Fin de la primera etapa del Sínodo: ¿y ahora qué? "Estamos en la misma Iglesia, ni nos hemos salido ni hemos inventado nada nuevo completamente"

Sínodo
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No pensemos que el clericalismo es una “enfermedad episcopal o sacerdotal”: el papa Francisco nos ha dicho claramente que el clericalismo es a cuatro manos: “se trata de una complicidad pecadora: el cura clericaliza y el laico le pide por favor que lo clericalice, porque en el fondo le resulta más cómodo”

Sabemos bien que son pequeños grupos quienes han mantenido en alto las banderas y estandartes que ondeara el Buen Papa Juan XXIII, cuando decidió convocarlo

Nos la jugamos en la realización práctica. Y nada más cercano y fiel al anuncio del Reino de Jesús que esa comunidad de “discípulos misioneros” (en lenguaje de Aparecida) donde el principal documento sea nuestra partida de bautismo, que nos permita y exija ser seguidores de Jesús y artífices de su Reino en el mundo que nos toca vivir

Ha acabado la primera etapa del “Sínodo de la sinodalidad”, con una síntesis final que ha suscitado comentarios para todos los gustos. Para unos pudiera resumirse en esta expresión: “Nos lo temíamos, los que tienen la sartén por el mango, siguen teniéndola. Nada nuevo bajo el sol”. Otros, por el contrario, sentirían que “estamos en otra Iglesia, todo ha cambiado, hasta las mujeres han votado en el Sínodo”.

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Ni lo uno ni lo otro. Estamos en la misma Iglesia, ni nos hemos salido ni hemos inventado nada nuevo completamente. Y por ello tienen razón ambos grupos, así como no tienen razón al decir lo que realmente dicen y sienten. Por un lado, nadie lo duda, este Sínodo ha marcado un camino -“el caminar juntos”- que difícilmente tendrá marcha atrás. Las experiencias vividas son demasiado fuertes como para que, como Iglesia, se puedan borrar o renunciar a ellas. Por mucho que griten los Muller, Burke y otros, es imposible que ya impongan su concepción de Iglesia. Diríamos en Perú: “esa Iglesia ya fue”, no volverá a existir ¿alguien lo duda?

Cultura eclesial, clericalismo y vida evangélica.
Cultura eclesial, clericalismo y vida evangélica.

Por supuesto que sigue existiendo -y en el Sínodo hemos sentido fuerte los síntomas- esa grave enfermedad, ese cáncer, que diría el papa Francisco, llamado clericalismo. ¿Acaso no es un signo de él la misma composición de la Asamblea donde los obispos eran una gran mayoría y era noticia la presencia de laicos y mucho más la de mujeres? (¡No digamos ya el que éstas votaran!). Pareciera que no nos acordamos de ayer… Sí, ayer mismo solo los obispos se reunían en Sínodo y fue el papa Francisco quien les dijo a los directivos del CELAM que no convocaran a la VI Conferencia Episcopal de América Latina y el Caribe, sino a la I Asamblea Eclesial, con sacerdotes, religiosas y laicos incluidos. La misma que se realizó en México, del 21 al 28 de noviembre de 2021. Y no pensemos que el clericalismo es una “enfermedad episcopal o sacerdotal”: el papa Francisco nos ha dicho claramente que el clericalismo es a cuatro manos: “se trata de una complicidad pecadora: el cura clericaliza y el laico le pide por favor que lo clericalice, porque en el fondo le resulta más cómodo. Es bueno que lo aceptemos: muchos laicos -por no decir la mayoría- prefieren obedecer y seguir diciendo “el que obedece nunca se equivoca”.  ¿Acaso no llevaban un tufo clericalista los famosos dubia y todas las declaraciones de los cardenales que cuestionaban al Sínodo y al mismo Papa? Sólo ellos tienen la verdad: ni el Papa, ni el Sínodo, ni la Iglesia entera, están a su altura ¡Ellos -del alto clero- son la única tradición verdadera!

Teniendo eso en cuenta, no “podemos pedir peras al olmo”, no podemos esperar que -por el mero hecho de participar en el Sínodo- todos se conviertan y nos regalen una síntesis que exprese otra Iglesia totalmente distinta a la nuestra, una Iglesia donde el “caminar juntos” signifique realmente que todos -laicos, religiosas, sacerdotes, obispos y cardenales- estén dispuestos a compartir todas las instancias de reflexión y decisión en igualdad de condiciones. Dios ni ayer ni hoy hace tales milagros; bastante es que nos garantice la fuerza para poder verlo y tratar de realizarlo. Creo que es lo que se ha vivido en el Sínodo y no es poco.

Foto final del Sínodo
Foto final del Sínodo

Podríamos decir igualmente de aquel sector tan optimista que quisiera obligarnos a aceptar que -de la noche a la mañana- “todo ha cambiado en la Iglesia”, que todos nos hemos convertido y que nada será igual, que todo es irreversible. No, sabemos que la historia nunca camina en pura línea recta, que hay zigzags y hasta marchas atrás. Tenemos bastante reciente la historia del Concilio Vaticano II, el mayor acontecimiento eclesial del s. XX. De èl tenemos excelentes documentos. Tras él se puso en marcha una seria Reforma eclesial, no cabe duda. Y, sin embargo, todos sabemos bien cómo ha habido fuertes tirones hacia atrás, por parte de las mismas cabezas de la Iglesia y de la mayoría de los fieles. Sabemos bien que son pequeños grupos quienes han mantenido en alto las banderas y estandartes que ondeara el Buen Papa Juan XXIII, cuando decidió convocarlo. Sabemos bien el tesón puesto por aquel valiente grupo de obispos que, asumiendo la causa de los pobres, firmaron el famoso “Pacto de las Catacumbas en la catacumba de santa Domitila. Muchos conocemos bien todo eso y sabemos que ha habido, desde dentro de la Iglesia, la firme voluntad de voltearlo todo, de que la Iglesia se aleje de los pobres y mantenga la secular alianza con los poderosos.

No nos puede extrañar que la síntesis de esta primera parte no sea muy concreta, que postergue decisiones “para cuando se vea mayor consenso”, que trate de “contentar a todos”. El Sínodo no ha sido, en absoluto, una burbuja aséptica, al margen de la Iglesia que tenemos. Y, por encima de todo, debemos dar gracias por el Papa que tenemos, que bastante ha hecho con romper muchos esquemas de participación, por decirnos, con convicción, que no tengamos miedo, que rememos mar adentro, que el protagonista es el Espíritu Santo y es Él el más interesado en que la Iglesia avance, que sea más auténtica.

María Luisa Berzosa, con el Papa
María Luisa Berzosa, con el Papa

Lejos de mi el asumir una actitud conformista, lejos de mi el “siempre ha sido así”, esperemos mejores tiempos. No, como algunos han dicho, la importancia de estos meses hasta la próxima etapa sinodal es capital. Y no tenemos derecho a dormirnos, sino a poner toda la carne en el asador para que lo hasta ahora avanzado se siga profundizando y se pueda concretar mucho más en la siguiente etapa. Como reza el dicho popular, necesitamos “moral de victoria y paso de vencedores”. Las dos cosas para no bajar la guardia y dar pasos hacia adelante. Escribí en un libro que “nos lo jugamos en la eclesiología” y lo mantengo. Pero no en una eclesiología teórica, no en bonitas reflexiones o afirmaciones sobre lo que creemos debe ser la Iglesia. Nos la jugamos en la realización práctica. Y nada más cercano y fiel al anuncio del Reino de Jesús que esa comunidad de “discípulos misioneros” (en lenguaje de Aparecida) donde el principal documento sea nuestra partida de bautismo, que nos permita y exija ser seguidores de Jesús y artífices de su Reino en el mundo que nos toca vivir.

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