras comunidades están preparadas para acoger a personas que necesitan aprender desde el principio el lenguaje de la fe. Preguntan si somos capaces de ofrecer algo más que celebraciones ocasionales: una comunidad, una formación, una vida espiritual y un camino. El futuro no depende solamente de cuántas personas entren en una iglesia, sino de si encuentran allí razones para quedarse.

Una Iglesia menos poderosa y más libre

La Iglesia francesa tendrá menos peso social que en el pasado. Será menos numerosa y muchas de sus estructuras tendrán que transformarse. Al mismo tiempo, surgirán formas nuevas de presencia cristiana: más pequeñas, más flexibles, menos previsibles y, precisamente por ello, más libres para servir al Evangelio. 

Aceptar esta realidad no significa resignarse. La propia estructura del clero muestra la magnitud del desafío. En 2025 fueron ordenados 90 nuevos sacerdotes para Francia: 64 diocesanos, 25 religiosos o miembros de comunidades y un miembro de una Sociedad de Vida Apostólica, con algunos religiosos contabilizados también entre los diocesanos.

La cifra merece una lectura que supere cualquier estadística de alarma. Su verdadero significado apunta a una transformación más profunda: las formas parroquiales nacidas en una época de amplia disponibilidad de sacerdotes necesitan encontrar una configuración acorde con el presente. La organización territorial, la vida comunitaria y las responsabilidades pastorales entran así en una nueva etapa, llamada a generar formas distintas de presencia y de servicio al Evangelio. 

Durante demasiado tiempo hemos tendido a medir la fecundidad eclesial con categorías sociológicas: número, influencia, visibilidad, capacidad institucional, presencia pública. Todas tienen importancia, pero ninguna constituye la medida última de la fecundidad cristiana.

El Evangelio funciona con otra lógica. Una comunidad pequeña puede ser fecunda. Una Iglesia sin poder puede descubrir una libertad nueva. Una minoría puede participar en la vida pública sin convertirse necesariamente en un grupo de presión. La vitalidad evangélica no depende de la dimensión de las estructuras que la albergan.

Francia

El desafío consiste ahora en pensar y organizar la vida de la Iglesia desde las condiciones reales del presente. Las estructuras parroquiales nacidas en un contexto de abundancia de sacerdotes, familias practicantes y referencias cristianas compartidas están llamadas a renovarse. De este proceso surgirán comunidades diferentes, capaces de concentrar sus fuerzas en lo esencial, generar vínculos y hacer posible una presencia cristiana viva allí donde hoy se juega la misión.

Este discernimiento exige distinguir lo esencial de lo circunstancial: aquello que merece permanecer, aquello que reclama una renovación profunda y aquello que puede dar paso a nuevas expresiones de vida eclesial. Una Iglesia que envejece está llamada a transformar sus energías en lugar de limitarse a administrar sus pérdidas. La reducción numérica puede convertirse así en una ocasión para preguntarse dónde se encuentra hoy la fecundidad, qué comunidades generan vida y qué estructuras sirven realmente al anuncio del Evangelio.

Entre la restauración de un pasado que no volverá y la resignación ante un futuro que produce miedo existe un tercer camino: la misión. Salir al encuentro de quienes no han recibido la fe como herencia. Crear comunidades capaces de acogerlos. Ofrecer espacios donde puedan descubrir fraternidad, oración, belleza, verdad y esperanza. Aceptar que una misma fe necesita formas diferentes cuando cambia el mundo en el que debe ser anunciada.

Ser menos no significa ser menos fecunda. La verdadera pérdida comienza cuando, después de haber dejado de ser mayoría, la Iglesia continúa pensando, hablando y organizándose como si todavía lo fuera. Su futuro depende de su capacidad para transformar la pérdida de poder en libertad, la reducción de las estructuras en creatividad y la nostalgia del pasado en confianza ante lo que está por nacer.

La tradición no puede convertirse en un monumento

Francia conserva una extraordinaria memoria cristiana. Pero una memoria, por sí sola, no transmite una vida. Las catedrales pueden conservar durante siglos la belleza de una tradición; las piedras pueden permanecer cuando disminuyen las personas capaces de leer lo que esas piedras significan.

El problema no consiste en elegir entre tradición y renovación. La verdadera cuestión consiste en distinguir entre tradición viva y nostalgia. Una tradición permanece viva cuando consigue transmitir aquello que ha recibido y hacerlo fecundo en circunstancias nuevas. Se convierte en monumento cuando se limita a conservar las formas del pasado sin generar vida en el presente.

Notre Dame de Francia

Por eso, la memoria puede ser raíz y fuente de renovación. El pasado ofrece raíces, ilumina el presente y abre el futuro sin convertirse en refugio. La Iglesia recibe de su tradición la fe, la liturgia, la Escritura, la experiencia espiritual, la inteligencia teológica y una determinada comprensión de la persona.

El desafío consiste en hacer que todo ello pueda ser comprendido y vivido en el universo cultural del presente, por personas que reciben la fe desde experiencias, lenguajes y referencias diferentes a las de las generaciones anteriores. La fidelidad consiste en conservar vivo aquello que las formas de una determinada época estaban destinadas a transmitir. La misma fe adquiere expresiones nuevas cuando cambia el mundo en el que es anunciada y vivida. esa es, precisamente, la prueba de una tradición verdaderamente viva: su capacidad para generar nuevas formas, responder a nuevas preguntas y seguir transmitiendo, con la misma fuerza, aquello que permanece esencial.

La conversión de una Iglesia que conserva a una Iglesia que genera

La transformación que necesita la Iglesia francesa no es, en último término, administrativa. Tampoco se reduce a una estrategia para recuperar practicantes. Es una conversión de mirada.

Los datos obligan a abandonar dos simplificaciones opuestas. La primera consiste en negar la secularización: muestran una sociedad en la que más de la mitad de los adultos de 18 a 59 años se declara sin religión y en la que la transmisión católica entre generaciones se ha debilitado. La segunda consiste en identificar secularización con desaparición del interés religioso: el crecimiento de los bautismos de adultos demuestra que la búsqueda de la fe continúa y que incluso adquiere formas nuevas.

La realidad es más exigente. La Iglesia francesa está dejando de ser principalmente una Iglesia de transmisión cultural para convertirse en una Iglesia en la que una parte creciente de sus nuevos miembros llega después de una búsqueda personal. Eso modifica el modo de evangelizar.

Durante mucho tiempo, la Iglesia pudo vivir apoyada en la fuerza de una cultura que facilitaba la transmisión de la fe. Hoy se abre ante ella un escenario diferente: anunciar sin presuponer, enseñar sin dar por supuesto un vocabulario compartido, acompañar a personas que llegan desde fuera y crear comunidades capaces de sostener una fe elegida libremente. Es una tarea que reclama paciencia y valentía, pero también una renovada confianza en la capacidad del Evangelio para hacerse presente en este nuevo contexto. 

La Iglesia francesa está llamada a transformar sus formas, renovar sus estructuras y abrir espacio a realidades nuevas. En ese camino, algunas pérdidas acompañan el nacimiento de nuevas formas de vida eclesial y de una presencia más acorde con el tiempo presente. La fidelidad consiste en distinguir entre aquello que sostiene la vida de la fe y aquello que pertenece a una determinada forma histórica de vivirla. Y, sobre todo, recuperar la confianzaNo la confianza de quien espera que la historia devuelva a la Iglesia la posición que tuvo, sino la confianza de quien sabe que el Evangelio no depende de una configuración social determinada.

El Papa en Francia

La cristiandad ha terminado, cierto; pero el cristianismo no termina con ella. Precisamente allí donde la fe deja de ser una evidencia cultural vuelve a presentarse como una propuesta libre, razonada y vivida. Y allí donde una comunidad deja de ser mayoría descubre que su misión no consiste en recuperar el poder perdido, sino en hacer visible aquello que anuncia.

Volver a la fuente

El viaje apostólico de León XIV puede ser leído menos como una oportunidad para celebrar lo que permanece que como una llamada a reconocer lo que está llamado a nacer. El Papa llega para ayudar a la Iglesia francesa a mirar de frente su realidad y a descubrir, en medio de la transformación, aquello que permanece esencial.

Cuando la costumbre deja de sostener espontáneamente la vida de la fe, la Iglesia puede volver la mirada hacia la fuente de su verdadera fuerza. Esa fuerza brota de una realidad más profunda que sus instituciones, el prestigio de su historia, la magnificencia de sus templos o su capacidad de convocatoria. Brota del Evangelio, de Cristo y de la vida que nace de él; de comunidades capaces de hacer visible esa vida y ofrecerla como una presencia de esperanza en medio del mundo. 

Esta es la oportunidad decisiva que contiene la crisis francesa. Una Iglesia que durante siglos estuvo sostenida por una determinada cultura cristiana se encuentra ahora obligada a distinguir entre lo que pertenecía a aquella cultura y lo que pertenece al Evangelio. La operación es dolorosa. También es fecunda.

Cuando desaparecen las seguridades exteriores queda al descubierto lo esencial. Entonces la tradición deja de ser un peso que conservar y se convierte en una vida que transmitir. La memoria deja de funcionar como refugio y recupera su vocación de promesa. La Iglesia deja de mirar hacia atrás para buscar seguridad y vuelve la mirada hacia la fuente de la que nace su esperanza. Volver a la fuente no significa retroceder, sino recuperar el lugar desde el que se puede caminar hacia delante.

La Iglesia francesa está llamada a realizar ese aprendizaje y a vivir de una fe capaz de ser elegida, compartida y encarnada; de una fuerza que nace del testimonio; de una vida que hace visible el Evangelio. La fuente de su renovación se encuentra así en lo esencial: una fe acogida libremente, vivida en comunidad y expresada en el testimonio de cada día. Ahí comienza realmente el futuro. Volver a empezar, en definitiva, sin volver atrás.

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