En los momentos de dolor, todos somos Adamuz con vosotros
"En vosotros, para cada persona, para toda Andalucía, para todas esas familias, sin excepción, y para todos cuantos nos movemos en los tránsitos viarios o esperamos en las casas una feliz llegada, todo lo mejor de todos nosotros"
Cuando hay una tragedia, si somos personas bien nacidas, no puedo entender que permanezcamos impasibles ante el dolor ajeno. Y nos solidarizamos. Cualesquiera que sean las circunstancias o el lugar. Sí, a ti, a vosotros: “Coma a un irmán che falo”.
Y ya no digamos cuando ese dolor es producido por la crueldad de otros seres humanos, por ejemplo, el genocidio de Gaza o de cualquier guerra o persecución a las personas por el delito de ser pobres, por manías de raza, credos, fanatismos, politiquerías, ambiciones de negocios sucios, injustos y degradantes de las personas y de la naturaleza.
Como no conmoverse ante la muerte de ancianos desamparados, por ejemplo cuando el maltrato deshumanizado durante el Covid en Madrid, o en Galicia y así en otras latitudes.
Ya no hablemos de inocentes, de niños y niñas o de mujeres asesinadas cada día por violencia de género: ¡Yo soy hijo de una mujer! Falleció por muerte natural en el nacimiento de nuestro último hermanito. Sé cuánto duele la orfandad y la falta de “ella”, “la insustituible”.
Acaba de suceder el accidente de Adamuz. ¡Cuánto dolor! ¡Cuántos miedos! Y lo que resta por gestionar en el fondo más profundo de la existencia y por mucho tiempo.
Cuando, para el gran público, todo vuelva ya a “su normalidad”, cuando todo empiece nuevamente a sumirse en el silencio, cuando lleguen los procesos judiciales, etc., vosotros seguís ahí, “compañeros del alma, compañeros”.
Curtido en esa sensibilidad por el dolor desde la infancia, también en las catástrofes naturales o los accidentes individuales o colectivos, que también los he pasado en mi vida, abro bien los “ojos del corazón”, como le dijo el Zorro al Principito. Y, en esas circunstancias, me quisiera ver y quisiera saber ser y estar próximo de las familias y de las víctimas.
Porque solo desde ahí se ve lo esencial de la vida, del amor y de la esperanza.
¡Vibran estridentes las cuerdas del alma ante esa niña que perdió los cuatro familiares que iban con ella! ¡Cómo de difícil será para todos superar una situación tan sin razón! Nada nos puede ser indiferente. “Sólo le pido a Dios que la guerra, el dolor, la vida, los otros, …, no me sean indiferentes.”
Si de verdad sanamos nuestras miradas desde el corazón siempre van a aparecer vínculos muy personales.
Da cierto ánimo ver, por lo menos de esta vezy al parecer de algunas apariencias o silencios, como que se producen “ciertas concordias” entre diferentes para unirnos todos en lo esencial de verdad cuando decimos. “Te acompaño en el sentimiento”.
O para que vosotras y vosotros, amigos del alma, sintáis “a calorciña dos abrazos” de las almas gemelas que vibramos al unísono cuando toda la existencia se os está resquebrajando bajo los pies de vuestro caminar.
Si es cierto lo que informan los medios, parece que Vox y algunos seguidores aún no saben bien lo que quieren ser de mayores. ¡Lástima! ¡Me dan pena!
Si es cierto lo que informan los medios, parece que Vox y algunos seguidores aún no saben bien lo que quieren ser de mayores. ¡Lástima! ¡Me dan pena! Cuando llegue su hora, que también les puede llegar, no respondamos nunca con esas actitudes reflejadas ya por Jesús en el Evangelio de Mateo “Sabéis que los grandes tiranizan y oprimen. No sea así entre vosotros. Y la o el que quiera ser importante entre vosotros sea vuestro servidor: el Hijo del hombre vino a dar su vida”. (Mt 20, 25-28). Esto es lo que se nos pide en estos casos: saber alentar vida y luz de amor en la oscuridad. Y no hace falta ni ser religiosos. La nota aquí siempre se da desde la categoría de la “humanidad”. O se tiene o no. Y si falta, algo muy grave pasa en la educación para la ciudadanía, que es el nivel más básico, como nos enseña el psicólogo A. Maslow en su famosa “pirámide” para la autorrealización personal.
Si sabemos unirnos a todos, sin excepción, siempre va a haber una parte de la noticia que me va a “vincular” emocionalmente de una manera particular.
En estos momentos a mí me está pasando eso. Dice la noticia: “Él tren descarrilado en Adamuz iba lleno de opositores. Casi un centenar de personas se habían desplazado desde Huelva a Madrid para hacer los exámenes para Ayudante de Instituciones Penitenciarias. Dos profesores de Huelva de una academia de oposiciones a funcionario de prisiones y un alumno, entre los desaparecidos del accidente del tren”. (ABC).
Llevo diecisiete años yendo semanalmente a la cárcel, en una labor de “aprender a acompañar soledades”. Escuchar. Sin preguntar. Y poner los corazones al mismo compás. Y no diré nunca contra un hermano o hermana esa blasfemia incivil: “Que se pudra en la cárcel”. Ni hablaré mal, sin saber en vivo y directo, de lo que hacen esas y esos funcionarios. No justifico si alguien se pasa en su función. Pero sé de su entrega y esfuerzo empático por sanar las heridas de otros seres humanos que por ser pobres y por diversos trastornos de conducta han llegado a presidio. (El 40%, dicen las estadísticas oficiales tiene problemas psíquicos desde la infancia o adquiridos por sustancias. Y están sin diagnosticar y sin ser tratados adecuadamente. La cárcel no es un lugar terapéutico indicado sino todo lo contrario. Y gracias a la calidad, formación y calidez de ese hombre o mujer, que está de turno, se van paliando situaciones muy delicadas. Pero ese no es el lugar, ni ellos son los especialistas adecuados de la salud para los que están ahí.
Preguntemos en cada centro cuántos sanitarios hay asignados en teoría. Preguntemos cuantos hay en realidad. No quiero dar la respuesta. Busquémosla nosotros mismos en cualquier buscador de la red. Y esa responsabilidad es de la sociedad. De todos nosotros y de los que usan nuestros votos y opinan con palabras gruesas sean del grupo que sean o de ninguno.
Hace poco le escuché a una mujer funcionaria, persona de una calidad extraordinaria: “Las guardias son duras y sorpresivas. Pero cuando vuelvo a casa, si entre todos fuimos capaces de humanizar nuestra relación con nuestros queridos internos e internas, me digo y le digo a mis hijos y familia: Hoy valió la pena”.
Escribo esto porque hace falta examinarme primero a mí mismo y a fondo y ver si no soy yo quien se extralimita de pensamiento, palabra, omisión o comisión al hacer juicio u opinar a la ligera. Y eso sí que es lo que me toca arreglar. Y este mensaje nos pilla a todos. Porque los pobres presos, que son pobres entre los pobres, son nuestros queridos presos y así hay que mirarlos porque son de nuestras familias y comunidades humanas. Y los funcionarios, son nuestros funcionarios.
¿Cuántos de ese grupo ibais en ese tren además de los fallecidos? Me siento familia con vosotros. Seguramente, dentro de muy poco tiempo, abrazaré a alguna o alguno de vosotros en Teixeiro, en esa primera etapa de familiarización con la profesión.
Y con vosotros trabajaremos solidariamente nuestro encuentro personal con esos otros “accidentados” de la vida, nuestros amados reclusas y reclusos. Y descubriréis en ellos, in situ, que “su tren vital” también descarriló un día en tantos entresijos de enfermedades mentales (40%, según las estadísticas oficiales), o por las pobrezas crecientes de los entornos donde se criaron o por las políticas deshumanizadas, tipo Sr. Trump, por citar solo uno de los de afuera y no pasar por España, etc.
"Yo soy rebelde porque nadie me amó”, cantaba Jeanette. En vuestras manos van a estar, también, aquellos y aquellas que la sociedad no siempre sabemos ayudar, atender, sanar educar.
Os tocará a vosotros y cuantos voluntarios colaboramos antes, durante y después para rehabilitar, resocializar, reinsertar, acompañar, etc. (Constitución Española. art, 25, § 2).
Habéis sufrido, amigas y amigos en vosotros, en vuestras familias y conocidos la prueba de fuego. Y, como decía S. Camilo de Lelis a sus hermanos de Congregación cuando estaban haciendo curas y atendiendo en la enfermedad a los pobres, ancianos y enfermos: “Hermanos, poned más corazón en esas manos”. Todos hemos aprendido mucho en este sentido. Todos hemos sentido en el alma esas manos y lágrimas anónimas de todos nuestros pueblos comunitarios, sin escatimar esfuerzos. De nuestra admirada Andalucía y de Adamuz en especial. Hace años nosotros lo sufrimos en Angrois, Santiago. Y, entonces, ¿qué sería de nuestro dolor sin vuestros apoyos de todo tipo. Todavía resuenan con fuerza los afectos, sacrificios, palabras y silencios compartidos en esa escucha activa y prolongada en el tiempo.
Non son solo actos aislados. Son actitudes sanantes y sanadoras en procesos largos que tanto nos ayudaron, como también pasó cuando lo del desastre del Prestige y allí estuvisteis todas y todos con nosotros.
Que esa sanación integral e integradora se produzca también en vosotros, amigas y amigos.
En vosotros, para cada persona, para toda Andalucía, para todas esas familias, sin excepción, y para todos cuantos nos movemos en los tránsitos viarios o esperamos en las casas una feliz llegada, todo lo mejor de todos nosotros, desde esta Galicia que tenemos un corazón muy grande y sabemos, desde Angrois, lo que es un accidente ferroviario que aún está sin cerrar, curar y sin atender en justicia de verdad.
Y sabemos...,de la vida toda.
Os queremos. Y queremos acompañaros con toda solidaridad y esperanza.
Biquiños, desde Galicia y desde toda la comunidad Penitenciaria de Teixeiro.
*Sacerdote y Voluntario de Pastioral Penitenciaria de Teixeiro. A Coruña
