"La dignidad humana es un factor ético de extraordinario potencial para la fraternidad" La moral es gratuita, pero no gratis

Paz y justicia
Paz y justicia

"Hoy, cuando el mundo es una aldea, un casino, un mar de náufragos, una tela de araña de nudos e hilos casi invisibles, ya no es tan fácil pensar éticamente los problemas"

"Nadie tiene una dignidad por separado y en solitario, sino en interdependencia responsable. Y esta solidaridad no es opcional, sino constitutiva de nuestro ser moral"

"Pensar la dignidad humana en abstracto es un fraude ético que técnicos, profesores, políticos y predicadores cometemos a cada paso"

Nos importa mucho la ética de las situaciones y comportamientos humanos porque ahí se juega la razón de que nos respetemos, colaboremos y sintamos el dolor ajeno como propio. El número de situaciones en que la ética se hace presente es infinito, tantas como las experiencias en que la vida se nos da. Nada escapa a la pregunta ética: por qué, cómo y para qué hacemos esto o aquello. Y como antaño la vida parecía reducirse a la intimidad del sujeto y unas relaciones de trabajo y comercio de poca monta, mal que bien, era claro qué decir en cada caso. Los maestros cristianos y laicos de la Europa renacentista y moderna fueron dando respuestas inteligentes para su tiempo; muy limitadas, claro está.

Hoy, cuando el mundo es una aldea, un casino, un mar de náufragos, una tela de araña de nudos e hilos casi invisibles, ya no es tan fácil pensar éticamente los problemas. Y sobre todo, hemos aprendido que es imposible pensarlos por separado. Por separado significa aquí, cada grupo humano por su lado, y cada aspecto del problema como único. Algunas personas, las aparentemente más firmes en cualquier conflicto de ideas y juicios, muestran una facilidad pasmosa para las conclusiones claras y distintas, pero rascando en ellas, enseguida se ve que hay una simplificación del problema. En ética siempre estamos tentados de simplificar y el que simplifica, gana, pero lo hace mordiendo el polvo de vivir en la ideología. Más que otros.

Dignidad humana

No he dicho por consabido entre muchos, y repetido en cada párrafo de que participo, que la ética siempre hace pie desde la dignidad humana de las víctimas y los ignorados, y desde ellos, la de todos. (Dejemos todavía, pero advierto al lector que no olvide la cuestión de la “valía propia” que debemos reconocer en cada ser de la Tierra. En cada ser, suya). Pero volvamos a los humanos.

Digo que nadie tiene una dignidad por separado y en solitario, sino en interdependencia responsable. Y esta solidaridad no es opcional, sino constitutiva de nuestro ser moral. Si no la acepto, valorando cómo y cuánto me condiciona, estoy viviendo como un ser humano perdido, un desalmado. Ya sé que esta tesis puede molestar. Está de moda decir que la solidaridad es discrecional y de origen más bien religioso. Como el perdón, pero más suavemente. El contenido concreto de la solidaridad y compasión es variado y propio; el acto de hacerlo, ante la necesidad grave, es una obligación.

Abstractamente, uno puede imaginar la dignidad humana y la “dignidad” de todos los seres conocidos y por conocer, como un bien infinito en su cuantía. Como el único modo de referirse a ella, en su sentido abstracto, no es cuantificable, la dignidad la utilizamos abusivamente para todo. Y no se gasta. En abstracto, nunca se consume ni se nos gasta.

Igualdad

Y así podemos hablar de personas, derechos humanos, vida, felicidad, salud, justicia, solidaridad, paz con todo el desparpajo del mundo. Llega y sobra para todos. En abstracto es así. Pero esto dura hasta que la dignidad humana la tenemos que tomar como realidad material y social, y, entonces, volvemos al principio. Ya no es la dignidad y la vida de todos, sino de personas concretas: en los hospitales por la pandemia y por las demás enfermedades, habituales o raras; en las residencias por el virus y la edad; en el trabajo por los accidentes y la calidad de los puestos; en el mar por el naufragio de la patera; en pueblos pobres por ser niñas o niños sin vacunas ni alimentos; en regiones mineras porque hay que trabajar en condiciones mortales de necesidad o en ciudades textiles porque hay que llevar a casa unas rupias que al menos libren a sus dueñas de la prostitución, y con todo…

Los casos son demasiados para citarlos aquí, pero muy claros para caer en cuenta de que pensar la dignidad humana en abstracto es un fraude ético que técnicos, profesores, políticos y predicadores cometemos a cada paso. Ya no solo es pensar la valía propia de todos los seres creados y cómo el abuso de esta cultura del crecimiento indiscriminado e ilimitado nos ha traído a las puertas del infierno, sino que la convicción sobre la dignidad humana tiene significado liberador. Si se toma en abstracto, vale de poco, un factor de buena conciencia para gentes de buen corazón y pocas ganas de entender el mundo en sus antagonismos.

Si se toma en concreto, un factor ético de extraordinario potencial para la fraternidad humana. Pero tiene un precio. La eutanasia tiene un precio y los cuidados paliativos tienen otro, (sin desprecio del valor de la libertad en los casos límite que lo reclamen renunciando a todo). La vida en abstracto tiene un precio, la vida de todos, en concreto y en cualquier lugar, tiene otro. Afirmo que la ética apuesta por el todo en todos, y ahí, desde ahí, viene el reparto de lo que se puede y lo que no, en todo el mundo. La ética siempre es al comienzo, un ideal, no una quimera, un ideal. Pues aquí está. Ella no engaña, desvela los engaños del mal y los autoengaños de la virtud.

Fraternidad

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