Monseñor Valera: "Ninguna apelación a la Tradición puede justificar una acción que se sitúe al margen de la obediencia debida al Romano Pontífice y de la disciplina de la Iglesia"
"Quiero expresar de manera clara e inequívoca mi apoyo fuerte, explícito y público al Papa León XIV, a quien reconocemos como legítimo Sucesor del Apóstol Pedro, principio perpetuo y fundamento visible de la Iglesia"
Vivimos un tiempo en el que la comprensión de la Tradición de la Iglesia se encuentra profundamente herida por una concepción nacida de la Ilustración, que ha reducido el depósito de la fe a un conjunto de fórmulas racionales, desvinculadas de la vida del Pueblo de Dios. Bajo esta mirada empobrecida, la Tradición aparece como una carga que limita la libertad de la conciencia, cuando, en realidad, constituye la corriente viva por la que el Espíritu Santo conduce a la Iglesia a través de los siglos, conservando íntegro el tesoro recibido de Cristo y de los Apóstoles.
La Tradición no es la repetición arqueológica del pasado, ni el refugio de una nostalgia estéril. Es la vida misma de la Iglesia transmitiendo, celebrando, custodiando y anunciando el Evangelio. Es la fe hecha oración, doctrina, liturgia, caridad y santidad. Es la Pueblo creyente caminando unido a sus pastores bajo la guía del sucesor de Pedro, confesando una misma fe en todos los tiempos y lugares.
Como obispo que tuvo la gracia de celebrar en el año 2021 el 555 aniversario del primer voto a la Inmaculada Concepción realizado en el mundo, contemplo con emoción cómo la historia de nuestra Iglesia particular, manifiesta la verdadera naturaleza de la Tradición. Voto realizado en Villalpando junto a dos pueblos de esta comarca de Zamora. Mucho antes de la definición dogmática proclamada por el beato Pío IX en 1854, un pueblo creyente, iluminado por el sensus fidei y acompañado por sus pastores, profesó solemnemente aquello que el Espíritu Santo iba haciendo madurar en la conciencia de toda la Iglesia.
Aquél voto, realizado treinta y un años antes del pronunciado por la Universidad de la Sorbona y diez años antes de la primera bula de Sixto IV, favorable a la celebración de la Inmaculada Concepción, no fue una iniciativa aislada ni una ruptura con la comunión eclesial. Fue una expresión luminosa de cómo la fe del pueblo cristiano, vivida en obediencia y comunión prepara el camino para la definición solemne del Magisterio. La Tradición auténtica jamás se enfrenta al Pueblo de Dios con el Sucesor de Pedro, por el contrario, encuentra en él el principio visible de la unidad de la Iglesia.
Precisamente por ello, contemplando con dolor las recientes ordenaciones episcopales realizadas por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, sin el mandato legítimo de la autoridad de la Iglesia, deseo manifestar con absoluta claridad mi posición eclesial. Tales actos, objetivamente ilícitos no edifican la comunión, sino que introducen una herida en la visibilidad de la unidad querida por Cristo. Ninguna apelación a la Tradición puede justificar una acción que se sitúe al margen de la obediencia debida al Romano Pontífice y de la disciplina de la Iglesia.
La Tradición nunca puede convertirse en bandera de separación. Cuando se absolutizan interpretaciones particulares de la fe o se contrapone la propia visión al discernimiento del Magisterio vivo, se corre el riesgo de sustituir la obediencia de la fe por la subjetividad de las propias convicciones. La Iglesia no vive de opiniones privadas, sino de la fe apostólica custodiada colegialmente por los obispos en comunión con el Sucesor de Pedro.
Como enseñaba San Cipriano de Cartago: “Que la túnica inconsútil de Cristo no se desgarre más, pues construir atentamente la comunión eclesial, promoverla y defenderla sigue siendo nuestra tarea primordial” (De unitate ecclesiae, 7). No podemos acostumbrarnos a las divisiones ni justificarlas como inevitables. Toda fractura en el Cuerpo de Cristo exige de nosotros una renovada entrega por la reconciliación y la unidad.
Quiero expresar de manera clara e inequívoca mi apoyo fuerte, explícito y público al Papa León XIV, a quien reconocemos como legítimo Sucesor del Apóstol Pedro, principio perpetuo y fundamento visible de la Iglesia. En torno a él se articula la comunión eclesial, con él caminamos en la fidelidad a Cristo, bajo su ministerio petrino confesamos la única fe de la Iglesia, celebramos los mismos sacramentos y permanecemos en la misma caridad.
Este apoyo no nace de una adhesión meramente afectiva, ni responde a circunstancias pasajeras. Brota de la naturaleza misma de la Iglesia querida por Jesucristo. Amar a la Iglesia implica amar la comunión. Defender la Tradición exige custodiar la unidad. Ser fieles a los Padres de la Iglesia supone permanecer donde siempre permanecieron ellos: en la comunión con el Obispo de Roma.
La historia demuestra que las crisis eclesiales nunca se superan mediante rupturas, sino mediante una conversión cada vez más profunda al Evangelio. La fidelidad auténtica no consiste en refugiarse en posiciones enfrentadas, sino en dejarse purificar constantemente por la verdad de Cristo, acogida humildemente en la Iglesia.
Qué importante es sentir con un solo corazón: ¡el Corazón de Cristo! Pensar con el criterio sobrenatural del Evangelio antes que con nuestras preferencias personales. La unidad no es una estrategia humana, ni una simple organización institucional; es un don recibido del Dios trinitario que hemos de custodiar con humildad y sacrificio.
Cristo murió para reunir en uno a los hijos de Dios dispersos y oró al Padre para que todos fuéramos uno, a fin de que el mundo creyera (cfr. Jn 17, 20-23). Esta oración continúa resonando hoy con fuerza en nuestra conciencia. Cada gesto de comunión fortalece el testimonio evangelizador; cada ruptura oscurece el rostro de la Iglesia ante el mundo.
Al contemplar el Costado abierto del Señor comprendemos que toda entrega auténtica lleva consigo la Cruz. Amar a la Iglesia significa aceptar también el peso de la paciencia, de la humildad y de la obediencia. Significa dejar que nuestra voluntad sea configurada por la voluntad de Cristo. Sólo así madura un amor verdadero capaz de permanecer fiel incluso en medio del sufrimiento.
La fidelidad al Señor y a su Iglesia nunca ha sido un camino fácil. Sin embargo, precisamente en la Cruz florece la alegría cristiana. Quien se abandona confiadamente en Cristo descubre que la obediencia no esclaviza, sino que libera; que la comunión no empobrece, sino que enriquece; que la Tradición no inmoviliza, sino que mantiene viva la presencia del Evangelio en cada generación.
Pidamos a la Santísima Virgen María, Inmaculada Concepción, cuya proyección ha acompañado de forma singular la historia de nuestra Iglesia, que nos conceda permanecer siempre firmes en la fe, constantes en la esperanza y perseverantes en la caridad. Que ella nos enseñe a amar a Cristo en su Iglesia, a servir humildemente al Pueblo de Dios y a caminar siempre en plena comunión con el Sucesor de Pedro.
Renuevo, por tanto, con serenidad y convicción, mi plena comunión con el Papa León XIV. En torno a él quiero permanecer unido, no por intereses humanos, sino por fidelidad a Jesucristo, que edificó su Iglesia sobre la roca de Pedro para que las puertas del infierno no prevalecieran contra ella.
Que el Señor nos conceda ser siempre testigos de la verdad en la caridad, custodios de la Tradición viva y constructores incansables de la unidad que nace del Evangelio y conduce a la salvación.