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Tras León XIV, más allá de las multitudes en Francia

"La Iglesia francesa ya no puede concebir su presencia pública partiendo del modelo de una sociedad implícitamente cristiana en la que le bastaría con recuperar una influencia perdida"

Visita de León XIV a Francia

(Patrice Dunois-Canette-Golias).- El viaje de León XIV a Francia ha ofrecido imágenes de un catolicismo que muchos ya no creían capaz de alcanzar tal visibilidad. Multitudes, celebraciones, jóvenes, peregrinos, obispos reunidos en torno al Papa: durante unos días, la Iglesia ha recuperado su imagen pública. Pero, ¿reflejan estas imágenes a toda la Iglesia? ¿O muestran sobre todo aquella parte que la institución aún sabe reunir, organizar y hacer visible?

León XIV en Francia

A los obispos franceses les corresponde ahora una responsabilidad exigente: no convertir un momento de comunión en una respuesta definitiva a las cuestiones que atraviesan su Iglesia. El catolicismo francés ha recuperado una visibilidad que merece ser observada con atención. Las concentraciones en París y en Lourdes, los jóvenes reunidos en el Stade de France, Notre-Dame, que ha vuelto a convertirse en un símbolo tanto espiritual como patrimonial, un encuentro en Metz en torno a las religiones, a Europa y al legado cristiano del continente: estas imágenes han tenido un impacto considerable. Venían a contradecir un relato que se había convertido casi en algo habitual: el de una Iglesia condenada a acompañar su propio ocaso, reducida a un recuerdo cultural o a una presencia residual.

El viaje de León XIV ha recordado una realidad a menudo olvidada: el catolicismo francés conserva una capacidad de unión, una fuerza simbólica y un poder emocional. Pero una imagen, por espectacular que sea, nunca constituye por sí sola un diagnóstico. Muestra una Iglesia. No muestra necesariamente a toda la Iglesia.

El rostro de una Iglesia elegida

Una visita pontificia nunca es un simple desplazamiento. Es una forma de contar la Iglesia. Los lugares elegidos, las personas con las que se encuentra y los gestos que realiza componen una representación. Dicen lo que la institución considera significativo. El viaje de León XIV puso de relieve varias dimensiones del catolicismo contemporáneo: la Iglesia patrimonial y cultural en Notre-Dame, la Iglesia misionera entre los jóvenes, la Iglesia de la transmisión con los catecúmenos, la Iglesia de la compasión en Lourdes, la Iglesia institucional en torno a los obispos, la Iglesia llamada a intervenir en el debate público en Metz. Todo ello forma parte integrante del catolicismo francés. Pero una representación es siempre una elección de perspectiva. Hace visibles ciertas realidades y deja otras en la sombra. Muestra la capacidad de una institución para organizar un evento. No muestra necesariamente su capacidad para cuestionarse a sí misma. Muestra la comunión. Muestra en menor medida los debates sobre la autoridad, la gobernanza, el lugar de los bautizados —especialmente de las mujeres—, la diversidad de sensibilidades católicas o las transformaciones que espera una parte de los fieles. La Iglesia presentada al Papa no es una Iglesia artificial. Pero es una Iglesia seleccionada.

León XIV en Lourdes

Una Iglesia devocional

Las concentraciones de París y Lourdes deben analizarse por lo que revelan. No son ni una ilusión mediática ni un simple efecto de comunicación. Dan testimonio de una realidad religiosa que hay que tratar de comprender más que de idealizar: mujeres y hombres siguen participando en prácticas, concentraciones y comunidades católicas, según trayectorias y expectativas que aún hay que analizar.

El viaje de León XIV ha puesto especialmente de manifiesto una forma específica de catolicismo: un catolicismo que las ciencias sociales de las religiones pueden calificar de devocional. El término no constituye un juicio de valor. Designa una forma particular de vivir lo religioso, centrada en las peregrinaciones, los santuarios, las celebraciones, las procesiones, los gestos rituales, las figuras de santidad y las grandes concentraciones. Este catolicismo se manifiesta tanto a través de los cuerpos como de las convicciones. Crea una comunidad visible en torno a signos comunes.

Lourdes constituye una de sus expresiones más intensas: un lugar donde la fe no se reduce a la adhesión a una doctrina, sino que se experimenta en la marcha conjunta, el acompañamiento a los enfermos, la oración y la participación en una comunidad. Esta forma de catolicismo posee una fuerza real. En una sociedad en la que las pertenencias religiosas están fragmentadas y las prácticas son cada vez más individualizadas, esta forma de catolicismo da una forma colectiva a los caminos de fe dispersos. Pero es cuando vuelve la visibilidad cuando se hace necesario poner las cosas en perspectiva.

El catolicismo devocional es una realidad del catolicismo francés. No es el catolicismo francés en su totalidad. Esta distinción es tanto más necesaria cuanto que la visibilidad siempre produce un efecto de legitimidad. Lo que hoy es más visible puede convertirse fácilmente en lo que parece más vivo. Lo que une más fácilmente puede acabar pareciendo una vía privilegiada para el futuro. El riesgo sería entonces buscar en el catolicismo devocional no solo un recurso espiritual, sino una respuesta global a una crisis que afecta al conjunto de la Iglesia: crisis de la transmisión, de la autoridad, de la confianza, de la participación de los bautizados y de la forma de ser cristiano en una sociedad pluralista.

El catolicismo devocional puede contribuir a dar respuesta a algunas de estas cuestiones. No puede resolverlas por sí solo. Sobre todo, no debería ocurrir que la Iglesia, en su búsqueda de signos de vitalidad, transformara esta forma de catolicismo en una especie de cristiandad redescubierta. No se trata de un cristianismo en el sentido histórico de una sociedad estructurada en torno a una referencia cristiana común, sino de una configuración religiosa propia de las situaciones de minoría: una comunidad que afirma su identidad mediante signos visibles de pertenencia, ritos y espacios de sociabilidad.

León XIV en Notre Dame

La sociología de las religiones ha demostrado que los grupos minoritarios pueden desarrollar una fuerte movilización y una gran visibilidad pública sin por ello recuperar una posición central en la sociedad. La visibilidad puede ser una forma de mantener y reinventar una presencia. No significa necesariamente un retorno a la influencia del pasado. El reto para la Iglesia no es, por tanto, reconstruir una sociedad cristiana desaparecida, sino comprender cómo una tradición cristiana puede habitar un espacio común en el que ya no es el horizonte compartido por todos.

Esta vigilancia supone también cuestionar la sociología del catolicismo devocional. ¿Quién participa en estas concentraciones? ¿Qué edades, qué entornos sociales, qué trayectorias religiosas están representadas en ellas? ¿Qué católicos no se reconocen en ellas o viven de otra manera su pertenencia? La cuestión no se refiere a la sinceridad de quienes participan en estas concentraciones, sino al significado que la institución otorga a esta movilización y al lugar que le concede en su forma de imaginar el futuro de la Iglesia. Existe una tentación comprensible: apoyarse en quienes están presentes en lugar de intentar comprender a quienes ya no acuden, a quienes se mantienen a distancia o a quienes viven su fe de otra manera.

El catolicismo devocional puede convertirse en un interlocutor privilegiado porque es visible, accesible y fácil de movilizar. También puede devolver a la institución una imagen tranquilizadora de sí misma. Pero una Iglesia no puede construir su futuro basándose únicamente en aquella parte de su pueblo que le devuelve la imagen más inmediatamente positiva de sí misma. También debe escuchar las voces que cuestionan su funcionamiento, que exigen una mayor responsabilidad bautismal, una verdadera igualdad entre mujeres y hombres en su seno o que cuestionan ciertas formas de ejercicio de la autoridad.

Sinodalidad y autoridad: ¿hasta dónde hay que escuchar?

La sinodalidad no puede quedarse en meras palabras. Plantea una pregunta concreta: ¿qué ocurre con una palabra una vez que ha sido escuchada? Una institución puede aprender a escuchar sin modificar profundamente sus mecanismos de decisión. Puede multiplicar las consultas sin cambiar los lugares donde realmente se ejerce la autoridad. La prueba de la sinodalidad no radica, por tanto, únicamente en la capacidad de organizar encuentros, sino en la capacidad de aceptar que esos encuentros puedan transformar la institución. Los laicos no son solo aquellos a quienes consultan los clérigos. Tampoco son una reserva de competencias o de voluntariado. Si la responsabilidad bautismal tiene una realidad eclesial, debe tener consecuencias en la forma en que se preparan, debaten y asumen las decisiones. La cuestión no es, pues, solo saber qué lugar dar a los laicos, sino qué lugar pueden ocupar en el discernimiento.

Esta cuestión conduce necesariamente a la de la laicidad. La Iglesia francesa ya no puede concebir su presencia pública partiendo del modelo de una sociedad implícitamente cristiana en la que le bastaría con recuperar una influencia perdida. Francia es una sociedad laica y pluralista. Esto no significa que las religiones deban estar ausentes del espacio público. Significa que ninguna de ellas puede ocupar en él una posición naturalmente reservada. La Iglesia puede intervenir en el debate público, hacer oír una concepción cristiana de la persona, de la solidaridad o de la dignidad humana. Pero debe aceptar que esa voz entre en un espacio en el que no es soberana ni la única depositaria del bien común.

Sinodalidad.

La laicidad no exige el silencio de los católicos. Implica una disciplina del diálogo: argumentar, escuchar, responder a las objeciones y distinguir lo que pertenece a la fe de lo que puede proponerse a todos. Lo que está en juego no es recuperar una centralidad social perdida, sino reflexionar sobre las nuevas condiciones de una presencia cristiana en una sociedad pluralista.

Tras el Papa, el tiempo del discernimiento

El viaje de León XIV habrá dado a los católicos franceses un momento de confianza. Esta confianza no exime de plantearse preguntas. Una institución puede recuperar visibilidad sin haber respondido aún a las preguntas que determinan su futuro. Puede volver a atraer a multitudes sin que estas multitudes reflejen toda su identidad. Puede constatar la vitalidad del catolicismo devocional sin convertirlo en el único modelo de vitalidad católica. La concentración puede ser un signo de vitalidad. Pero por sí sola no indica qué Iglesia hay que construir. La cuestión no es, pues, saber cómo reproducir las concentraciones de Lourdes o de París, sino qué pueden enseñar a la Iglesia —y qué no pueden enseñarle—. Pueden recordar la fuerza de la pertenencia, de la oración común, de la transmisión y de la presencia física. Por sí solos, no pueden responder a la cuestión de la autoridad, definir la sociología del catolicismo francés ni sustituir la reflexión sobre la sinodalidad.

El futuro del catolicismo francés no dependerá, por tanto, únicamente de su capacidad para llenar las plazas. Dependerá de su capacidad para no confundir lo que une con lo que renueva. Una Iglesia que acoge el fervor, pero que acepta cuestionar lo que este revela y lo que deja en la sombra. Una Iglesia que asume su legado, pero que se niega a convertirlo en un refugio frente al presente. Una Iglesia que se dirige al mundo, pero que también acepta dejarse llevar por aquellos a quienes se dirige y por quienes la componen.

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