Metz y el difícil lenguaje de la paz
Durante cuatro días, todos han hablado de paz: el papa, el presidente de una república laica, los obispos y los representantes de seis confesiones religiosas. Cuando una palabra consigue semejante unanimidad, quizá haya llegado el momento de preguntarse si todos quieren decir lo mismo
La frase es probablemente apócrifa, pero sobrevivió porque era demasiado buena para morir: «París bien vale una misa». Se atribuyó a Enrique IV para resumir, con la crueldad de las fórmulas perfectas, el precio político de una conversión. Más de cuatro siglos después, Emmanuel Macron, presidente de una República que su Constitución define como «laica», reorganizó su agenda para asistir en Metz a la misa celebrada por León XIV. No existe paralelismo histórico entre ambas escenas y sería absurdo establecerlo. Pero la coincidencia invita a volver sobre una vieja cuestión francesa: ¿qué ocurre cuando la religión, el poder público y la conciencia vuelven a encontrarse en el mismo espacio?
Francia no ha dejado de ser laica porque su presidente haya entrado en una catedral. Como recordó el propio Macron al recibir al papa en el Elíseo, la laicidad francesa «no es en absoluto la negación de la religión». La ley de 1905 garantiza la libertad de conciencia y el libre ejercicio de los cultos. Y Metz añade una pequeña ironía de la historia: Mosela pertenece precisamente al territorio de Alsacia-Mosela, donde la ley de separación de 1905 no se aplica en los mismos términos y subsiste un régimen concordatario particular. Hasta la geografía parecía haberse empeñado en complicar cualquier explicación demasiado sencilla.
Pero lo verdaderamente interesante del viaje de León XIV no ha sido la foto de un presidente en misa. Han sido las palabras.
Macron habló de paz, fraternidad, dignidad, multilateralismo y derecho internacional. León XIV habló de paz, dignidad, fraternidad, diálogo y reconciliación. El cardenal Jean-Marc Aveline situó Metz bajo el signo de Europa, la guerra y la reconciliación. Y los representantes católicos, protestantes, ortodoxos, judíos, musulmanes y budistas reunidos en torno al Appel de Metz volvieron a hablar de paz, diálogo, fraternidad, justicia y dignidad humana
Macron habló de paz, fraternidad, dignidad, multilateralismo y derecho internacional. León XIV habló de paz, dignidad, fraternidad, diálogo y reconciliación. El cardenal Jean-Marc Aveline situó Metz bajo el signo de Europa, la guerra y la reconciliación. Y los representantes católicos, protestantes, ortodoxos, judíos, musulmanes y budistas reunidos en torno al Appel de Metz volvieron a hablar de paz, diálogo, fraternidad, justicia y dignidad humana.
Cuando tantas instituciones distintas utilizan las mismas palabras, uno puede alegrarse. Pero al filólogo le asalta inmediatamente una sospecha: ¿estamos seguros de que todos estamos diciendo lo mismo?
Macron había precisado en el Elíseo que la paz es más que el silencio de las armas y la había vinculado con la justicia, la seguridad, los derechos humanos, la soberanía de las naciones y el derecho de los pueblos a decidir su destino. En Metz, León XIV pidió «diálogo paciente» y «audacia en la negociación», y advirtió contra «la ilusión del rearme». El Appel de Metz, por su parte, afirmó que no puede haber paz duradera sin justicia, respeto a la dignidad humana, solidaridad y atención a la casa común.
Las palabras coinciden. Las responsabilidades, no.
Un jefe de Estado debe pensar en fronteras, seguridad, alianzas y derecho internacional. Un papa habla desde una tradición moral y religiosa que pretende recordar que no todo lo posible es legítimo. Las religiones, por su parte, deberán demostrar que su discurso sobre la paz no es una coartada piadosa mientras en sus propias comunidades prosperan el desprecio, la exclusión o el fanatismo. El hecho de que todos pronuncien la misma palabra no elimina las diferencias. Tal vez las haga más visibles.
Por eso, quizá la expresión más importante pronunciada en Metz no fue «paz», sino otra. León XIV pidió «desarmar los corazones y las palabras».
Desarmar las palabras.
Vale la pena detenerse ahí.
Porque las palabras también combaten. Pueden convertir al adversario en enemigo, al extranjero en amenaza y al discrepante en traidor. Pueden preparar una guerra mucho antes de que alguien dispare. Pero también pueden hacer exactamente lo contrario: impedir que una diferencia se transforme en odio y obligarnos a seguir llamando persona a quien la propaganda necesita convertir en caricatura.
En Metz, además, esta expresión adquirió un simbolismo casi excesivo. León XIV celebró la Eucaristía sobre un altar hecho de bronce procedente de antiguos cañones alemanes. El metal que había servido para hacer la guerra terminó sosteniendo una mesa litúrgica. Pocas imágenes podían acompañar mejor a un papa que, pocas horas antes, había pedido desarmar también las palabras.
El lugar tampoco era casual. Robert Schuman, hijo de una tierra cuya soberanía había cambiado varias veces, convirtió la reconciliación franco-alemana en una de las bases del proyecto europeo. León XIV recordó que aquella experiencia le había enseñado el valor del derecho internacional y, significativamente, el de «la palabra dada». No deja de resultar inquietante que el papa haya unido ambas cosas en una Europa que ha vuelto a incorporar con naturalidad a su vocabulario palabras como rearme, amenaza, frontera y guerra.
El Appel de Metz tiene, además, una virtud: intenta no quedarse solo en la retórica. Sus responsables asumieron compromisos concretos: mantener un diálogo continuado y exigente, enseñar a las nuevas generaciones a conocer las tradiciones de los demás y permanecer unidos también en los momentos difíciles. No es todavía la paz, naturalmente. Pero quizá sea una parte de su gramática.
Hace más de cuatro siglos, la tradición puso en boca de un rey francés la famosa frase «París bien vale una misa». Hoy la cuestión es muy distinta. Macron no necesita una misa para legitimar la República ni León XIV ha viajado a Francia para reclamar privilegios para la Iglesia.
La pregunta que plantea Metz es bastante más incómoda y mucho más contemporánea.
¿Puede una sociedad laica prescindir completamente del lenguaje religioso cuando intenta hablar del bien común? ¿Y pueden las religiones reclamar un lugar en esa conversación si no logran reconciliar con sus palabras?
Quizá la respuesta estaba ya sobre aquel altar.
El bronce no desapareció. Cambió de finalidad.
Tal vez desarmar las palabras consista precisamente en eso: no dejar de pronunciarlas, sino conseguir que ya no puedan seguir sirviendo para aquello que un día las convirtió en armas.
