Meditación en voz alta (y pensando en Queiruga)
Celebrando a SantoTomás de Aquino en este año 2026
Todavía recuerdo la solemnidad académica en Salamanca celebrando la fiesta de Santo Tomás de Aquino. Era el 7 de marzo, fecha que venía bien para romper el sobrio ritmo de Cuaresma. En 1964 había salido ya el primer documento del Concilio Vaticano II sobre la Liturgia. Como de costumbre en esa fiesta, Universidad de Salamanca, Universidad Pontificia y Facultad Teológica de San Esteban se unían para festejar la memoria del gran maestro medieval. Ese año el tema desarrollado en el paraninfo de la universidad, por un profesor dominico de hábito blanco y capa negra, traía la novedad conciliar: “Toda la Iglesia es sujeto de la acción litúrgica”. Al final de la sesión, siguiendo la usanza, el coro universitario entonó el “Gaudeamos igitur”. En la tarde, paseando con Juan Luis Acebal –los dos profesores jóvenes–, por la huerta del convento de San Esteban, comentábamos con cierta satisfacción lo bien que había resultado la celebración académica.
Aquel tiempo, todavía en el nacionalcatolicismo, ha pasado ya. Incluso han cambiado la fiesta de Santo Tomás al 28 de enero. Sin embargo, todavía quizás más modestamente, sobre todo en Centros de Teología, la fiesta de Santo Tomás no pasa desapercibida.
A partir de León XIII, sin duda Tomás de Aquino ha sido el teólogo más traído y recomendado en los documentos de los papas. En la teología neoescolástica era continua referencia, si bien no siempre las muchas citas lograban transmitir su espíritu. ¿Podemos seguir mirando a este pensador de la Edad Media como maestro singular para nuestro tiempo?
Tomás de Aquino ha sido y sigue siendo para mi un singular maestro. No solo por su seriedad racional y su capacidad de síntesis. Otros después de él han tenido y ejercicio esa capacidad. Lo que sigue manteniendo su magisterio, en mi caso, es el talante o forma de reflexionar sobre la fe cristiana. Ahora, solo a modo de sugerencias, valgan unas puntadas.
La persona humana es sujeto y centro de las realidades creadas
Superando un espiritualismo escapista de su tiempo, Tomás de Aquino, con la oposición de profesores en la misma universidad de París, valoró y utilizó como mediación la racionalidad de filosofía griega. Pero dio un viraje a la visión de esa filosofía sobre el puesto de la persona: no es solo un ser racional sometido a las leyes del cosmos. Es sujeto singular capaz de ser él mismo y de gestionar las leyes y funcionamiento de las otras criaturas.
Así, Tomás de Aquino abre las puertas al humanismo moderno. Pero con una perspectiva teocéntrica. El ser humano es autónomo a la hora de conocer y organizar los procesos seculares. Pero su centralidad y autonomía se fundamentan su teo-nomía, en una Presencia de amor que le constituye, impulsa y sostiene .
En el s. XVIII M. Kant , el filósofo de la Ilustración, lanzó el imperativo que ha calado en el pensamiento moderno: “la persona humana es sujeto y fin, no debe ser utilizada como medio”. Pero, ¿dónde fundamentar ese imperativo si quitamos esa referencia que es el misterio de Dios, Presencia de amor en que todos habitamos? Quizás esté ahí el enredo en corrientes humanistas que, para salvaguardar la centralidad y autonomía del sujeto humano, ven imprescindible alejarlo de Dios y de la religión cristiana.
La verdad, venga de donde viniere, del Espíritu Santo procede
Hoy frecuentemente nos perdemos entre el fundamentalismo de quienes se creen únicos poseedores de la verdad completa y el relativismo absoluto que deja en manos de la subjetividad el criterio para discernir la. Dos posturas extremas que hacen imposible el necesario y verdadero diálogo en una sociedadplural en culturas y en reliiones.
Nos cuesta mucho abandonar posiciones cerriles por uno y otro extremo, admitiendo que caminamos hacia la verdad completa rastreando los caminos de la verdad participada.
El talante abierto en Tomás de Aquino puede ser referencia saludable. Además de escribir una Suma Teológica para formación de los creyentes cristianos, elaboró una Suma para dialogar desde la razón con los no cristianos, especialmente con los musulmanes, cuyo pensamiento valoró e incorporó a su reflexión sobre la fe cristiana.
Los enunciados no agotan el contenido de la experiencia que llamamos fe
De otro modo, las formulaciones incluso dogmáticas de la fe cristiana son necesarias, pero como todos los dichos humanos, hijas de su tiempo. Nos aproximan a la fe o experiencia que viven los creyentes. Por eso llamamos al credo “símbolo”: hace presente y remite a esa experiencia pero no la define ni agota.
Urgencia importante para la Iglesia hoy en la sociedad española es caminar hacia una presencia pública y profética, imposible sin avivar la fe de los cristianos. No solo como creencias o aceptación sumisa de formulaciones y enunciados oficiales de la Iglesia. Sino como apertura libre, total y procesual a esa auto-comunicación de Dios revelada en la conducta de Jesucristo.
“Nuevas formas de vida, nuevos métodos, nuevos argumentos, nuevas formulaciones”
Es la preocupación por discernir la nuevo que quiere nacer, y emprender los necesarios cambios en las formas y procedimientos de las esenciales estructuras de la Iglesia, según la expresión de Santo Tomás, “mientras se edifica en el tiempo”.
El maestro dominico, profesor en la universidad de París, tuvo que defender la legitimidad de nuevas formas de vida religiosa en la Iglesia. Según sus primeros biógrafos, su preocupación era escuchar lo nuevo que estaba naciendo y buscar nuevos métodos y nuevos argumentos para entender y transmitir la fe cristiana
En su primer documento sobre La Sagrada Liturgia, el Concilio manifestó la necesidad de que en la Iglesia todo lo visible de ordene a servir y promover la comunión invisible.
Y el papa Francisco puntualizó en su primera Exhortación:
“Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin fidelidad de la Iglesia a la propia vocación, cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo.
Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre nueva”.
El lúcido pensador gallego Andrés Torres Queiruga, teólogo positivamente muy significativo en la renovación postconciliar de la Iglesia, publicó en el año 2000 “Fin del cristianismo premoderno. Retos hacia un nuevo horizonte”. Su atinado y científico análisis sobre cambios culturales, nuevos signos y visiones de la modernidad, exigen cambios radicales y urgentes en las visiones, organización, funcionamiento y lenguaje de la Iglesia. Todavía es muy recomentable para los cristianos esa publicación.
Cuando los paisanos de mi pueblo cultivaban viñas y pisaban las uvas en el lagar, entendían muy bien la sabia recomendación: “No conviene echar vino nuevo en pellejos ya gastados, porque el vino nuevo, todavía en proceso de fermentación, se pica y pierde su delicioso sabor”.