Monseñor Romero, santo del pueblo en la Iglesia de Jesús
"Otro catorce de octubre más, donde recordamos que por fin la Iglesia oficial, a través de la mano del papa Francisco, se atrevió a canonizar, a proclamar santo, a Monseñor Oscar Romero, obispo asesinado en El Salvador el 24 de marzo de 1980"
Otro catorce de octubre más, donde recordamos que por fin la Iglesia oficial, a través de la mano del papa Francisco, se atrevió a canonizar, a proclamar santo, a Monseñor Oscar Romero, obispo asesinado en El Salvador el 24 de marzo de 1980. Fue el catorce de octubre de 2018, después de casi cuarenta años de su magnicidio. El pueblo como siempre se adelantó, y lo proclamó santo desde el mismo momento en que cayó asesinado al pie del altar donde celebraba la Eucaristía, en la capilla del Hospitalito, donde vivía desde hacía apenas unos meses el obispo asesinado. Fue el pueblo, desde la voz del otro santo de América Latina, aún sin canonizar oficialmente pero sí por el pueblo, el que habló de Romero como de “San Romero de América”.
Aquella mañana del 14 de octubre de 2018, Roma, la capital de la Iglesia católica, se llenó de la emoción y de la alegría entrañable del pueblo salvadoreño, al que tanto amó y sirvió Monseñor Romero. Cuando bajaron el tapiz con la fotografía de Monseñor Romero, fue ese pueblo el que se estremeció y el que recordó las palabras del obispo martirizado: “Si me matan, resucitaré en el pueblo”, porque Monseñor había permanecido en silencio, pero militante en el pueblo en todos esos años, donde ciertos sectores de “la iglesia oficial” se negaban a esa proclamación, y se negaban precisamente por la misma causa que asesinó al mártir Jesús de Nazaret: no querían perder el poder que la iglesia tenía, pensaban que proclamar santo a Romero en el fondo era ponerse en contra de los que justamente favorecieron su asesinato “los falsos cristianos católicos, que desde la riqueza y el poder, le dieron muerte”.
A Jesús lo asesinó el poder de los judíos fariseos, que se creían “eran los buenos”, frente a los publicanos y pecadores. Esos publicanos y pecadores que eran los que Jesús prefería, no porque fueran “buenos”, sino precisamente por todo lo contrario: porque desde su debilidad y pecado reconocían que necesitaban del perdón y la misericordia del Dios Padre-Madre, que dice el evangelio “hace salir el sol sobre buenos y malos”. Los fariseos no entendieron eso, se consideraban poseedores de la verdad y merecedores de la salvación gratuita del Dios que no necesita de nuestras obras para amarnos, sino que solo quiere un “corazón quebrantado y humillado” capaz de reconocer que nosotros solos no podemos, y que Dios nos quiere a todos por ser nuestro Padre y Madre.
Ese mismo “poder de los que se creían buenos” fue el que asesinó al obispo Romero: los ricos y poderosos de su tiempo tampoco aguantaban y permitían que Romero defendiera algo tan evangélico como humano: la dignidad de todos los seres humanos, reconocer que todos somos iguales y que todos nos merecemos lo mismo por ser hijos e hijas de Dios. Ese fue su único pecado: reconocer esa igualdad definitiva que se desprende de textos como Mateo 25, o las bienaventuranzas de Mateo y de Lucas. Dios nos quiere a todos pero prefiere a aquellos que la humanidad poderosa machaca con sus actitudes.
En el fondo a Jesús de Nazaret y a Monseñor Romero los volverían a matar hoy aquellos que se creen buenos o que se creen que “cumplen los mandatos y las leyes”. Los volverían a matar porque sus palabras y sus acciones sobran, porque la actitud de Jesús y de Romero saca a la luz su hipocresía, y su falso seguimiento y creencia en Dios. Los falsos cristianos, que iban a misa, que participaban de los sacramentos son los que asesinaron a Romero, porque no entendían que todos nos merecemos lo mismo, y que como también decía otro santo jesuita, también sin canonizar por la Iglesia oficial, el Padre Arrupe: nuestras Eucaristías no estarán completas mientras a nuestro alrededor haya personas que sufren y son tratadas injustamente.
La Iglesia silenciosa y a veces cómplice de injusticias (basta con mirar ahora lo que sucede en la tierra santa de El Salvador o en nuestra misma España), no fue capaz de canonizarle antes, de reconocerle su santidad porque temía perder poder, como casi siempre. Y tuvo que venir un papa “llegado del fin del mundo”, el otro gran santo que ha revolucionado el papado desde la humanidad y la sencillez, para llevarlo a los altares. En aquella mañana de buen tiempo otoñal en Roma, el pueblo salvadoreño allí congregado esperaba las palabras de Francisco que fueron a dar al corazón de los salvadoreños y salvadoreñas allí congregados.
Monseñor Romero fue proclamado santo en la Iglesia de Jesús, pero antes, muchos años antes, el pueblo ya lo había proclamado como tal, porque no hacía falta esperar ningún milagro más. Como diría el mismo papa Francisco, el milagro de Romero fue su misma vida, como lo fue la misma vida del maestro de Nazaret. Por eso, Romero es el santo del pueblo, y santo de él porque lo que alimentó su vida como pastor fue ese mismo pueblo martirizado y necesitado de esperanza, de salvación y de justicia. Romero, como también ya dijo Karl Barth, tenía en una mano el Evangelio y en la otra el periódico, para interesarse por lo que pasaba en su país. Es conocido que siempre comenzaba cada domingo sus homilías así: las noticias que habían acontecido en el eran vistas a la luz de la Palabra de Dios y del Evangelio, porque solo así el evangelio puede ser parte de la vida misma de la gente, y encarnación del pueblo, y solo así se pueden evitar ideologías que hacen de Jesús y de su mensaje una ideología más. Para Romero el evangelio era necesario encarnarse en los gozos y las alegrías, esperanzas y sufrimientos del pueblo, como también dice el Concilio Vaticano II.
A Romero lo acusaron de comunista, como al papa Francisco y como harían hoy algunos sectores con Jesús de Nazaret, cuando lo que hacían todos ellos era denunciar la injusticia y proclamar que Dios nos quiere a todos y todos tenemos derecho a vivir dignamente.
Hoy Romero sigue iluminando al pueblo salvadoreño, en medio de su terrible injusticia. Ahora ha cesado dicen la violencia de las calles, pero se ha sustituido por la violencia institucional. Ya no son las pandillas las que matan, sino que ahora mata el estado, el gobierno, y lo hace porque no es capaz de atajar la auténtica violencia que sigue atacando al país centroamericano, la violencia de la pobreza y de la injusticia. Pero ahora las cosas han cambiado, y la iglesia calla, la iglesia no se mueve. Raro es el día que no recibo noticias de madres que me dicen que han detenido a su hijo simplemente por tener un tatuaje. Y las madres siguen llorando por sus hijos detenidos injustamente. No pueden saber nada de ellos hasta después de varios años, y tienen que pasarles ellas, sin poder, un paquete de comida y de ropa, sin saber ni siquiera si les llega a la cárcel, porque no pueden en ocasiones ni visitarles ni saben de ellos. La respuesta del presidente del país centroamericano, Bukele, que por cierto ahora se postula como premio para los derechos humanos desde un acto de vergüenza sin parangón, es la de las cárceles. No se preocupa de hacer justicia, sino de hacer cárceles para dar al país una imagen de “primer mundo”.
Muchas personas que van allí, cuando me hablan me dicen que si fuera ahora a El Salvador no lo conocería porque el centro de la capital “ya no es lo que era”, está todo limpio, “parece una ciudad europea”, me suelen decir. Y ciertamente, el presidente Bukele lo “ha limpiado”, pero con la limpieza que hacen siempre los dictadores y poderosos: “echando a los pobres porque estorban y ensucian la ciudad”.
Monseñor Romero hoy estaría en la puerta de la macro-cárcel de El Salvador, y estaría pidiendo justicia y dignidad para las personas allí encerradas, y seguramente volvería a ser martirizado y asesinado por los poderosos de allí, incluso me atrevería a decir que por el presidente, como ya lo hicieron poderosos en su tiempo, auspiciados por el poder de los Estados Unidos.
¿Y la Iglesia qué? Quizás la pregunta tendría que ser esa “¿Quo vadis iglesia salvadoreña?”, dónde vas que no dices nada, no te importa la suerte de tu pueblo? Una Iglesia que le falta el compromiso con el pueblo, y que probablemente por eso “nunca será asesinada”, porque no dice nada que estorbe a nadie. Y claro lo mismo podría decirse de nuestra Iglesia en España, que también calla por las injusticias porque no le interesa perder poder ni influencia ( aunque a veces mejor que no diga nada porque si va a hablar como habló hace unos días el señor Arguello, presidente de la conferencia episcopal española que dicen que es creyente en Jesús, con respecto a los deshaucios y su comparación con el aborto, mejor que esté “calladita”).
Hoy Monseñor Romero nos sigue animando a los cristianos a vivir nuestro compromiso con los más débiles y necesitados, nos sigue diciendo que no es hacer política preocuparse por los pobres, y no sigue diciendo que la solución frente a la pobreza no son las cárceles. Recuerdo la primera vez que visite al papa Francisco en Santa Marta, y le llevé una estola bordada por campesinas de Arcatao, en El Salvador, y sus palabras fueron: “que gran hombre fue Monseñor Romero, y que bien entendió el Evangelio”, y cuando le dije que la estola era para él enseguida se le ilumino la cara, como en otras ocasiones, y me dijo: “Gracias, en el hall de la entrada a la habitación tengo una reliquia de Monseñor, un trozo de su sotana manchado en sangre, del día de su asesinato, y una catequesis del Padre Rutilio Grande.
El papa Francisco en aquella homilia del 14 de octubre de 2018, en la explanada del Vaticano, abarrotada de salvadoreños y salvadoreñas, dijo: “Monseñor Romero dejó la seguridad del mundo, incluso su propia incolumidad, para entregar su vida según el evangelio, cercanos a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos”. Francisco, el otro gran regalo de Dios a la Iglesia y al mundo, ya está junto a Romero, Casaldáliga, a Helder Cámara y tantos mártires salvadoreños y de nuestro mundo, y ahora desde su situación especial nos siguen diciendo que como Iglesia no podemos estar al margen de lo que le sucede a nuestro mundo también martirizado y tratado injustamente.
Romero nos sigue diciendo que los pobres nos enseñan, como también me decía el papa Francisco cuando siempre me daba un consejo: “cuida a los presos”. Los presos, que en este momento son muchos en El Salvador, detenidos muchos de ellos injustamente, nos siguen reclamando atención y seguimiento, como también me lo siguen pidiendo los presos de la cárcel de Navalcarnero en Madrid. Y siguen pidiendo que nuestra iglesia se implique, que no esté al margen de los derechos y de las necesidades de los pobres. Romero hoy también nos sigue diciendo que no nos creamos “los buenos” (también se lo dice al obispo Arguello), sino que sigamos defendiendo la causa de los que no cuentan.
La causa de Romero fue la causa de Jesús, y tiene que ser por tanto la causa de toda la Iglesia, porque es la causa del Evangelio. A Jesús lo tildaron de todo y a veces a los cristianos no nos tildan casi de nada. Es verdad que hay una base comunitaria que intenta moverse, pero ciertamente también hacen falta las voces de profetas, con mucha más influencia, que se pongan de parte del que no quiere nadie. Después de estos ocho años de canonización, de proclamación oficial de Monseñor Romero, es el Romero el que nos vuelve a decir que nos movamos, y que su santidad solo puede ser para servicio del pueblo y no solo para ensalzarlo a él.
Vuelvo a repetir su frase: “Si me matan resucitaré en el pueblo”, es ese pueblo el que sigue viviendo desde Romero y desde su palabra. Son también las palabras que aparecen en la capilla del hospitalito de San Salvador, donde fue martirizado el obispo Romero: “En este altar Monseñor Oscar Arnulfo Romero ofrendó su vida por su pueblo”, esa fue la causa de su canonización y de su santidad. La Iglesia oficial lo entendió más tarde, pero el pueblo, que es también la Iglesia lo entendió desde el primer momento. Nuestro mejor homenaje a él tiene que ser seguir sintiendo vivo su mensaje y sus palabras y sobre todo seguir haciéndolas vida donde estemos.
De ahí que Monseñor Romero sea santo y canonizado por el papa Francisco aquel 14 de octubre de 2018, pero como ya he dicho santo en la Iglesia de Jesús desde ese momento, pero canonizado antes por el pueblo y hecho santo antes por él, por ese pueblo al que el se entregó, como decía Francisco, y por el que dio la vida. Un pueblo que vio la santidad en el justo desde el primer momento, porque vio que la auténtica santidad es no hacer milagros especiales, sino hacer de la propia vida un milagro de entrega a los demás, intentando que todos podamos ser y vivir felices desde las mismas condiciones, y paliando las necesidades humanas que todos tenemos, así como respetando nuestra propia dignidad como personas.
Gracias Monseñor Romero por estar siempre al lado del pueblo y crucificado, y gracias también papa Francisco por hacernos ver que solo desde los pobres, los crucificados y los que no cuentan tienen sentido la Iglesia de Jesús. Que ese sea nuestro poder como fue también el vuestro, que no tengamos un poder de mandar, de juzgar en nombre de Dios ni de conservar puestos, sino que nuestro poder como Iglesia y seguidores de Jesús sea siempre ese: hacer posible una sociedad más justa y entrañable, y hacer, en este caso concreto, que el pueblo salvadoreño sea respetado, alabado y pueda vivir plenamente en justicia y en paz.