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León XIV en Lourdes: «Penitencia», una palabra incómoda para un mundo herido

"La penitencia recupera así un significado que nuestra época necesita redescubrir. No consiste en quedar atrapados en la culpa, sino en admitir que un camino puede alejarnos de la vida y exigir un giro. Nadie puede modificar aquello que se niega a mirar. De ahí que esta llamada contenga también una promesa: quien reconoce su error puede comenzar de nuevo"

León XIV, en Lourdes | Vatican Media

Existen lugares que se convierten en una pregunta. Lourdes es uno de ellos. Desde hace más de siglo y medio, millones de personas llegan hasta la Gruta de Massabielle con aquello que normalmente procuramos ocultar: la enfermedad, el miedo, la impotencia, la pérdida, la culpa, la incertidumbre. 

Lourdes es el lugar de una humanidad vulnerable. Allí la vida deja de presentarse bajo la apariencia del éxito. Aparece necesitada de otros y abierta a una esperanza que no puede fabricarse por sí misma. Por eso adquiere especial fuerza que León XIV haya pronunciado allí, el 27 de septiembre, una de las palabras más incómodas de nuestro tiempo: «penitencia». No para encerrarse en la culpa, sino para reconocer que algo no va bien en el mundo. Y que no podremos cambiarlo mientras pensemos que el mal está siempre fuera de nosotros. Lourdes se convierte así en el lugar donde las grandes cuestiones de nuestro tiempo —la guerra, la violencia, la fragilidad, la paz, la crisis de la Iglesia— son llevadas hasta su raíz: el corazón humano.

Francisco, en Lourdes | Vatican Media

La insistencia de León XIV en la llamada de María adquiere especial fuerza: «¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!». ¿Por qué sigue siendo necesaria hoy una palabra que puede sonar incómoda? El Papa la sitúa ante un mundo que «va mal», atravesado por conflictos, injusticias y heridas que no podemos ignorar. Pero la penitencia no consiste en señalar únicamente lo que ocurre fuera de nosotros. Nos obliga a reconocer nuestra propia implicación. «Son los corazones humanos los que deben cambiar, empezando por el nuestro», señala el papa Prevost. 

Esa es una afirmación exigente. Rompe una de las tentaciones habituales de las épocas de crisis: encontrar siempre al culpable en otro lugar. El problema parece estar en el adversario, en otra nación, en otra ideología, en otro grupo. León XIV introduce una pregunta más profunda: ¿qué tiene que cambiar en nosotros? No niega la importancia de las estructuras políticas, económicas o sociales. Recuerda que detrás de ellas hay personas que deciden, desean, justifican, obedecen o se rebelan. La conversión comienza cuando dejamos de considerarnos espectadores inocentes de la historia.

La penitencia recupera así un significado que nuestra época necesita redescubrir. No consiste en quedar atrapados en la culpa, sino en admitir que un camino puede alejarnos de la vida y exigir un giro. Nadie puede modificar aquello que se niega a mirar. De ahí que esta llamada contenga también una promesa: quien reconoce su error puede comenzar de nuevo. León XIV no propone una espiritualidad centrada en la culpabilidad, sino una responsabilidad capaz de abrir futuro. Ante un mundo que corre el riesgo de acostumbrarse al sufrimiento, invita a detenerse y preguntarse qué hemos permitido, qué hemos justificado y qué estamos dispuestos a reparar. 

El Papa, con los enfermos | Vatican Media

El mensaje de León XIV adquiere especial fuerza cuando dirige la mirada hacia los enfermos. Lourdes sitúa en el centro a quienes una cultura de la eficiencia puede empujar hacia los márgenes: el enfermo, el anciano, la persona dependiente, quien necesita ser cuidado. Nuestra época admira la autonomía, la productividad, la juventud y la capacidad de decidir. Pero ¿qué ocurre cuando alguien deja de poder producir o de valerse por sí mismo? Lourdes ofrece una respuesta radical: la vulnerabilidad no disminuye la dignidad. La persona no vale por su rendimiento ni por lo que puede devolver a los demás. Vale por ser persona. 

No se trata de idealizar la enfermedad ni de convertir el dolor en un bien. Se trata de afirmar que el sufrimiento no puede reducir a una persona a su fragilidad. Incluso quien necesita recibir puede ofrecer algo: presencia, paciencia, testimonio, comunión

León XIV lo expresa cuando afirma que los enfermos pueden vivir sus sufrimientos y dolores «en este espíritu de ofrenda». Por eso «están en el corazón de la Iglesia». Su papel, añade, es «insustituible». No se trata de idealizar la enfermedad ni de convertir el dolor en un bien. Se trata de afirmar que el sufrimiento no puede reducir a una persona a su fragilidad. Incluso quien necesita recibir puede ofrecer algo: presencia, paciencia, testimonio, comunión. En una sociedad que identifica con facilidad el valor con la utilidad, esta afirmación adquiere una enorme fuerza. La dependencia no es una anomalía de la existencia humana. Todos hemos necesitado a otros. Todos necesitaremos, tarde o temprano, ser cuidados.

La penitencia tiene también una dimensión social. Cuando el Papa pide hacer penitencia por «un mundo que va mal», recuerda que nadie vive aislado y que nuestras decisiones siempre afectan a los demás. Lo que nace en el interior de una persona puede terminar repercutiendo en la vida colectiva. La violencia prolonga sus efectos más allá de quienes la ejercen; la indiferencia puede convertir el sufrimiento ajeno en algo cotidiano. 

El Papa, con los enfermos en Lourdes

Y puede suceder algo distinto: el perdón rompe una cadena de odio, el cuidado devuelve dignidad y la solidaridad abre caminos nuevos. Por eso, la conversión cristiana no se agota en la conciencia individual. Cuando cambia nuestra manera de mirar, de decidir y de relacionarnos, puede cambiar también, aunque sea modestamente, la historia que compartimos. 

En este contexto adquiere especial importancia la relación que el León XIV establece entre libertad y amor: «la libertad es una condición del amor; no se puede amar por obligación». La libertad no consiste solamente en poder elegir. Consiste también en descubrir para qué somos libres. Podemos utilizarla para encerrarnos en nosotros mismos o para entregarnos. Para levantar muros o para crear vínculos. El pecado aparece así como una forma de repliegue sobre el propio yo. Y esta es una de las grandes dificultades espirituales de nuestro tiempo. Disponemos de innumerables medios para afirmar nuestra identidad y defender nuestra opinión, pero no siempre sabemos salir de nosotros mismos para reconocer al otro.

La llamada a la conversión alcanza también a la propia Iglesia. El Santo Padre afirma que esta exigencia «compromete a la propia Iglesia en su peregrinación terrenal». Debe tener «el valor de vivir esa conversión». Debe reconocer humildemente sus propias faltas y dejar que el Señor purifique sus heridas. 

La Iglesia no puede pedir al mundo que cambie mientras se considera fuera de esa necesidad. Su autoridad no nace de presentarse como una comunidad sin heridas

Esa afirmación es fundamental. La Iglesia no puede pedir al mundo que cambie mientras se considera fuera de esa necesidad. Su autoridad no nace de presentarse como una comunidad sin heridas. Nace de reconocerlas y dejarse sanar. Una Iglesia que habla de misericordia tiene que practicarla. Una Iglesia que anuncia la verdad tiene que aceptar también la verdad sobre sí misma.

Resulta especialmente significativa la referencia de León XIV a san Agustín: «Que te desagrade siempre lo que eres si quieres llegar a lo que aún no eres» (Sermón 169, 18). La conversión no exige renegar de lo que somos, sino reconocer que nuestra existencia permanece abierta y que todavía podemos crecer. Esta llamada alcanza a la Iglesia, a las sociedades y a cada persona. La fidelidad no consiste siempre en conservar intacto lo heredado. A veces exige revisar lo que hemos dado por supuesto, desprendernos de seguridades engañosas y volver a la fuente para vivir con mayor autenticidad aquello que profesamos. 

Y ahí aparece la esperanza. León XIV afirma que la oración y la conversión pueden «cambiar el curso de los acontecimientos». No significa que la oración permita controlar la historia. Tampoco que desaparezcan las guerras y el sufrimiento. Significa que la historia no está cerrada sobre sí misma. Las personas pueden cambiar. Y con ellas pueden cambiar las relaciones, las comunidades y las estructuras que construyen. La esperanza cristiana no niega la gravedad del mundo. Se niega a convertirla en destino.

Lourdes no ofrece una escapatoria ante las tormentas del mundo. Invita a sostener la mirada ante ellas. El Papa tampoco busca una respuesta fácil al dolor. Señala el camino de la conversión, la oración, la penitencia, la responsabilidad y la esperanza, mientras vuelve la atención hacia quienes padecen. Una civilización muestra su verdadera medida en el trato que dispensa a quienes nada pueden devolverle. 

León, ante la Virgen de Lourdes | Vatican Media

La pregunta que Lourdes deja abierta después de la visita de León XIV es directa: ¿qué hacemos con un mundo que va mal? Podemos acostumbrarnos a la violencia, aceptar el miedo como inevitable o buscar siempre la culpa lejos de nosotros. También podemos detenernos, reconocer aquello que hemos permitido y preguntarnos qué podemos hacer de otro modo. La conversión comienza cuando dejamos de mirar el mal como algo que siempre sucede fuera.

Lourdes pone ante nuestros ojos a quienes viven en la enfermedad, la soledad, la dependencia o cualquier otra forma de vulnerabilidad. No para ofrecer una respuesta fácil al sufrimiento, sino para impedir que nos acostumbremos a él. Una sociedad se revela también por aquello que decide mirar, por quienes sostiene y por aquellos que se niega a dejar atrás.

La visita de León XIV a Lourdes deja una invitación a no apartarse del mundo, sino a volver a él con una mirada distinta. La tormenta continúa, pero no puede contemplarse desde la distancia. Frente al dolor del otro, el Evangelio reclama presencia; frente al mal, lucidez; frente al futuro, confianza. 

 

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