"En la Iglesia, el ultimátum se convierte además en una prueba de debilidad" Los obispos y Cremades

Algunos de los miembros de la auditoría de Cremades
Algunos de los miembros de la auditoría de Cremades

El malestar de los obispos no se cifra en la demora del trabajo encomendado, que ni siquiera incumple el contrato al no cerrar el mismo una fecha concreta, sino sobre todo en que al parecer de los prelados no es un trabajo de calidad, “no estaría a la altura”, disgustando su “déficit de precisión y rigurosidad”. Extremo este que el bufete negaría

Las cifras oficiales de la Iglesia, recogidas en su informe “Para dar luz”, reconocían menos del millar de víctimas y poco más de setecientos abusadores desde los años cincuenta, cuatro veces menos que las prospecciones apuntadas por el bufete de Cremades

Los obispos, aceptando que la crueldad humana siempre existirá, deberían trabajar más porque el clero no sea fusilado después de haber devorado a los niños en presencia de los padres, y lo que es más blasfemo en la presencia misma de Dios, preocuparse más intensamente por la calidad y santidad de los candidatos al sacerdocio con el fin de no experimentar más esta lucha infame entre “ángeles y demonios"

De nada parece haber servido el sorpresivo ultimátum dado por la Conferencia Episcopal Española (CEE) al despacho de abogados Cremades & Calvo-Sotelo para entregar en un plazo de diez días el Informe sobre los abusos en la Iglesia. El malestar de los obispos no se cifra en la demora del trabajo encomendado, que ni siquiera incumple el contrato al no cerrar el mismo una fecha concreta, sino sobre todo en que al parecer de los prelados no es un trabajo de calidad, “no estaría a la altura”, disgustando su “déficit de precisión y rigurosidad”. Extremo este que el bufete negaría.

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Un ultimátum siempre es prueba de malestar. No en vano, el Informe prevé confirmar miles de acusados y un número mucho mayor de víctimas, y propondrá que se les pague indemnizaciones, algo que no parece estar entre las prioridades de los obispos. Las cifras oficiales de la Iglesia, recogidas en su informe “Para dar luz”, reconocían menos del millar de víctimas y poco más de setecientos abusadores desde los años cincuenta, cuatro veces menos que las prospecciones apuntadas por el bufete de Cremades.

Pero en la Iglesia, el ultimátum se convierte además en una prueba de debilidad. A la espera inmediata de dos Informes sobre la pederastia, el del Defensor del Pueblo y el de Cremades, la Iglesia, que ha mostrado “su dolor y vergüenza” por la existencia de abusos a menores en palabras del portavoz de la CEE García Magán, deberá aceptar perder parte de su honor con la esperanza de renovarse y dar fruto: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto”. No se trata de alzarse moralmente contra una institución debilitada y dividida en su interior, y en muchos casos demasiado enferma en sus miembros; tampoco de realizar una condena pública por actos criminales, como si el cuerpo entero, que sufre cuando sufre uno de sus miembros, estuviera completamente enfermo. Lo que se ventila es algo extremadamente más grave y serio: mostrar a las personas la verdad de sus vidas, reconocer el mal, la propia culpabilidad y el necesario arrepentimiento, reparar e indemnizar a las víctimas para ser más creíbles, después de haber mostrado al mundo con gran cinismo que el bien y el mal, como diría Nietzsche, habrían sido designados por el poder.

Josetxo Vera, con César García Magán
Josetxo Vera, con César García Magán

Los culpables no sólo son los responsables directos de los crímenes cometidos, de la belleza de la inocencia truncada sin la que es imposible vivir, sino también aquellos que pudieron prevenirlo y no lo hicieron con la práctica ominosa del encubrimiento. El dedo acusador recae sobre cada uno. El ser humano puede ser destructivo, y de hecho lo es, hasta la más abyecta crueldad. Pero no hay nada que pueda justificar el sufrimiento inocente. Si cada persona es un fin absoluto, entonces no hay ninguna armonía, por más grandiosa y elevada que sea, que pueda comprarse al precio de una víctima inocente, aunque sólo se trate de una única persona. Decía Dostoievski que “El crimen más terrible es violar a un niño. Arrebatar la vida es terrible, pero destruir la fe en la belleza del amor es un crimen aún más espantoso. (…) A lo largo de mi vida me vi perseguido por ese recuerdo, que era el delito más terrible, el pecado más tenebroso, un pecado que no tiene perdón y que no puede ser perdonado”. En realidad, el sufrimiento inocente no hace sino más radical la invencible fuerza del bien y el esplendor de la verdad.

Los obispos no deberían preocuparse tanto por la calidad del Informe de Cremades ni de cualquier otro, o de enojarse con ultimátum alguno, como si la puñalada al corazón de la realidad, el sacrilegio a la bondad, a la pureza y la belleza de la infancia, fuese algo sobrevenido inopinadamente sobre la Iglesia. Los obispos, aceptando que la crueldad humana siempre existirá, deberían trabajar más porque el clero no sea fusilado después de haber devorado a los niños en presencia de los padres, y lo que es más blasfemo en la presencia misma de Dios, preocuparse más intensamente por la calidad y santidad de los candidatos al sacerdocio con el fin de no experimentar más esta lucha infame entre “ángeles y demonios”, sin saber dónde se encuentra cada cual.

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