León XIV en Rímini: sueños y visiones

Una palabra profética frente al cansancio y la desesperanza

Meeting de Rimini
Meeting de Rimini | Vatican Media
Rafael Lazcano
24 ago 2026 - 10:47

Hay momentos en la historia cuando el futuro deja de presentarse como promesa y adquiere el rostro de una amenaza. El nuestro parece vivir bajo esa sombra. Guerras, polarización, desigualdades, crisis ecológica, vértigo tecnológico y pérdida de referencias comunes dibujan un horizonte incierto. Nunca habíamos contado con tantos medios y, sin embargo, crece la sensación de impotencia; nunca habíamos poseído tantas posibilidades de comunicación y, al mismo tiempo, tantas dificultades para encontrarnos.

León XIV, en Rimini
León XIV, en Rimini

En este paisaje adquieren especial resonancia las palabras de León XIV en el reciente Meeting de Rímini (22 de agosto). Su discurso reúne una mirada pastoral sobre el presente y una palabra profética acerca del futuro. Frente al cansancio y al pesimismo, el Papa reclama una esperanza capaz de mirar la realidad con lucidez y confianza: «¡Que no haya sólo quienes aviven el fuego del cansancio y la desesperación; que haya también quienes reaviven los sueños y las visiones!».

Sueños y visiones: dos palabras de resonancia bíblica. El sueño abre una posibilidad allí donde la mirada inmediata sólo descubre límites; la visión reconoce una promesa escondida en el corazón de la realidad. Para León XIV, la esperanza cristiana no nace de una ilusión evasiva, sino de una mirada capaz de reconocer la presencia de Dios en medio de las contradicciones de la historia.

La fe reclama una mirada abierta a la realidad. Don Giussani, fundador del movimiento católico Comunión y Liberación, hablaba del «riesgo de educar» y de la «realidad en su conjunto». La educación cristiana no encierra al hombre en un pequeño mundo protegido: lo sitúa ante la totalidad de la existencia, con sus preguntas, heridas, posibilidades y misterios.

La palabra encuentro adquiere entonces todo su peso. El nombre del Meeting —«Encuentro por la amistad entre los pueblos» (47º edición)— cobra una extraordinaria actualidad. En una época de fronteras físicas, culturales y mentales, León XIV recuerda que «la paz la custodian y la difunden personas a las que les gusta reunirse y que no temen el diálogo».

La paz comienza en la mirada. Comienza cuando el otro abandona la condición de etiqueta y recupera un rostro. El Papa lo expresa con una claridad que toca el núcleo de la antropología cristiana: «Antes que las fronteras, las definiciones y las instituciones, siempre están las personas».

La fraternidad hunde sus raíces en esta dignidad originaria. Ninguna frontera, ideología, condición social o diferencia cultural consigue borrarla. Sin embargo, la fraternidad tropieza con una tentación poderosa: identificar la fuerza con el realismo. Frente a esa lógica, León XIV propone «el realismo de la misericordia».

Un nuevo año para trabajar por nuestros sueños sociales
Un nuevo año para trabajar por nuestros sueños sociales

La misericordia no representa debilidad. Reconoce el mal sin concederle la última palabra; reconoce el pecado sin reducir a la persona a su pecado. Por eso el Papa afirma: «no pueden existir enemigos y todos, incluso los adversarios, son hermanos y hermanas a quienes mirar a los ojos y con quienes encontrarse en la verdad».

La verdad no necesita odio. La justicia no necesita deshumanización. Cristo muestra una victoria distinta: una victoria que no reproduce la lógica del mal que combate. El discurso alcanza entonces su centro teológico: el amor. León XIV recupera la imagen de Dante: «el amor que mueve el sol y las demás estrellas». En una época dominada por el poder, el dinero, la tecnología y la violencia, esta afirmación adquiere una fuerza singular. El Amor permanece: «no ha desaparecido, no ha perdido vigor ni intensidad».

La poesía alcanza la teología. El amor cristiano remite al misterio mismo de Dios: «Dios es amor» (1 Jn 4,16). Ese Amor ha entrado en la historia y ha mostrado su rostro en Cristo: en la pobreza de Belén, en la compasión hacia los heridos, en la amistad con los pequeños, en la mesa compartida y en la entrega de la cruz.

Por eso el amor reclama consecuencias sociales. León XIV denuncia «la convivencia de la desconfianza, la cultura de la prepotencia, la educación de la ideología, el trabajo de la idolatría del lucro, y la tecnología y las finanzas de los negocios de la muerte». Frente a estas lógicas, la conversión comienza en cada conciencia, con esos «pioneros valientes» que, «empezando por su propio cambio de rumbo», hagan creíble una renovación compartida.

Los jóvenes ocupan un lugar privilegiado en esta visión. León XIV les dirige una palabra de confianza: «¡Son la prueba de que el futuro es una promesa, no una amenaza!». Y añade: «¡Pónganse en juego!».

Frente a una cultura que ofrece miedo y precariedad, el Papa reconoce en ellos una energía capaz de abrir caminos. Les pide amplitud, encuentro, hospitalidad y una verdadera catolicidad, más allá de «cualquier pertenencia demasiado limitada».

La misma llamada alcanza a la Iglesia. León XIV no propone nostalgia ni búsqueda de poder, sino una humanidad capaz de atraer: «La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por “atracción”». La pregunta de don Giussani conserva toda su fuerza: «¿Se puede vivir así?».

Visiones o "heridas" de 'Scivias', uno de los escritos de santa Hildegarda
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La respuesta necesita rostros antes que discursos, comunidades antes que consignas, experiencias antes que argumentos. Una Iglesia capaz de acoger al herido, perdonar sin humillar, defender la verdad sin destruir al adversario y ejercer la autoridad como servicio puede volver a despertar esa pregunta.

De ese horizonte nace la civilización del amor. León XIV recuerda que esta palabra contiene «el nombre mismo de Dios: “Dios es amor”». Y precisa: «El amor sólo existe en la libertad, en el encuentro vivo, en la entrega generosa de uno mismo».

La sinodalidad prolonga esa misma lógica. No constituye simplemente un método, sino «la naturaleza de un pueblo que, en la amistad y en el encuentro con el otro, se percata de que pertenece únicamente a Dios». También la autoridad encuentra su medida en el servicio, capaz de honrar las diferencias y favorecer su armonía.

Entre sueños y visiones. El sueño cristiano no imagina un mundo sin heridas. Confía en que las heridas no poseen la última palabra. La visión cristiana no niega las sombras: descubre pequeños signos de una realidad nueva en una amistad, una comunidad, un joven que entrega su vida, un pobre que recupera esperanza, una persona que perdona, una Iglesia que escucha.

La palabra de León XIV adquiere así una verdadera dimensión profética. El futuro permanece abierto. El cansancio no constituye destino. La violencia no posee la última palabra. Tampoco el miedo. Quizá una de las tareas más urgentes de la Iglesia consista hoy en reavivar los sueños y las visiones: sueños nacidos de la realidad y sostenidos por la esperanza; visiones iluminadas por la fe y abiertas al mundo.

Entre sueños y visiones, León XIV propone una esperanza con rostro cristiano. El futuro todavía puede abrirse como promesa. Los jóvenes todavía pueden descubrir razones para entregar su vida. La Iglesia todavía puede ofrecer una humanidad nueva. Al final permanece el Amor. Y allí donde el Amor vuelve a ocupar el centro, comienza una historia nueva.

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